Leche de Coco.
Coco era un pibe muy atrevido que conocí en la casa de un amigo, el día que íbamos a ver un partido de la selección. Lo loco, fue que, lo primero que vi de él, fue cómo se rascaba la pija tirado en el sofá. Mi llegada lo alarmó, pero no del todo, porque, JUSTO, JUSTO, se me secaron los labios, cosa que hizo que me los frotara con la lengua para hidratarlos. A sus ojos, la impresión fue de "este es un chupa pijas bárbaro".
Durante la previa, nos presentamos. Se llamaba Alfio, pero le decían Coco. Era de mi estatura, de mi tez, un poco más delgado, barbita, ojos redondos, medio rubión y de color miel. Estrechó su mano con la mía, en señal de saludo, a la par que me daba un beso en el cachete (de la cara, claro, por ahora...).
Los tres estábamos vestidos de una manera muy parecida: de jogging y remera. Los unía el hecho de tener la casaca de la Selección nomás. Yo era el único que no, solo una normal.
Faltaba nada para que la pelotita rodara. Eso nos empujó a alistarnos para el encuentro. Sacaron la pintura facial y nos trazamos los colores de la bandera con ella. Como el celeste no alcanzó para todos, propuse pintarme la banderita del equipo contrario. Como esto iba a ser así, mi compinche, al ser hiper futbolero, fue al cuarto a buscarme la camiseta de nuestro actual rival.
Aprovechando esta escapada, quedé a solas con Coco, lo miré con cara de puta y le dije "¿me pintarías los cachetes de blanco? -quedó helado, no se lo esperaba- ¿ves? No soy la única atrevida", le tiré. Eso le debe haber despertado un poco el muñeco. Asintió con la cabeza, justo cuando venía nuestro amigo en común, para luego hundir un dedo en el pote y pasármela en la cara.
¿No te molesta tener otros colores? -Preguntó- Para nada, le dije, a esos los llevo en otro lado. Pobre, no se imaginaba nada jajaja. Habrá flashado que me refería al alma, o algo así. No le dio mayor relevancia.
Me trajeron mi prenda e inmediatamente se fue a la cocina a preparar una picadita. Lo miré a coquito picaronamente para preguntarle si me la puede poner. "Claro que sí, te la pongo toda", me respondió.
Una vez hecho esto, fuimos al sillón. Yo estaba feliz con ella. Pregunté si hoy me llenarían la canasta. Sería lindo que me den esa alegría. Sí, no paré de picantearla. Yo prendo la mecha, pero él es quién explota.
El silencio del señorito, me hizo pensar que no quería nada, que se había arrepentido o que estaba jodiendo nomás. Pero no, tan solo estaba tomando carrera para tirarse a la pileta. Contestó que sí. Que, hoy, una colita se iba a ir bien cogida, llena de leche, de vuelta a su patria. Que tenía fe que la clavarían todos.
Las indirectas solo fueron calladas por el regreso del corta mambo de mi amigo. Se sentó en un sillón individual, mientras que, nosotros dos, estábamos juntitos en el grande. Nuestra temperatura estaba en la estratósfera a esta altura.
Lo agregamos a nuestro camarada, a la más que interesante charla que veníamos teniendo. Nos contó de la salida que tuvo la noche anterior, por eso mismo se encontraba desganado. Callado. Estropeado. Claro, había dormido poco.
Sus anécdotas, cada tanto, nos hicieron largar algunas carcajadas. Eso le dio pie a tocarme o acariciarme la pierna, según le convenía. De pronto, se puso re toquetón. Cariñoso. Efusivo. Estaba tremendo. Hasta pasó una mano por debajo de mi culito. Fue lo más rico eso.
El primer tiempo pasó sin pena, ni gloria. Lo único recalcable fueron las miradas que nos echábamos. Las risitas que nos tirábamos. Nos distrajimos bastante. Hasta le acaricié de más, lo más alto de la pierna, en un sentido acto de devolución por sus tocaditas anteriores. Me hacía ojitos para que nos fuéramos a otro lugar, pero yo no quería dejar solo a quien puso la casa con toda cordialidad. Aceptó.
