Choripunk.
Hace un tiempo, pegué onda con un pibe en internet. Pero era tan copado, que charlábamos todo el día. Nos volvimos re intensos. Hasta nos costaba despedirnos. Mas, sin embargo, no había problemas cuando nos pedíamos fotitos. Que estabas en el trabajo? Pum! Fotito de la cola. Que estabas en tu casa? Pum! Fotito de la cola. Que estabas con tus papás? Pum! Fotito de la cola. Nunca perdíamos la oportunidad.
Al fin nos dispusimos a conocernos. Lo acordamos en un bar cerca de la casa de ambos, ya que no vivíamos casi nada lejos. Solo un barrio nos separaba. Él vivía en Devoto. Yo, en Paternal. El lugar era en Villa del Parque. Así que... chocha de la vida, me dispuse a ponerme guapa para mi nuevo choma.
Tampoco me empilché demasiado. Una calza, camperita de Jean, zapas y una remera larga. Claro, larga para que, entre la oscuridad de la noche y la largura de la misma, taparan la calza. Quería ir cómoda, pero tampoco provocadora para él. Necesitaba el equilibrio más moderado. Llegó la hora. Agarré algo de plata, me marché.
Cuando llego al sitio, abro la puerta y me quedo medio segundo para palpar la zona. Ahí encontré, una pareja en la punta. Otra, en la otra opuesta, gente en la mesa de Pool y un grupo de pibes con instrumentos en frente de la barra, al lado de la rocola. Se cagaban de risa. Mucho humo, porque todavía se podía fumar en interiores (bah... los dueños lo permitían, si eran discretos).
Pasé. Me dirigí a la barra. Saludé al barman. Pedí dos birras y unas fichas de rocola. Pagué. En ese interín, como hice todo de pie, pero apoyado con los codos, medio que paré la cola sin darme cuenta. La remera se me subió, exhibiendo así, mi calza. A su vez, la tira de la tanga roja, se me escapaba. Incluso, sin percatarme, me la subí, marcándose peor todavía. Eso, y no tener nada, era lo mismo.
En la mesa de en frente, como ya señalé, estaban sentados cinco pibes. De las cuales, cuatro eran músicos y el otro, el mánager. Solo uno de ellos, prestó atención desmesurada a lo que ocurría justo delante de sus ojos. Quedó embelesado, según sus palabras. Se relamía como un animal salvaje acechando a su presa.
Al darme vuelta para disponerme a pasar música, el dueño apagó la radio, dando lugar a que se escuche mejor el inmenso equipo. Por esa indefectible razón, pude notar su presencia. Observándome. Me dice "hola" en silencio, sin emitir ruido alguno. Se lo devolví. De paso, una sonrisa también se escapó, pero no debía, ya que estaba esperando a "Chongo".
Pongo rápidamente tres temas y vuelvo, ¡OTRA VEZ!, a ponerle el culito un rato más. En parte, era para que se entretenga un toque. Otro, para mirar en el espejo que estaba en la pared para ver qué tal estaba. Sí, era un tanto narcisista. No lo niego. Pero siempre equilibrado... CREO.
Los primeros acordes que sonaron, enloquecieron a todos los presentes. Me sentí halagado. Sobre todo aquella mesa de punkies, de donde venía el susodicho. Ya era hora de admitirlo, los punks siempre fueron mi debilidad.
Levanté la mirada, por encima de mi hombro, solo para ver qué hacía. Siempre con carpa, porque no debía olvidarme del motivo de estar ahí. No me gusta cornear a nadie. Soy seriesito. Siempre seriesito.
Luego de algunas miraditas que nos cruzábamos y un par de Quilmes, Lautaro ("Chongo de wpp"), me avisó que no iba a poder asistir. Que lo disculpe, pero que lo mejor sería dejarlo para la próxima. Lo odié, pero se me fue todo a la mierda cuando lo agarré a este señorito nuevo fichándome bien zarpado el orto. Se me fue todo, hasta la tanga.
