Hinchada de leche.

Cierta tarde, apostamos algo con un amigo cuervo. Perdí. Esta misma, constaba en ir al Amalfitani con la de San Lorenzo y estar con la tribuna visitante en ese mismo encuentro. Un pijazo mal. Pero de los que no me gustan para nada (sí, existen). 

Llega esa tarde. Era sábado. Una bronca no poder ir con los hinchas de mi club, pero bueh... a cumplir la promesa. Compramos las entradas, entramos y ahí estábamos, del lado de la Popular visitante, escuchando cancioncitas en contra del fortín. Tremendo odio me agarró. Entre mi frustración y que me sentía incómodo por no poder festejar los goles, un grupo de personas terminan empujándome. 

Me doy vuelta para putear, y, subido al paravalanchas, veo al único "cuerBo" hermoso que vi en la vida: alto, grandote como un placard (maso), tatuajes, barba prominente, una pancita birrera y unas mas que interesantes piernas peludas. De ropa, buah... mejor ni hablemos, estaba todo cubierto por un conjunto del cuadro al cual alentaba, claramente.

Saltaba mientras entonaba un cántico sucio, pero pegadizo. Sus brincos me hipnotizaban. Me obligaban a mirar para atrás. No quería perderme de nada. Parecía un dedo acariciando la tela. Me distraía del partido. Debo haber sido el único que no miraba al frente, solo para relojear un pedazo. Siempre con carpa, claro. Nah, mentira, miraba a mas no poder, hasta que se rescató y me preguntó por qué lo hacía mientras se lo agarraba. Enojado, obvio. Me di vuelta para ignorarlo. 

Se bajó para preguntarme por qué no alentaba. Ahí, me di cuenta que tenía un pedo atroz. El tufo que exhalaba de su boca, me tumbó. Casi provoca que lance. Traté de evitar que no se note, diciéndole que no me gustaba el fútbol. Que solo había ido a acompañar a mi amigo. El chabón me creyó y siguió en su mambo.

Como no paraba de mirarlo, me formuló otra una muy buena interrogante: ¿Por qué le miraba tanto la pinchila? La respuesta era bastante obvia, pero lo que salió de mi boca, fue un "¿Qué te importa?" contundente. El tipo no se enojó, porque le causó gracia mi beboteo. Casi nada creíble.

Como la camiseta me quedaba de vestido y, encima, tenia un buzo que me tapaba porque me la había atado a la cintura, cada tanto me la subía poniendo una mano, para que pueda chusmear un poquito. Lo miraba de reojo para ver si me pispeaba. Pero no había caso, se encontraba hiper concentrado en el doparti, a la vez que entonaba unas curiosas canciones.

En el intervalo de ese aburrido 0 a 0, nos compramos unos choripanes riquísimos con mi amigo. Al ver mi cara cuasi orgásmica cada vez que mordía ese negro chorizo, el chabón, me dice al oído "cómo te gusta el chori, eh? Nunca vi a nadie que ponga esa cara de satisfacción al comérsela". Yo asentía, mientras le contaba, a la oreja, lo mucho que me encantaba. Su reacción fue la de reírse, pero se le pasó ni bien vio cómo lo miraba desde abajo masticándola. No era una joda, estaba hablando con tremenda pasiva.

En el segundo tiempo, San Silencio se puso las pilas y nos metió 2. La felicidad de esa popular se hacía sentir. Sobre todo, la del muchacho que tenía detrás, que no paraba de toquetearme. Se puso re mano larga el muchacho.

En un nuevo intento por mostrar mis partes traseras, agarro mi camiseta y la subo un poquito (con cuidado), para que se asomen, para que lo saluden. También llevaba el pelo para atrás de mi espalda. Con el movimiento de mis brazos, se subía la casaca, dejándolas al aire libre para ser contempladas por quién desee. Pero no solo ellas se hacen notar, también la ropita interior que tenía (sí, cada tanto me quitaba el buzo para sostenerlo, todo con tal de que me la vea).

