Carvanal.
Época de carnaval en Argentina. Época en que se cortan las calles para que la gente, desde las veredas, pueda atestiguar las maravillosas murgas y sus bailes desenfrenados al compás del bombo murguero.
Con los pibes, decidimos ir a chusmear un rato y pelotudear un poco, como siempre. Claro, como era un finde largo por la misma razón, aprovechamos para estar despiertos hasta bien entrada la madrugada.
Nos pusimos a caminar, con el fin de encontrar algún huequito para poder meternos entre la gente y observar mejor todo el espectáculo que ofrecían los murgueros. Desgraciadamente, estaba muy, muy lleno. Hasta el ojete.
Al llegar a la esquina, unos pendejos del orto que estaban ahí, que jugaban con unos spray que contenían espuma, lo agitan y me empapan completamente. Las puteadas salieron de mi boca, como agua fluyendo por un río.
Mis amigos y yo, estábamos todos empapados por esas mierdas. Unas ganas de reputearlos de arriba a abajo, pero, para sus suerte, se escaparon, dejándome con todas las groserías siendo escuchadas por los demás.
Detrás de ellos, venía Fabián, el adulto encargado en vigilarlos y que se porten bien. Se ve que no era bueno en eso, porque lograron piantarse de su mirada, para perpetrar las terribles maldades que tanto planeaban.
Al levantar la mirada y notar su presencia, la bronca se me pasó al toque (bah... tampoco es que me enojé tanto, pero el punto, es que, esa mierda, me empapó mal). No era para tanto, de todos modos. Era un enojo bastante tonto.
-"Uy, disculpá a mi hermanito. Es que, cuando se junta con sus amiguitos, se convierte un indio terrible", me dijo.
Yo me quedé fascinada con su vozarrón. Me colgué escuchándolo nomás. Tanto así que, en vez de estar más irritada, se me dibujó una sonrisa en la cara, pero sin planearlo, ni nada. Fue algo totalmente espontáneo.
Mientras me pedía perdón en nombre de su hermanito, me ayudaba a limpiarme la espuma que me dejó en la remera. El problema era el agua que acompaña a esto. Convengamos que tampoco es que me iba a derretir por un poquito de eso. Re exagerada soy.
-"No te hagas drama, ¿no me quedó acá?", le pregunté.
Tras decir esto, me di vuelta para mostrarle la colita. Alta excusa metí con tal de mostrarle. Me vino como anillo al dedo, podría decirse. Ya que estaba buenísimo el flaco, no iba a desperdiciar la oportunidad. Ni ahí.
Es que, el Jean negro que tenía puesto, estaba ajustadísimo y acompañaba a la perfección cada curva que poseían mis partes traseras. No dejaba nada a la imaginación. Mostraba lo hinchadas que las tenía, sin carpa.
-"Sí, está impecable ese ojete. Pero si querés, te la limpio igual", me dice el atrevido.
Me dejó boquiabierta, no esperaba que me respondiera eso. En cuanto terminé de procesar cada palabra, se me dibujó una sonrisa depravada, que le contaba a este muchacho, las chanchadas que pasaban por mi sucia mente.
Tardó menos de lo que canta un gallo para nalguearme con esas manos gigantes, de macho. Me daba un chirlo tras otro, bien duro. De esos que resuenan hasta en lo más profundo de mi ser, de esos que me ponían a gemir despacito. Me encantaba.
-"Bueno, tengo que volver con el enano, no vaya a ser que se me escape", dijo lamentándose.
Lo dejé ir, como una tonta. Una pena, la verdad, porque, que un macho como ese, dé ese tipo de nalgadas, era digno para casarse con él y serle fiel toda la vida. Qué sé yo, ya lo estaba extrañando una banda.
Me di cuenta que estaba sola, ninguno de mis amigos se dio cuenta que debían esperarme. Siguieron de largo los muy cajetudos, así que... tuve que empezar a patear de nuevo hasta encontrarlos a los salames estos.
No me iba a poner a buscarlos, me puse a buscar un huequito para seguir contemplando los bailarines. Ya había pelotudeado una banda y no quería seguir perdiéndomelo más. Para eso fui, para ver a esta gente, carajo.
Tras caminar un buen rato, al fin lo hallé. Me acerqué al toque, antes que algún hijo de mil me gane. Apoyé los brazos sobre la valla que nos marcaban el camino y disfruté del maravilloso espectáculo que nos brindaban los muchachos.
En un momento, mientras estaba re colgada observando las bandas que pasaban delante de mis ojos, por esa ancha calle, una respiración empezó a golpear abruptamente mi nuca y el cogote. Alto susto me pegué. Casi me infarto.
