La previa.
Hoy, en Argentina, se juega el superclásico y, como de costumbre, les traigo un relato al respecto.
Corría el año 2017. Éramos felices sin saberlo, ya que ignorábamos la Pandemia que se vendría en 3 años, aunque ya existían las benditas crocs. Perfecto no se podía estar.
En ese tiempo, tenía un vecino llamado Daniel, que era requete bostero, de esos que son enfermos. De esos que se entera todo el edificio cuando gana boquita. Rompe pelotas mal, en otras palabras.
Resulta que sus planes, eran los de juntarse con sus amigotes en su casa, para después ir a la Bombonera y ver el partido en vivo y en directo. Spoiler: menos mal que no fue.
Por mi parte, no tenía planeado ver nada. Solo, quizás, escuchar algo de música, tomarme un fernecito, esperar a que llegue la noche para irme a dormir e ir a laburar al día siguiente.
Sí, no soy exactamente lo que se dice "el alma de la fiesta", pero bueh... no me molesta. Yo uso el domingo para descansar de la resaca y estar impecable al otro día. Peor sería ir resaquienta.
Como la noche anterior, había sido lo suficientemente tranqui, como para no tener resaca, me permitió disfrutar mas aquel primer día de la semana, pero último del fin de semana.
Pese a eso, me quedé a dormir en lo de una amiga y volví a casa, a eso de la una o dos de la tarde aproximadamente. Pasa que pasé la noche, bastante lejos de mi hogar y me di el lujo de dormir en cama ajena.
Llegando a su piso, que era el segundo, me lo topo. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Todo normal. Excepto que me pregunta si haría algo a eso de las seis de la tarde, que era cuando arrancaba el encuentro.
Extrañadísima, le contesté que no, que tenía toda la tarde libre. Fue ahí que me explicó que su reunión con los amigos se pinchó, por lo que preguntó si quería ver el partido con él.
Medio que me ofendió ser el descarte, pero... qué sé yo... esa sonrisa, me hizo contestarle que sí y ni pensar en esos detalles ínfimos, que perdieron todo el sentido al instante.
Pactamos juntarnos en su casa, a eso de las seis, cuando arrancara la transmisión, porque el partido iniciaría a eso de las siete o siete menos algo, no recuerdo bien el horario.
Copado, porque el horario me daba el tiempo suficiente como para comer algo, no ir con el estómago ni vacío, ni lleno. Además, para arreglarme un toque y no ir con el olor a pucho que emanaba mi cuerpo.
Me bañé lo mas bien. Me cambié, me puse algo de ropa cómoda. Almorcé algo, como para estar con las energías apropiadas. Esperé y esperé a que se hagan las seis y poder ir a verlo.
A la hora estipulada, me saqué el pijama que tenía puesto y me puse a buscar una remera vieja de River que tenía perdida en lo mas recóndito de alguno de mis placares.
No, no soy de River, soy de Vélez, pero fue algo que me quedó de mi hermano. Entonces, se lo afané y nunca jamás se lo devolví. De todos modos, era muy vieja y ya no le andaba. Tampoco me la reclamó.
Aprovechando que me quedaba como vestido, me puse una tanga blanca (como para que haga juego), cerré con llave mi casa, bajé el piso que nos separaba y le toqué el timbre a su depto.
Se abrió la puerta. Ahí estaba. Ese guapetón alto, como de un metro noventa y algo, con una vieja casaca de boca y unos shorts del mismo club. La frutillita, eran sus ojotas en las patas.
Por su parte, su reacción fue la de asco (por los colores, según me dijo) y de calentura, por imaginarse cositas muy chanchas de lo que estaría usando debajo de ese pseudo vestidito.
-"¿Cómo? ¿No eras de Vélez vos?", arrancó.
-"Claro, pero es de mi hermano que se la olvidó en casa y nunca mas la vino a buscar", le comenté mientras entraba.
-"¿Vivías con tu hermano? Jamás lo vi", se preguntó extrañado.
-"Sí, hasta hace tres años que se juntó con la novia", le expliqué.
-"Ah, ok. Qué lástima que no es bostero, te quedarían más lindos los colores de boquita", batió el chamullero.
-"Ay, no, ni loca", le dije, sonrojándome.
