Shoppinga.
Llego al shopping en mi auto. Me bajo. Lo dejo en el estacionamiento. Casi al unísono, de otro auto, se baja un hombre mayor, como de unos 50 años, podría decir. A pesar de eso, se lo veía bastante bien. Hasta diría que no aparentaba de esa edad. Parecía tener muchísimos años menos.
Nuestros caminos se entrelazan rápidamente. Tanto así, que debo pasar por delante suyo en cierto momento. Eso hace que nuestras miradas también tengan que cruzarse y unas sonrisas, más que amistosas, se dibujasen en nuestros solitarios rostros. Eso fue muy lindo.
De pronto, una de sus manitos, en son de saludo, se levantó apuntando hacia mí. Le respondí de la misma forma, con la misma amabilidad. Pronunció un leve elogio sobre cómo me quedaba la pollerita. Le agradecí por sus tiernas palabras. Respondió con un "de nada".
En devolución de este halago, me di vuelta para que pueda contemplar mejor, con mayor comodidad, qué tan corta me quedaba la mini pollerita blanca que tenía puesta. Se podría decir que, con cada movimiento de la pierna, se escapaba algún cachete por debajo de la pollerita. Estaba demasiado expuesta.
Su respuesta vino rápidamente con la siguiente pregunta: "bueno, ¿qué te pinta hacer?". Yo le dije con cara de trola que "no sé", seguido de una repentina tremenda agachada que dejó al aire toda mi cola nuevamente. Claramente, sí sabía qué hacer, pero no me dio la cara para decírselo directamente.
Sin dudarlo, me le acerqué peligrosamente para preguntarle si quería que se la chupara. ¿Acá nomás?, cuestionó. "Claro, o donde prefieras -le comenté-, no tengo ningún drama. Decime vos", lo desafié con tremenda sonrisa que me delataba como una verdadera chupa vergas. Bah... ya se había rescatado hace rato de ello.
Al toque, nos pusimos a buscar algún lugarcito oscuro entre los coches estacionados, mientras charlábamos un poco para conocernos más. Era un picarón que solo quería tantear el terreno con sus manos, no lo culpo yo también quería, así que... nos pusimos tremendamente chanchos.
Para ir cocinando un poco el ambiente, pelé las gomas que tenía celosamente ocultas en mi remerita. Juro que el chabón perdió la cordura ni bien las vio. No hacía falta si quiera que las viera, o las tocara. Solo con notar la dureza que tenían mis pezones y las redondeces de ellas, ya se le notaba una buena erección en su pantalón.
Aún así, se dio el lujo de extender su brazo para poner una mano encima de ellas, para tantearlas con total lujuria. Su respiración cambió ni bien hizo contacto con mis gemelas. El mío también cuando le manoseé el pedazo sin preguntar si quiera. Necesitaba medir todo eso con la palma de mi mano.
De su entrepierna, se desplegó terrible pedazo. Uno, que si no llegaba a los veinte centímetros, era porque estuvo mal medida. Algún error había. Tremendo "zodape" le colgaba, aunque, ahora, lo tenía todo engarrotado gracias a mis manos y al culito que tengo que lo enloqueció de amor.
Tanto nos calentamos con eso, que no tardamos ni un minutito en encontrar un rinconcito para poder practicar sexo oral. Nos metimos en el primer lugar que vimos desolado para introducirnos y dejarnos arrastrar por el pecado más básico que nos tenía agarrados. Era inevitable este desenlace.
Fue tanto así, que ya me tenía deglutiendo carne, rellenándome la boca hasta puntearme la garganta con ella. Es que, encima, el hecho de estarnos escondiendo, nos puso cachondos mal. Creo que eso fue un gran detonante de esta locura que se desató y que ambos desconocíamos.
Cada tanto lo espiaba para ver qué carita ponía mientras le lustraba el sable con la lengua y se notaba a leguas que le hacía ver las estrellas (y eso que no alcanzaba a tocar su pancita con la punta de mi nariz, pero lo intentaba a full, pero, a pesar de eso, le comía la pija como una diosa).
La primera interrupción llego, o, al menos, la paranoia eso nos hizo creer. Se trataba de un viejito que pasó por ahí y flashamos que nos había hablado. Pero no, solo andaba por ahí, hablando con su celular. Alto mal viaje nos pegamos. Hijo de puta nos re asustó, imaginate, ¿cómo ocultás tremenda erección?
Ni bien el muchacho me vio intentando ponerme de pie, me puso la mano en el pecho, como diciéndome, "no, vos no te vas sin sacarme la leche". Lo cual, me causó bastante risa. No pude evitarlo, así que... seguí devorándole la mamadera de carne con total pasión. Obvio que no me iba a ir sin el final feliz, tonto.
