La pica-dura.

 Ayudaba a mi amigo a limpiar la nueva casa en la que se había mudado y, entre tanto bardo de cajas, encontré un terrible arañón. Me dio tanto miedito que, lo primero que atiné a hacer, fue matarla. Como no pude porque soy una inútil, lo llamé para que me ayude. Es que era demasiado grande. Necesitaba de la presencia de un macho.

 En fin, salgo de la pieza. Ahí estaba, en el pasillo que conduce al cuarto donde yo estaba. Me ve, me encontraba en tanga, medias y una remerita blanca diminuta, que no obstruía en lo absoluto lo que él tenía de visión. Salgo de la habitación, casi llorando implorando por su noble intervención en esta situación deprorable:

 - ¡Ay, Pepo, vení, ayudame! Hay una araña horrible ahí. Me muero -decía entre sollozos-. Tengo mucho miedo, te juro.

 Con toda la paciencia del mundo, el muchacho se dispone a seguirme, para encontrarse con mi culito comiéndose mi calzón en primer plano. En tanto yo, me moría del miedo mostrándole el bicho, agachada, exhibiéndole, sin querer, todo lo que poseían mis partes traseras completamente abiertas, ante sus atrevidos ojos.

 -Ahí está. Mirá, es enorme. Vení, vení. Creo que está acá, detrás del respaldo de la cama. Ahí está, mirá lo grande que es, la puta madre. Es re larga.

 Un ya excitado Pepo, acepta a fijarse y fingir que la está matando. Mientras tanto yo, del miedo, me escondo detrás de la puerta. Casi como aterrada, me dirijo corriendo al baño (cuarto contiguo). Luego de varios chancletazos, escucho un grito de dolor de mi amigo. Automáticamente, como puedo saco coraje para ir a ver qué sucede.

 Voy al rescate y me hace saber que lo había picado la muy desgraciada. Toda apenada por tener gran parte de la culpa de lo ocurrido, lo hago sentar en la cama para que me cuente dónde tiene la picadura. Cuando le pregunto, su respuesta fue, agarrándose la pija, un "acá". Tenía terrible bultazo ya formado, prueba irrefutable de la realidad de los hechos.

 Yo, toda inocente, pido que me muestre. Le saco el short que tenía puesto, ahí estaba. Terrible tararira se suelta como un trampolín. Le sigo preguntando en qué parte del pene es que está la roncha. Me señala justo en la cabeza. Tras una ardua inspección, le hago notar con una afirmación, lo hinchado que se encontraba su amigo a la vez que se lo agarro con ambas manos.

 Desorientada, sin saber qué hacer, le comento que voy a intentar chuparle el veneno para salvarle la vida. Insegura, me acerco lentamente hasta terminar apoyando los labios sobre la punta de su glande (no toda, solo la punta de la punta). Suavemente succiono para extraer el malvado jugo inoculado en su bendita sangre.

 El pobre muchacho, sufriendo, no paraba de gritar del dolor (seguramente). Bien no la estaba pasando. Sus quejidos eran constante, cada vez que absorbía. Pobrecito. Hasta pegó un brinquito cuando la tenía en la boca. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Me preocupaba demasiado su estado. Mi cara de congoja lo decía todo.

 Sus venas brotaban por doquier, signo de que el método estaba surtiendo efecto. Estaba totalmente dura esa pija, quizás sea por lo experta que soy en sacar la tóxica sustancia del cuerpo de los hombres. Ya me había hecho habitué a eso. Ya podría decir que soy toda una enfermera o que podría dedicarme a serlo con toda la tranquilidad del mundo.

 Luego de un rato intentando esta maniobra, se me ocurre llamar a una ambulancia. Así que... agarro el celular, marco el número y espero a que atiendan. Contestan, comunico los hechos. Me comunican que ya estaban en camino, mandando una y que entre tanto, me pasaban un par de tips para que haga. Ofuscada porque no vendrían tan rápido, cuelgo inmediatamente.

 En tanto hacía esto, no paraba de manosearle la verga. Le hacía una sarpada paja. No podía darme el lujo de soltársela. Necesitaba sacársela ya. Estaba desesperada por mi amigo, pobrecito. No quería que se me muriera ahí mismo. Era tan joven como para que palme. Si estaba a mi alcance, debía hacer lo que fuere con tal de salvarlo.

 Para esta altura, el sabor de su miembro, lo sentía cada vez mejor. Abría cada vez más grande la boca, me la tragaba más y más. Creo que llegué a comerle hasta casi la base de su pene. Creo que me había olvidado por completo que estaba haciendo eso por otra cosa. Que no era por placer. Debía concentrarme en salvarle la vida.

 Lo que pasa, es que estaba divina esa pija. Era gorda, era enorme, como a mí me gustan. Probablemente mediría unos 19/20 centímetros por unos 6 o 7 centímetros aproximadamente. Qué sé yo. Lo medí a puro ojo, eh? Blancuzca. Sin tanto pelaje. Cabezona. Venosa. Con un par de huevos gigantes en el fondo.

 Mi carrera hacia la base, estaba llegando. Casi que me había tragado poco más de la mitad. El tema era cuando abrazaba con mis labios su glande y se posaban sobre su frenillo. Allí, la electricidad que le agarraba, era intensa. Lo ponía loquito. Se le notaba en los ojos. En lo que soltaba por su boca, en las puteadas, las maldiciones que lanzaba.

