Cepillo de carne.

 Me encontraba en lo de un amigo, me había prestado su baño para asearme. Lo cual, aproveché para quitarme la grela del cuerpo y luego terminar con la de los dientes. Salgo de bañarme, me seco con el toallón, me pongo mi tanguita rosita de la suerte, mi remerita y ya estoy lista para acicalarme toda mi bella dentadura.

 Agarro el cepillo, aprieto el pomo, le hunto la pastita y me la paso por toda la boca. Primero, por los de adelante. Luego, por los del costado. Continúo con la parte inferior de ese mismo lado. Más tarde, la superior de las de abajo. El lado opuesto al que ya lavé le toca ahora. En fin, repito el ciclo ya realizado por un lindo rato.

 La cosa es que, mientras llevaba a cabo esta tarea, sentía unos ojitos que me espiaban de atrás de una puerta. Claro, como todavía estaba en tanga, sabía que algo pernicioso tramaba el dueño de ese par de pupilas. Así que... no me achiqué y paré la colita, la moví al ritmo de mi cepillado. Me hacía la que bailaba alguna canción que sonaba en mi cabeza.

 De repente, Juampi, mi amigo, el dueño de la casa, irrumpe en mi tarea aludiendo que, según él, tenía ganas de mear. Entra. Sube la tapa, pela la garcha, y... ¿hace pis? No sé, me parece que me mintió. La cosa es que estábamos los dos en una situación complicada: él, con la pija en la mano y yo, en tanga, con la boca toda blanca.

 Le sonrío frente al espejo, mostrándole cómo quedaría mi jeta, si me diera de beber de su mema. Le muestro cómo se me hincha la mejilla con el cepillo cuando me lo pongo de costado. El gesto agarrando el cepillo, parecía que chupaba verga en serio. Los labios y la pera blanquesinas, chorreando mal. Esa misma espuma desprendiéndose de mi lengua. 

 Me agaché para escupir todo eso, dejándole las nalgas cerca de sus inquietas manos. Grave error, porque, por culpa de eso, se tienta y me pega en la colita como tres veces el muy atrevido. Al enterarme de lo mucho que le gusta, le hago el favor de quedarme inclinada un ratito más, para su goce al tacto, su deleite visual también.

 Con los pantalones bajos, la pija afuera, se me pega a la cola y me susurra lo siguiente:

-Mirá que gratis no te va a salir quedarte en casa, eh? Algo me vas a tener que entregar.

 -¡UFA! ¿Y cuánto va a ser el sablazo, malo? -pregunto beboteando, haciendo pucherito.

 -Y... justamente de sablazos es que estamos hablando, sería una buena chupada de pija. Si me gusta, dormís conmigo.

 Le manoteo toda la chota mientras lo miro con cara de petera. Se le va endureciendo. La agarro, la zamarreo. La paja le va encantando. Le chuponeo el cuello, las tetillas, la pancita y, finalmente, a mi destino final: su pija. La tenía tan grande el hijo de puta, que se me hizo agua la boca con solo verla. Me apetecía un buen pedazo así urgentemente.

 Pongo el cepillo al lado de ese trozo gigante. Eran casi del mismo tamaño. Increíble, quedé boquiabierta sin poder darle crédito a pesar de estar viéndolo. Aprovechó mi boca abierta, para agarrarme de la nuca e introducirme su nepe. Como estaba de coté, me inflamaba los cachetes el muy desubicado. Ni siquiera esperó a acomodarme para petearlo mejor.

 Movía su pelvis ferozmente para cogerme por la boca. Hasta que, en un momento, la torció tanto que se comportó cual trampolín y así me la pasó por toda la jeta. De comisura a comisura. La abro bien grande. Mis besos comienzan a sonar, es que la chapé completamente. No dejé un solo lugarcito sin apoyarlos, sin demostrarle todo el amor que le tengo.

 Para estas alturas, su chota estaba completamente venosa, con la cabeza para afuera, bien furiosa, con algunos restos del dentífrico que no pude quitar con agua. Lo que pasa es que no me dio ni tiempo a enjuagarme, ni a nada. Me agarró de una sin si quiera preguntar. A no confundir, esto no es una queja, me encantan los machos bien decididos a cogerme.

 Frota mis labios con ese pingón hermoso con todo su glande para afuera. De adelante hacia atrás corre, para, finalmente, meterla toda de nuevo e inflarme los cachetes. Se ve que le encanta eso. Yo, en tanto, le hago lo que me encanta a mí: pasármela por la lengua también. Quedamos encantados ambos con eso que hacemos. Qué rico dúo somos, ¡ji, ji, ji!

 Me golpeaba la cara con ella, como si fuera un garrote de carne. Me deja salpicada la carita con sus gotas que ya empiezan a salir. Feliz, con una sonrisa tan genuina, que nunca pude hacer. Era imposible caretear algo así. Es eso que, algunos, llaman felicidad. 

 Hunde su pija en mi garganta... hasta no aguantar más. Me hace llorar. Todo esto hace que, la pasta dental, se extiende por todo mi cuello a casi tocarme las tetas. 

