Historias de terror, capítulo IV: La gran calabaza.

 Estaba a punto de salir de mi casa. Estirando el brazo para alcanzar con mis manos el picaporte, girarlo, tirar hacia mí la puerta y, poder al fin, salir de mi casa para irme a la fiesta que me había invitado. Pero no, Marcos, el gil de mi hermanastro me tuvo que frenar. GIL.

 -"¿Adónde vas así, Gabi?".

 -"A bailar, con amigos. Hoy es Halloween".

 -"Pero tus viejos me avisaron que me quede para vigilar que no te vayas".

 -"Bueno, pero no están. Cualquier cosa deciles que estoy durmiendo. Beso."

 Da un paso agigantado hasta adelantarse a mí, estira su brazo tremendamente marcado y tatuado, pone la mano sobre el picaporte y, con el ceño fruncido, exclama seriamente: "¡NO, vos no te vas a ningún lado! ¿Me escuchaste, carajo?". Carajo.

 -"Ok, hagamos una cosa. Juguemos a algo: si yo gano, me voy. Si pierdo, me quedo".

 -"No está bien, porque ya quedé en eso con tus viejos. Pero, si sirve para que no jodas más, me parece justo", dice.

 Un apretón de mano y una sonrisa por parte de ambos, fue el sello final, el que confirmó el acuerdo de ambas partes, de palabra, como Dios manda, sin la necesidad de recurrir a boludeces de gente desconfiada como un papel o esas cosas.

 Lo hice sentar en su sillón favorito (el mas amplio que tenemos en el living), cerrar los ojos, asegurarse esta clausura ocular ayudándose con las manos, con cualquier excusa que se me ocurrió en aquel momento. No recuerdo cuál.

 La cosa fue, cuando volvió a abrirlos tras pedirle que lo haga. Después de aclararse la visión, no lo pudo creer. La imagen que se encontró, fue totalmente inesperada. Estaba yo, de espaldas a él, con un hilito dental negro que era comido por mis cachetes gordos. 

 Estos últimos, estaban adornados con el intento del dibujo de una calabaza con una vil sonrisa, acompañado por el ceño claramente fruncido, aludiendo a una maldad más que interesante para ambos. Todo indicaba que iba hacia el mismo lugar.

 Le pregunté si estaba listo para el juego. Él, en vez de decir que sí, solo atinaba a preguntar boludeces tales como "¿QUÉ?" o "¿QUÉ CARAJOS?", de una manera muy extrañada. No entendía una goma, pero yo solo quería explicar el juego.

 -"El juego consiste en que, si vos acabás dentro de los cinco minutos, yo gano y me voy de joda toda la noche. Ahora, si vos tardás más, vos ganás y me quedo".

 Habiendo aclarado los tantos de la forma mas transparente posible, apretamos el botoncito del cronómetro que tenía en su celular y permitimos darle rienda suelta al tiempo que habíamos acordado. Ya no había que perder un segundo más, este apremiaba al máximo.

 Ni bien me vio en culo, ya se le empezó a poner la pija dura como una roca, lo pude ver en su short, porque se le formaba la erección allí, lo que me permitió no perder tanto el tiempo en una larga previa inútil. Menos mal, porque quería sentirla toda ya mismo.

 Cayeron sus pantalones primero. Luego, sus calzones. Cayeron desmayados contra el suelo. Todo de una, sin que haga falta pedírselo. Así me gusta, papi, esa habilidad y rapidez para poder hacer las cosas. Nada mejor que un chongo que sepa hacer eso.

 Sin ponerle absolutamente ninguna cremita para que entre bailando, la agarré para empezármela a pasar por la colita, cosa de endurecérsela más todavía. De paso. Sentía que pasaba eso, mi cola empezó a surtir su efecto. Qué rico. Me hacía chorrear de una.

 Era como una turca, pero con las nalgas. La pasaba, de arriba a abajo y mi manito agarrándosela de la otra parte, también ayudaba para hacer esa pajita. Mas que nada, para que su verga no se haga la boluda y quiera escaparse. La quiero conmigo, bien adentro en lo posible.