-"Hola, culito, ¿te asustaste?", interrogó el muy gil.
-"Ay, sí, boludo, casi me mataste del susto", le dije casi temblando.
-"Nah, a pijazos te mataría nomás", afirmó, mientras me hacía mirar hacia adelante.
-"Callate, gil, dejá de chamullar. ¿Y tu hermanito?, ¿dónde anda?", le pregunté.
-"Anda con mi vieja y sus amiguitos", me contó riéndose.
Me rodeó con sus brazos. La re confianza se agarró el loco. Yo no entendía nada, pero, aún así, lo dejé hacer lo que quiera. Re putita, pero porque esto permitió que se acerque severamente a mí. Tanto así, que nos fundimos en uno. Ah, re poetiza.
Se puso tan cerca, que no solo sentía mucho más su respiración agitada golpeando mi pobre cuello. Sino porque, además, sentí el calor que emanaba su cuerpo. Lo sentí mucho más, cada cosa que hacía, en el momento que lo hacía.
Para colmo, lo acercó mucho más a mí. Me apoyó el ganso en la colita. Sentía cómo se iba endureciendo conforme me iba pasando el choto. Qué rico. Me excitaba mal el guacho este, así que... no pude (ni quise) pedirle que se recatara.
Frotaba su verga entre mis pompas, con muchas ganas. Cada segundo que pasaba, le ponía más ánimos. De arriba a abajo y de abajo a arriba. También la pasaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, sin piedad. Pobre de mis nalguis.
Soltó mis brazos, para llevar sus manos a mis caderas. Apoyarlos y agarrarme mejor. Me sostenía mientras me serruchaba despacito. Por Dios, esto me puso como loca... más todavía. Ahora sí que quería pija. Estaba hambrienta.
Para sumarle más leña al fuego, comenzó a llover besos sobre mi cuello a lo loco. Me tenía derretida de la pasión, con muchísimas ganas de entregarle el orto, de una. Si no fuera por la gente a nuestro alrededor, ya me hubiera bajado el Jean y me hubiera corrido la tanga.
Por suerte, nadie cerca nuestro se percató de lo que hacíamos. Estaba cada uno en lo suyo, observando a los murgueros bailando por las calles, aplaudiendo y boludeando. Parecíamos dos fantasmas, mas que personas.
Ya fue, dijimos, me agarró de la mano para salirnos de ahí lo más pronto posible y nos fuimos corriendo hacia el angosto pasillo que quedaba de la vereda. Trotamos un poco más, hasta llegar a la esquina y doblamos en la cuadra mas oscura que encontramos.
Nos metimos en la entrada del edificio más oscuro que pudimos hallar entre la desesperación y empezamos a chapar como dos locos. Me agarró de la cara, para darme los más ricos de los besos, de esos que son muy apasionados.
Lengua va, lengua viene, la sangre fluyó como un tren bala, imparable e implacable en nuestras venas. No ayudó en nada a calmarnos. Todo lo contrario, generó que nos pusiéramos como dos loquitos que se desean aún más.
Sus manos, empezaron a recorrer mi cuerpo. Sobre todo, mi parte trasera, que la empezó a amasar con muchísimas ansias. Las hacía para todos lados, sin parar. De hecho, me dio la impresión de que tenía más de dos de la capacidad para tocarme que tenía.
Las mías tampoco se quedaron atrás. Al contrario, se pusieron bien al frente. Manoseé de arriba a abajo su hermoso aparato sexual, el que tenía parándose muy rápido. Lo tenía muy duro, no sé si fue por obra y gracia de mi culito o qué, pero estaba re caliente.
Justo se escuchó movimiento desde el interior del edificio, por lo que tuvimos que salir corriendo a buscar otro sitio donde llevar a cabo nuestro rito amoroso. Lo encontramos en el frente de un almacén que estaba bastante oscuro.
Me apoyé sobre un árbol, del lado que nos abrigaba su sombra y seguimos besándonos como dos boludos, como para volver a entrar en el tono adecuado, que nos quitó la vieja de mierda que salía de su casa en ese momento. Vieja corta mambos.
Me puse de rodillas, ante él, para tener toda su hombría frente a mí, sin perder de vista su cálida mirada. Claramente nos excitaba esta misma situación, a ambos.
"Por favor, qué bulto se le forma", pensé mientras me babeaba océanos (no sé de dónde salía tanto). Me mordía los labios de las ganas. No tardé más el tiempo, le bajé los pantalones. Había que activar de una buena vez.
Afuera pantalones. Cayeron de un tirón que pegué con la fuerza suficiente. Se desmayaron al suelo los héroes, para dejarme admirar ese miembro grueso, largo y venoso que me tocó tener frente a mí. Qué exquisitez, por Dios.