 Las venas emergen de su piel con cada intento de asfixie. Es que la presión que hacemos, nos pone más loquitos. Nos enciende como dos chispas que se precipitan ante el césped. 

 -El precio aumentó, mamita, por eso de la inflación -me insiste-

 -Uh, ¿cuánto? -contesto con algo de resignación-

 -Ahora, quiero que me des ese orto.

 Claro, el monto estaba a mi alcance. Podía pagarlo, por lo tanto, acepto el aumento. No tengo ni un drama. Me pongo de espaldas, agachadita contra la pared de la ducha. Me corre la tanguita. Inclinada, con la colita paradita en frente de su hermosa verga. La misma que ingresa despacito a mi apretado culito. Hacemos un sanguchito muy rico con mis panes y su morcilla.

 Los pijazos propinados por este chongazo, me hacen pegar unos quejidos bárbaros. Encima, el eco que hace a nuestra voz, no ayuda en nada. Al contrario, solo incrementa nuestros deseos más degenerados al escucharnos. Nos genera un morbo terrible, como si se tratara de otros dos que están culeando igual que nosotros. Que están igual de alzados.

 Su verga, no solo es larga, también es gorda. Bastante gruesa, la cual, genera que mi culo se abra. No solo en lo profundo, sino que, además, por los costados de mi ano. Que se ensanchen más mis cachetes al mordisquear terrible aparato sexual. Pero todo procede a hacérmelo despacio, para que no me pueda doler tanto. Es un amor de persona. Lo amé.

 De a poquito me la empieza a dar cada vez más fuerte. Eso me pone bastante más loquita, como una trola, una loba en celo que quiere carne por popa. Encima en seco, no quería que me escupa la cola. Que me duela, no me interesaba. Quiero sentirla toda, hasta el fondo. No puedo negarlo, estaba increíble. Bastante golosa es mi cola.

 Luego de esto, bajó la tapa del inodoro, se sentó allí, me hizo sentarme a mí encima suyo. Como yo tengo el control en esa pose, le refriego todo el orto en su poronga. De arriba a abajo. Casi que le hago la paja con mi culo, hasta que no aguantó más y me susurró que quería cogerme. Está bien, no doy más vueltas, me hago meter la picha entre las nalgas.

 Desde su perspectiva se veía mi ano abrirse por acción de su chota gorda. Eso le encanta, hasta me lo hace saber. Está loquito el chinwenwencha este, lo sé, pero bueno... no pude evitar abrirle más mis cachas para que pueda contemplar en su totalidad mis interiores. Que observe cómo come carne mi carnívoro potito. ¿Soy la peor, no?

 Una vez que ya no me dolía tanto, los sentones van apurándose de manera sistemática. Todo sale naturalmente. Se sentía como hacer sentadillas sobre su chorizo. Estoy ejercitándome y teniendo placer al mismo tiempo, no lo puedo creer. Si sabía que se podía hacer así, iba al gimnasio todos los días a que me puerteen toda.

 Por debajo de mis brazos podía ver sus expresiones de felicidad con cada movimiento ejecutado. Sumado a mis gemidos, creo que potenciaba exponencialmente su deleite. Encima llevaba mi culito hasta abajo, bien abajo. Quería que mis partes traseras se alimentaran bien. Aquello, me ponía más loquita. Darle placer, es mi placer.

 Volvemos a la ducha. Se acuesta allí. Pongo el orto arriba de la parte baja de su panza, para que me penetre mejor. Qué rica pose, la pude descubrir gracias a él. Me encanta, pero tiene que tener bastante fuerza para sostenerme así de las piernas. Es que me las cerraba para que mi hoyito apretara más férreamente su pinchila.

 Otra vez su pelvis era la que tenía todo el poder. Me controlaba con sus vergazos. Solo él se podía mover para culear, para llevarla hasta donde quisiese: el fondo, o quizás no tan al fondo. Si metía su cabezota o toda entera. Incluso podía sentir sus huevos dándome algunos latigazos cada tanto. Todo estaba espectacular hasta ese entonces.

 Mis patas, al estar abiertas, las apoyaba sobre la mampara de la ducha. Eso le daba más apertura y que pueda penetrarme con más facilidad. No podía evitar hacerlo, necesitaba sentirlo así. Me hacía poner en varias poses. Primero, de par en par. Después, cerradas pero en una posición menos juntas. Así, no sufriría tanto... en teoría, claro.

 Se puso de pie, contra mí. Como si fuera patitas al hombro. Duró un par de segundos, ya que, estaba re contra caliente. Los dos lo estábamos. De esta forma, mi ano logró que sus huevos empujaran todo su semen hasta la punta de la verga, repentinamente. La escupió toda bien adentro. Como Dios manda. Tal como debe de ser.

 No solo adentro, también largó bastante afuera. En mis cachetes, parte de la zona baja de mis huevos. Todo húmedo. Completamente bañada en aquella ducha. A pesar de ya haberme bañado, volví a hacerlo. Mi hoyito lloró guasca. Pero no de tristeza, era un llanto de alegría. Estaba contento. Igual que yo, que gritaba como una loca de contenta.



 

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