Un rapidito.
Recuerdo cuando trabajaba de repositora en un minimercado de mi barrio vecino. Por suerte era lo suficientemente joven como para llegar caminando hasta allá después de la escuela.
En ese laburo, me acuerdo que tenía un compañero que se la pasaba fichándome el ojete o nos pasábamos también a decirnos cosas mutuamente. Eran realmente hermosos esos momentos.
Al principio, creí que era una simple joda. Pero, conforme transcurría el tiempo y más nos conocíamos, más subía el atrevimiento. Era como que apostábamos cada vez más a ese hermoso caballo.
Aclaro, no era nada especial, ni sexy el uniforme, solo era un joggin que, si bien me quedaba ajustadísimo en la parte de la cola, no era la gran cosa. Pero bueno, el chabón era re jeropa. Yo también, claro.
¿Debo aclarar que no me disgustaban para nada sus piropos? ¿Es necesario? Yo creo que no. Todo lo contrario, me ponía colorada cada vez que me decía algo. Es más, en ciertas ocasiones, le paraba la colita para que se ajuste más y se inspire a piropearlo más todavía.
En ciertas ocasiones, hasta creábamos un jueguito íntimo en el que nos rozábamos para aumentar aún más la temperatura. Ahí nomás, entre las góndolas o, simplemente, entre las cajas que habían en la despensa.
A veces era yo la que se ponía por delante suyo para provocarlo y tocarle la puntita de su ganso dormilón con los cachetes. Otras, era él quien se ponía travieso y me toqueteaba por detrás para sentir mis mofletes con su paquete.
En un intento por dar un paso más, mientras me frotaba la cola el pito contra una mesa, como era de costumbre, le mostré la bombachita que tenía puesta en aquella tarde. Era un hermoso hilito negro que me atravesaba la raya.
Notar eso, le puso la pija como loca. Más dura todavía. Si ya estaba BASTANTE caliente el asunto, con este nuevo descubrimiento que hizo, se puso peor. MUCHO peor. Infinitamente peor.
Se sujetó más firmemente de mis caderas para poder frotarse mejor contra mi culo. Estaba muy deseoso y, para estas alturas, no pensaba ocultarlo nunca más. Ya no le importaba más eso.
No sé si la inquietud de sus manos, posándose en casi todo mi cuerpo (más que nada mis partes traseras) o si fue el hecho de estar en aquella vieja y abandonada despensa en la que nos encontrábamos, con el "cuiqui" de ser encontrados. Todo eso, nos excitaba mucho más.
Como estaba de espaldas, no hizo falta que hiciera mucho más al respecto, solo debía bajarme los pantalones, correrme la bombacha y darme murra para quitarnos estas enloquecidas ganas que nos teníamos, y fue exactamente lo que hizo de inmediato.
Ni bien sentí que mis pantalones cayeron hasta la altura de mis rodillas por obra y arte de sus manos, paré mis muslos. Los puse bien derechitos, cosa de que se pueda deleitar, no solo visualmente, sino, además, con su pinga o su tacto.
Luego, uno de sus dedos (el índice) se puso en forma se gancho para poder así, corrérmela y tener todo el terreno preparado para adentrarse en las cavernas cárnicas que tanto anhelaba.
Era su turno. Repite la misma acción. Se baja los lienzos hasta dejárselos poco más arriba de las rodillas, se abre el botón del bóxer, saca su poronga con la mano y ya está. Fin del primer paso. Concretado.
Ahora sí, estaba todo listo. Ya era suya. Ya no había excusas para no poder entregarnos a esta loca aventura a la que deseábamos zambullirnos desesperadamente. No habían más "peros", solo había que hacerlo.
Se agarra la pija, se escupe unos dedos, se embadurna la chota con ese lubricante natural y arremete duramente contra mi colita. Sin piedad. Primero, usa su glande para despejar el área y que pueda entrar lo demás sin presión alguna. Para que todo fluya solo.
Ligeramente inclinada da comienzo a la penetración. Se podría decir que, literalmente, ya la tenía adentro. Solo hacía falta que aplique esos ricos empujoncitos para después sacármela y concretar el ritual de apareamiento que llevábamos a cabo.
Como lo noté medio flojo al guachín, empleé mi culito para poder hacerlo. Llevaba y traía mis partes para poder correrle el cuerito de forma magistral para, así, extraerle su mema masculina.
Esto, parece que rendía sus frutos, ya que empezó a gemir. Intentó que sea bajito, para no despertar sospechas de ninguno de los empleados que se encuentren cerca de allí.
El tiempo que invertí, dieron buenos resultados al parecer, porque, mis osados movimientos, derivaron en unos descontrolados gemidos que empezó a emitir. Esa fue mi pauta de que iba por buen camino.
En cuanto me puse un poquito derecha (ya que estaba bastante agachada), una de sus manos aterrizaron sobre mi cuello. Lo acarició, me lo estrujó un poquito, pero solo porque nos encantaba la calentura que nos generaba.
Se arrima a mi oído para decirme "hija de puta, qué buen orto que tenés, puta de mierda", mientras se sentían los aplausos que emitíamos. Parecía que había una ovación allí dentro.
No solo él perdió la razón, yo también. Empezaba a ver las estrellas cada vez que su pija se entrometía en mi ojete. Tanto así, que gemí un par de veces o, simplemente, me mordía los labios muy libidinosamente.
Cachetazo en la cola va, cachetazo viene, me pone peor, más puta todavía. Era una cosa que me incentivaba para que la quisiese toda más adentro, me encantaba que me tratase de esa forma.
Desde su perspectiva, podía observar cómo le daba de comer carne a mi ranura trasera. También, que me entraba casi todo su miembro. Es que la metía hasta el fondo y sin descansar.
Mis cachetes gordos, hacían desaparecer su ancha pija, como por arte de magia. Se perdían entre la grandeza de mis glúteos. No es mi culpa, en lo absoluto, tenerlos tan gordos, che.
Listo, estaba a un par de jalones de eyacularme en la cola, así que... me dice al oído que quería acabar. Entonces, le agarro la nutria y le tiro el cuerito un par de veces nomás, solo eso.
Tan solo bastó un par de segundos para que su memona viajara, de sus huevos hasta su uretra y termine su viaje en la parte superior del cutis de mi duraznito. Eso le encantó, tanto, que se limpió los restos que quedaban colgando de su prepucio.
Mis nalgas eran un tambo, repletas de leche. Una lagunita (o más bien océano) blanquesina las adornaba tiernamente, hasta que una yema cortamambo pasó por ahí, para borrar todo rastro de su existencia.
Esa misma yema fue a dar a mi boca, más precisamente mi lengua, donde después, fueron empujados hacia su cruel destino: morirse en mi estómago. Qué hijos más deliciosos despidió este muchacho. Ahora, quiero más.

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