En el descanso, mi amigo se fue al baño para dejarnos solos. Qué peligro. Pobre Coqui, nunca acosé tanto a alguien. La cosa, empezó conmigo diciéndole que estaba incómodo en ese lugar. Que quería sentarme en otro lado. Despego el culo de ahí, para aplastarlo sobre él.
Después me hago la porrista, y le bailoteo encima. Le meneo todo lo que se llama ojete un buen rato, como si un reggaetón bien caliente sonara en mi cabeza. No sé bailar, tampoco es que me guste ese género, pero cuando lo tengo que menear encima de una buena verga, lo hago como una campeona.
Finalicé la sesión cuando me bajé el jogging y quedé con las nalgas solo tapadas por la casaca. Apenas lo conseguía. Modelé un poco delante suyo, para terminar agachándome frente a su cara.
Mientras le hice eso, la remera se trepó por lo alto de mi colita, hacia mi espalda. Los hombros eran quienes la empujaban. Eso dejó al intemperie mi hilo con los colores patrios. Levanté la cabeza para poder verlo y le comenté: "te dije que a los colores los llevaba en otro lado... y no era en el corazón, solamente". Me metía un dedito en la boquita, como haciéndome la bebota. Me siento nuevamente encima suyo.
Su cara era de una excitación exagerada. Me comía con los ojos. Sus manos tenían vida propia, solo buscaban alcanzar mis recovecos, pero no le permitía. Solo quería ponerlo loquito. Creo haberlo conseguido.
Llegó otra vez el ortiba a interrumpir. Cortamos el show. Yo me pongo de pie. Me subí el "lompa". Él, se tapó un poco ahí con un almohadón que tenía al lado. Cuando lo noté, sonreí, inconscientemente, al instante. Pícaro. Lo logré.
El dueño de la casa se percató, y, con tono cansado, me preguntó "otro más te vas a comer?" Entre risas, le dije que no, que es joda, che. Solo nos estábamos divirtiendo juntos. No me creyó, claro. Sabía lo petera que podía ser.
Al ver que se dio cuenta, me quedé sentado encima de Coqui, con confianza. Disfrutando de la última mitad. El segundo tiempo, fue otro embole. Nada diferente al anterior. Como era un partido poco importante, el empate no hizo que vayan a los penales, ni nada. Terminó así.
Tras el silencio, acoté lo siguiente: "estaba rica la morcilla que pusiste", refiriéndome a la de la picada. No le sentí nada de malo, hasta que me di cuenta de que, cada palabra que sale de mi boca, parecía salido de una putita. El inconciente no paraba de traicionarme.
Supongo que, por la mente de Coquito, pasaba una imagen de nosotros garchando (o, al menos, cabeceándolo). Sus gestos lo decían todo. Era muy expresivo. La estábamos pasando realmente bien. Por lo menos yo, sí.
Al percatarnos de lo noqueado que se encontraba nuestro amigo, y que la calentura entre nosotros era insostenible, nos dispusimos a retirarnos de esa humilde morada. Me quité la remera, se la devolví y me fui al baño a quitarme los colores del rostro. Le avisamos al dueño, mi amigo y nos abrió.
Nos pidió que dejáramos la llave en un agujerito por ahí, ya que le daba paja bajarse todas esas escaleras. No aguantaba más. Estaba muy extenuado, así que nos pidió ese favor. Aceptamos, claro.
No era de extrañarse que, con solo ver la hartante cantidad de peldaños que allí habían, se rehusara a acompañarnos. Lo entendimos. Les comento que esto no era un edificio, sino un PH que, por alguna razón, lo hicieron así.
Tras llegar al fin de las escalinatas que daban a la puerta de la casa de mi amigo, había una puerta, la cual, conducía hacia un pasillo que finalizaba en la verdadera puerta principal. La que, al fin, nos llevaba a la calle.
