Sacándonos las ganas.
El tan ansiado siguiente día, llegó al fin. Estaba tan ansiosa que llegué antes que él al negocio.
Me fui con el pantalón Jean mas ajustado que encontré en el ropero y la blusa mas pequeña.
Lo esperé con mucha ansiedad, como una virgen que sabe que está a punto de perderla.
Al fin vino. Lo vi entrar por la puerta de entrada, como si nada, sonriéndole a todos.
Estaba con un Jean también, le apretaba el paquete, mal. Se me hizo agua la boca al toque.
Cuando volvió de cambiarse y de dejar sus cosas, se dirigió a mí, para depositar un tierno beso en mi mejilla y una arrimadita en la cola.
Fue un hermoso "hola". Me encantó. Pero debíamos contenernos porque habían faltado varios compañeros.
Aprovechaba la soledad que nos acompañaba, para tirarme un buen manotazo y hacer crujir mis pantalones con la colisión de la palma de su mano.
-"Te tenías bien guardada esa colita saca leche, eh?", me dijo mientras se mordía los labios y la miraba.
-"Yo nunca la oculté, vos nunca la notaste", le contesté y me fui, para que nadie se percate.
O también, la que hacía, era pasar por detrás mío, haciéndose el que buscaba algo para pasarme el trozo por la cola. Alto atrevido era el guacho este.
Tras hacer esto, me corría algo del pelo que se posaba sobre mi cuello y sentía su respiración agitada.
El día transcurrió normal. No hubo mucha diferencia a una jornada común y corriente, mas que eso.
Llegó la hora de la salida y, como era de costumbre, nos juntábamos en la esquina para charlar un toque.
De a poco se iban, nos iban dejando solos. Alto miedito.
Con cada compañero que se marchaba, nos mirábamos y nos reíamos como dos cómplices de un delito.
Ya solo faltaba uno además de nosotros, que, para nuestra suerte, se iba para otro lado.
-"¿Vamos?", le pregunto.
-"Sí, dale, que tengo sueño".
Nos despedimos del compañero que faltaba con un beso y nos retiramos para nuestro lado.
Yo estaba re nerviosa, como si fuera mi primera vez. Pero Hernán me volaba la peluca. Me encantaba.
Él, no parecía estar tenso. Al contrario, se ve que tenía muchísimas ganas de culear de una.
-"Tenemos tres opciones: tu casa, mi casa o el telo", le comento.
-"Mirá, plata no tengo, no cobré aún, así que... tu casa o la mía", me responde.
-"Bueno, vamos a la mía. Ya fue", le digo.
Desviamos el recorrido para dirigirnos a mi hogar, que quedaba mas cerca que la de él.
Del momento en el que empecé a abrir la puerta de afuera, la que daba al ingreso de mi edificio, ya estaba toquetero.
Me empezó a manosear la colita con muchísimas ganas. Sentía sus manos recorrer cada centímetro de mi partes traseras.
Estaba loco mal. Parecía que venía acumulando las ganas desde 1998, mas o menos.
Mientras caminamos el pasillo que nos lleva al ascensor, me manoseó muchísimo más la colita. Alto atrevido. Me dejó sus huellas dactilares en cada cachete.
Ay, por Dios, como paseaba sus manotas gigantes. Me encantaba. Se ve que sabe hacerlo.
Me di vuelta para estar frente a frente, hice piecitos, enredé mis brazos sobre su cogote, me colgué y le comí la boca como nunca antes lo había hecho.
Esto no detuvo sus manos. Al contrario. Se puso mas mano larga el hijo de re mil puta.
Abrió el ascensor. Entramos. Seguíamos morfándonos la jeta como dos alzados. MAL.
Llegamos a mi piso. Salimos y, aún así, no paramos.
Solo dejamos de chapar para ir frente a la puerta de mi departamento. Sino, le dábamos todavía.
Ni bien entramos, su remera voló de una. Dejó su torso hermoso frente a mis ojos.
No estaba trabado, ni nada, pero tampoco estaba gordo. Era un intermedio.
Lo que mas me llamó la atención, era su tatuaje en uno de sus pectorales.
No pasó ni medio segundo que ya tenía su boca en la mía, salvajemente pegados.
Me puso de espaldas y empezó a franelearme la chota contra mi culito.
-"Te estuve relojeando el ojete todo el día, mami", me susurró.
-"¿Sí, papi, en serio?", pregunté beboteando.
-"Seee, no veía la hora de que estemos solo para comerte toda", batió.
El silencio volvió a reinar mientras uníamos nuestros cuerpos y nos fundíamos con el mismo calor.
Sus besos caían como una lluvia intensa sobre la piel de mi cuello. Luego se precipitaron contra mi espalda.
Mientras tanto, mi pobre Jean se desabotonó y quedó aflojado. Terminó cayendo desmayado al piso.
Después de tan largo viaje, por fin llegó a mis glúteos.
Estaba frente a ellos, empezó a babear como un lobo hambriento al entrar al gallinero.
Con su cara, separó mis nalgas para adentrarse en mi culito y alcanzar mi goloso hoyito.
Sacó su lengua y lo paseó de norte a sur. Con él, hacía unos ricos círculos.
Mordía mis nalgas, les daba besitos. Hacía de todo el guacho, qué delicia. Se me aflojaron las piernas.
Desde el momento en que me palpó el ano, la temperatura no dejó de crecer.
También jugaba con sus gordos dedos. Los introducía con mucha facilidad.
Al parecer, no solo a mí me calentó. También a él, ya que, a su término, se puso de pie para darme.
Se escupió la pija, se pajeó un par de veces y empezó a intentar a metérmela de a poquito.