Si hacía un par de pasos hacia el comedor, podía notar que, en la mesa ratona del living, había una picadita preparada. Ay, qué divino, pensé. Me quería agasajar de lo lindo.
-"Sentate, sentate. Sentate tranqui", me invitaba mientras señalaba su enorme sofá con la mano abierta.
El televisor ya estaba encendido. El canal ya estaba puesto. Los comentaristas hablaban sobre partidos viejos, estadísticas, los planteles y todo lo que podría suceder en el encuentro.
Nos sentamos juntos. En el mismo sofá. Uno al lado del otro. Él extendió sus brazos sobre el respaldo del mismo y se puso lo más cómodo posible. Estaba como quería realmente.
Empezamos a picotear. Lo hicimos de lo lindo. Que salamín de allá, que aceitunitas de acá. Que el jamoncito, que el quesito, que la morcillita. Charlita de acá, charlita de allá. Todo hermoso.
En eso que me hace un chiste, apoyo la coronilla de mi cabeza, sobre uno de sus pectorales y me río. El problema fue que me hizo reír y esto, a su vez, hizo que le erre a mi boca.
La morcilla no entra a mi boca. Resbala por la comisura y cae sobre su entrepierna. Qué cagada, ¿debía agarrarla? ¿Debía dejarla ahí?, son preguntas que se me cruzaron por la mente en unos pocos segundos.
Entonces, lo miro. Me mira. Baja su mirada hacia donde se encuentra la morcilla. Le sonrío pícaramente, como preguntándole si puedo. Me devuelve la sonrisa, como diciéndome que "sí".
Ambos éramos concientes de lo que pasaba, en el caso de que yo tomara ese pedacito de morcilla. Era permitir que se desatara una tormenta de sexo sobre nosotros dos. Ambos asentimos, obvio.
No solo agarré el embutido que tanto deseaba meterme en la boca, agarré algo más. Vino con sorpresa el asunto, acompañado de algo más grande, más gordo, pero igual a la morcilla.
-"Ah, ¿querés agarrar la morcilla?", preguntó.
-"No solo eso, me quiero comer la morcilla", le retruqué.
-"Ok, es toda tuya", comentó mientras se intentaba bajar el shorcito bostero.
Sus pantaloncitos cayeron al suelo, desmayados. Quedaron sobre sus pies. Luego lo siguieron sus bóxers negros, apretados. Se desplomaron con la misma rapidez, sin meditarlo un segundo.
Qué rica pija, por favor. Gorda, larga y morena, como la rodaja de morcilla que me mandé a la boca de una, sin pensar. Se me hace agua la boca en este momento, de solo recordarla. Qué delicia.
Voló la camiseta blanca y roja que tenía puesta, la que tanta jaqueca le trajo por unos minutos y terminó sobre el respaldo de una silla que estaba a unos pocos metros nuestro.
Quedé en bombacha y corpiño. Ambos blancos, haciendo juego, no solo con gran parte de la camiseta que tenía puesta, sino que, además, con la pureza que tanto me caracterizaba.
Aprovechó este bolazo para apretarme las tetas con sus enormes manos, como si fueran dos naranjas jugosas, y meter la cara en medio, como para disfrutarlas mientras las estrujaba sin parar.
Comerme las tetotas (como él les llamaba), le hizo poner la verga como un poste. Se ve que, acariciarlas y chuparlas, le excitaba de sobremanera, ya que mucho más no hizo con ellas.
Se envició bastante con ellas, sinceramente. Se quedó un buen rato mamándolas con todo el amor del mundo, estaba re sacado. A mí me encantó, pero ya quería pasar a lo siguiente.
Me tuve que tirar de jeta a su verga, para que me las suelte. Por suerte, porque ya no daba más. Veía ese porongón todo tieso y se me secaban los labios. Debía pasar la lengua por ellos para empaparlos.
Parecía un perro con demasiada hambre cómo miraba la "sin hueso" de Dani. Estaba hipnotizada, no podía despegar mis ojos de él. Ya los tenía del tamaño de un plato.
Me mandé gran parte de su pija de una, hasta el fondo. De ahí, empecé a tirarle la goma. Iba y venía con mis labios gruesos (esos que le encantan) a lo largo de ese hermoso caño de carne.
