Precalentamiento.
Entré al cuarto de mi hermanastro, descaradamente (como si fuera mi habitación), sin pedir permiso ni nada. Andaba apurada. Debía ir al Gym y, si salía ahí nomás, llegaba unos escasos minutitos antes.
No me importó estar con las calzas negras, esas que uso siempre para ir a entrenar. Esas que se me pegan al cuerpo y dibujan tal cual, cada curva. Me adentré de todas formas, estaba apuradísima.
Deslizo despacito la puerta del placard, de esos que están adheridos a la pared, y ahí me pongo a buscar las hermosas zapas que necesito para llevar a cabo mi tarea. Por suerte, lo hallo todo al toque.
Sin importarme absolutamente nada, ni creer que me encontraba bien acompañada, paro la cola, mientras rebusco en cada rincón que posea el mueble y que pudiese ocultar mi preciada prenda.
Al agacharme, se abren. Entonces, se ponen gordas, desde su cama. Es que, por la perspectiva, se podía contemplar en su totalidad. Pero bueno... esperaba estar sola en ese preciso instante.
De pronto, escucho una gruesa voz que viene detrás mío. Era Javi, mi hermanastro, que estaba ahí, acostado en su cama. Jugaba con su muñequito mientras miraba el celular, pero yo hice que lo dejara.
-"¿Qué estás buscando?", preguntó mientras observaba mi cola y se tocaba debajo de las sábanas.
-"Me asustaste, estúpido -le digo rezongando-. Estaba..."
No esperaba que estuviese ahí el muy atrevido. Menos, que se encuentre ocupado, ahorcando el ganso como un demente. Menos que menos, que yo le esté dando algo mas de inspiración.
-"Estaba buscando las zapatillas que creo que estaban acá", le explico.
-"Ah, bueno, sí. Seguí buscando entonces".
Ni pelota me daba a lo que le decía. Simplemente quería que me diera vuelta, para mostrarle la cola y que le pueda dar mas material para sus fantasías, mientras apuñalaba la marmota con tanto amor.
No me quedó otra que hacerlo igual. De todos modos, ya había visto bastante de mí en una milésima de segundo. Entonces, me giré, abrí la puerta y seguí buscando entre el quilombo que tenía el armario.
Entre todo ese bardo, las encuentro. Estaban bien abajo las muy desgraciaditas, lo que tuvo que hacerme agachar. Puta madre, ¿justo ahora? ¿justo delante de sus ojos? ¿justo con su presencia?
En fin, lo hago. Las agarro. Esta inclinación indiscreta, lo llevó a levantarse y darme un terrible chirlo que resuena tremendamente al colisionar la palma de su manota, contra mis pompas.
-"Eh, atrevido, ¿qué hacés?", le pregunto, haciéndole montoncito.
Me hacía la que estaba tremendamente enojada, pero mal. Mi boca lo puteaba en todos los idiomas inventados por el hombre, pero mis ojos decían "dame más duro, papi, nunca te detengas".
Para colmo, el guanaco este, estaba en chota. Y claro... estaba dele sacudir la nutria sin compasión hasta hace un rato, era obvio que la iba a tener así, pero no me imaginé que era para tanto. Qué rico.
Me excitó más aún, cuando me dijo que mi colita hizo que se le pusiera durísima. Mucho más. No pude evitar morderme los labios con calentura. Me brotaba lo putita del alma. Eso, fue el pie suficiente.
Su cara cambió al cien por ciento. De tener la mirada de una persona normal, pasó a tenerla como un toro embravecido que largaba humito por la nariz. Fue, como si lo poseyera un demonio, de la nada.
Cerró de un portazo. Me arrojó a la cama. Caí boca abajo. La sorpresa, me hizo pegar un gritito que se asemejaba más a un gemido de placer, que a uno de miedo por la desesperación.
Con su manota, agarró mis calzas. Las deslizó por mis glúteos, como si fueran hechas para eso. Con mucha fuerza, pero, al mismo tiempo, algo de delicadeza. No sé cómo describirlo. Fue re loco.
En menos de lo que canta un gallo, ya tenía mis pantaloncitos por la parte superior de mis muslos. Enroscados ahí, sin que pudieran hacer casi nada por tapar mis indefensas nalguitas.
-"Ay, Javi, somos hermanastros, no podemos hacer esto", le suplico.
-"¿Quién dice que no?", dice mientras se acariciaba la garcha, con cara de degenerado.
Mis súplicas eran en vano, pues mucho no podían hacer para contrarrestar lo que se estaba por avecinar. El desastre era inevitable para estos momentos. No había chance de que me salve.
Después de poner sus rodillas sobre la cama, muy cerca de mi culito, se puso a juguetear con mis nalguitas gordas, haciéndole masajes y apretándolas sin parar, como si fueran un pompón.
Escupió su pija, de una forma muy libidinosa. Cayó todo sobre su palma y después lo esparció allá abajo con muy poca sutileza, sin quitarle la vista de encima a mis pompas anchas.
Luego, le tocó el turno a mi culito. Hizo lo mismo, arrojó un poco de su saliva y cayó encima de mi profundo agujerito. Con sus dedos, lo desparramó por doquier, sin dejar nada sin humectar.
Ya estábamos listo. Llegó la hora. Empezó a puertearme con la punta de su verga. Despacito. Me hacía como cosquillitas, pero, en lugar de producirme risa, me daba placer y me encantaba demasiado.