Qué rico, por favor. Dolía mucho al principio, pero mas que nada, por la anchura de esa pija.
No me importó, la dejé entrar igual. Me aguanté los gritos, no daba ponerme a gritar.
Del otro lado de la delgada pared, se encuentran mis vecinos... era lunes, ni daba hacer bardo.
Hernán se percató de ello, así que... me tapó la boca de inmediato mientras me daba pito por popa.
Empecé a hablarle. Por suerte, se dio cuenta. Me quita la mano.
-"Vamos a mi cuarto, así puedo gemir. Me muero de tener que aguantarme", le dije.
Me liberó, menos mal, porque no podía bancarme un segundo más.
Lo agarré de la mano y lo llevé a mi habitación.
Como fui adelante, Her podía contemplarme la cola en todo su esplendor.
No despegó los ojos de mis nalgas ni un solo segundo, en todo el viaje hacia mi cuarto.
Se mordía los labios y ponía una tremenda cara de pajero, lo podía ver por encima de mis hombros.
Habrá sido muy cómica la situación de vernos en tercera persona, yendo hacia mi dormitorio, dando pasos cortitos por tener los pantalones a los pies.
Una vez en el pasillo que conduce a mi habitación, nos quitamos los pantalones y volaron.
En cuanto llegamos, no me perdonó ni un segundo más. Me rodeó con sus brazos hasta arrojarme la cama.
Quedé culito arriba sobre mi cama, de la misma forma que cuando hablábamos por Whatsapp.
Se tira de cabeza sobre mí. Me agarra del pelo, acerca su cara a mi cuello otra vez. Su cuerpo contra el mío.
Su pija entraba y salía de mi culo salvajemente, como si nada. Estaba toda empapada.
Por fin podía gemir todo lo que quisiera. Los que están del otro lado de la pared de mi pieza, no me sienten tanto. Bah... qué sé yo... es otro edificio, no saben quién soy.
Empecé a gemir como una loca cada vez que su chota se adentraba en mi culito. Me encantaba.
Me besó, pero también parecía que me olía, como si fuera un animal no humano.
Se puso sobre sus rodillas. Se sostenía con sus manos apoyadas sobre mi espalda.
Parecía que me daba masajes y, a su vez, me propinaba unos buenos vergazos en la cola. Bien duros.
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! sonaba mis nalgas cuando chocaban contra su pelvis.
De sus brazos, se asomaban venas. Su cara, era rojo fuego. Su mirada estaba concentrada en mí.
Desordenamos las sábanas sin quererlo. Ya estaba hecha un desastre. Y eso que recién llegábamos.
Por Dios, quería que nunca me la sacara de adentro. La quería para siempre en mis profundidades anales.
La sacó de mi orto, solo para escupírmelo y humectarlo un poco más.
Ahora, su mano estaba sobre mi cabeza. Me inmovilizaba. Solo podía mover los ojos para verlo.
Me propinó un par de chotazos mas por un lapso cortito, hasta que decidió ponerme de coté, con la piernita más arriba, cosa de abrir un poquito mas la colita. Siguió.
Por suerte me soltó la cabeza con esta pose nueva, ya que pudo apoyar sus manotas sobre mis caderas y así me continuó garchando como un desaforado.
Mi cabello estaba mas alborotado que mi mente. Me estaba volviendo loca, no esperaba este demonio.
Ni un terremoto me podría sacudir con tantas ganas.
En el medio, entre que me culeaba sin parar, me propinaba tremendas nalgadas. De esas que resuenan hasta lo mas profundo de mi ser.
Su mano derecha, la mas fuerte, quedaba plasmada en mis cachetes, como un tatuaje dibujado de rojo.
Me dejó la nuca despejada de cabellos, al aire. Le pasó la lengua, sus labios. Era una bestia.
Se pegó a mi cuerpo, para dejármela toda adentro, unos buenos segundos. Mamma mía.
De pronto, unos espasmos que venían de su pelvis, se hicieron presentes.
Era su leche que salía de sus huevos, pasaba por su tronco y salía violentamente en mi culito.
Me inundó el orto el muy hijo de puta. La leche no paraba de brotar, toda calentita.
Cuando se separó, pude sentirla en mi interior.
Se apartó de mí, como agotado.
Quedó a mi lado, boca arriba, con la pija deshinchándose de a poco.
-"Dios, qué sarpado polvo", le dije.
-"Fue espectacular, nunca había acabado tanto. Perdí la cabeza".
-"Sí, y la dejaste dentro mío", le comenté mientras esbozaba una sonrisa de putita tremenda.
Un besito tierno coronó el momento.
-"¿Querés cenar? Tengo milanesas. Preparo una ensalada y listo, va como piña", le invité.
-"De una", fue su respuesta mientras me cacheteaba las nalgas el atrevido.
Me levanté así como estaba y me fui.
El loco, desde la cama, observó mi culito desde que me salí de la cama hasta que desaparecí de su radio de visión.
En el comedor, levanté su ropa. Puse su Jean en el respaldo del sofá.
Me puse su remera (que me quedaba como un vestidito) y me puse a preparar la comidita, como si fuera su mujer.
No sé cómo lo hizo, pero me dejó con las piernitas temblando.
Una vez preparado todo, lo llamé a la mesa y nos pusimos a cenar mientras mirábamos tele y charlábamos para conocernos mejor.
Se hizo tarde. El sueño se apoderó de nosotros. Debíamos ir a la cama, pero a dormir.
A pesar de que le encantaba cómo me quedaba mi vestidito nuevo, se contuvo. El polvo lo destruyó.
Caimos rendidos al catre, quedamos noqueados al toque.
Continuará...

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