ChocolaTITO.

 Estábamos con Eli en su cuarto, boludeando en nuestros respectivos celulares. De pronto, le digo: "mirá, qué rico. Me re tenté". Mira la pantalla, era un chocolate. Está de acuerdo con que no sería mala idea comerse uno, así que... me fui de cabeza a la heladera a atacarla.

 Me voy por las escaleras a la planta baja. Allí, se encontraba Héctor, el hermano o primo de Eli, no me acuerdo. Tenía más familiares este. Estaba recostado en el sofá, tapado con una sábana. Escuchaba música desde su celular con los auriculares puestos. Lo más bien.

 Entonces paso yo, al lado suyo, encarando directamente la heladera como dije antes. Sin decir ni "mu". A todo esto, la remera blanca que tenía, no daba más. No podía alcanzar ni siquiera la mitad de mi cola. Prácticamente, estaba desnuda o en tanga. Daba igual, se me veía todo.

 Me agaché lo más que pude para tratar de encontrar en cada rincón del electrodoméstico, pero no había ni rastro de la maldita cosa. Fue tal la frustración, que me puse a buscar, ADEMÁS, en los cajones de la alacena de abajo. No dejé recoveco sin revisar.

 Obviamente, chequear tan abajo, hacía que la fucking remera se me subiera como loca, exhibiendo así, la tanguita blanca que me había puesto. Es decir, me había tapado al pedo, porque igual dejé que se me viera la bombachita. Pero bueh... la prioridad era la golosina.

 Harta de no hallarlo, me dirigí a Tito a preguntarle si sabe algo sobre el paradero del mismo. Ni bien me vio, se bajó los auris y prestó atención minuciosamente a la pregunta, contestando destapándose por completo: tenía el chocolate al lado suyo.

 El tema con esto, era que él estaba totalmente desnudo, con esa pija hermosamente depilada al aire. Seguido de eso, me dijo sonriendo picaronamente: "sí, vení, cometelo. Es todo tuyo", mientras se agarraba la chota como pajeándose el muy descarado.

 -"Ganatelo", me dice sonriendo.

 -"¿Otra vez pidiéndome estas cosas, Tito?"-, fue mi respuesta.

 -"Y sí, bebé, ya sabés cómo es esto".

 Yo, en lugar de enojarme, me reí y sonreí terriblemente como una putita en celo a la vez que le miraba la poronga. Todo fue inconsciente. No lo pude evitar. Quedé encantada con esa barrita de chocolate, que, encima, era de unos tonos de color muy parecido.

 Enseguida me arrodillé ante él, al costado del sofá-cama. Se la agarré. Abrí la boca. Me la metí entera. Gozaba cuando entraba, me lamentaba cuando salía. Lo masturbaba mientras la tenía toda adentro. Lamía su cabecita. Qué bendición, por Dios.

 Él no se quedó de brazos cruzados, no. Su mano izquierda la llevó a mi colita. La acariciaba. Le hacía mimitos de norte a sur. Le hacía mimitos separando ambos cachetes, dejando mi ano bien expuesto. Lo apretaba. No paró nunca.

 Un par de sus dedos se pasearon por lo que sería la puertita de mi ano, como rascándomelo. Se sentía tan rico, que me calentaba mal. Me estimulaba para querer hacerle la mejor mamada que recibió en su puta vida. Me tenía que esmerar, obvio.

 ¡PLAS! Hacían mis blanquitas nalguitas cuando estrolaba la palma de su gigantona mano contra ellas. ¡PLAS!, otra vez. Que no pare, por favor, amaba cómo me daba bien duro. Dame más. Incluso, hacer eso, me provocaba gemir inevitablemente. 

 No me detuve tampoco. Le comí la pija enterita, haciéndole garganta profunda. Le tiraba el cuerito bien para atrás con la boca y la garganta, todo lo más que pude. Qué delicia era pasarle la lengua a ese pedazo, me encantaba. Se me volvió adictiva.

 Sus huevos no se salvaron tampoco, se los devoré como una loca hambrienta. Le levanté la pija para pajearlo mientras metía mis labios en sus bolsas escrotales. Estaban deliciosos. Lo disfrutaba, lo sé. Sus ojitos blanqueados, carentes de pupilas, me lo decían. No lo podría negar.

 -"Ay, ay, ¿me vas a dar la lechita?", pregunté con voz de petera, mientras lo pajeaba.

 -"Ajam", dijo como pudo el muy tarado.

 -"¿Sí?"

 -"¿Otra vez la querés, putita?"

 -"Tí, quiero que me des toda la lechita en la boca", contesté como haciéndome la bebota.

 Ni bien terminé de pronunciar esa bendita frase, posó su mano derecha directamente en mi mollera para hacerme atragantar con su vergota, como diciendo "bueno, si querés mi leche, cerrá el culo y seguila chupando". Alto sarpado, pensé, pero tenía razón.

 Unos movimientos bruscos como espasmos de su verga dentro de mi jeta, me indicaron que, todo el esperma de mi bebote, fueron escalando a lo largo de su amiguito para salir abruptamente de su uretra, directo a mi lengua. Fue un Tsunami colosal.

 Despacio la retiré de mí. En cuanto hubo un poco de espacio, la chechona brotó de mi boca, como si de una cascada se tratase, para terminar empapando su parte pélvica. Entonces, al verlo, se la limpié con la lengua para que no quede ni rastros de sus hijitos.

 La agitación de su respiración, me dio a entender del placer que le hice sentir tras ese rico lechazo. No solo la cantidad que salió, también su reacción me lo dijo con total claridad. No había duda de que le vacié los huevos bien rico.

 A pesar de ya haber finalizado, no retiraba su mano de mis partes traseras. Nos dimos un re beso y, pese a eso, tampoco, su mano continuaba allí. No había forma de que las quitara el muy degeneradito. Parecía que las tenía pegadas a mí.

 Me hizo reír tímidamente la forma en que me lo agarraba, como si no hubiésemos hecho algo tan sarpado hace un rato. No lo sé, me salió del alma. Incluso me lo zamarreó demasiado fuerte el sorete, con muchas ganas. Eso me re calentó. 

 Parecía que se vendría una rica mamada de culito, pero no, me amagó el muy guacho. Me hizo ilusionar el muy desgraciado. Solo se movió para alcanzar el chocolate que quedó no sé dónde, agarrarlo y dármelo. 

 "Creo que te lo ganaste, putita", me dijo mientras me lo daba. Nos reímos como dos cómplices de una aventura más que deliciosa. Se lo recibí retrucándole con un "que no se corte", mientras me dirigía a la puta escalera que nos separaría momentáneamente.

 Puse una piernita sobre un escalón. Me puse de espaldas a él. Le seguí sonriendo mientras lo miraba por encima de mis hombros. Recién ahí bajé mi remera para que no quede tan evidente en tanto me iba alejando y viéndolo cada vez más pequeño.

 El muy pajero no se le borraba la sonrisa mientras me veía subiendo. Se movía la sábana como si se estuviera pajeando mirándome. Es un desgraciado insaciable. Cochino degenerado.



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