El blues del chupavergas (capítulo II).

 La mirada de la gente, nos devolvió a Tierra. Nos percatamos, a pesar del alcohol, que estábamos demasiado expuestos. Así que... aminoramos las hormonas para retirarnos del recinto. Sentimos que ya no éramos tan bienvenidos.

 Pensé que rajaríamos de ahí, para irnos a un lugar más privado. Pero no, las intenciones de Juanchi eran las de llevarme a mi casa debido a la borrachera. O sea, no estaba muy en pedo, solo algo alegre. Pero él flasheó lo opuesto porque estaba menos ebrio.

 Agarra mi celu, me deja su número y me permite retirarme a mis aposentos. Triste, por no poder hacer nada más que un par de caricias calientes. Una previa bastante precoz que, tan solo atinó a calentar la pava. Nada más. Al menos pude eso, pensé. Es algo.

 Pasaban los días nuevamente, y no hablábamos mucho. Llegué a pensar que la había pasado mal. Que no quería volver a saber más nada de mí. Pero no podía estar más equivocado. Sí quería, pero estaba muy ocupado. Aunque, tampoco quería dar el primero paso. 

 Al final, ninguno cedía hasta que... me animé yo. La fecha del cumpleaños de Pappo, mi guitarrista argentino favorito, se acercaba (10 de Marzo), y con él, la celebración que se lleva a cabo todos los años en la plaza del barrio que lo vio nacer: La Paternal.

 Le sugiero de hacerlo como quien no quiere la cosa. Para mi suerte, acepta. La felicidad se adueñó de mí cuando me dijo que sí. No te la puedo explicar, fue muy lindo. Me alegró la semana y el mes completo, te diría... aunque faltaba mucho para que concluya.

 Como cayó día de semana, tenía que ponerme ropa bien para el laburo y que, a su vez, me resulte cómodo para ir a la plaza después. Ni en pedo pensaba ir a mi casa para volver a salir más tarde. Alta paja me resultaría hacer todo eso. 

 "Ya fue", pensé, me vestí casi de la misma forma que la última cita que tuvimos con Juanchi: Jean ajustadísimo, remera cómoda (porque es época de verano) y unas zapas simplonas, que aguanten el día laboral, pero... también, una jornada en la "zapla" del "rioba".

 Por suerte no llovió la noche anterior, por lo que no habría barro, ni tampoco demasiada humedad, o mosquitos debido al césped. Estaba bastante aceptable el clima. Caluroso, pero tolerable. No podíamos quejarnos, la verdad. El ambiente, a pesar de la estación, nos regaló una maravillosa tarde.

 Salí a eso de las seis, para llegar a eso de las siete menos veinte aproximadamente. Todavía me quedarían unas cinco horas de joda loca, de música y buenísima onda. Encima, la gente, es igual de buenísima onda.

 Me empecé a arrepentir de no haberme puesto una remera rockera o, al menos, un pantalón menos ajustado. Pero bueno, todo sea con tal de calentar pitos. Y, hablando de eso, el de mi chongo, todavía no llegaba. Le quedaba como media hora para arribar.

 Traté de no pensar en él, para enfocarme en las bandas under que estaban en el escenario, en los bellos hippies, metaleros o punkys que se encontraban, las refrescantes birras que vendían o, quizás, en las comidas caseras que también se ofrecían... a cambio de una paga, obvio.

 Luego de tres grupos (porque sí, era un festevial en el que, cada una, toca tres canciones), unas manos se posan sobre mis ojos para taparlos y hacerme adivinar quién es. Obviamente, era Juanchongo haciéndome bromas pelotudas, pero... por lo menos, ya estaba ahí.

 De fondo, penetraban nuestros oídos, la música de la quinta agrupación desde que estoy. Recuerdo que me habían encantado, pero ni me acuerdo cómo se llamaban. Cosas raras de mi cerebro loco. En fin, sus ojos me habían distraído. Fija. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

 El festival estuvo espectacular. Pero no nos dimos el lujo de escucharlos a todos. En algunos lapsos, nos alejábamos para caminar un rato por ahí. Para saber qué tal nos había ido. Sí, así de chusmas éramos. Me parece bárbaro.

