Sábado de locuras.
Hablábamos pavadas, mientras caminábamos las escasas cuadras que nos separaban del lugar. Nos cagábamos de risa bastante. Ya era un tanto tarde. Casi todos los negocios por los que pasamos, se encontraban cerrados a nuestro alrededor. Lo único que nos brindaba luz, eran los postes de alumbrado público y algunos locales que dejaban una lamparita prendida un poco tenue. Mas allá de ese detalle, la oscuridad se apoderaba de casi todo el barrio (al menos de donde íbamos pateando). De pronto, llegamos a una casa. Era la de él. Dejamos nuestras cosas y solo nos quedamos con lo importante: la plata y el celular. Queríamos ir holgados, liberados de cosas molestas. Lo mas libres que pudiésemos. Lo suficiente como para divertirse una noche. Salimos de nuevo y seguimos camino hacia el bendito lugar al que nos propusimos ir. Encaramos de una. El antro, era un bar que, con el paso del tiempo, se transforma en una especie de bolichito muy copado, ...