Sábado de locuras.
Hablábamos pavadas, mientras caminábamos las escasas cuadras que nos separaban del lugar. Nos cagábamos de risa bastante.
Ya era un tanto tarde. Casi todos los negocios por los que pasamos, se encontraban cerrados a nuestro alrededor.
Lo único que nos brindaba luz, eran los postes de alumbrado público y algunos locales que dejaban una lamparita prendida un poco tenue.
Mas allá de ese detalle, la oscuridad se apoderaba de casi todo el barrio (al menos de donde íbamos pateando).
De pronto, llegamos a una casa. Era la de él. Dejamos nuestras cosas y solo nos quedamos con lo importante: la plata y el celular.
Queríamos ir holgados, liberados de cosas molestas. Lo mas libres que pudiésemos. Lo suficiente como para divertirse una noche.
Salimos de nuevo y seguimos camino hacia el bendito lugar al que nos propusimos ir. Encaramos de una.
El antro, era un bar que, con el paso del tiempo, se transforma en una especie de bolichito muy copado, que pasaban música piola.
Primero nos sentamos afuera, donde pudiéramos estar lejos del quilombo de la música y nos permitiese hablar tranquilos.
Pedimos unas ricas birras, un poco de maní y le dimos a la lengua como dos boludos, como si hubiera pasado mas de un año que no hablábamos.
De pronto, la cosa se puso interesante. Sentimos que el volumen de la música se puso mucho mas alto. Tremendo. Entonces, nos acercamos de una.
Nos mandamos de una, de la manito a bailar unas buenas cumbiambas que sonaban como locas, pero de esas bien viejitas, de esas que te dan ganas de mover la burra toda la noche.
Como el barcito se copó, nos metimos de una. Estaban todos pegados, bailando, en la oscuridad y un par de luces alumbraban, como si fuera un bolichito bien piola.
Eaaaa... hacíamos "la pistolita", la que mas nos sabíamos, ya que no somos muy buenos bailarines, pero le poníamos la re onda, que era lo mas importante.
Como ya dije, la oscuridad reinaba. Solo un par de reflectores de colores nos alumbraban. Era una luz muy tenue que, a duras penas, nos dejaban ver.
En aquellos años, te dejaban fumar adentro, por lo que había abundante humo en el ambiente. El alcohol fluía como un río interminable de frenesí en nuestras venas.
Todo eso, derivó en un cóctel peligroso, que nos empujó a darnos un buen beso. De esos que hace una banda no nos dábamos en público. No sé si no fue el primero, eh? No recuerdo.
Los besos atrevidos, derivaron en tocaditas. Sus manos se deslizaban de mi espalda, para caer directo hacia sus partes favoritas de mi cuerpo.
Apretó mis nalgas como si estuviera apretando esos juguetes que hacen ruidito. Le puso muchísimas ganas en sus manos para apretar aquellas zonas. Alto atrevido.
Dejó impresas sus huellas digitales, como un tatuaje. Paseó sus dedos en mi rayita, de norte a sur. Estaba hecho todo un degenerado el hijo de re mil este.
Una electricidad excitante recorrió mi cuerpo. Me estimulaba de sobremanera. Me hizo ver las estrellas con su tacto. Perdí la cabeza, definitivamente.
Yo no me quedé atrás, también lo toqué. Le agarré el paquete y se la empecé a acariciar. No solo por encima del pantalón, también por adentro.
La penumbra nos dio el escondite perfecto para refugiarnos de aquellos ojos curiosos que quieran entrometerse en nuestro acto de amor. No lo permitimos.
Nos entregamos a la lujuria. Mal lugar escogimos para ello. Entonces, arrima su boca a mi oído y pregunta lo siguiente:
-"¿A mi casa o al telo?".
-"A tu casa".
Me agarró de la mano y escapamos. Dimos pasos acelerados, hasta pasar las cuatro cuadras que nos distanciaban del antro. Menos mal que eran pocas. Nos pareció una bocha.
Se nos hizo re larga, porque, cada tanto, nos deteníamos para comernos la boca con suma urgencia. No pudimos aguantarnos mucho tiempo más. Cosas que pasan.
Eran las dos de la mañana cuando llegamos a su casa, aproximadamente. Nuestras prendas volaron y caían desmayadas al suelo, mientras chapábamos como dos locos.
