La vecinita tiene antojo.
Una tarde de calorcito, tirada en la cama en tanga, me encontraba whatsappeando con el vecino más atrevido que me topé en la vida: Juanca. Vino todo muy normal y tranqui la charla, hasta que cambié la foto de perfil por una en tanga, la misma que tenía en ese preciso momento.
En eso, que me hace contarle sobre qué haría el 14 (de febrero), si me pintaba salir a tomar algo o a mandarnos alguna (como le decía). A los pocos segundos (como leí que estaba escribiendo), me manda la siguiente frase que, en seguida, aumentó la temperatura al toque Roque:
-"Interesante fotito, bebé. Me encanta, qué linda cola tenés. ¿Estás así ahora?"
-"Gracias, precioso, me alegro que te gustara. Sí, así estoy. Es que recién salgo de bañarme, ¿me querés secar?"- le contesto en joda y sin pudor.
-"Me encantaría. Si estuviera ahí, te secaría con la pija".
Como ya dije, el ambiente se puso demasiado candente y parecía no parar más. El muy pajero no dejaba de preguntarme sobre los polvos que le echaron a mi culito, cuales fueron los mejores, mi primer encuentro, los peores, etc. Quería saber nomás, estaba muy curioso al respecto.
En eso, de la nada, me manda una foto de un consolador de colores y la siguiente pregunta:
-"¿Hasta dónde llegás, putita?"
-"Hasta el azul" -le contesté muy segura. Claro, ese color llegaba a la punta de los huevos-.
-"¿Llegás al azul también con esta?" -fue su siguiente interrogante, con foto de su pija incluida.
-"Te apuesto lo que quieras, que sí" -le contesté con una seguridad inquebrantable, luego de estar varios segundos boquiabierta.
-"Si no lo lográs, me entregás la colita, te va?" -interrogó el zángano este.
-"Bueno, dale, te espero en casa para concretar la apuesta".
¿Para qué le habré puesto la palabra "apostar"? ¿En qué bardo me metí? Acepté, obvio. Con algo de miedito, porque se veía bastante gigante eso. Lo invité a casa inmediatamente para que pueda corroborarlo. La apuesta no podía esperar más tiempo. Menos mi boca. Estaba hambrienta.
Ni bien le abrí, ya venía con la pija re dura. Quizás por las demás fotos que subí en mis estados. De todos modos, no era la gran labor, ya que con media teta y una nalga, ya se le había puesto como una roca. Se ponía como loco en seguida el nene. Parecía un adolescente alzado, con las hormonas a full.
Bueno, en fin, ni bien entró, se me pegó para manosearme la cola mal. Unos pares de besos, unos franeleos importantes y a los bifes directos. Se sienta en una silla, se baja los pantalones con el bóxer juntos y me presta la verga para ponerme a prueba. Es un culeado, era verdad todo lo que tenía ahí.
-"A ver, dame tu pija que me la trago toda" -le dije con cara de puta, de rodillas, acomodándome el pelo y abriendo la boca.
Ahora sí, llegó el gran momento. Al fin tenía ese pedazo enorme en frente mío. A centímetros de sujetarlo y poder probar mi capacidad de gargantearlo. Pero, ¿iba a poder? ¿soy suficiente? No es momento para achicarme, ni para cuestionar mi poder. Debía enfrentar la situación.
Arranco mamándole la punta, muy sutilmente. Lengua en el frenillo, en los costados. A lo largo de su chota enorme. Vuelvo a tragar, solo que, esta vez, me animo a llevarme más. Succiono en más oportunidades, para ir practicando antes del gran momento.
Me voy animando de a poquito. Voy comiendo de a puchitos. Practico un poco antes de lanzarme con toda. No da tirarme a la pileta de una, sin siquiera chequear que haya, aunque sea, un vasito de agua en el fondo. ¿Qué es esto? ¿Me estoy achicando? Así parece.
