El bananero (finalmente)... soy io.

 Este va de la vez que me crucé con el Bananero en un bar por Palermo. Se encontraba sentado en otra mesa, charlando con otra gente, a unos escasos metros de mí. No lo podía creer, te juro. Estaba tan hermoso como siempre. Creo que me hice pis en aquel preciso instante.

 Luego de estar comiendo, se va al baño, lugar al que voy por detrás suyo un rato después. Ahí me lo cruzo, lo saludo con un abrazo, un beso para  luego contarle cuánto lo adoro. Le pido un autógrafo y una foto. El chabón acepta sin chistar, claro, solo porque es bastante copado.

 Bueno, nos sacamos la foto primero y, cuando llega el momento del autógrafo, saca un marcador que tenían ellos. Entonces, me pregunta dónde lo quiero. Ahí le respondo: "debajo del tatuaje", lo que hace que me dé vuelta, me agaché sin pensarlo, me bajé el pantalón y le pelé la cola de una. Inmediatamente.

 La cara que puso el chabón, fue de asombro total. Quizás, porque no se esperaba que fuera ahí el sitio elegido, o quizás, porque no dudé un solo momento en mostrarle todo. Probablemente, sea por ambas opciones. No lo sé. Pero me encantó que, mi amor platónico, lo haya visto y le haya encantado mi cola.

 Después de abrir los ojos como dos pelotas de basket, poner cara de haber recibido una sorpresa bastante agradable, de mover la cabeza como asintiendo y de decir "¡SAPEEEE!" como nunca, apoyó la punta del marcador, trazó su pseudónimo (con una dedicatoria incluida) a lo largo del cutis de mi cola y, finalmente, como una marca personal, clavó sus colmillos sin piedad. A su término, se puso de pie y me dio terrible nalgada en son de "aviso" para que me ponga derecha.

 Yo lo miraba por encima de mis hombros y me reía. Me causaba gracia la reacción honesta que tuvo el chabón. Hasta me dio la sensación que se babeaba el loco, ¡Ja, ja, ja!. Alto guanaco. Pero entonces, se lo dije. Me puse derecha, me le arrimé al oído y le dije: "si me decís 'sape', es toda tuya cuando quieras".

 Se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja y lo dijo. Sí, dijo: "Ese ojete SAPE. Le haría un buen 'brbrbrbr'" en una voz terriblemente alta. Casi a los gritos. Como si tuviera un repentino orgasmo. Yo me reí. Le agarré las manos, las puse sobre mi cintura para que se me pegue bien haciendo trensito y me apoyó todo el "sogán", sin piedad.

 Bailamos un ratito bien pegaditos, con la música que sonaba de fondo (aunque no era la que nos gusta, igual le pusimos onda con eso). Es que, el bar, se había convertido en una especie de bolichito y, como se quería escapar por eso, lo retuve para que se quedara un ratito más conmigo.

 El chabón fue re buena onda y aceptó quedarse. Pasa que no tenía que hacer demasiado tampoco. Solo quedarse paradito un rato (bah... si quería moverse un poco, tampoco había mucho drama, eh?), prendese para luego fumarse un puchito y disfrutar de mi culito rozándose por su entrepierna.

 Nos quedamos en el oscurito, perreando como pudimos. Protegidos de los ojos curiosos que quieran irrumpir este encuentro. Por eso mismo, mi culito se pudo mover circularmente frente a ese bultazo que ya se le empezaba a marcar sin carpa. Se estaba poniendo loquito. La temperatura aumentaba. Se notaba.

 Se ve que, mi jean bien apretado (el que me marcaba sarpadamente mal la cola), lo motivó lo suficiente. Estaba dando su buen resultado. Mas no me iba a detener ahora. No, iba a continuar manoseando esa verga con la cola, hasta que empiece a llorar guasca de a poquito y me la pida a los gritos.

 Así que... la idea más inteligente que se me cruzó, ponerme de frente a una columna, agarrarme a ella sin dejar de menearle la burra sobre su pinchila. Rozarla una y otra vez. Subirla o bajarla, o hacer ambas. De un lado al otro. Todo, al compás de la música que sonaba de fondo. Casi que lo pajeo con ella.

 El gordo no paraba de calentarse más y más. Estaba al palo mal a estas alturas. Increíble, lo había logrado. Había calentado a mi ídolo de internet de mi juventud. El que me había hecho reír más veces por YouTube, ahora, estaba detrás mío, frotándome la pija por el orto.

 ¡Qué paquete que tenía, qué chorizo se le marcaba! Te juro, querido lector, la cola se me hacía agua. No paraba de gotearme. Necesitaba un plomero para que pare esa cañería urgentemente y creo que, él, era el indicado. Era lo que más precisaba en ese momento.