En nuestras bocas, nuestras lenguas se juntaban y se refregaban la una con la otra, con muchísimo amor y estaban demasiado libidinosas.
Fuimos directo a su pieza. Ya estábamos en ropa interior, los dos. Otra vez pude ver ese tatuaje que tenía dibujado en uno de sus pectorales. Qué divinura de hombre.
Mientras nos comíamos, su mano se posó sobre mis nalgas... una vez más. Jugueteaba con ellas, las masajeaba mal, de un lado al otro, hasta terminar con un golpecito.
Su paquete no se salvó. Llevé mi mano de derecha a izquierda para reconocer manualmente el terreno que ya había conocido hace rato. Ya estaba bautizado por mí.
Se sentó en una silla ubicada en uno de los rincones de la habitación. Me arrodillé delante suyo.
Me mordía los labios, mientras lo miraba con una cara de puta tremenda. Rebosaba el hambre por ese hombre en mi ser. No podía más, necesitaba volver a sentir su verga dura en mi boca.
La tenía re dura. No hacía falta sacarle el bóxer negro que tenía puesto para darme cuenta, era bastante evidente a esta altura del partido.
Se lo empujé, hasta que dejó al descubierto su pija. Por fin la tenía de nuevo frente a mis ojos. Cómo la extrañé, no se da idea, estimado lector.
Lo primero que hice, fue pasarle la lengua de arriba a abajo en la parte inferior de su exquisita chota. No me pude contener ni por un momento mas.
Subí y bajé unas cinco veces, mas o menos. Lo repetí hasta el hartazgo, porque extrañaba sentir la piel de su chota en mi lengua. Lo necesitaba.
Eso lo estremeció, lo pude notar en su cara. Desaparecían sus pupilas de las sensaciones que le hice sentir. Pobrecillo, lo que le debe haber pasado por dentro.
Pese a hacerle desaparecer las pupilas, seguí. No le tuve ni un gramito de piedad, no se lo merecía, por malo, por hacerme esperar tanto.
Le llené de besitos por todos lados, ese gordo tronco y divino que tiene, que tan loquita me tenía. Besitos ruidosos, claro está.
Hernán gemía. Se volvía loco. Se le notaba con cada movimiento que hacía, con cada espasmo de placer que le daba, tras mis besitos o lengüetazos.
Le escupí la garcha y mi baba comenzaba a caer, rodaban por su tronco venoso, como si nada, hasta tocar mis dedos y empaparlos.
Jugué con mi lengua en su glande. La hice de acá para allá, por todos lados, incluso su frenillo. Esto lo terminó de enloquecer y empezar a gemir.
-"Oh, hija de puta", exclamaba con una voz cuasi orgásmica. Estaba perdido en el placer.
Me daba cachetazos, pero no solo con la mano, también con su poronga. Me la pasaba por los labios como si fuera un Rouge y me estuviera maquillando.
Finalmente, enganchó su mano con un mechón del pelo que había en la parte trasera de mi cabeza, y me empezó a ahogar con su verga.
-"Ay, hija de puta", me decía ahora.
Me decía todo tipo de puteadas, de epítetos, no solo se quedaba con esa. Eso, me excitaba aún mas y me hacía desearlo como nunca.
Se puso de pie, para ahogarme mas. Empecé a lagrimear. No le importó, siguió dándome verga hasta tocar la campanita de mi garganta. Siga.
Llegué a tocar la base de su pene con mis labios. Lo logramos. Solo entonces, me soltó, y lo volvimos a intentar. No se dio por vencido.
Era su muñeca inflable, su juguete sexual. Hacía lo que quería y cuando quería con mi boca. No me quejo, me encanta ser así con mi macho.
Permitió que tomara un poco de aire. Me tuvo algo de piedad. Menos mal, porque ya me estaba asfixiando con su carne. No sería una mala forma de morir igual.
Mientras descansaba un toque y respiraba para poder retomar, un chorro de saliva cayó de mi jeta, hasta quedar pendiendo de mi mentón.
Herni también estaba agitado. Su pecho tatuado se contraía y se expandía de forma abrupta, con mucha rapidez. Estaba excitado mal.
Nunca le quité la mirada de encima. Lo tenía bien vigilado. Esté sentado o de pie, mis ojos siempre estuvieron depositados en él.
