El trosko venoso.
En una tarde, casi noche, cualquiera, llego a mi casa abatido debido a mi pesada jornada laboral. Me pongo ropita cómoda (una calza gris y una remerita), cazo mi bici y me dirijo a la puerta para buscar mi propia aventura.
Voy de Paternal hasta villa Devoto pedaleando, pasando en el medio, por mi preferido: Villa del Parque. No es mucho ese trayecto, pero estaba bastante oxidado con las dos ruedas, ¿tenía que enterarme en aquel viaje que me dispuse a hacer?
El cansancio me dejó en la placita que se encuentra justo en frente del Shopping de aquel barrio recién arribado. Me bajo y me dispongo a caminar con ella a mi lado, hasta dar con una muchedumbre que se alcanzaba a divisar en una de las esquinas.
La extrañeza que me provocó aquel gentío, me obligó a intentar acercarme para averiguar qué estaban haciendo. Pateo unos metros y ahí estaban, dialogando fervientemente sobre la inseguridad de la zona, sobre la terrible gestión que estaba llevando a cabo el oficialismo en la gobernación de Capital.
Querido lector, antes de continuar, quisiera aclarar que es la primera vez que abordaré este tópico. No suelo hacerlo y tampoco pienso romper esa racha. Es un tema bastante delicado, el cual, no pienso seguir abarcando. No por miedo a represalias o algo, sino, porque no se me antoja. No es el lugar. No en este blog.
En fin, volviendo al relato, había una extraña mezcla de gente de todos los partidos, de todas las posturas. Se hacían escuchar. Algunas más violentamente que la otra, pero... se dejaban oír con feroz entusiasmo. Se interrumpían, sí, mas no era nada nuevo que el argentino tipo, no supiera prestar atención a sus hermanos.
No estoy seguro si era la primera vez que me acercaba a la política. Podría decirse, con certeza, de que sí fue la primera vez que me entretuve con ella. No recuerdo otro momento donde quisiera estar atento sin perderme de cada detalle.
Estuve de acuerdo con gente que argumentaba a favor de los impuestos. También con quienes no. Era un nido de aprendizaje constante. No me arrepentía para nada de mi percepción sobre cada vez que hice mía, las posturas de cada uno de los que intervenían.
Entonces, de entre todas esas opiniones, la que más me encantó, fue una que brotó de la nada. Una, que me hizo tiritar, no solo por cada palabra que replicaba, sino, también por el vozarrón que osaba tener. Era hipnótica de lo profunda que era.
Lo intenté buscar entre todos. Los recorrí con la mirada hasta que, de repente, no existía más nadie, solo él, este hippie barbudo, y yo. Fue un flechazo inmediato. Maldito Cupido, ¿justo acá, justo ahora? Retirate y dejame en paz.
No pude evitar sonreír. Una mueca se dibujó entre mis cachetes (de la cara) que se sonrojaban. No lo podía controlar. Fue como si cobraran vida de la nada. Traté de tapar la evidencia con la mano, como si tosiera. Era en vano. Todos se daban cuenta, o eso era lo que me decía mi cabeza. Me re perseguí.
Tampoco podía retirar mi mirada de sí. Tenía mis pupilas clavadas en el mismo sitio. Lo más gracioso es que no era en su bulto, sino, en todo él. Reitero, estaba hipnotizado por esa persona. Me resultaba muy magnética su apariencia, su inteligencia, lo que pensaba. Estaba fascinado.
Era como de mi tamaño, un poco más alto quizá. En su pelo, unos furiosos rulos lacios arrubiados, castaño clarísimo. Algunos tatuajes visibles. Flaquito, de esos que no tienen carne ni para el puchero. Aún así, ahí estaba, contemplándolo como si fuera un adonis.
Tras el intento de asamblea que se había organizado, todos se dispersaron. Excepto yo, que ansiaba saber más sobre este señor. Quedé como una colegiala, luego de ver a su máximo ídolo a metros de ella. Me sentí una ridícula totalmente.