Dani no perdió el tiempo tampoco. Como ya dije, tenía los brazos estirados sobre el respaldo del sofá, la cual, la mano que tenía a unos pocos centímetros de mí, la apoyó sobre una de mis nalguitas.
¡CLAP!, exclamó uno de mis cachetitos. Parecía que alguien había aplaudido, pero no, era la gran palma de su mano, estrolándose violentamente contra una de mis nalguitas.
Qué rico. Ese golpecito, aunque parezca una huevada, me excitaba aún más. Me inspiraba a deglutir con mas ganas todavía, a volverme una putita insaciable que no parará de tragar verga.
Saqué la lengüita, para pasársela por toda su cabecita húmeda. Estaba deliciosa, con toda mi salivita esparcida allí, mezclado con algo de su líquido preseminal, la que iba saliendo cada tanto.
Su mano iba y venía de un lado al otro, sin dejar un solo rincón de mi nalguita sin acariciar. Le daba exquisitos mimitos, como masajeándola con muchísimo amor.
Recorría de acá para allá su mano grandota, la podía sentir. Incluso llegó a sujetarla con mucha fuerza, como pellizcándola... con mucho amor, por supuesto. El amor ante todo.
Yo no paré de chuparle la poronga salvajemente. Cerré los ojos y disfruté de las sabrosas sensaciones que me propinaban su mano sobre mis partes traseras y mis labios apoyados sobre su glande.
Me propuse ingerir cada vez más centímetros de su chota, para hacerlo estremecer por completo. Por suerte, lo lograba, cada vez me acercaba más a la base de su enorme miembro.
De repente, su mano se salió de mi colita, para posarse sobre la coronilla, la que se encuentra en la parte trasera de mi cabeza, con el fin de empujármela y ayudarme a devorar mucho más.
Lo conseguía el hijo de puta este. Creo que, gracias a eso, pude romper mi propio récord, ingiriendo así, casi quince centímetros de su garcha. Solo me faltaban como cinco más, nada más.
La mantuvo adentro de mi boca, por varios segundos. No me permitió zafarme de esa. Esto hizo que me ahogara, que me empezara a agarrar una rica arcada, de esas que me encantan.
Me soltó ni bien empecé a toser por su culpa. Qué cagada, porque quería seguir ahogándome con ella. Quería que siga, hasta que me haga llorar. Quiero derramar esas benditas lagrimitas.
Cuando llegué a la cima, de nuevo, liberé (intencionalmente) un par de gotitas de mi boca, que fueron a rodar sobre su glande y terminar sobre su tronco venoso. En realidad, no fueron un par, fueron varias.
Dios, para estas alturas, mis labios se volvieron una especie de abrojo que se adhería con total facilidad a su miembro. No paraban de darle ricos besos en el tronco que sonaban como un eco.
-"Oh, oh, qué rico", no paraba de decirme, mediante gemidos.
Golpeé mis labios con la parte del glande varias veces, como si fuera un garrote de carne. Se sentía hermoso. Sobre todo, cuando me quedaba un hilito de babita unido a su pedazo.
Mientras le tiraba la goma sin parar, el muy hijo de puta me agarraba la nalga de nuevo y la sacudía con muchísima euforia, hasta que le pintaba hacérmela estallar con sus manos nuevamente.
¡CLAP!, ¡CLAP!, ¡CLAP!, ¡CLAP!, sonaron las cuatro nalgadas que me propinó el salvaje este, sin peidad. Me las dejó marcadas. Por suerte, fueron a las dos, así ninguna se ponía celosita.
Luego de eso, con sus dedos, agarró una buena cantidad de la piel de mi culito, con el afán de quitarse todas las ganas que venía acumulando en todo este tiempo, de pellizcármelo.
Se aferró a él, un buen rato el maldito. No lo quería largar para nada. Me dolía, pero me encantaba. Si me la dejaba coloradita, no me importaba. Mejor, quiero que sea malito conmigo.
Finalmente, la soltó, pero siguió acariciándome la colita con muchísimo amor. Podía sentir la áspera piel de su mano tanteando el delicado terreno que conforma mi trasero juguetón. Goloso.
Cabeceé unas cuantas veces más su hermosa pija, hasta que decidí abrir la boca y dejar que se libere una buena cantidad de saliva, otra vez. La bañé enterita, una vez más. Estaba toda empapada.