Me sujetó firmemente del mechón, una vez mas, y me miró fijamente. Me puso una cara de pajero y comenzó a darme vergazos en la cara.
Otra vez me cogió la garganta. Pero, esta vez, era él quién se movía. Llevaba su pelvis hasta tocarme el fondo, no paraba. Papito rico.
Hizo un movimiento, como indicándome que me levantara. Al estar de pie, me dio una rica palmada en la cola que indicó que me gire de una.
-"Entregame ese tirapedos, que tengo unas ganas terribles de romper un culo", expresó con muchas ganas.
-"Qué casualidad, yo tengo uno", le comenté.
-"Y uno bien gordo", siguió.
-"Pero bien que te gusta, papi", le batí.
-"Obvio, me para la pija siempre", tiró.
Puse una patita sobre el colchón y, a la otra, la dejé afuera. Así, fueron las primeras estocadas que me propinaba con su sable de carne.
No me escupió la cola, no se escupió la verga. Consideró que ya estábamos lo suficientemente lubricados como para hacerlo así nomás, pero se equivocaba.
Con su primer pijazo, al adentrarse, me hizo doler el anchor de su miembro. Hizo que los músculos de mi ano, se contraigan un poco, lo que causó que se cierre.
Al ver que no había chance, me hizo caso y se la escupió un toque. Esto permitió que penetrase un poco, solo la cabecita y algo del tronco.
Junto con eso, lo ayudé inclinándome un toque hacia adelante, casi poniéndome en cuatro patas, pero sin subir la piernita que estaba afuera.
Ahora sí pudo observar cómo su chorizo gordo entraba de a poquito en mi cortachurros (como le empezó a llamar él, con mucha gracia).
Lo sabroso que se sentía al entrar y salir de mis cachetes. Me hacía ver las estrellas todavía, pero podía sentir mucho mas de placer también.
-"Mmmmm...", dije.
-"¿Sigo o te duele?", pregunta.
-"¡No, ni a palos! Seguí, seguí", pedí casi a los gritos.
A Hernán también le encantaba cómo le hacía sentir la verga, mi culito apretadito. Creo que lo disfrutaba mas que a mis petes. Eso no es poco decir.
Se mordía los labios, fruncía el ceño y ponía cara como de enojado, mientras me daba mis merecidos vergazos. Estaba completamente sacado.
Luego empecé a sentir sus manotas dándole duro a mis nalgas, hasta dejármelas plasmadas. Qué placer, por favor, que nunca pare.
Entre tanto, yo, con mis ojitos cerrados, gimiendo, diciéndole las cositas mas chanchas que se me cruzaban por mi retorcida mente.
Ahora sí, subí la otra patita y me puse mas cerca de la mitad de la cama, para estar en cuatro patitas para Herni. Esto sí que le encantó.
Estaba en cuatro. Hasta que me acomodaba, me daba unos ricos chirlos en la cola. Resonaban zarpado sobre la piel de mis cachetes.
Ya está, estaba lista. La metió sin problemas, es que, a mi agujerito, lo tenía bien abiertito para él. Me acostumbró bastante a esa pija.
Sujetaba mis caderas firmemente, mientras movía su pelvis de adelante hacia atrás. El golpe también estaba igual de excitante que cuando me palmeaba la cola.
Solamente tenía que quedarme en esa posición, con los brazos bien estirados y permitir que su pija se adentrar en mi culito goloso. Nada más.
Lo miraba fijamente, por encima de mi hombro y podía advertir lo colorado que se ponía mientras me culeaba con muchas ganas.
Agarraba mi pelo, lo acomodaba para los costados, lo tironeaba con mucha fuerza y, todo eso, me despeinó mal. Alto atrevido.
Le hacía miles de caras por culpa de lo orgásmico que eran sus pijazos. Estaba fascinada con todo lo que me hacía. Es que me hacía para todos lados.
Mi cabeza se iba hacia atrás, mientras él me tironeaba fuerte el cabello. Alto hijo de re mil que era.
En cuanto me moví un toque, me empuja hacia la cama, como aquella noche en mi casa. Quedo boca abajo. Se tira encima mío. Huele el perfumito que expele la piel de mi nuca. La llena de besos.
Cuerpo a cuerpo, pegadísimos, mueve sus caderas endemoniadas, con el fin de poder meter su pito entre mis nalgas tragonas.