Agarré mi bici y la fui empujando a pasos apresurados hasta alcanzarlo y quedar a su lado. Espero no se considere acoso aquello, ya que no eran mis intenciones. Ni bien me hiciera saber eso, me hubiera alejado inmediatamente, aunque creo que no fue el caso.
Me presenté inmediatamente. Él hizo lo mismo, se llamaba Emanuel. Me contó que era profe de historia. Que había estudiado ciencias políticas, filosofía y letra. Al saber todo esto, me imaginé que muy joven no era.
Procedí a preguntarle la edad. Cuando me la dijo, quedé más boquiabierto que nunca, ya que no parecía ni en pedo los años que dijo tener. Afirmó tener 52 pirulos encima, ¿CÓMO? Si, para mí, a lo sumo, le daba unos treinta ¡BAH... yo, le daba toda la noche! Pero, ese, es otro tema.
Se sintió muy halagado por la observación que le hice. A pesar de que se lo debían decir muy seguido, mi franqueza fue de su agrado. Le convenció en verdad.
Luego de saber su nombre, estudios, ocupación y edad, le planteo mi situación. El hambre de aprendizaje que me dieron sus palabras. Necesitaba saber más, nutrirme más con sus conocimientos. Y, Ema, de manera muy amable, acepta ser mi mentor.
Seguimos caminando sin rumbo aparente, hasta dar con una de las entradas de la placita. Nos introducimos. Nuestro viaje finalizó cuando dimos con la fuente que está bien al medio del sitio. Se veía muy cómodo. Aplastamos nuestras posaderas ahí para dar rienda suelta a nuestro caluroso diálogo.
A eso de las nueve de la noche, o diez, no recuerdo bien, nos empezaron a correr. Hicimos caso, nos retiramos sin dejar de parlotear de cosas que, para mí, eran geniales. Estaba compenetradísimo en lo que tenía para ofrecerme.
Le propuse dar una vuelta a la redonda, para que nos sigamos hartando de darle a la lengua. Aceptó gustoso, pero me advirtió que no sea por mucho tiempo ya que, al otro día, debía ir al trabajo. Yo igual, solo que a mí, no me importaba quedarme toda la noche.
En una de las tantas que dimos, se me desata una de las zapatillas. Le pido que me sostenga la bicicleta, pongo un pie sobre el borde del poco cantero que sobresalía y me agacho, quedando con todo mi orto gordo frente a la cara de Ema.
En son de sorpresa, levanta las cejas. No se había percatado jamás que tenía puesto aquellas calzas grises que, pese a la oscuridad, se vislumbraban mis nalgas perfectamente. Parecían fosforescentes, según me dijo. No había ausencia de luz que pueda contra aquel par de carnazas.
Se abrieron como una flor ante sus pupilas atónitas. Podía notar cómo cada una se separaban entre sí, para dejar expuesto mi ano. Encima, el pantalón no ayudaba, pues formaba como un hoyito que permitía que se note en su plenitud y que nada quede a la imaginación.
La incomodidad de Ema se hizo presente, pero no por lo que estaba ocurriendo, más bien, por dónde estaba ocurriendo. Es que todavía transitaba mucha gente. Le daba vergüenza quedar como el pajero que observaba sin carpa ese culo que le daba la bienvenida así, sin tapujo alguno.
Yo sé que algo le ocasioné. Que se le escapaban los colmillos. Que se inquietaban los ratones dentro de esa cabecita fantaseosa. Que, sus huevos, algún cosquilleo tuvieron. Que sus deseos más profundos, al fin, se despertaron. Lo sé, era fácil de notar. Podía apostar mi vida, si quisiera.
El muchacho, debido a esa situación embarazosa, atinó a buscar escaparse. El tema fue que no dejó mi vehículo, se lo llevó en el apuro. Según él, ni cuenta se dio de que seguía llevándose en la mano un manubrio el cual nunca tuvo. Inchequeable.