 Le pregunto si debo seguir por esa ruta. Obvio, iba por muy buen camino. Le chorreaba demasiado precum.... digo, toxinas... a los costados de la verga. A él le encantaba. Sobretodo cuando le hacía una buena garganta profunda. Ya que eso lo estimulaba tanto, preferí repetirlo varias veces, con tal de que no se me vaya para el otro barrio. 

 Me preocupaba muchísimo la hinchazón que seguía teniendo. La respuesta estaba en ir más a fondo. Me ahogaba con esa hermosa poronga. Al punto de darme arcadas. De las deliciosas. Las que dejan todo mi flujo salival pegado ahí. Ya no era un miembro, era un helado jugoso al que debía acabar... o hacer acabar, digamos.

 La saliva que fluía entre los dos, cuando la soltaba, nos unía de pito a jeta.. Quedaba agitada de tanto mandármela entera hasta la campanilla. Me colaboraba con la mano también, pero a veces, no era suficiente. Aunque era mi platillo favorito. Mi mejor cena. Algo debía hacer. Cambiar el plan, el cual, vino en un periquete.

 Me quedó como una sopapa, no era normal eso. Así que... gracias a eso, se le prende el foquito. Se le ocurre, en vez de darle una mano, que le dé el culo. De esta forma, el veneno, probablemente, salte más rápido. Fue muy perspicaz. Tenía mucha razón. Debía incrementar la velocidad con la que le quería sustraer lo contenido en sus huevos.

 Antes, le pedí que guardara el secreto, que no le cuente a nadie lo que hice por él. Aceptó el trato, no sé si por la desesperación de tener la leche en la punta del choto o porque de verdad quería guardarlo. No importa, no lo pensé nada. Me di vuelta, me corrí el calzón, abrí el culo y permití que me penetrara analmente con esa cosa enorme. Qué rico.

 Mi agujerito se abría mortalmente con cada sentón que le propinaba. Era un amor-odio el que me hacía sentir. Me encantaba que entrara y odiaba que saliera. Pero, también, amaba tenerla afuera por el dolor, aunque la quería tener otra vez de vuelta. Era una cosa que ni yo entendía. Lo único que logré captar, es lo mucho que le gustaban.

 Permití que mi culito se alimentase de ese enorme trozo de carne. Subía y bajaba por ese gigante obelisco que le colgaba entre las patas. Rebotaban como locas sobre ese hombre, hacían ruidito por todo lo que la embadurné. Me dolía un poquito igual, sí, pero debía continuar con mi labor de buena samaritana. Todo sea por ayudarlo.

 Lo miraba por encima de mi hombro para ver cómo estaba. Tenía los ojitos perdidos en Narnia. Sabía que seguía vivo porque gemía a mi par (por eso y porque, cada tanto, me daba mi buen cachetazo en la cola, parecía que su plan, era dejármela coloradita). Hijo de puta, qué bueno que estaba sentir esa pija dentro mío.

 "Aguantá hasta que venga la ambulancia", le suplicaba con la voz agitada, mientras le propinaba una buena tunda de culazos. Para todo esto, sus afirmaciones, no sabía si eran por mera inercia, o como para que me callara y disfrutara de ese hermoso polvazo que nos estábamos echando. No me importaba mucho tampoco, en tanto la siga metiendo.

 De tanto que le estrujé la pija con mi culito goloso, la leche se movió de sus huevos directo a la punta de la verga. Me avisó. Me levanté de allí. Se puso de pie como pudo, tomando un envión digno de un milagro y, yo, que estaba muy ansiosa de su mema, me arrodillé delante suyo para esperar el momento indicado. El mejor de todo.

 Le zamarreaba la verga como una desquiciada delante de mi cara, con la boca abierta. La introducía a la misma, para intentar ayudarlo. Le devoraba la cabecita. Los huevos (no, no me olvidé de ellos ni por un instante). Se los limpié. Juguetoneaba con ellos, ayudado por mi lengua traviesa, a la par que lo pajeaba con una lujuria inusitada.

 Volví a la punta de su chota para prenderme de allí con mis labios carnosos. Recogía lentamente lo que iba saliendo de a poco. Cuando se asomaba alguna gotita, la levantaba con ellos para saborearlo. El chicloso sabor me deleitaba de una manera que no te das una idea, estimado lector. Me fascinaba hasta eso. Venía completita la cosa.

 "Resistí, amigo mío, vos resistí", fueron las dulces palabras que pronunciaban mis labios llenos de la viscosidad de su precum, poniendo una cara de putona impresionante. Es que el gesto de mi amigo, me estaba asustando. Era como si se estuviera muriendo. Tenía los ojos casi en blanco, como si le fuera a dar un paro cardíaco.

 "Creo que ya sale" fueron sus últimas palabras segundos antes de escupir terrible manjar, disparado, con tal violencia, que se estrelló contra mi cara de una manera impertinente. Sin pedir permiso alguno. Primero en mi pómulo derecho. Las tres siguientes, en mi labio superior. La cuarta, sobre mi sedienta lengua ansiosa. Por último, las restantes gotas, en mis pechos, sobre mi remerita.

 Al fin dio su fruto mi larga espera. Tenía su ponzoñoso líquido sobre mi rostro. El que tanto mal ha causado. Podía limpiarme con agua o una gamuza, para que no dañe a nadie más, pero... en lugar de eso, lo hice con el dedo, me lo llevé a la boca, para luego tragarlo. Justamente para que, si a alguien le tenga que causar dolor, que sea a mí. Ya que, por mi culpa, esa araña maldita mordisqueó a mi mejor amigo.



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