Coquito se sentó en uno de los escalones más bajos, como diciendo que no quería marcharse. Debía saldar una deuda y creo que el momento es ahora.
Se tiró para atrás, para apoyarse con los codos, mientras ponía una voz seductora, ojitos picarones y se manoteaba el ganso por encima del pantalón.
Cada palabra que emitía era obscena o de doble sentido. Me sugería que le chupara la verga, que se había cansado de que le caliente la pava, ahora, era tiempo de ponerse en acción. Ya tenía la pija parada, digamos, solo restaba sacarle el "lompa". Lo hizo, quedó en bóxers.
Al atestiguar tal situación, la que me quedaba, era hacerle un striptease. Me puse contra la pared que estaba frente a las escaleras y empecé el show. Mi joggin se deslizó suavemente por entre las piernas, hasta quedar por las rodillas, maso. A la par que bailaba, le volví a mostrar la tanga de Argentina que tenía puesta. Una vez más, sus pupilas fueron testigo de tal trapo.
El sol de la albiceleste brillaba con intensidad sobre el diminuto triangulito que se hacía sobre mi culito.
Las palmas que me hacía para que yo baile al compás de su ritmo, alertaron a los indignados vecinos, que nos gritaban de todo (menos cosas lindas, claro). Estaban re sacados.
No le dimos bola a aquellos enojos, hasta que una vieja nos gritó en pedido de que no hiciéramos bulla. Nosotros continuamos. Más bajito, pero continuamos. Nunca nos vió. Hicimos silencio. La re ignoramos a la doña.
Esto, le dio la idea a Coqui para correr el bóxer y permitir que su jirafita colorada se asomase por ahí. Se empezó a pajear a la vez que me pedía que arrimara mi cara a ella. Le hice caso, obvio, no podía perderme de degustar tal poronga.
Me arrodillo ante él unos escalones más abajo. Ato mi pelito para que no estorbe. Abro la boca. Cierro los ojos. Ya estoy a milímetros del colorado cabezón cuando, de repente, una mano me sujeta fuertemente de la nuca, obligándome a ir hasta el fondo.
Sí, mi primer contacto con su miembro, fue haciéndole garganta profunda. Es que estaba tan desesperado por el pete, que me ahogó con él. No tuvo la delicadeza, si quiera, de dejarme tomar el control del asunto. Debía de ser a su ritmo. ¡OJO! No lo culpo, le calenté mucho la pava. La dejé hervir hasta último momento.
Ahí estaba. La tenía toda corrida, con el pellejo bien a fondo. Su glande, soberbio, se mantenía impoluto ante mí. Expectante a cada movimiento que urdía
Cada cierta cantidad de vergazos, me permitía tomar aire y, entre una de esas, le pedí que me dejara ocuparme de la labor. Me até el pelo. Le pido que me ayude sosteniéndosela. Lo hace.
Tenía su glande y, detrás, de manera desenfocada, el semblante de un Coco siendo presa fácil del placer.
Ya era mío aquel hombre. Su sangre solo corría por mí, para agolparse en ese miembro, mientras ejercía mi poder completamente.
Subo la mirada, su carita estaba coloradísima. Ojitos achinados. Fruncía el ceño. Arrugaba su nariz. Levantaba su labio superior, exhibiendo así, los dientes. Se los mordía. Se le volvían color carmesí.
De su uretra, comenzaron a salir borbotones de su néctar. Primero, una o dos gotitas. Luego, a medida que pasaba más mi lengua, estas mismas iban siendo más y más grandes. Cómo disfruté cada una de ellas.
El líquido se me escurría, pues era más ágil. Era abundante. Se derramaba rápidamente por los costados como una cascada. No paraba de tomarla del pico. Era exquisita. Deleitaba mis sentidos con ella.
Ahora, que su pija buscaba el estado de relajación, alcé la mirada para tener contacto visual directo y, con toda la cara llena de su mema, le dije "mmmmmm... qué rica la leche de coco. De ahora en más, soy adicta a ella". Rió, ya podíamos estar satisfechos.

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