Sentía sus pectorales rozándose en mi espalda. Su pelvis empujando su chota para introducirla en mi culito. Sus labios recorriendo mi cuello.
Mis gemidos lo calentaban mal. Me lo hizo saber susurrándomelo al oído. Me lo dejó colorado mal, por contarme las chanchadas mas perversas que quería.
Podía sentir su respiración sobre mi nuca. Cada vez que intentaba decir algo, también. Cada bramido que trataba de hacer.
Se apartó un poquito y siguió dándome vergazos en la colita. No dejaba de mirarme y yo se la devolví, acompañada de una linda sonrisa de placer.
Acercó su carita hermosa, solo para comerme la boca. Por culpa de estar así, caimos hacia un costado, pero sin dejar de darnos besos.
A pesar de la "caída", no solo seguimos chapando, también me manoseó los pechos con muchas ganas. Las acariciaba por doquier. Me dejó sus huellas dactilares por doquier.
Apoyó su mano sobre uno de mis pechos para pasarlo de un lado al otro, al rededor de mi pezón, como si no quisiera tocarlo.
Nunca dejó de culearme, obvio. Me seguía matraqueando por el orto, sin parar.
Después de un rato de darme de costado, se cansó y se puso encima de mi torso para que le chupe la pija un rato más.
Sabía que estaba para cualquier momento, por lo que se puso a cogerme las tetas que tanto le gustaban. Solo debía levantar un poco la cabeza, para poder cabecearle el pupo al loco este.
Para mi suerte, él me dio la comodidad de sujetarme con la mano, mientras agarraba un buen mechón de pelo.
Uff, amor, qué rico era tirarle la goma a ese flaco. Me encantaba. Me llegué a tragar casi toda su verga. Ahora quería que le apriete la chota con las tetas. Por favor, que pare un poco, me vuelve loca.
La tenía ahí nomás, a unos pocos centímetros de mi cara. La veía vestirse y desvestirse de cuero delante mío. Estaba tan cerca, que saqué la lengua y pude chupársela cada tanto.
Qué rico sentir esa cabecita golpeándome en el mentón a veces. Otras, en la lengua. O, quizás, solo alguna que otra vez, metiéndose en mi boca por una milésima de segundos.
Se le empezaron a escapar gotitas blanquitas, algo translúcidas. Las podía sentir. Estaba a punto caramelo. Fueron las primeras alarmas que me sonaron.
La esperaba ansiosa, sedienta de leche, con la boca bien abierta, esperando el segundo exacto en el que me deposite todo su jugo blanquecino en mí.
Tanto empujar, terminó eyectando su poderoso semen en el interior de mi boca. Fue delicioso. Quedé fascinada.
-"¡Oh, oh, oh!", exclamaba, mientras se llenaba de placer.
Una electricidad, que lo puso a temblar, recorrió su cuerpo.
La mayoría cayó en mi lengua o en el fondo de mi garganta. Pero, otras, quedaron sobre mi mentón, mi nariz, qué sé yo, por ahí, desperdigada en toda mi cara.
Tenía buena puntería el guacho. Casi todo fue a dar a mi boca, pero... lo que falló, también lo pude disfrutar a pleno. Lo deglutí, lo saboreé.
Permitió que se la limpie, que se la deje como nueva. Obvio que lo hice. Le pasé la lengua, hasta dejarla brillando, como si se la hubiera lustrado.
No dejé una sola gotita rondando por ahí. Me pidió que lo acicale y fue lo que hice. No me podía permitir fallar en esa misión.
Ufa, me la sacó de la boca en cuanto lo notó. Mi tarea ya había finalizado.
Las venas, que no solo adornaban su verga, se encontraban repartidas en sus brazos, sus manos, su pelvis.
Me limpié la leche del borde de la boca. Le pasé el dedo y lo chupé. No quedó ni rastro de sus renacuajos.
Cayó rendido al otro lado de la cama, exhausto por nuestra fechoría.
Ya se estaba relajando. De a poco, la hinchazón iba pasando. Era cuestión de tiempo para que nos podamos normalizar.
No tenía hambre, ya había comido mucha carne, mucho huevo y, para acompañarlo, mucha leche. Ya estaba servida.
Creo que se durmió al toque. A mí, ya me pesaban las pestañas. ¿Hora de dormir? Yo diría que sí.

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