Una sonrisita picarona se le dibujó en el rostro, cuando ambos nos dimos cuenta de aquello. ¿Eso me detuvo acaso? NO, PARA NADA. Al contrario, con carpa, le meneé la cola al compás de los temas que puse. Claro, todo para que, el que me vea, crea que es por eso.
Hablando de eso, mientras le hacía el bailecito, un borracho que pasaba por ese pasillo, dejó de aplaudir por contemplar mis movimientos sorprendido. Me manoteó el culo y me invitó a bailar. Fue medio incómodo e inesperado, pero acepté. Lo siguiente, no tiene desperdicio.
Un Rock and Roll bien furioso, lo pasuqueamos como si fuera folklore. A su vez, la gente palmeaba al compás de la melodía. Una cosa de locos. Lo peor es que él estaba detonado, ni ojos tenía a esa altura. Yo, estaba alegre. Luego de eso, siguió camino al baño. Andá a saber si a mear, cagar o pegarse un raquetazo. En fin, a los aplausos, me los llevé yo.
A su término y en honor a mi nuevo fisgón, empezó a sonar un tema punk. No recuerdo si era uno de Flema, o de cuál banda, pero algunos celebraban, mientras que otros, ya agitaban sus crestas locas, perfumadas por los cigarros que fumaban. De repente, aquel antro, se volvió un alboroto total. Yo, encantado.
La naturaleza llamó. Termino las dos cervezas. Me voy al baño. Al rato de estar allí, cuando me estaba lavando las manos y la cara agachado, alguien entra. Era este señorito. Lo veo entrar por el espejo del lavamanos. Otra vez, sus inquietas pupilas, me escanean el ojete de arriba a abajo.
Me saluda. Pasa por detrás mío directo al mingitorio. Pela la chaucha, hace lo suyo, mientras me contaba lo mucho que le gustó cómo movía el orto (tenía razón, no había danzado, solo agité el bote). En realidad, se refería a lo primero que le hice, no a cuando me agarró el ebrio. Ya estaba picado me pa.
Me comentó que se llama Mateo, pero que le decían Chori. Mi obvia pregunta fue "¿por algo en especial?", sí, su banda se llamaba ChoriPunk, o algo así. Muy perspicaz, la verdad. Además, me contó de que era un año menor a mí nomás y que laburaba en un kiosquito cerca de su casa, por Parque Chas.
Cuando me tocó a mí, le confesé que me plantó un chongo. No me importó nada quemarlo al desgraciado ese. No me tembló el pulso para nada. Ojalá no haber quedado como una resentida, porque no era mi intención. ¡QUE SE JODA EL POLLERUDO ESE!
Se lamentó de que se perdió de encontrarme con una calza que dibuja a la perfección cada zona de mi cuerpo. Una que deja muy poco a la imaginación. Le di la razón y continué con un "tenía pensado venir en pollera. Pero no me hubieran dejado entrar. Fija". Creo que, en ese momento, le estalló la chota por la cara que puso.
Justo alguien entró a interrumpirnos, era un amigo suyo. Era para avisarle que la previa ya se había terminado, que querían ir a otro lado. Corta mambo de mierda, pensé, alta bronca me agarró. Le hice un gesto de que fuera tranqui y volví a la barra para tomar un par de birras e irme a dormir a casa.
Notó mi pataleo de nene caprichoso porque, a los cinco minutos, salió su amigo. Luego Chori, para calmarme, que se quedaría conmigo. Me sentí re mal, alto gil fui. Lo hubiera dejado ir, ya que no era nada mío. No tenía ningún derecho a ponerme así. Alto santo es. Le di tremendo pico en agradecimiento. Suerte que nadie nos vio.
Se quedó petrificado un rato, hasta que largó un "si querés retribuirme, ya sabés qué hacer". Pensé lo peor, que debía entregarle el ocote. Nah, me contestó replicando la escena de "el polaquito", cuando, el protagonista, le pide a su interés romántico que le iba a pagar que baile para él. Puso un tema, y su atención se enfocó en mí totalmente.