 Yo, muerto del cansancio por estar tantas horas parado o revoleando el cabello, le hago saber a mi chico, que quiero apoyar el orto en algún lado. Como la gente se estaba retirando, por supuesto, la obvia pregunta salió: "¿no te querés sentar en esta?". Que sí, nene, dejame aplastar allí mi culito.

 Jodas van, jodas vienen, la chot... digo, la cosa se fue calentando más. Pero no podíamos allí nomás. Todavía las personas se estaban agolpando en las paradas, en las esquinas con sus motos, en los kioscos, como también en el propio espacio verde.

 Pateamos hasta nuestros hogares. No tomamos el bondi, había muchísimos esperándolo. ¡Uff... qué estrés! Lo hacíamos más rápido a pata, la verdad, así que... eso fue lo que hicimos. A pesar del cansancio, me aventuré de todos modos.

 Todo pintaba a que, aquella noche, tampoco sucedería nada. Ninguno de los dos activaba, por lo tanto, nos resignamos a esa posibilidad. Una pena, porque algo de sed de lactosa tenía, pero no sabía cómo calentar motores. Preferí que se fuera dando.

 Una vez en la puerta de su casa, nos pusimos a hablar de sexo (ya casi eran como la una aprox). ¡Qué horas esperamos para eso, Dios mío! Sabía que sería mi última carta, tuve que usarla. Tirarla a la mesa y dar todo de mí.

 En una broma, un tanto sorpresiva, para mí, estira el brazo para ponerla detrás de mi nuca. Quedo helado. Pero me dije: "es ahora o nunca". Le tiré un imbécil: "no toque si no va a comprar, señorito". Por dentro me di una re bronca. Alto gil. Para mi suerte, él no se achicó: "claro que quiero comprar".

 Con su mano en la parte trasera de mi cabeza, me guió hasta arrodillarme, como un siervo del Señor se tiende al suelo a clamar por sus plegarias. Mejor dicho, como si él fuera mi Dios, me pone de rodillas automáticamente. Estaba hipnotizado. No lo pensé.

 Una intensa luz siempre se deslizó por encima nuestro, exhibiendo cada acción que cometíamos. Provenía del interior de su edificio. Ejercía de los pocos guardianes de la cuadra, ya que, era interesantemente oscura. Solo alumbraba ella.

 Nos alejamos de aquel resplandor, para poder llevar a cabo nuestra fechoría más lasciva. La que veníamos posponiendo hace días. No estábamos interesados en postergarlo más. Había llegado el momento para desahogar nuestros cuerpos.

 Así fue, nos escabullimos a una zona más reparita. A unos escasos metros del umbral de su hogar. Casi a los pies del de una vecina varios edificios más a la izquierda. Alejados de la esquina también, de la cual pudieran irrumpir repentinamente.

 Mientras bajo su bragueta, él, se lo desabotona. No sé para qué, no era necesario, pero bueh... no le dije nada tampoco. Lo dejé hacerlo. Que se arrastre por los impulsos más internos. En fin, ya estaba a nada de tener su chota, solo restaba ese bendito bóxer.

 No le permití quitárselo, preferí estimularlo hasta que no aguante más. Que me exija a los gritos chuparle la poronga desaforadamente, como un animal en celo. Como los locos por el sexo que éramos. Entregándonos a ese desenfreno que nos teníamos que reprimir hace días.

  La oscuridad nos dio refugio de cualquier ojo curioso. Resguardó nuestro secretito, bah... el de él. Yo lo vivía a flor de piel, libremente. La discreción no me caracterizó jamás (al menos no, en ese aspecto). Una pena, porque se perdía del rico sabor de la libertad, pero bueh... era neófito en este mundo.

 Sacó su morocho miembro frente a mí. No era grande, pero era suficiente para hacerme feliz. Agarró la parte de las piernas de su bóxer, la colocó por encima de su verga, sustrayéndola. La sujetó con una mano solo para sacudirla ante mis ojos y hacerme desear.

 Mientras ocurría esto, yo lamía ese glande aún protegido por el prepucio. Sabía riquísima. La poronga más deliciosa que había probado jamás. Se los prometo.

 Le hago soltar su hermoso aparato, para que me permita hacer el resto. Que se relaje. Que se deje llevar por mi labor. Yo me encargo de todo. 

