Bigote de leche.
Me despierto. Entre la modorra y el lapso en el que me empieza a caer la ficha de las cosas, el hambre se hizo presente. Claro, estoy en ayunas. Entonces, me salgo de la cama así nomás (en tanga, claro) y me dirijo a la cocina a buscar qué hay para comer. Tristemente, tenía antojo de un cortadito. El tema era que tenía el café, pero no la leche. Fue así que la decepción me embargó al pensar que debía salir a comprar. Tenía alta fiaca y ni ganas de ponerme el pantalón para salir a pegar lo que necesito. Afortunadamente, el timbre suena. Abro con algo de desánimo, decepcionada, pero bueh... y ahí estaba, era mi vecino que me pedía una tacita de azúcar como si fuésemos doña Florinda y el profesor Jirafales, o algo así. Qué casualidad, ambos necesitábamos algo el uno del otro. En fin, la desdicha me duró poquito al mismo instante que escuché su cautivante voz. Me penetró la oreja ni bien largó su primera letra de esa boca. Me la endulzó, haciéndome perder casi ...