Lo alcancé en la esquina. Me la devuelve. Le agradezco. Me preparo para brincar. Pongo una pierna de un lado. La otra, del otro. Pero todo de forma exagerada, ofreciendo un completo espectáculo. Porque sé que se quedó con ganas de más. Encima, por esa calle, pasaba más gente. Paro el orto y empiezo a pedalear.
De refilón, por encima de mis hombros, podía ver cómo su imagen se iba haciendo cada vez más chiquita. Seguía parado allí, observándome. Pasmado, sin poder creer la culona que se le había escapado. O eso creyó.
Ni bien llego a la esquina, doblo solo para volver. Estaba enamorado de ese hombre. Necesitaba estar toda la noche chamullándomelo y ver a qué punto se atreverá a llegar.
Tras varios giros alrededor suyo, le invito unas birritas. Gustoso acepta, con la condición de que fuéramos en la bicicleta. Accedo a su petición sin pensarlo, pero creyendo que iba a ponerse delante mío. No, ni bien pudo, me acomodó en el caño, se puso atrás y marchamos.
Puso las patitas en el caño de la rueda trasera, se acomodó en MI asiento y pretendía que yo manejara el muy flojito. Mientras que, quien les habla, se sentara en el caño, se abriera en dos el culito e hiciera toda la labor complicada.
Pensé que sería todo una joda o que no pasara nada, directamente. No podía estar más equivocada. El puro roce de mis nalguitas con su bulto, era cada vez más evidente conforme nos movilizábamos. Nos encantaba a ambos, pues su muñeco se estaba poniendo tenso. Debido a esto, me tuve que bajar yo a comprar las cervezas. Con el solo pasar la gamba de un lado al otro, le volví a tantear el muñeco. Se sintió bien rico, aunque Emanuel quiso ocultarlo. En vano, no lo consigue.
Una vez salido, le advierto que voy a estar vigilando de que no me choree mi vehículo. Que voy a estar al tanto de cada movimiento que realice. Su gestualización me hizo saber que no me preocupara, que iba a estar todo bien, así que me relajé. Confié.
Cuando me dirijo hacia el kiosco, siento en mi nuca, una mirada lasciva penetrándose en los almohadones que llevaba por "cachas" en aquellos años. Así que... hice más coqueto mi andar, para alimentar lentamente esa lujuria que estaba tratando de esconder.
Al llegar al negocio, me pongo a hablar con el que me atiende. Me pongo muy gatita. Primero, me agacho con la excusa de poder ver mejor la marca de las bebidas que quería llevar. Segundo, para hacer el pedido, sigo inclinadita con la colita bien paradita. Tercero, cuando abono, le doy de más. Me da el cambio y, a este, lo guardo en la tirita de la tanga.
Cuando este proceso finaliza, ponemos las 7 en el canasto de adelante. Me siento en el caño, él detrás mío y nos volvemos a la plaza nuevamente.
Poco antes de arribar a destino, me comenta lo ingenioso que es el escondite donde escogí dejar el dinero. Le respondo que no es tan bueno, porque la plata es rasposa, pero sí, es un buen lugar para que los ladrones no lo encuentren. A nadie se le ocurriría buscar ahí.
Lo que nunca se imaginaría, es que le mostraría mi guarida aún más camuflada. Menos que se la enseñaría. Me bajo un toque la calza, y le comento que, en la parte trasera de la tira, cerca del triangulito, también suele ser mi "billetera anti ladrones". Ese es mucho más eficiente todavía.
Lo dejé patitieso. No se esperaba tales conocimientos. Debía hacerlo. Debía saberlo. Ahora podría morir en paz. Espero no se ponga tan curioso y me haga ser su billetera humana. Creo que ya es demasiado tarde. Pero bueno... para cortejear siempre es una buena estrategia.
Nos sentamos en el jardín del cantero más próximo que encontramos. Allí destapamos la que sería la primera de tantas y dimos inicio al ritual de conversación. Hablamos de su amor infinito al socialismo, de música (obvio, eso no puede faltar), de sus hijos, del amor y del sexo. Este último, fue el que abordamos con más énfasis y empleamos mayor tiempo.