Descendía y ascendía a lo largo de ese falo precioso, un par de veces más. Lo metía hasta el fondo o, por lo menos, hasta donde más me podía adentrar. Lo disfrutaba en su totalidad, sin descansar.
Su respiración agitada, me hacía entender que estaba haciendo una labor excelente.
De lo más álgido de su glande, unas gotitas rebeldes, semi transparentes se escapaban. Yo, como una buena chica, me encargaba de limpiarla con mi lengüita. Mi deber era no permitir que eso pase.
Convertí mis labios en dos ventosas, en el momento preciso en el que los pasé por la parte superior de su poronga, al subir y bajar por su tronco venoso. No me privé de sentir, ni un solo rinconcito.
Le di otros golpecitos a mis labios, pero también me la pasé por ellos... como si fuera un Rouge de carne que debía usar para pintármelos y quedar coqueta. Pero, en vez de rojo, me quedaba blanco.
Sus dedos alejaron de mi cara, un bendito mechón, que perfilaba a que iba a empezar a molestar un poco, interponiéndose entre mi boca y su exquisita verga. Mas tierno mi gordo (¡ah, re!).
Seguido de eso, llevó su mano a mi nuca y la dejó ahí para utilizarla como palanca (una vez más), con el propósito de hacerme atorar, con la enorme carnaza que le salía de la pelvis.
Gracias a esta maniobra, pude comer más chota. Pude ir más hacia adelante con mis labios libidinosos y disfrutar mucho más de la carne que le cuelga de su fogosa entrepierna.
De repente, me empezó a acariciar el pelito tiernamente, como peinándome. Desde la coronilla hasta la nuca. Ay, muy tierno, la verdad... yo, la más puta. Qué sarpada sucia me siento.
No me detuve en ese detalle. Es más, ni me enteré hasta después de eso. Yo seguí en la mía, pasándole los labios en su preciosa chota erecta, que me calentaba de solo verla así de dura.
Cuando dejó de acariciarme la cabecita como si fuera su perrita, el muy colgado dejó su brazo apoyado encima de mi espalda. Alto siome. Esto hizo que le gritara (como pudiese) las siguientes palabras:
-"En la espalda no, en la colita".
Como tenía la boca llena, me costó pronunciarlas. Pero, obviamente, las entendió, ya que, al toque, me dio uno de sus ricas nalgadas, de las que resonaban en lo más profundo de mi ser.
No conforme con esto, hizo lo mejor que se le ocurrió en ese momento. Me corrió la tanga, la apoyó en una de mis nalgas y, con uno de sus largos deditos, se puso a jugar con mi hoyito trasero.
Ay, Dios, de solo recordarlo, me caliento mal. Recuerdo las sensaciones que me provocaban y me mojo, no me puedo controlar, te juro, querido lector. No me lo esperaba y me voló la cabeza.
Encima, como para terminar de volverme loquita, no solo lo metía y lo sacaba despacito y con paciencia, también hacía como unos circulitos con el dedo medio ahí dentro.
Era como si me rascase en el momento y lugar en el que me picaba, pero... mucho más sabroso. Sus movimientos eran los correctos, en el sitio correcto. Ay, por favor... me enloquezco al acordarme.
No paré de esmerarme en lo absoluto. Sabía que mis gargantas profundas lo hacían ver las estrellas. Además, estaba en la búsqueda por ganarme una buena cantidad de leche que saliera de su verga.
Le chupaba gran parte de su hermosa pija y me ayudaba con mi propia mano, formando como un espiral en su tronco. Bajaba y subía haciendo circulitos, yo también. Alta copiona.
Empezó a mover la pelvis de arriba hacia abajo, cada vez que se adentraba su miembro en mi boca. Me estaba garchando la jeta el muy desgraciadito este, básicamente.
Daba la impresión de que estaba subida a un barco y que el agua estaba enardecida, con muchas ganas de tirarme de la embarcación y que caiga a las profundidades marítimas. Ahogarme allí.
Cuando se calmó, me la saqué de la boca e hizo un ruido muy chistoso, como si hubiera hecho un vacío. Sonó como si fuera una sopapa o una botella de vino al descorcharse, no sé si me explico.