Lo llevé a mi boca. Comencé a tirarle el cuerito, a lamerle la cabecita, a llenarlo de ricos besitos, a pajearlo un poquito con las manos y con la jeta (de paso). Iba y venía, hasta dejársela bien arremangada y brillosa.
Sus venas se empezaron a notarse precisamente en la parte superior de su pija. La sangre se inquietaba, hasta calentarle el amiguito, lo podía sentir entre mis labios gruesos. Tenían esa capacidad, todo un talento.
Quedé frente a frente con esa verga, para volver a atacársela. Me dediqué un ratito extenso a pasársela de arriba a abajo, para que me empape con sus juguitos deliciosos. Las risas se desataron de lo atrevida que me puse.
Garganta profunda es lo que vino más tarde, luego de varias cogoteadas. Me dediqué a pajearlo con mi cañito bucal, para probar si me podría caber... lo corroboré. Por supuesto que entraba, no era ENORME. La anchura, quizás, estorbaba.
Repetí como dos veces mas el mismo proceso. Todo era culpa de la obvia influencia de su traviesa mano apoyada en mi nuca, que me obligaba a atascarme con su poronga. Era un jodón bárbaro Fabi. No me quejo, amaba que me den arcadas.
Le hago la paja, a la par que lo miro con cara de puta. Beboteo. Intenta hablarme, pero... sus hormonas no lo dejan hilar una oración. No se entiende. Solo quiere llegar al fin. Lo adecuado sería que disfrutemos del momento.
Una vez más la llevo hasta el fondo, pero, ahora, la aguanto lo más que puedo. Cuando sale su glande, me pego a su tronco para darle más de mi salivita. El tema fue que, esta, quedó más blanquita de lo normal y se chorreó por una de mis comisuras. Me limpio con un dedito, aunque la gotita fue tan traviesa, que quedó en mi pera. Prosigo la mamada.
Desde su perspectiva, observaba mi coronilla yendo y viniendo a lo largo de su chota. Más atrás, mi culito hambriento que venía esperando desde hace tiempo. Se apiada de él, pidiéndomelo. Ya era hora. Al fin, me vas a romper el culo, pajero.
Me levanto, me doy vuelta, me agacho, apoyo las manos contra el árbol que tenía detrás mío y abro el culito, como para que se pueda adentrar con su hermosa chota. Ahora sí, era todo suyo.
Pone sus manos sobre la parte superior de mi cadera y me empieza a penetrar. Despacio. Primero, entra su glande, como para ir corriendo mis nalgas y dejarle espacio al resto, hasta alcanzar mi hoyito. Segundo, su tronco que lo sigue de muy cerca.
Una vez logrado esto, con su pelvis empuja su aparato para que entre y salga del interior de mi culito. Me hace gemir, disfruto a pleno. Me encanta, era como lo imaginaba realmente.
Permití que entrara, por lo menos, el 95% de su trozo. Entró fácil. No sé cómo, pero no hubo casi ni problemas, y eso que era bastante larga. Creo que no lo dije, rondaba los diecinueve centímetros. Por eso mismo, no sé cómo hice para lograr que entrara tanto.
Bueno, como ya dije, mi culito tragón pudo devorársela entera sin problema alguno. Lo deglutía con un ritmo diabólico, que lo hacía subir la leche inmediatamente. Iba de arriba para abajo, rebotando como loca, sin parar. También para los costados.
Estuve con el culo, picando como si fuera una pelota, por unos buenos minutos. Fue muy salvaje. Tanto así, que me empezó a rogar que no siga, porque le iba a explotar la verga. Pero no le hice caso, por supuesto, y continué. Maldad pura.
De castigo, me dio tremendo bife a mano abierta en la cola. Tronó mal. Me dejó la mano marcada el hijo de puta, me re dolió. Ahí entendí que debía frenar un toque. Me estaba sarpando demasiado ya. Es que es un hombre que le gusta tener las riendas.
Agarró el hilo de mi tanga y de ahí fue él quien me llevó. Sus caderas retomaron el movimiento, ya que estuvo quieto por un largo rato. Ahora era él quien me taladraba el orto. No me puedo quejar de eso, porque el sonidito de mi culito y su pelvis, fue ensordecedor.
Me pudrió sentir el hilo de la tanga clavada en mi nalga, así que... me la quité de una vez por todas. Enredé los dedos en la tira, me puse boca arriba y me la saqué. Al fin, estaba libre de la represiva ropa interior que me toca tener.