Preguntamos sobre las aventuras y desventuras. Los que más recordamos con cariño. Los que más nos calentaron. Los que más polvos nos echamos. Los que más locuras hicimos. Las cosas que nos gustan hacer durante el encuentro. Las que no nos atrevemos a probar. Las que nos vuelve esclavos de una adicción.
En cuanto preguntó lo que nos vuelve locos hacer en las previas, que fue una de las últimas, me atreví a graficarlo. Le comenté que me gustaba sentarme encima de los hombres. Lo hice y, en cuanto aplasté mi colita en su miembro, por primera vez podría decir que no lo percibí incómodo. Al contrario, se permitió estar confortable.
Ni bien metió su mano, nuestras miradas, acompañadas de una sonrisa compinche, se cruzaron. También apareció un guiño y unas palabritas entrecortadas por una respiración agitada. Hasta, si mal no recuerdo, tiró un par de besos en mi cuello, lo cual, me hicieron "amodiarlo" por un rato.
Se me olvidó mencionar que Ema no estaba sentado en el césped como yo. No. Sino, en unas escaleras que conducían a la plaza. Como cada escalón era largo, cabíamos los dos, pero a regañadientes. Por lo cual, para caber en uno solo debido a mi culo gordo, debíamos estar muy apretaditos. A tal punto, que su respiración daba a parar a mi nuca, literalmente.
Volviendo al tema, cuando quitó su mano, lo llevó para atrás para apoyarse en ellas. Para sostenerse con mejor estabilidad. El problema (bah... lo llamaría así para él) era que lo hizo aproximar más sus caderas a mis glúteos. Casi que éramos uno solo. Uno mismo.
La tensión que se generaba, provocaba una lenta erección que la iba sintiendo cada vez más metida en la cola. Pero no de frente, con su pene introduciéndose en mí. Sino, se iba metiendo entre mis nalgas, de costado. Como un panchito. Como dos panes abrazando a una salchicha. Se iba sintiendo muy rico.
Para colmo de males, mi maldad trepó estrepitosamente al percatarme de ello: en lugar de alejarme, le frotaba las nachas en el palote ese que portaba. No paraba de disfrutarlo, sobre todo, porque no paraba de crecer. Parecía interminable.
Su maldad radicaba en sus besitos tiernos. Me encantaban. Siempre se plasmaban en mi cogote. Eso es, lo que le llamo yo, ser un vil canalla. Encima me decía chanchadas al oído. Esas barbitas incipientes se convirtieron en el filtro adecuado para cada palabra que pronunciaba. Encima su respiración, Dios, ¡SU RESPIRACIÓN!
Su boca se chocó con la mía. Esos labios crueles, encendieron la chispa divina que le faltaba a este montón de litros de combustible. La pasión nos embriagó más que las cuatro botellas que nos habíamos tomado para estas alturas. No era el alcohol, eran las ganas que nos arrastraba a este punto de la locura.
En mi cabeza solo saltaba la loca idea de calentarle la pava e irme. Pero no, él llevaba muy bien la batuta. No podía desprenderme de ese hombre. Encima, cuando me alejé de su persona, lo hice en cuatro patitas, dejándolo mordiéndose el labio inferior acompañada de una mirada lasciva que apuntaba directo a mis carnes. Quería hacer todo y no hacía nada.
Una vez alejadita lo suficiente, me puse de rodillas y me bajé un poquito la calcita hasta lo más bajo de los cachetes (sí, quedaron completamente al aire). Me las acaricié delante suyo, mientras lo miraba por encima de mis hombros intentando hacer caritas sexys jajajaja. Luego del cariñito, proseguí dándole chirlitos. Todo con tal de ponerlo loquito.
Continuaba en la misma postura; manitos atrás, apoyadas en el cemento, con sus pupilas desnudándome completamente, pensando en todo lo que me haría, moviendo la cabeza sin poder creer lo que tiene en frente, intentando ponerse en la posición más cómoda que le permita pegar un salto para agazaparse sobre mí.