De inmediato, le di varios besitos amorosos en la parte del frenillo, el sector que sé que a los hombres los pone como loquitos. Efectivamente, él no fue la excepción, porque pegó alto gemido.
Fui escalando con mis degenerados besitos, hasta alcanzar la tan ansiada puntita y terminar pasándomelo en los labios, como si fuera un Rouge de carne... ¡SÍ, DE NUEVO!
Luego de eso, volví a cabecearlo, tal como se lo merece. Otra vez me la metí en las profundidades abisales de mi garganta, lo más que podía, tal como a él le gusta.
En eso, la saqué de mi boca y lo miré, mientras le hacía una deliciosa paja con la mano totalmente empapada. El sonido que se desprendía de mi puño, era excitante.
Lo miré a los ojos, me mordí los labios. Lo noté con la mirada perdida, con los ojos casi en blanco. ¿Tan bien lo estaba cogoteando? Me sentí re profesional después de eso.
-"Seguí chupándome la pija, mami", dijo cuando se dio cuenta que mis labios no estaban en la suya.
Esas tiernísimas palabras, fueron acompañadas de unas tremendas palmadas sonoras que tanto andaba esperando, como una loba en celo, deseosa de verga.
Sin quererlo y sin buscarlo, se me escapaban unos cuantos quejidos bastante obscenos, cada vez que su palma se estrellaba contra las carnes de mi culo.
Le agité la chota sobre mi lengua, de un lado al otro, como si fuera una maraca carnosa, para luego proceder a meterla donde nunca debió salir: mi jeta.
Otros ocho chirlitos mas, que sonaban como un latigazo sensual, me dio el atrevido este en cada cachete. Estos sonaron tan fuerte, que me hizo gemir de la nada, sin quererlo también.
Esos golpecitos libidinosos, derivaron en unas pellizcaditas que no se le hace ni a una corneta para que haga ruido. Capaz creía que yo era una corneta, andá a saber.
Tras esto, me puse a revolearle el orto a su mano, como si fuera una tremenda perrita en celo, que estaba contenta. Muy contenta.
De la nada, su mano me soltó, para pasarse la lengua en uno de sus dedos y volver a rascarme la colita golosa de calce profundo que me tocó tener.
Cabeceaba como una loca, mientras sucedía todo esto, con el único fin de poder sacarle toda su suculenta mema. No podía parar, tampoco quería, así que... seguí.
No me la sacaba del interior de la boca. Tampoco deseaba hacerlo. Le tiraba el cuerito bien para atrás con mis labios libidinosos. Lo pajeaba de esa forma.
Entre tanto, mi loco, estaba con toda la nuca bien apoyada en el respaldo, como apuntando hacia arriba. Disfrutaba mi trompita dándole besos chanchos en toda su parte.
Estaba perdido mentalmente en algún planeta de este universo, seguramente. Su cuerpo estaba en el mismo sofá que yo, pero su cabeza, probablemente, divagaba en alguna parte.
De repente, de tanto empujarle el cuerito hacia atrás, noté un movimiento curioso en el tronco de su verga. Son movimientos como si fueran convulsivos. No sé cómo explicarlo, pero fue una llamada de atención.
Los músculos de su "amiguito", se empezaron a contraer, también a tensar, la respiración de Dani se aceleraba a cada milisegundo que pasaba con su "nepe" en la boca de ahora en mas.
Culminó con una apetitosa explosión de mucho esperma que fue a dar a mi boca, sin escala. Como era demasiada (mas bien, bastante), pasó directamente a mi garganta.
Salió con una violencia, de esas que me encantan. Pintó de blanco todo el interior de mi boca.
Dani, sentado en el sofá, desparramado, empezó a calmarse. De a poco. Se estaba relajando. Su respiración iba volviendo a la normalidad, lo mismo los latidos de su corazón.
Saqué la lengua, se la mostré. La tenía toda de blanco, como era de esperarse. En ella, chapoteaban todos y cada uno de los pibitos que no nacerían. Una lástima, la verdad.
Sin quitarle la mirada de encima, llevé a todos sus nenes hacia atrás con la lengua y lo empujé hacia la garganta, donde cayeron por mi esófago hasta caer en aquellas profundidades.
Luego de eso, le demostré con pruebas irrefutables que ya se habían ido, partieron hacia su nuevo hogar: llamado estómago.

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