 Qué rica era la vista desde allí abajo. No solo por su miembro, sino, porque, además, disfrutaba de observar sus abdominales y pectorales marcados en esa perspectiva. También algunos de los pocos tatuajes que se había hecho hasta ese entonces. Me hacía sonreír inconscientemente. 

 Me la llevaba hasta el fondo de mi garganta y, de ahí, lo masturbaba ayudándome con las manos. Le pasaba la lengua a su babosita poronga. Se sentía como un manjar creado por los propios dioses. Los litros de saliva que salían corriendo de mi boca, no te la puedo explicar. Quería que no parase nunca jamás.

 Para estas alturas, era una piedra que no podía dejar de lamer. Mi vicio predilecto (y, espero, que yo el suyo).

 Si no lo pajeaba yo, lo hacía él sobre mi carita, pero sin dejarnos de mirar mientras sonreíamos. La complicidad nos unía en nuestra picarezca aventura. Seguro pensaba en mis mamadas... o quizás, no. No lo sé. Solo verlo volverse loco era suficiente.

 Subía y bajaba a lo largo y ancho de su miembro erecto, morocho y humedecido por mi saliva y su semen. Su gustito era estremecedor.

 Según él, le estaba haciendo el pete de su vida. Qué felicidad saberlo. Ninguna de sus ex amaba tanto comerle el pito. Les asqueaba y lo respetaba, pero se moría de ganas porque se lo hagan. Pobrecillo. Ninguna era tan puta, ni tan sucia como yo. Todo un mérito que logré solito.

 De mi boca chiclosa, emergía su preciosa pre cum a borbotones. Manchaba de su blancuzca consistencia, todo lo que se le interponía. Embebí cada gotita que manaba de la capucha del amor. Y, si bien falta mucho para el premio final, cualquier cosa que fluía de su bellota era digno de ser absorbido.

 Las venas no paraban de hinchárseles. Buscaban salir de allí. Mostrarse. Se hacían sentir bastante, de hecho. Palpitaban. Desparramaban el calor a lo largo de ese tronco rugoso. Lo podía percibir en mi piel. Nos irradiábamos mutuamente de esa fiebre que nos envolvía.

 No iba a olvidarme jamás de sus testículos. No podría. Mi deber era la de disfrutar cada espacio de sus genitales y, esa zona, es la que más me encanta. Me metí cada uno en la boca. Los saqué húmedos. 

 Una mano amiga me ayudó a estimular su pingo mientras hundía la cara entre esas largas bolas. Claro está, nunca paré. No solté ese porongo riquísimo. Subí por el cuerpo de su pene para alcanzar la punta. Besarla.

 Y, ahora sí. Finalmente llegó el momento culmine de esta aventura porno maravillosa. Estaba expectante, obnubilando esperando que soltara lo que tanto me negaba. 

 Su glande empezó a largar su espesa leche calentita, pegajosa. Estaba deliciosa. Era mi jugo favorito y yo su bebedor predilecto. El que deseaba tomarla toda.

 Cada gotita que salió disparada de su glande fueron a dar a mi boca (más precisamente mi lengua). Allí, se desbordó completamente hasta inundarme. No aguantaba más. Se deslizaba por la comisura hasta alcanzarme la pera y chorrear. 

 En fin, como buena trolita, no solo le tomé la lechita, sino, que, además, le quería limpiar todo el pedazo. No dejar ni rastro de las pruebas del delito. Que quede impecable para que nadie más se dé cuenta que anduve por ahí.

 Con el paso del tiempo, se le iba relajando la pija, hasta que quedó completamente dormida. Se puso los pantalones y su ropa interior, para que nadie sospeche de lo que acabábamos de hacer. Aquí no pasó nada.

 En tanto yo, me limpié con la yema de mis dedos y los pasé por mi lengua. Dejé una estela de su néctar a lo largo. Parecía que había chupado de esos chupetines que la dejan toda manchada. Me re mandaba al frente. 

 Su rostro delataba lo chocho que quedó por el placer que le brindé. Servicio impecable. No podía esperar más. Solo faltaba que me haga la cola, pero... eso, querido lector, lo dejamos para la próxima.

 


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