Desde la perspectiva en la que me encontraba, pude contemplar con toda claridad la carpita que se formaba en ese pantalón. También quise imaginarme el esfuerzo sobrehumano que estaría haciendo el pobre botón para no salir volando y terminar liberando la tararira que contenía ese muchacho. Ni hablemos de la bragueta. Qué envidia les tenía.
Al verlo tan tieso, me senté, pero sobre mi cadera, no sobre mis pompas. De costado. Con una mano sosteniendo mi peso y la otra, la quinta botella. Es que quería seguir chupando. Literal, porque lamí el borde del pico como si se tratara de una verga de vidrio. La levanté solo para mandarme un buen sorbo que terminó desbordando mi boca, escapando por mi mentón. Ya, a esta altura, era un montón.
El show de lo grotesco arrancó cuando me la pidió, se puso de pie como pudo, se la pasó por la pija y se la enganchó entre sus piernas para preguntarme si quería. Que tome de ahí. Que emulemos una rica felación.
Obvio que acepté. En seguida me puse de rodillas nuevamente y me prendí al pico a tomarla toda, sin darme cuenta del fondo blanco que me estaba ofreciendo el muy desgraciado. Ya era tarde, ya estaba en el baile. Debía bailar para él.
Cada gotita que se vertía sobre mi lengua y que iba a parar a mi garganta, me hacía flashar que, de un rico pete, era su leche brotando a borbotones de su "amiguito". No sé si era la borrachera o la calentura la que me hacía divagar lindo. En fin, de un par de tragos largos, largos, terminamos otra.
Instantáneamente a eso, un auto en la otra esquina, comenzó a despedir un par de notas muy pegadizas. A lo que se me ocurrió la atrevida idea de poner el recipiente de vidrio en el suelo, ponerme de espaldas a Ema y mover el culo al compás de aquella percusión sexualmente sugestiva (sí, no aclaré que me bajé el "lompa", porque nunca me lo subí, ¡ALTA PUTA!).
Una vez más lo tenía idiotizado mirándome las partes traseras. Podía notarlo por el rabillo de mi ojo. Le exigí que, lo único parado que quería, era su muñeco. Extendí la mano y en seguida agarró viaje. No le tembló el pulso por suerte. El tema es que ambos éramos unos troncos, pero bueno, lo ideal era divertirse.
La canción que siguió, era "la lambada". Esa, por suerte, nos la sabíamos más. Ni lo dudó. Se adhirió a mí como abrojo. Dábamos vueltas. Cambiamos de pasos. Mi cola iba hacia él, su cadera venía hacia mí. Sincronizábamos a la perfección cuando se trataba de algo sugestivo. Parecíamos hechos el uno para el otro en ese asunto.
Está de más decir que esos movimientos le pusieron el pito durísimo. Y eso que no colisionamos piel con piel. Iba su algodón contra mi piel (con erección incluído, claro). No me bastó eso. Necesitaba palpar más su calor.
Casi al final, me le uní bien unido, le chanté un buen beso y, a su vez, le metí mano a lo loco para bajar un poquito una de sus prendas. Sí, quedó en slip casi, con la cremallera totalmente baja, pero el lienzo en su lugar. Quedamos listos para lo que se vendría.
Al fin vino otra "musiquita". Otro reggaetón que nos poseyó en el más malévolo ritmo. Así estábamos, con sus caderas como dándome latigazos en la cola. No se detenía. Me tiraba el pelo. Quería más. Y si eso quería, eso le daba. Mis nalgas lo pajeaban. Le corrían el cuerito rápido. Ya lo sentía. Tenía la mema en la punta del pito.
Cuando me percaté de ello, hice el que me llamaron por teléfono, me subí la calza, le di un beso y me retiré cagándome de risa. Podía verlo haciéndose chiquito con la distancia. Con cara de no entender nada. Regalado. Esperando que todo sea una broma.

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