Acaricio su frenillo con mi labio inferior, yendo y viniendo, solo para poder atragantarme de una. Creo que logré tocar mi campanita con la punta de su pito. Alta atrevida soy. Me tiré el lance, ya fue. Total, no tenía nada que perder, más que solo un par de lágrimas.
No podía, no alcanzaba. Creo que la boqueé demasiado. A penas llegaba a la mitad, mis arcadas se hacían presentes. Lo miraba. Lagrimeaba. La sacaba. Toda su pija quedaba babeada. No me importaba, me volvía a tirar de bruces contra esa pared, para volver a dármela. Alta terca era.
De nuevo, me la metía como dos o tres veces bien hasta el fondo, hasta donde fuera el punto más álgido al que podía aguantar. A penas pasaba unos milímetros de la mitad, ya me daba ganas de lanzar. Paraba. Me la quitaba. Quedaba totalmente empapada.
Tragaba saliva, pero mucha, debido a las fuertes estimulaciones del vómito que me provocó ese machazo. Esperaba un rato hasta calmarme. Volví a intentarlo. Dos mamadas cortitas, hasta que me la jugaba de nuevo. Estaba re loca, ¿cómo me la iba a jugar en vano así?
Luciano, mi vecino, reía con ganas al ver mis inútiles intentos siendo truncados por la triste realidad. No era tan petera como pensaba. Todavía me faltaban kilómetros de carrera para poder contra algo tan inmenso. No era la profesional que tanto pensaba.
Nunca había intentado comerme así ni un chupetín, ¿y quería empezar ahora haciendo eso con un pedazo tan grande? La calentura fue más fuerte que yo, no pensé cuando vi ese ganso gigante. Lo pajera me dejó ciega. Esa es la única explicación que le puedo encontrar.
Para estas alturas, la baba remojaba totalmente mi mentón. Chorreaban borbotones que se desplazaban con toda la soltura del mundo. Como Pancho por su casa. Más de uno, moría entre mis pechos. Otros, se adherían férreamente a su glande, para deslizarse sobre esa poronga.
Reía yo también, por mi grandísima estupidez. Por lo burdo de mi insolencia que, al ver su tamaño, no di mi brazo a torcer. Al contrario, redoblé el desafío. Pero, ni siquiera ante tal imponente titán, podía abarajar la sola idea de perder aquella dura batalla. Éramos David y Goliath del pete.
Pese a que las sensaciones que le brindaba mi felatio, no paraba de burlarse de mí. Cuando veía que iba a intentar balbucear algún chiste malo en mi contra, me ahogaba en su ganso. Eso provocaba algo de tirar un pato, lo cual, le daba gracia y así, era un círculo de nunca acabar. Literalmente.
¿Ya te rendiste? -Susurraba como podía, con picardía. Claro que no, no iba a entregarme así como así. Sin luchar. Sin dar una pelea digna de aplausos, de ovaciones. Había que morir de pie de una vez por todas. Con solemnidad. Estoicamente.
En una, casi lo logro. Me esforcé demasiado. Sobrehumanamente. Pero estuve increíblemente cerca. Ni yo lo pude creer. Incluso logré tocar uno de mis dedos que sostenía la base de su pene (el índice para ser más precisos). Rompí mi propio récord.
Cada vez que la largaba, se hacía más evidente el sobre esfuerzo. Quedaba con la respiración agitada. Detonada. La mirada llorosa, largando un par de lágrimas. Como si me hubiera dejado el amor de mi vida. O como si me hubieran metido cuarenta centímetros por el culo. Algo así.
Até mi pelo, para que no me moleste. Me lo amarré lo mejor que pude y me tiré por una de las últimas veces. Antes de rendirme. Dios mío, ¿por qué tan obstinada? ¿Por qué no entregué de una, ni bien vi el tamaño de todo eso? Ya me estaba arrepintiendo mal.