 No me deberían culpar de nada, verla bajando y subiendo en el tronco de esa verga, era demasiado tentador. Me calentaba mucho esa chota hermosa, larga, gorda, venosa, cabezona, lampiña, con terribles bolas debajo. De solo acordarme, me volvió a abrir el apetito.

 Lo estaba matando a sentones, pobre Marquitos. Es que le brincaba furiosa, con todas las ganas. Lo estaba desarmando a culazos al pobre muchacho. Pero, la que mejor la estaba pasando, era yo, que la tenía toda (o casi toda) adentro mío.

 Con cada saltito, la pija se adentraba cada vez más en mi culito tragón. Creo que llegó a penetrarme con más de la mitad del chorizo blancuzco que tenía colgando este pibe. Qué delicia, la puta madre. Recién ahora supe lo que significa esa palabra.

 Usaba mis piernas como resorte para rebotar salvajemente. Entraba y salía por el hoyito de mi culito. Estaba sentado sobre el sofá, detrás mío, moviendo esa pija como un loco adicto a mi culito. Me entraba toda. Qué sabroso. Sin palabras.

 Tiraba fuerte de mi sedoso cabello, como si fuera la yegua que intentaba domar, esa yegua indomable. La más complicada de domar. Qué sé yo. Todo esto, mientras me daba por el culo, obvio. Nunca se detuvo, siguió haciéndolo.

 Marco no podía creer lo fácil que entraba en mi orto. Le parecía increíble, porque tenía la pija re gorda y larga. No daba crédito que pudiera pasar algo así, como si nada. Sin siquiera escupírmelo o embadurnarlo con algo húmedo para facilitar la penetración.

 Mis gemidos eran de placer, no de dolor. Eso lo hacía peor todo. Sumado a lo ágil que era para propinarle unos buenos sentones. La realidad era que, lo tenía tan abierto, que entraba como si nada, sin ningún problema. Mejor, ¿no?

 Mi culito gritaba fuerte cada vez que me estrellaba la pelvis contra mis nalgas. Peor aún, cuando usaba sus manos para hacerlas sonar. Eran música para sus oídos, por lo visto, porque lo hacía con bastante furia y bastante seguido lo hizo. De hecho, me las dejó rojas.

 Al minuto cuatro con cincuenta segundos, aproximadamente, unos gritos casi queriendo silenciarlos involuntariamente, se escaparon de su boca. Eso era una clara señal de que estaba a nada de escapársele algo blancuzco que tanto deseaba mi ojete.

 No paré. Seguí propinándole unos buenos ortazos, hasta que... sus gritos se salieron sin querer y, con ellos, unos buenos chorrazos de leche se dispararon violentamente en el interior de mi orto. Eran calentitos y me humedecían internamente.

 Disminuí la velocidad con la que chocaba mi traste contra su pelvis, a medida que iba tirándome sus lechazos. Hasta que, finalmente, me acabé sentando un ratito a esperar a que terminara ese tiroteo que me estaba propinando el muy guacho.

 Una vez terminado, me levanto de encima suyo y su pija hace como si fuera un trampolín del que alguien saltó hace un rato, hasta quedar sosegado, tranquilo, mientras se iba durmiendo con el transcurrir del tiempo. De nuevo. Despacio.

 Entre tanto, yo, me abrí el culito para mostrarle adonde fue a parar toda su exquisita miel blanquecina. La primer gotita se asomó de mi agujero goloso. La misma que, poco después, salió para desparramarse en el exterior de mi ano. El resto, allí murió.

 Lágrimas blancas derramaba mi orto. Lágrimas que fueron vertidas por la acción de mis músculos. Menos mal, porque me sentía rellena de su calor. No lloraba de tristeza, sino, de la alegría que no pudo expresar por carencia de boca.

 Ni bien terminé, le meneé un poquito la colita, como para que se deleitara por última vez con todo lo que tengo detrás. Entonces, él atinó a darme un buen chirlo ruidoso. Hijo de puta, le dije, con ganas, del alma, porque me dejó su palma bien marcada.

 Me volví a colocar mi ropita interior al instante, en un periquete. El resto del disfraz, también. Le di un beso, lo saludé con la mano y me fui lo más bien, con su bendición. Como si nada. Porque, si yo cumplí, él también debía. Nos vimo en disney, querido.

 


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