En eso, se me prendó la lamparita y pelé las gomas. Eso lo excitó muchísimo más. Le generó más ganas de clavármela en la garganta... hasta el fondo. No quería parar más. Incluso me la mandó mucho más, aunque me ahogara. No le importó si me generaba arcadas, no, el chabón siguió igual.
Después de tan ricos vergazos, la poronga le quedaba toda empapada, hasta le chorreaban una buena cantidad de hilos de baba que unía mis labios con su glande y algunos otros, iban a dar a mis pechos o al piso (para mi desgracia, ya que quería que todo fuera a parar a mi boca).
Cuando descansaba un toque, le hacía una buena paja mientras le ponía cara de petera. Eso, a lo mejor, ayudaría a acelerar su buen lechazo. Pasaban unas milésimas de segundos, y continuaba con mi ardua pero riquísima labor de exprimirle los huevos, prendiéndome de ese fogoso pete.
Para estas alturas, me sabía tan rica esa chota, que no podía frenar mi desquiciada mamada. Era mi nueva adicción. No debía frenar ni a palos. Menos cuando escuchaba sus hermosos gemidos, que eran como música para mis oídos. Se deleitaban maravillosamente. Me calentaba mal escucharlo así.
Pidió que bajara a los huevos. Eso hice, por supuesto, no pude desobedecerle. Debía probar el sabor de esa bolsa que recubría el néctar de mi jugo favorito. Los llenaba de besos, de lamidas, de todo, mientras le continuaba haciendo una terrible paja.
Segunda fucking interrupción. Flashamos que alguno de los que estaba por ahí, gritó "buen día". Nos hizo perseguirnos nuevamente, porque podría haber sido algún policía o algún cortamambos que se dio cuenta de lo que estábamos haciendo. Las puteadas que pasaban por mi cabeza, era en todos los idiomas.
Por fuera, nos cagábamos de risa. Por dentro, lo queríamos putear. Bueno, en fin, cuando nos dimos cuenta de que era algo que estaba en nuestra imaginación, el flaco me dice: "buah... callate y seguí chupando, querida". Así que... volví a lo mío.
Me arrodillé otra vez, le pelé la chota y me engolosiné con esa pija. Ya estaba extrañando sentir el sabor de ese miembro. Me puse muy juguetona, es cierto, porque se la mamé como la peor de las trolas. Hasta le hacía ruiditos con la boca tras sacármela de mis labios y algún que otro gemidito se me escapaba.
Desperté a la prostituta que dormía en mí, en cuanto me medio paré. Me incliné un poco, cosa de que pueda parar la cola. Corrí mi pollerita para que me vea la tanga blanquita que tenía bien metida en la cola y él aprovechó para toquetearme la cola con total impunidad. Sin asco alguno.
Aprovechando esto, le rogué poniendo carita de putita que me cogiera el orto. El chabón aceptó, pero era demasiado quilombo para hacerlo ahí nomás, por lo que nos pusimos de acuerdo para ir al baño más cercano a sacarnos las ganas. Alta fiaca, pero posta que estaba re caliente. Necesitaba eso.
Como logramos acordar, le puse más esmero al pete y me la llevé más al fondo. Me puso tan contenta el hecho de pensar en tener ese chorizo en la cola, que le puse más amor al acto carnal. Se la masajeé un rato más mientras espiaba que nadie viniera y me preparé a full.
Por ser tan buenito, le hago garganta profunda con todo el amor del mundo. Primero lo cabeceo un par de veces, hasta animarme a ir al fondo a más no poder. Le encantó tanto, que se le escapó un "oh" que develó lo bien que estaba desempeñando mi deber amatorio. Qué tierna soy.
Me quedo un rato largo comiéndole el pito hasta casi tocar su pancita con la nariz, casi al borde de la arcada. La saco. Nos reímos. Me pongo de pie. Me giro. Levanto mi pollera, le muestro el culo para incentivarlo y que no se arrepienta de la invitación que le acababa de hacer. Casi que lo llevé de la mano.
En son de ver que no había nadie, a la vez que él se acomodaba el pantalón, me puse delante suyo, me agaché y le permití observar mi culito nuevamente. No pudo contenerse, se arrimó como metal al imán y quedó adherido a las carnes de mi cacha para poder hacer de las suyas.
Allí, se puso juguetón, manoseándome el orto como un loco. Me lo pellizcaba, me lo amasaba brutamente, lo abría de par en par el muy hijo de puta, me corría la tanga, metía la cara, lo saboreaba. Estaba sacado. No me daba respiro ni a palos el desgraciado.