Sus manos gigantes, abarcaban casi toda la zona de mis glúteos. Esto hacía que pudiera ser dominada completamente por su tremenda fuerza. No tenía forma de huir de ese machote increíble. No quería que me soltara jamás, tampoco.
De pronto, una de sus manos se soltó de mi nalga y, a los pocos segundos, estrelló su palma contra ella, una vez más. Qué rico se sentía aquel leve ardor, la dejó plasmada en mi piel, como un tatuaje, pero de color rojo. Hacía juego con mi tutú.
Escuchaba su respiración agitada a milímetros de mi oreja, también ciertas palabras que intentaba pronunciar, pero no lograba comprender realmete. Solo tenía éxito con algunas. El calor que emanaba de su boca, golpeaba contra mi hombro.
Todavía recuerdo su gordo glande rosadito, empapado por su juguito masculino, golpeando salvajemente contra mi pobre agujerito indefenso semi abierto, esperándolo, agrandándose con cada vergazo que me daba por detrás.
Cuando no era él, el que me clavaba con su sable corvo, era yo la que meneaba la colita. El tema con esto, era que le apresuraba el lechazo de una manera desmesurada, ya que se lo movía demasiado. Como si fuera un terremoto de orto.
Desde ese preciso momento, mi culito se volvió mas carnívoro que yo, ya que comía mucha más carne por ahí, que por la boca. Era más suculento de esa manera, no me cabían más dudas... ni otras cosas... desgraciadamente.
Qué rico cómo me garchaba este loco. Si bien, no lo hacía rápido (como a mí me gusta), me lo daba sin parar. No se detuvo por un rato largo. Eso también es muy disfrutable, tiene su ventaja, podría decir. No me quejo, al contrario.
El enorme y morocho muchacho (quedé como una enana a su lado), tenía su ancha pija metida en el medio de mis cachetes entrando y saliendo. Le rebotaban y ponía a temblarlos cada vez que chocaba contra él.
Las puteadas no se hicieron esperar. Me empezó a decir de todo, también me hacía saber (otra vez), lo mucho que le gustaba, lo caliente que estaba, utilizando palabrotas demasiado sucias, que endulzaban mis oídos notablemente.
Me trataba de puta, de chupa vergas, de todo lo que a una putita como yo le podía encantar. Mis respuestas lo ayudaban un montón a calentarse más todavía, para terminar dándome más y más duro por el culo. Lo que me hacía inspirar para putearlo.
Tanto romperme el orto, terminó llegando al punto cúlmine. Me lo advirtió. Me hizo saber que estaba a pocos segundos de escupirle el ganso, que no aguantaba más, necesitaba volcar toda su miel adentro mío. Pero le dije que no, que prefería en la colita.
Luego de hacerme gritar a puro vergazo, cumplió con su promesa. Me la sacó de adentro y se empezó a pajear un buen rato para que, finalmente, su chota termine eyectando una considerable cantidad de su rica leche. Toda fue a parar a mis nalguitas.
La gotita más grande, se quedó en mi nalga. Pero, otra, una mucho más rebelde, cayó sobre mi coxis, para terminar entrándose en las profundidades de mi culito goloso, que lo tragó instantáneamente, como si se tratase de un agujero negro (los del universo, digo).
Como dos boludos, nos quedamos jugando. Él, jugaba a limpiarme la cola con su verga, dándome golpecitos. Por alguna razón, esto daba resultado y posta dejó impecable toda la zona. Entre tanto, yo, le perreaba como una loca al mismo tiempo. Fue un timing impresionante.
Ahora era mi turno de acicalarlo. Entonces, me agaché hasta quedarme de rodillas frente a él (sí, otra vez) y le pasé la lengua por las partes donde habían quedado atascados sus ingenieros. Realmente, no quedó nada colgando de allí.
Arrastré todo con mi lengua, para luego empujarlos, hasta que caigan por mi garganta y quedar atrapados en mi estómago. Ahora sí, ya no había pruebas del delito. Nada que nos pueda incriminar de aquel encuentro amoroso.
Nos vestimos. Yo me subí la tanga y el Jean. Él, por su parte, su pantalón y sus bóxers. Ya era definitivo, no había más pruebas del delito. Solo faltaba salir lo más pronto de ahí, de una buena vez por todas.
En la esquina, nos cruzamos con mis amigos. En cuanto a Fabi, a unos pocos metros en diagonal, la madre, su hermanito y sus amiguitos. Qué conveniente todo, por suerte, no tuvimos que hacer demasiado esfuerzo para dar con sus paraderos.
Cada uno por su lado. Excepto por un momento en el que me gritó, para capturar mi atención. Lo logró, me giré, lo miré y me dijo: "por cierto, me llamo Fabián".

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