Pinta mi colita.
El pintor había venido a mi casa, yo lo recibo finalmente. Pasa que nos pasamos posponiendo el trabajito que le encargué por una cuestión de que no lográbamos dar con el horario que nos quede cómodo a ambos.
Lo recibo con la calza más pegada a la cola que podía encontrar. Unas grises que me quedaban espectacular (humildad aparte, claro). Pero sentí que era apropiado para la ocasión especial.
Cuando había finalizado de pintarme el cuarto, se dirige a la cocina que era donde yo estaba preparándome el almuerzo. Se acercó solo a avisarme que ya estaba todo felizmente hecho. Al fin.
En eso que llega a la cocina, ve mi culito abierto de par en par con toda la impunidad del mundo, sin importarle absolutamente nada. Es que estaba sacando el pollo del horno que estaba por comer.
La reacción del flaco me la perdí, solo logré observar parte de la misma en cuanto me di vuelta hacia él, con el pollo en la mano y estaba boquiabierto, sin poder darle crédito a lo que acababa de ver.
"Nah, bueno... si me despide de esta forma, señorita, ya está, no le cobro nada, no se preocupe para nada", dijo el muy pajero con una bendita sonrisa de oreja a oreja. Al toque nos largamos a reír.
Yo me lo tomé a joda, obviamente. Él, me siguió el juego con una carcajada no muy sincera, como diciendo... "y bueh... es chiste, pero si no querés, no es chiste. Como vos prefieras".
Insistí en pagarle varias veces después de las risas espontáneas, pero... después de un rechazo insistente, me hizo una propuesta difícil de rechazar: si le entregaba el orto, no me sacaría ni un centavo.
Dejé el pollo en la mesada, mientras este se me acercaba con una cara de pajero bárbaro. Es que me abordó de una forma muy violenta, pegándose a mí para rodear con sus brazos mi cintura.
Las nalgadas no se hicieron esperar ni un poquito. En seguida cayeron las lluvias de manotazos que fueron a dar duramente contra mis inocentes glúteos. Pobrecillos los muy chiquititos.
Para colmo, eso me excitaba de sobremanera. No podía negar que me estaba calentando en demasía este hombre. Con su brutalidad, mezclado con la masculinidad exuberante que irradiaba de sus poros.
Me puso de rodillas a que le baje el jean gastado que se había puesto aquella tarde, que mordisquee con amor ese bulto que se le iba marcando, para que, finalmente, le quite la última frontera a la desnudez.
Esas caderas totalmente despojadas de vello, eran hermosas. Adornadas solo con la sensual tinta que dibuja un zarpado tatuaje que abarcaba casi todo rincón de su marcado bajo vientre.
Su casi adormecida pija, porque no estaba toda parada aún, la metí enterita en mi boca. Decidí despertarla estirándola con mis labios para darle sus buenos estímulos bucales.
No tardó ni unas lamidas, que ya estaba como un poste dentro mío. Era como un garrote de carne, ligeramente torcida hacia arriba y con bastantes venas asomadas que querían captar mi atención.
Tironeaba el caucho desesperadamente para extraerle todo su jugo. Es que estaba delicioso. No podía parar de deleitar mis sentidos con ese socotroco que le colgaba de las piernas y que, ahora, tenía duro.
Con su mano en mi nuca, me daba de probar su heladito por completo. Aunque me ahogue, de todas formas no me dejaba escapar. Es que quería que la probara entera hasta la base de su pedazo.
Llegué a rozar, con mis labios inferiores, sus huevos mientras iba y venía en esta encantadora garganta profunda que le practicaba. Incluso, me dejó allí por unos segundos, hasta que me liberé finalmente.
Al finalizar esto, metía y sacaba de mi boca su falo hermoso para poderlo comer de una mejor forma. Mientras hacía esto, lo miraba con la cara de la más trola del universo. Eso lo volvía loquito.