Como ya había un poco más de gente y el alcohol ya se estaba apoderando de mí, le obedecí. Desplacé mis cachetes de un lado al otro, al son de "Rock del gato". Dios, ¿cómo se me ocurre hacerle caso a este chico? Todavía lo recuerdo, me da una vergüenza terrible. Igual valió la pena. A él le gustó.
Se me pasó mencionar que, la coreo, finalizó sentándome encima de sus faldas. Eso le provocó una leve erección. La sentí toda. Yo, haciéndome la sorprendida, me tapo la boca con unos deditos y le digo "ay, papi, ¿qué es eso que me pincha la cola? ¿Tu celu?", le doy un beso en el cachete, me levanto para ir a la barra a comprar unas fichas de Pool.
Su reacción fue tipo "no, no me dejes así. Vení". Como no le di bola, se puso mi campera de Jean ahí. Claro, después de saltarle un ratito y calentarle la pava, me tomé el palo, dejándolo al palo. Qué malo, fui re cruel. Aunque, después lo pensé bien, se lo merecía.
De lejos, le hacía caritas, le tiraba besitos, movía la patita en son de coqueteo. Me reía por dentro de los gestos que ponía. Se sentía incómodo, pero le encantaba que lo acosara así. En fin, cuando volví para sentarme en su pinocho, me propuso (al oído) dos posibilidades: o ir al telo, o hacerlo por ahí en la calle. Mi respuesta fue, agarrarlo de la mano y llevarlo al paraíso.
Una vez en el cubículo del baño, lo puse contra la pared, en frente mío, le lamí el cogote. Se corrió la remera, le besé los pectorales, las tetillas. Descendí hasta la panza, su ombliguito. Ya estaba gimiendo. Solo faltaba un paso para alcanzar sus partes prohibidas. Decidí quedarme arriba un ratito más. Necesitaba hacerlo desear, pues, le ponía la chota como una roca.
El pantalón no aguantaba más la presión que ejercía su miembro sobre él. Estaba hinchadísima. Se ve que, histeriquear para calentar tanto la pava, dio sus buenos frutos. Lo dejé encantado. Me halagaba muchísimo y eso que no le había hecho nada todavía. Lo que pasó, fue que estaba re caliente desde la primera pispeada que le pegó a mi ojete.
Del agradecimiento, decidí empezar el trámite de pelarle la pija. Primero, la bragueta del Jean. Listo. Segundo, el botón. Listo. Tercero, bajarle los lompas hasta las rodillas o más. Listo. Cuarto, desabotonarle el bóxer o, en su defecto, solo dejárselos a la misma altura (o menos) que el pantalón. Eso queda a gusto y piaccere de cada uno. Ahora sí, todo listo.
Finalizado el ritual, me permití disfrutar visualmente de ese garrote. Recuerdo que quedé boquiabierto y con los ojos y las cejas abiertos y en lo alto, respectivamente. Quedé anonadado (nunca mejor dicho) con esa tararira. Aunque debo admitir que fingí un poco. Ya sospechaba algo, cuando me arrimó a la cola el celular venoso que portaba, pero no me quería ilusionar.
Mientras me hacía mimito en la cabeza, me pregunta "¿qué te pareció?". Creí que con mi reacción era suficiente. Pero no, requería oír a viva voz lo que tenía para decir al respecto. Le sonreí a la par que me mordía el labio inferior de forma lujuriosa. Se me escapaban unas risitas, además. En tanto ocurría aquello, se la agarré para pajearlo.
Un cruel suspiro brotó de sí. Se estremeció. Acarició mi mentón, mis mejillas. Sujetó fuertemente mi pelo y me llevó la cabeza para atrás. Todo para pegarme un cachetazo con la verga. Qué rica forma de hacerme desear a mí ahora. Hijo de puta, pensé. No seas así. Quiero mamar, forro. Dámela toda.