Sentí su mirada posándose sobre mí, ¿como una delicada mariposa? No, como la gruesa y húmeda lluvia de verano. Un poco cálida, un poco dura.

A su término, todos se dirigieron a la salida. Nosotros estábamos casi abajo, por lo que tenía que subir los peldaños para llegar. Como buen caballero que es, me cedió el paso. Acepté, por supuesto. Sabía qué quería exactamente. Se lo di. Al ir subiendo, me asomé por encima del hombro, solo para ver su reacción. Fue la esperada.

Una vez fuera, nos cruzamos con sus amigos. Nos invitó a tomarnos unos vinitos. Mi amigo, al principio, se negaba. Luego, lo convencí de que se quede a festejar con nosotros (aunque, yo no tenía nada que festejar).

En fin, una vez comprado el escabio, yo, me compré un chupetín. Quería comer algo dulce después de tan amargo momento. Nos dispusimos a buscar alguna esquinita cómoda. No estábamos muy lejos del estadio, pero sí era un buen sitio. 

Recuerdo que buscaba mucho darme charla y, cuando me tuvo, me puso contra la pared. Me tenía acorralado. Observaba mucho mis labios al empinar el codo. También al hablar. Hasta me los elogió. Después de agradecerle, le aseguré que era, probablemente, por chupar tanto. No de nacimiento. Sin darme cuenta, le dejé servida otra oportunidad para que me tirara una con doble sentido. Se cagó de risa. No le cabían dudas de que ese fuera el motivo. Me insinuó que cabían cuatro cabezas acá, jajaja. Nunca me habían hecho un comentario así. Muy ingenioso. Le comenté que, si a él no le caben dudas, a mí sí. Me caben bien dudas las "podongas". Las risas venían de ambos lados.

Se llamaba Germán, le decían "el tucu" (a pesar de no ser tucumano, toda su flia era de allá). Yo, Gabriel, pero me dicen Vladimir... por lo Putin. Los chistes malos no pararon nunca. Nos dimos la mano en son de saludo, recién ahora.

Al tenerlo mas cerca, pude notar sus ojos grises que hacían perfecta combinación con su tono oscuro de piel, solo para hacerlo mas bonito. Mas deseable. Unas ganas de comerle la boca me daban... terribles.

Pude dislumbrar, ADEMÁS, sus tatuajes en los brazos y el de su pierna. Me contó sus significados. Que tenía una hija chiquita, una ex re loca, que tenía 39 (yo, 23), que vivía por Floresta y que le copaba la cumbia y el Rock. Por el escorpión hecho en su brazo, supuse que era escorpiano. Laburaba de sodero. No tenía experiencia con hombres, solo fantaseaba cogerse uno. Antes de terminar mi cuestionario, quise saber ¿qué le convenció de que me encanta la verga? Su respuesta inmediata fue "la boca de petero que tenés y lo mucho que me beboteabas, putín. Se te caen las plumas solas. La baranda a leche que largás, es tremenda". Era obvio que tenía buen ojo, ¡AH RE!

Me llegó la hora de ser bombardeado. Me formuló casi las mismas, solo que alcanzó a las de índole sexual sin escalas. Un capo. Me parece bien, me gustan los hombres sin miedo al éxito. Lo que sí, no era nada que no hayan querido saber anteriormente. 

Como mi amigo se quedó colgado charlando con una piba y no parecía interesado en irse, la conversación retomó su curso.

Todo transcurrió normalmente, exceptuando por los chirlitos que me iba propinando esporadicamente. Está de mas decir, que todos fueron a parar a mi parte trasera. Eso ocurrió por acompañarlo a comprar sus puchos y, para mí, un chupetín. Cualquier excusa era buena para separarnos del grupo y quedar solos.

Cuando al fin encontramos un buen sitio para conversar a solas y conocernos mejor, era una plazoleta con juegos. Nos sentamos el uno al lado del otro en un banco. Estaba frente a las vías, separados, a su vez, de un muro alto. 