Pasamos por toda la playa de estacionamiento hasta llegar a las escaleras. Ahí, levanté mi pollera por vez número cien y le mostré el ojete, porque se lo merecía. Íbamos subiendo y veía mis nalgas en movimiento por acción de mis piernas escalando cada escalón. No paraba de gemir.
Una vez arriba, atravesamos una puerta automática, pasamos por un pasillo angosto pero largo e iluminado a full, que había a nuestra izquierda y que terminaba en el baño, nuestro destino final. Nos metimos en uno de los cubículos y nos encerramos para ponernos muy traviesos.
No aguantamos más, se bajó los lienzos con calzones incluidos a mil por hora, me quitó la tanga, me puso contra la pared pero agachadita y arremetió su verga en mi hoyo como un toro en celo. Su miembro totalmente endurecido, entraba y salía de mí sin parar. Al fin se nos dio.
Desde cualquier ángulo la montada era excepcional. Yo lo veía gozar de mi orto como un loco. Ponía unas caras que me calentaban más de lo que era el sentir su amigo. Desde el suyo, podía admirar mi ojete abriéndose a medida que entraba o la sacaba. Me espiaba la ranura agrandándose por su culpa.
Tenía el chori tan grande, que no la metía toda. Solo un par de centímetros. Pero eso ya era suficiente para que gocemos los dos a pleno. Sobre todo, cuando él sentía mi upite apretándole la chota. Esto lo hacía poner más como un degenerado, amante de culitos.
Debíamos hacer menos ruido que en el estacionamiento, pero no importa, porque la estábamos pasando fenomenal. Qué rico se sentía cómo me rascaba el recto con su dedo mayor. Era un deleite sentir todo esa cosa entrando en mis interiores. No lo podía creer.
Ya deseaba escupirme con el enano de abajo, pero todavía le faltaba un largo trayecto por recorrer a ese semen bien calentito que guardaba en sus huevos. Todavía había que esforzarse un toque más para sacar de su sistema el brebaje que tanto quería beber, pero que aún, se me negaba.
Cada vez que envainaba su miembro en mi vaina de cuero, hacíamos un ruido increíble con la puerta, ya que yo estaba sostenida a la misma, con los dedos apoyados sobre la parte superior de esta. Creo que de afuera del cuartito se asomaban como si nada, con una inmunidad inusitada.
Su pelvis chocando contra mis cachetes, provocaban la música más exquisita que jamás escuché. Sumado a nuestros gemidos que intentaban hacerse con carpa, lo volvió toda una sinfonía adictiva del que queríamos estar tocando por toda la eternidad o quizás, hasta que nuestros cuerpos aguanten.
No podía creer todo lo que aguantaba ese macho embravecido dándole de tragar a mi orto. No explotaba más adentro mío. Yo estaba expectante a que de una vez por todas acabase, pero no lo hacía. Entonces, gracias a eso, le pedía más carne. Que me la mande entera, sin miramientos.
Obedecía a mi súplica, dándomela para que guarde. Incluso, me dejaba un rato largo con la batata enterrada. Qué hijo de puta, qué machazo. De solo recordarlo, me hace calentarme inmediatamente. Hasta que, al fin, llegó el momento que tanto llorábamos todos.
Me hizo poner de rodillas de nuevo, ante su tamaña hombría. Que abra la boca para recibir de sus jugos más deliciosos que algún muchacho pudo haber fabricado jamás. Lo provocaba, haciéndole una paja, poniendo cara de petera otra vez. Creo que eso surtió el efecto esperado.
Tanto correrle el cuero, su uretra expulsó la miel blanquecina más aguardada por mí. Valió la pena cada segundo, ya que lo saboreé por completo. Sobre todo, la que cayó en mi lengua. La que se estrelló contra el resto de mi cara, no le hice nada. La dejé ahí, ya que le hice una propuesta atrevida.
La misma, consistía en hacer un "cumwalk", ¿de qué se trata esto? Simple, de caminar por lugares públicos con la cara llena de la mascarilla masculina que me acababa de aplicar el chongo que recién conocía. ¡Ja, ja, ja! Obvio, el muchacho aceptó sin titubear.
De igual forma, no me había salpicado taaaaanto... solo tenía un poco en una de las comisuras, una terrible corrida en el cachete y un poco en el mentón. Nada más. Encima, no había casi nadie por aquellos lares, por lo que, llevar a cabo el desafío, no era la gran cosa.
Subimos un par de escaleras, de la misma forma que nos dirigimos al baño, entramos al McDonallds, pedimos unas hamburguesas y nos dispusimos a comer y charlar un toque. Valió la pena realmente, a pesar del reto cumplido (ponele), conocí un muchacho increíble con la cara llena de guasca. Me brillaba, básicamente.

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