Después del tercer "pinchilazo", me mandó hasta el fondo sus 21 cms. Me ahogó de una. Sin pensarlo. Solo me faltaba tragarme los huevos. Nada más. Me hubiera encantado incluirlos, pero no pude. Espero no se hayan sentido discriminados.
Me larga. Lloro. Había sentido su glande juguetear con mi campanilla. Qué rico. Quería más. Deseaba más. Me sequé las lágrimas y proseguí con mi labor. Repitiendo así, el proceso de sacarle el jugo.
Cogotée un rato largo, hasta que... una música me dio una idea. Me puse de pie, me corrí, poniéndome contra la pared que estaba a la derecha de la puerta (para que haga más espacio), me puse de espaldas a Chori y le hice mi segundo bailecito de la noche. Como sabía que le volaba la cabeza los movimientos de mis nalgas, me entregué a ello. Como ahora podíamos frotarnos mejor, me aproveché de él.
Mis cachas estaban tan pegadas a su "amiguito", que podía tanteársela sin usar las manos. Me permitía adivinar cuán hirviendo estaba ese muchacho. No daba más. Necesitaba ponérmela TODA.
Al ritmo de un reggaetón que puso un cortamambo (pero que me encantaba), me bajé despacito la calcita negra que me había puesto aquella noche. Una vez hecho, me acomodé la tirita rebelde de la tanguita que se quería escapar junto con la prenda anteriormente quitada. De tanto que las estiré, parecía que iban a quedar sobre mis hombros, más que sobre mi cadera.
Proseguí mi performance endemoniada, golpeándole el ganso con los cachetes. Estaba tan mojadita, que, cuando nos separábamos, una babita blanquecina nos amarraba. De un lado para el otro, de arriba a abajo. Se la tenía rodeada.
Mi sonrisita burlona y mi mirada picarona emitida por encima de mis hombros, fueron la gota que rebasaron el vaso. Se pudrió. Me agarró la tanga, corrió el hilito que va metida en mi cola, se sujetó la poronga, separó mis mofletes anales e inició la garchada que tanto nos prometimos.
Ni bien noté que era Chori quién se movería para cogerme, la gocé. Se movía rico, despacito. Metiéndola de a poquito. Parte por parte, como corresponde. Teniendo la paciencia ideal para disfrutar a pleno una buena culeada.
Lo pajeaba con el anillo de cuero. Sentía cómo se le corría el prepucio en mi nudo de globo. La ida y venida se volvía más feroz conforme transcurría el tiempo. Cada vez que me la sacaba, balbuceaba de placer. No se le entendía nada, pero sospechaba qué podría estar diciendo. Hasta que vino el peor momento para mi papito.
Me enloquecí con la música, era mi turno de brillar. Dancé sobre su pingo de forma tan abrupta, que no me di cuenta. Es que la hacía para los costados, a la par que me la hacía introducir. Todo hecho por mí solita. Rapidito.
Mis carnes, mi carita de puta, la canción, el alcohol, la calentura, el ajetreo, el ver cómo mis muslos se devoraban su miembro desde su perspectiva, los gemidos de ambos. Ese conjunto, haría que me avise pronto que quería echarme su miel. Pero, dónde? En la colita, le rogué.
Bastó de dos segundos de paja para que, al fin, salga despedido un chorrazo violento sobre mí, regando cada recoveco de mis pompas. Claro, salieron acompañados de un quejido de amor que amé escuchar. Más que cualquier temazo grabado en la rocola. Fue la confirmación de una gran labor.
A medida que manaba el jugo como un manantial sobre mi cutis, inconscientemente, mi lengua se paseaba del este al oeste de mis labios, con los ojos cerrados, como la puta que soy. Eso lo indujo más a la lujuria. Vació los huevos encima mío. Luego yo, claro.
Para mi suerte, su semen no tocó nunca mi ropita interior. Por lo que me pasé la mano por mis partes traseras, me di vuelta y, mirándolo, lamí mis dedos. Saboreé cada hijito suyo. Eran muy deliciosos. Una vez limpitos, me subí la calza y él su Jean. Salimos del baño. Nos dirigimos a una mesa y aquí no ha pasado nada.