La conversación cambió su tonalidad, al notar que, inconscientemente, me frotaba mucho la yema de mis dedos por los labios. No sé si los tenía paspados, o si, simplemente, le coqueteaba sin enterarme. Pero él sí, y me lo hizo saber.

"¿Por qué te rascás tanto los labios -quiso saber-, es como cuando a los merqueros les pica la nariz antes de tomar papusa? ¿A los putines les pica los labios de la sed de leche que tienen, o te pasa a vos nomás?" Se había puesto muy atrevido. "Qué curioso sos, ¿qué te importa, metiche?" Le dije, sin dejar de bebotear, claro.

En ese preciso instante, me acordé del chupetín que me había comprado, que no lo había comido y que era una buena forma de coquetearle. Lo pelé, lo comencé a lamer y a pasármelo por los labios para ver cómo reaccionaba. Tal como lo planeé, no paró de seguir con la mirada cada movimiento que hacía con esa bolita dulce que introducía en mi boca. Estaba hecho un bobo... y yo también.

La tarde ya se estaba despidiendo de nosotros. El sol completaba su marcha de ida. Los últimos minutos de luz solar se hacían notar. El frío se hacía presente, pero eso no nos detuvo. Continuamos riéndonos de todo. Me paré para desatarme el buzo y ponérmelo. Él aprovechó para ficharme de arriba a abajo. Es mas, se levantó para hacerme dar una vueltita y pispear mejor mi orto. Todo sin carpa. Hasta lo piropeó abiertamente.

Para su suerte, el Jean que me había puesto esa tarde, lo tenía mas pegado a mí, que mi propia piel. Casi que eran una misma cosa. A tal punto, que se me marcaba la tanga de encaje, blanca y chiquitita. Era mi favorita. Aunque ya la había visto, necesitaba volver a hacerlo. Ahora sí, tenía toda su atención.

El borde del buzo, sujetaba y subía la punta de la camiseta, haciendo que se me vea mas la cola. Notó que me brillaba demasiado los labios cuando se me arrimaba, por lo que dedujo que los tenía pintados. Me escapé de él para ir a uno de los subibajas que había. Me siguió la corriente acompáñandome en tamaña boludez. Éramos 2 niños divirtiéndose.

 Luego, en el tobogán, me dejó subir primera por la escalerita. Subió detrás mío, no sé por qué. Aprovechando esto, le meneé el culito en su propia carita. Me habrá visto toda el ojete en primerísimo primer plano. Al cansarnos, nos montamos en un barril de metal que se usa como si fuera un toro mecánico. Se subió detrás mío. Sentí bulto a lo loco. Se movía como si ya me la estuviera clavando. Me excitó un poquito eso.

Y, finalmente, mi favorita: las hamacas. En este último, sucedió todo. Sentada ahí, me percaté que se me subía la tirita de la tanga. Pobrecito mi muchacho, las cosas desagradables que habrá tenido que ver, pero parece que no le molestaba mucho que digamos. Hasta me lo hizo saber.

Me puse al borde de la maderita para que mi orto quede bien expuesto. Al aire. Creo que, mientras me empujaba, se manoseaba el pingo. Le pregunté si no quería sentarse conmigo. Aceptó, aunque un tanto escéptico por el tema de que pesábamos mucho. Imaginate juntos. Me apoyé sobre su pelvis (la parte delantera) y nos movimos un ratito. Así nomás.

Con el pasar de los minutos que estábamos así, el amigo se le empezó a mover. Yo se la sentía toda. Me sorprendió eso, porque no estábamos en una situación poco sensual. Me tomó de la cintura para ponerse mas mimoso. Sus manos subían y bajaban de mis caderas.

No me daba besos en el cuello, pero se notaba que quería hacerlo. Por mí, no había drama de que no lo hiciera, porque, su sola respiración agitada sobre mis oídos, ya me calentaba.