Le estaba dejando la pija totalmente húmeda gracias a mis labios. Las venas tampoco podían dejar de palpitarle dentro de mi boca. Era la fiel demostración de mi espectacular dominio del arte de petear.
Seguía insistiendo con hacerme ahogar. Esto, humedeció el triple esa pijota hermosa a más no poder. Salió completamente empapada de mi saliva. Litros y litros de mí, la cubrían. Era impresionante.
En eso, me hace poner de pie, para advertirme la que se venía. Estaba deseoso de comerme el ojete, no podía aguantar más, así me susurró el muy sucio a la vez que me ponía una cara de violín terrible.
Me giró abruptamente para hacerme apoyar los codos sobre la mesada, con la colita bien paradita. Se podría decir que ya estaba completamente lista para ser penetrada por su babosa lengua.
Accidentalmente, su pija babeada rozó mi calza, dejando, con agua, tatuado un dibujito gracioso de su poronga endurecida en ella. Ninguno de los dos se percató de ello.
Bueno, en fin, me bajó la calza y, al toque, impregnó sus labios en mi cutis. Sus manos toqueteras no paraban de tantear el terreno que estaba a punto de probar. Estaba con una ansiedad inusitada.
Sus manos se paseaban por cada recoveco de mi cola. La pellizcaba, la abría de par en par, la acariciaba, le pegaba, le hacía de todo mientras siseaba con una lujuria evidente.
Luego de unos buenos chirlos, decidió bajarme la tanga para poder morder del anillo de cuero al que tanto quería alcanzar. Pudo probar, al fin, el pozo ciego al que tanto quería descender locamente.
De norte a sur pasó su lengua. La metió en el centro de mi cola. Devoró vorazmente sin piedad. No dejó ni una miguita para el resto. Se comportó como un loco desaforado.
Al fin se puso de pie detrás mío. Apoyó sus manos en mi cintura, para darme duro contra la mesada. Aprovechó que tenía el culito abierto para arremeter con su porongón precioso contra mis cachetes.
Los ruiditos que ejecutaban su piel al chocar con el de mi cola, era estremecedor. Nos ponía más cachonditos. No podíamos, ni queríamos dejar que me la ponga hasta el fondo.
Mis gemidos, tampoco lo dejaban parar. Era como música para sus desquiciados oídos. Eran el estímulo que tanto necesitaba para poder cogerme con la furia necesaria, la que andábamos buscando.
Por su parte, él se arrimaba a mi oreja para susurrarme las cosas más sucias que alguien podría decir. Claramente, estaba muy inspirado. Bastante, diría yo. Era todo un poeta el señorito.
Corrió una de las banquetas de su cocina y se sentó, para luego invitarme a sentarme encima suyo. Primero, de frente, cosa de que pueda darme frente a frente y mirar mis caras mientras me calentaba.
Después, quiso de espaldas, para poder sentir mi culito abriéndose gracias a su pedazo gigante. Debo confesar que me gustó muchísimo más este último, ya que me resultaba más cómodo.
Usando sus rodillas como base, me dejaba sostener con ellas. Subía y bajaba para darle sus merecidísimos culazos, los que tanto vino a buscar desde que entró por aquella puerta principal.
Luego de un largo rato de tanto treque-treque, su chota empezó a vertir sus calentitos litros de mema dentro mío. Cayó a borbotones, una vez que me la sacó de adentro. Era como una cascada.
Un hilo de leche se asomaba de mi orto, por culpa de que me lo abría a mano. Parecía un nene o un perro con dos colas, estaba chocho de ver su obra una vez terminada. Sonreía a más no poder.
Listo, ya no le debía nada. Estábamos a mano, no nos podíamos quejar. Ninguno. Tremenda labor se mandó el muy guacho, y yo, era una cliente satisfecha. Para la próxima, va a venir corriendo. Esto, no se va a quedar así. Claramente.

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