Reimos un poco más. También bebimos. Hasta que, cerca de las tres, decidimos salir a caminar. Es que... estábamos alegrotes, necesitábamos salir a tomar algo de aire. Nos desviamos por un pasaje desolado.
¡Qué confianzudo era! Me fui a un lugar totalmente solitario con un desconocido. Para peores de males, pela una bolsita de merca. Quedé helado al verla. Me ofreció. Al rehusarme, se encogió en hombros con resignación. Aunque debe haber pensado "mejor, más para mí. No me quejo". Claramente, tenía más fafafa a su disposición.
Tras percatarme que quería quedar re durazno conmigo, le ofrecí que tome de mi culo. Así que... me di vuelta, me puse contra un poste de luz que no andaba, me bajé NUEVAMENTE la calza y le señalé que podía echar su polvito loco nomás. Se tiró de cabeza a peinar la raya blanca (porque, para la marrón, aún faltaba).
Me incliné un poquito, acomodó la cocaína y, con la SUBE, la alineó perfectamente. Me agarró de las nalgas para que me quede quietita. Apoyó el naso siguiendo el rastro y perdió la cabeza de ahí en más.
Luego de sacudir la capocha, la arrimó para limpiar con la lengua cada rinconcito de mi cola. Se aseguró de que no quede nada, por si venía la policía y decidía inspeccionarme. Excelente coartada. Incluso, me abrió la zanja, para verificar que no la esté guardando allí. Irrumpió la paz de mi hoyito, la que podría resguardar kilos, según él. Era el lugar perfecto para esconder tanta falopa.
Hacer esto, le produjo una tremenda erección. No podía verla, claro, pero me contaba lo mucho que le endurecía la chota mi colita golosa. Sobre todo, al tenerla tan cerca, tan abierta, tan mojada.
Ya humectada lo suficiente, se puso de pie, se bajó la bragueta, el bóxer, peló la chota, se la agarró y arremetió contra mí, otra vez como un desaforado. Como con ira, con unas ganas contenidas que no tenía, porque no habría pasado ni tres horas que nos habíamos echado el último polvo.
Me tapa la boca desde atrás, debido a lo gritona que me volví. Es que, no podía aguantarme. Me hacía sufrir del placer. Encima, lo ponía loquito lo apretadito que era. Lo estimulaba más, así que... me daba más duro, hasta que se resbalaba y debía volver a colocarla. Muy corta polvo era eso.
Me siguió culeando hasta que sentimos una persiana. Eso nos asustó. Nos escondimos tras unos arbustos. Como tapaban lo suficiente, porque salían de un cantero alto de ladrillos, no esperamos ni cinco segundos para darle de comer al ganso otra vez.
Nunca debí agacharme delante suyo, pues eso le puso la verga erguida. Encima tenía que calmarlo, porque no paraba de nalguearme fuertísimo. Me habrá dado como cuatro seguidas. Pobre de mí, me re tentaba a pecar.
"Hijo de puta -le decía-, me encanta cómo me cogés", entre alaridos que intentaba acallar. Lo re puteaba. Como le calentaba, lo hacía peor. Me inspiraba más, y más me garchaba. Ya dábamos la impresión de que éramos un perro tomando agua o alguien que corría con ojotas puestas.
Al fin, tanta fricción, su cañón de carne disparó el balazo más potente de los dos que me echó. Fueron como dos litros de guasca borboteando, no solo por el interior de mi culo, sino, por fuera. Estaba volcándose una cantidad enorme por toda mi pierna. Es que, ni bien la sacó, hizo como un efecto tapón.
Caímos rendidos ante la sensación post-eyaculación. Extasiados de tanto "treque-treque" en mi ojete. Démosle un poco de descanso, ya comió demasiada zanahoria por una noche. Al menos, por ahora, ya está satisfecho. No quiere más chori.

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