 En cierto momento, lo que conformaba mi culo y lo que sea su "pija", ya era uno mismo. Estábamos casi pegados. Éramos uno solo, hasta que me cansé del calor que tenía y me bajé el pantalón de repente, quedando con la tanga blanca coladísima que le hizo explotar la cabeza.

 La verga le apretaba tanto, que quedó corrida a un costado, apuntando a la izquierda. Era como una pistola que pedía a gritos ser gatillada, tironeando con mucha fuerza la pobre tela que intentaba adaptarse a la gorda verga de este hombre.

 El Jean quedó, muy a penas, por debajo del pliegue de mis nalgas. Me acomodé la diminuta ropa interior que tenía puesta, ya que se me había movido por culpa del lompa que me había acabado de sacar. Tuve que hacer algo al respecto delante de sus ojos prendidos fuego.

 Proseguí moviéndole el orto un poquito más al son de la canción, otra vez. En esta oportunidad, solo de arriba a abajo, como el tata Dios manda. Entonces, cuando me di vuelta a mirarlo de tú a tú, recién ahí pude notar la sonrisa que nunca salió de su cara. Siempre estuvo bien atada a su cara, como si fuera inamovible.

 La sonrisa fue mutua, de ambos lados y, como estaba a pleno, disfrutando, volví a girar la cabeza para proseguir cómodamente el bailecito. Bah... "bailecito", solo era rozarle la colita al pingo re duro del Bana. Pero, por lo menos, intentaba apegarme al ritmo que se escuchaba de fondo.

 Mi mano fue la que dio el primer paso. La extendí para bajar su lienzo levemente, lo suficiente para tener a mano sus bóxer y repetir la misma acción, hasta dejar su poronga gorda y venosa al aire. Expuesta para que yo pueda divertirme o hacerle lo que a mí se me ocurra.

 Corrí mi tanga para darle permiso. La apoyé sobre una de mis nalgas. Ahí estaba, puertéandome. La metió despacito, ya que no lubricamos la zona para nada. Fue a pelo. No me lo perdonó y yo tampoco me enojé, le permití adentrarse a mis cavernas de una.

 Su chota fue empujando todo lo que se le interponga. Al principio, mis cachetes. Luego, las paredes de mis nalgas, para finalizar abriéndome el huequito cuando arremetió con toda. Aunque no lo hizo solo. También lo ayudé con mi mano, agarrándosela, guiándola para que no me haga doler la colita.

 Ya gemía yo, sobre todo, cuando pasó de la mitad a meter un poco más. Pero no fue él, el que hacía el esfuerzo. No, era yo quien se movía de atrás hacia adelante para poder estimularlo mejor. Ajá, nunca dejé de moverme con los temas que resonaba en nuestros oídos.

 La sacudí para todos lados, sin piedad. Esto lo hacía morderse los labios y/o cerrar los ojos del placer. Yo también. No podía evitar hacerlo, es que me encantaba ver los gestos que hacía con esa carita de pajero bárbaro, guarro, tal y como a mí me encantan.

 Después de una buena cogida rapidita, me dice, entre gemidos y respiración agitada, que quería acabar. Como yo estaba medio en babia, le digo que sí, no le di mucha bola, hasta que me lo repite para avisarme que quería llenarme las nalgas de leche. Dale nomás, querido, pensé.

 Continuamos serruchando sin parar, hasta que me la sacó de la colita, corrió el cuerito un par de veces dos segundos y me echó toda su miel encima. Corrió como el vino que sale de una jarra, para ser vertido directamente al vacío de la agraciada copa que lo espera. Abierta. Así fue cómo me hizo sentir.

 Una a una, cada gotita fue a dar a mis glúteos de forma violenta para bañarlos como si se tratase de una catarata de leche. Obviamente, nunca paré de moverle los cachetes. Todo, para que tenga más material mientras acogota el ganso en mi honor. Mirándome pervertidamente.

 Limpié mis cachas rápidamente con los dedos, antes que venga algún intruso a husmear la trampa que perpetrábamos juntos, a escondidas de cualquier tercero en discordia, alguien que no debía estar allí ni en sueños. Íbamos a estar en graves apuros si eso llegaba a pasar.

 Las gotitas no paraban de deslizarse por mis mofletes, pero murieron al ser recogidas por mis yemas de mis dedos. Las limpiaba, mientras le ponía cara de trola chupa vergas. Eso lo hacía calentar mal, pero... como ya había desagotado, entonces, las palabras estaban de más. Había silencio.

 "Cómo te gusta la verga, trolazo -me dice-. Al final, el bananero, eras vos". Y tenía razón, mucha razón. El bananero era yo.



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