Mis ojos, inyectados en sangre, le daban la pauta de que era tiempo de frenar. "Basta, petera de mierda, dejá de ahogarte al pedo", habrá pensado el pobre muchacho. O no, no lo sé. Nadie querría un cadáver adherido a la punta de su miembro. Ni daba tampoco morir así.
Mi cara de frustración, delataba que me estaba derrotando. Que debía entregar el anillo de cuero. Pero, ¿cómo? Si no podía con la garganta, menos con la cola. Me iba a romper entera, posta. No podía permitir eso, mas no podía echarme atrás ahora tampoco.
Con mi último aliento, le repetía "no voy a dejar que ganes, no te va a resultar tan fácil". Todo lo contrario, debe haber sido el combate más sencillo al que se debe haber enfrentado. Encima, era sacándole la mema. ¿Qué más se podía pedir?
"Está bien, perdí. Haceme la colita, papi. Me rindo", finalmente lo dije. Pese a que no paraba de mamársela y de admirar la belleza que suscitaba ese pedazo, le hice esta declaración fortuita de rendición, con una mezcla de resignación y calentura.
Ya estaba destapando el pomo de un lubricante que tenía detrás suyo, del que le presté, solo para embadurnarse la pija. No veía la hora de cogerse mi estrecho culito, el muy hijo de puta. Se saboreaba, lo podía notar. Inevitable ocultarlo. Lo disfrutaba a pleno. Era obvio.
Obviamente, quien terminó de lavarle la chota en ese gel íntimo, fui yo. Agarré de nuevo el pomo, me lavaba la palma para echarme más para frotarla por arriba y por debajo. Por doquier. No había un solo espacio que no dejé sin recorrerla. Sin permitir que decaiga ni un poco.
Rezaba en voz alta para que todo eso se dignara a entrar en mis cavernas anales, sin producirme el susodicho dolor. Que, a penas, me produzca algo de incomodidad posible. Nada más. Hasta que esto, le deje un brillo tal, que me permita reflejarme en ella. O hasta cuasi volverse un espejo de carne.
Me corrí la tanga hasta apoyarla en una nalga, me puse de pie, me di la vuelta, me agarró de la cintura y me hizo rozarle la poronga con los cachetes, casi como haciéndole una buena paja. Le encantaba. Subía y bajaba a lo largo de su banana.
Cazó el pote de nuevo, lo apretó, lo echó casi todo en la parte superior de mi cola (con una furia tal, que lo percibí yo misma desde ahí) y lo esparció, con total suavidad encima mío, como si se tratara de un masajista profesional. Esas manos tenían el don realmente para eso.
Se agarró la pija para ir apuntándola adentro de mi anito, hasta que, al fin, dio con él. Me retorció del dolor, del deseado dolor. Pero, tranqui, recién tenía la puntita. Todavía faltaba el resto de ese porongón venoso. A rezar para aguantar.
El resto va entrando de a poquito, empujándome para atrás, hacia él. Mi culo comía por su culpa, ya que Juanca era quien tomaba el control. Era el que dominaba la situación, y no lo hacía nada mal. A pesar de ser unos cortitos movimientos, ya tenía experiencia.
Luego de unos buenos cortitos, me hizo tragármela toda por detrás. Para ello, me hacía menear las caderas furiosamente para que resbale mejor. Eso me facilitó demasiado el trámite para cumplir mi deseo. Fue una excelente táctica.
Nunca dejó de esparcir la crema en tanto permanezca empapada en ella. Sentía cómo recorría todo lo que se llamaba culo, con esas manotas gigantes, con las palmas bien abiertas, las mismas que son capaces de tocarme con el menor de los esfuerzos.
Sus manos se estrellaban violentamente contra mis cachetes. Buscaba dejarlos marcados, sin pensarlo. Estaba como loco dándome duro a full. Es que las sensaciones que podíamos provocarnos, eran bárbaros. Nos sacábamos chispas, definitivamente.
Siempre fue de pie, con el mero uso de mis rodillas para subir o bajar. Por suerte, aguantaron. Me sirvieron para disfrutar a pleno de esa vergota lujuriosa adentrándose en mis cavernas apretadas que se separaban solo para darle el permiso a entrar.