Mi cola era la única barrera que detenía la evidente erección que se le formaba. Nuestra ropa también se interponía entre mi zanjita y su verga gorda. Al darnos cuenta de esto último, le pido que se baje todo. Me obedeció, se dejó el short por las rodillas, pero no me permitió que me saque el Jean. Frotó su pija gruesa en bóxer por sobre mi ropita. Estaba cada vez mas al palo.

Después de un rato, me bajó el lompa, con tanga y todo, tomó su poronga y la introdujo toda en el hoyo de mi orto. No la escupió, ni la lamió, ni tampoco permitió que se la babosee, no. Se apoyó sobre la hamaca, para que yo mueva el ojete y me lo coja todo. 

Eso hice. Moví el upite como una loca reggaetonera en celo bailando su canción favorita. Le perrée como una desaforada. Pobre Ger, le hice transpirar la camiseta como nunca.

Las cadenas que sostenían la hamaca, vibraban de forma muy sospechosa, por lo que nos pusimos a coger de otra posición. Me tiró al piso, donde la arena abundaba para hacerme el amor brutalmente.

No estaba en cuatro patitas, pero casi. No estaba rompiéndome el culo, pero casi. Estaba de rodillas, pero con las manos extendidas en el piso. Con esta postura, mi ano se abría de par en par. Esto le facilitaba el duro trabajo de relajarlo para poder meterme el pene.

Su salchicha, que no era larga (16 cms aprox) pero sí gruesa, lograba hacerme doler. Al no haberme lubricado correctamente, esas idas y venidas de mis interiores, me generaba un placer ambiguo: el placer doloroso. Como sabía ponerla, eso balanceó para bien el no haberme trabajado antes la colita. Me hacía morder la arena.

Me llevó al tobogán a que le abra la cola y ponérmela. Me puso de espaldas, agarró mi pelo tan fuerte como la potencia con la que me culeaba. Me puso boca arriba, patitas al hombro. Se sentó en el tobogán para ponerse abajo. De frente, de atrás. Qué rico los culazos que aguantaba mi machazo. Fuimos al "toro" metálico, me puse como en "cuatro". No lo recomiendo. Se movía mucho, es frío, inseguro. Muy incómodo todo. 

El subibaja fue nuestra última aventura. Le dolían los huevos por no haber acabado todavía (o quizás, por el toro de mierda ese). Mucho no pudimos hacer ahí, por obvias razones. Solo me pude sostener contra la baranda que sostiene las maderitas. Hicimos casi las mismas posiciones en toda la placita, hasta que se va corriendo al banco que había por ahí cerca, se paró sobre él y se hacía la paja frente a mí.

De pie nomás, abrí la boca ante él, esperando toda su semilla regándome. Se pajeó mirando mi culo, ya que, desde su perspectiva, la podía ver de arriba. Quise mostrarle, pero prefirió tenerme así. Le chupé la pija. Lo pajeé con la boca hasta que el placer se manifestó en su cuerpo. Sus venas brotaron, se puso rojo. Gemía. Gritaba. Su leche salió eyectada como una lluvia potente sobre mi cara y mi pelo. Le tiré la goma hasta el hartazgo, hasta que me dolieran las mandíbulas. Quería dejarle doliendo la chota y sus dos huevos.

De pronto, fijé mi mirada en las venas de sus pantorrillas. Las amaba. Si ya de por sí sus piernas me parecían sexys, ahora, eran el doble. Me enredé en ellas. Las acariciaba con muchísimo amor, a pesar de ya haberme eyaculado la cara. Suspiraba mientras mis labios se posaban dulcemente sobre su glande. Cualquiera creería que se me habían inflamado, pero no, era porque me había prendido del pete a succionar cada gotita que se asomaba de esa bellota rosada.

A nuestro regreso con los demás, tan solo se encontraban mi amigo, su nueva amiga y dos mas. Mi compa se levanta para dejar de hablar con su minita, se dirige a mí para decirme que me limpie la boca, que tenía rastros de algo blanquecino en mis comisuras. Al pedo, porque me dejó hinchadísima de lechita.




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