Mi culo, para esta altura del partido, ya estaba re contra acostumbrado. No hacía tanta molestia que adentrara de tal manera. Como tampoco eran tan fuertes los sentones y los manejaba yo acorde al grado de mi dolor, no había ningún problema con eso.
La tenía bien adentro. Literal. Porque, mi orto, se la lastraba hasta el fondo. Solo dejaba afuera los huevos, porque no podía meterlos. Porque no me quedaba otra. Si pudiera hacerlo, lo hubiera hecho sin dudarlo, obviamente. Los hubiera pedido a los gritos.
Se puso de pie. Quedó como a dos cabezas sobre mi, era mucho más gigantón de lo que recordaba, lo que debería elevar la mirada mucho más que antes. Por algo no me agaché más todavía, solo porque quedaría más enana ante él. A no achicarme.
El chinwenwencha me agarró de las caderas para darme poronga como loco. El problema de esto, fue que sabía que me masacraría el culo. Aunque no le llamaría tanto "un problema", más bien, una cruel solución a mi apuesta, ya que mi hoyito, apuraría su coito.
No me quejo, solo gimo de un placer doloroso. Vale la pena aclararlo. Imposible ocultar esa mezcla maravillosa que se gestaba muy adentro mío. No la quería largar. Si fuera por mí, me la guardaría para siempre en mi bolsillo trasero. El de la ranura más larga.
Me lleva hacia la próxima pared más cercana con la punta de la chota, sin dejar de envainarla en mi culito. Mientras dábamos esos pasos decisivos, me bombeaba el orto el muy hijo de puta. Ay, papi, sí, me dejaste el recuerdo bien a fondo. Huella imborrable.
Las venas comenzaban a asomarse en sus brazos. Demostración fidedigna de que estábamos cada vez más cerca del punto culmine, a la par. Sincronizados como dos relojitos que andaban a la misma marcha, al mismo tiempo, con el mismo engranaje.
Ahora sí, me la saca de adentro para avisarme que iba a acabar, que quería dármela en la cara. Debería obedecerlo, después de todo, fui quien perdió. Era su sumisa por un instante. Por el lapso que perduraba su esperma resguardado entre sus huevos.
Arrodillada, a la vez que se pajeaba en frente mío, yo le mamaba los huevos. Pasaba mi lengua por ahí, de costado. De lado a lado. Los estiraba a mordisquitos. Encima coincidimos entre el movimiento de su paja y la de mi lengua. Incluso, con tenerla quietita, era más que suficiente.
Las besuqueaba mucho. Volvía a estirarle cada uno de sus huevos con mis labios. Los succionaba furiosamente. Uno a la vez. Se sentían deliciosos esos pelitos cortitos raspándome los labios. Sus bolas rebotándome en la nariz.
Baja su rifle, apunta a mi cara en tanto se toca mirándome, con su glande asomado. Aprovecho para acariciarlo lingualmente, apoyarle mis labios en son de darle un chuponcito tierno. Se lo escupía, dejándole un poco de mi babita encima.
Tironeó mi pelo para que me corra y pueda metérmela en la boca. Se pajeaba con mis comisuras con una pasión única. Lo cabeceé para que pueda derramar en mi lengua todo ese juguito calentito que tenía preparado para mí. Por fin, me la dio.
Tanto sacudirla, salió con agresividad directo a mi garganta. Sin misericordia vertió su líquido calentito. No hubo aviso, ni advertencia. Mejor, me encantó la sorpresa con la que me sometió a su semen. Que no se arrepienta de nada.
Le mostré lo que quedó, tragué, volví a mostrarle que ya no tenía más nada. No es para menos, estaba sedienta. Si me daba más, la tomaba también. No le negaría ninguna oportunidad en la que me convidara. Qué puta que sos, me dijo. Obvio, tenía mucho antojo de leche y carne.

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