Qué rico fue cuando comenzó a introducir su glande de a poquito. Este, hacía que mis glúteos se separasen con solo acercarse y le permitiesen alcanzar mi hoyito goloso. El punto especial.
Ahora el tronco venoso. Por Dios, cada segundo que se adentraba esa anguila, me ponía mas deseosa de verga. Tanto así, que quería que sea un pedazo interminable de pasión, que no terminara nunca de entrar.
Los gemidos, de mi parte, no se hicieron esperar ni un segundito más. No me pude contener. Se escaparon de mi boca, como se escapa el aliento al exhalar. Fue una exquisitez.
Ya casi había metido el chorizo entero. Diecinueve centímetros de carne, que me ponían a gritar y retorcerme. Solo faltaban unos escasos cinco centímetros. Él, los podía ver, desde su perspectiva.
Para estas alturas, el dolor ya se había diseminado. Mi cabeza se acostumbró. Ahora, era pura y exclusivamente placer lo que sentía. No habían otras sensaciones, solo esas.
Nunca dejó de amasar mis nalgas, por más que esté en medio del acto. Lo hacía con demasiado ímpetu, como si se hubiese hecho adicto a manosearlas con ese fervor. No podía detenerse.
A pesar de la cantidad inconmensurable de pijas que pasaron por mi culito, seguía siendo algo estrecho, lo que ocasionaba una sarpada sensación deliciosa en el macho que me esté cabalgando.
Al fin su mano impactó ferozmente contra mis glúteos. Se animó. Después de estar tanto tiempo dándole un rico masaje, se la jugó y me dio una tremenda nalgada que me encantó.
-"Shhh... que no vamos a escuchar si llega mami", le dije.
Claro que no me dio bola y continuó dándome una vez más. Esta vez, quedó su mano plasmada sobre mi nalga, como un tatuaje colorado que pensaba quedarse allí por un buen rato.
De lo feroz que me daba, ya se escuchaba su pelvis chocando contra uno de mis cachetes, marcando un más que excitante, ritmo endemoniado, que nos podría arrastrar directamente al infierno.
Se recostó sobre mí, para aproximarse a mi boca y darme el más sabroso de los besos que pudiera. De esos que, al despegarse nuestros labios, desprenden un ruido ensordecedor.
Creo que, la excusa que usó, era que estaba gimiendo demasiado con cada vergazo que me propinaba. No queríamos avispar a nadie que pudiésemos estar haciendo tal cochinada.
Nunca paró de serrucharme el orto. Pese a estarme besando, no descansó ni un rato. Siguió dándome con el mismo ritmo de antes (quizás más). Por favor, qué hombre más imparable.
Tras separar nuestros labios hambrientos, puso su mano, con el fin de callarme de nuevo. Estaba demasiado gritona y no iba a permitir que alguien nos interrumpiese mientras hacíamos el amor.
Una de sus manos, agarró mi trencita y la tironeaba, como si fuera la yegua que estaba domando. La otra, la llevó a uno de mis senos, para agarrarlo y darle unas tiernas caricias. Se lo merecía.
El calor que emanaba su cuerpo, me hacía tiritar, pero necesitaba más, así que... me hizo caso y me empezó a dar verga como loco. Sin parar. Aumentó su velocidad de una forma desproporcionada.
Otro besito tierno me dio. Esta vez, vino después de apoyar su mano sobre la cama. Esto, me acercó. Nos quedamos mirando un ratito que pareció una eternidad y nos unimos, al fin.
Como me puse ruidosa, otra vez... me volvió a tapar la boca, es que, me daba carne por popa como loco. Estaba sacadísimo. Entonces, tuvo que recurrir a eso para intentar remediarlo.
Se le corrió la mano, pero quedó solamente el pulgar dentro de mi boca. Parecía que me estaba metiendo la verga allí mismo. Eso pensamos. Qué par de pajeros que somos, por favor.
Entonces, me agarró firmemente de la cara y la llevó hacia él, para que nos miremos directo a los ojos.
-"Cerrá el orto, puta", me dijo con ese vozarrón que me tenía loquita y me robó un beso más.
Me agarra de las gambas y me hace dar la vuelta, boca arriba. Abro las piernas, pero las pongo para un costado y, ahí, entre medio, mete la pija, para que la apriete con mis dos nalguitas.
Ahora eran mis tetas grandes las que, al sacudirme, hacían ruido. El hecho de verlas rebotando con cada estocada, lo enloquecía más. Se notaba. Lo decía con la mirada. No hacía falta que use palabras.
Su pelvis iba y venía desaforadamente, sin control, con el único fin de adentrarse abruptamente en mi cálido interior, pero también de llenar nuestros cuerpos de un placer que no se puede explicar.
Por favor, qué lindo era ver las caras que ponía, mientras se perdía en aquellas sensaciones que nos consumía fervientemente. Éramos las mismas llamas del infierno que ardían sin parar.
Después de un rato largo de tenerme así, yendo y viniendo de su pija, se acuesta en la cama, apoyado en la pared, para hacerle una buena cabalgada. Obvio que le hago caso... soy suya.
Abro el culito, para permitir que esa salchicha de diecinueve ricos centímetros, penetraran en lo más profundo de mi ser y terminar, al fin, con todo este fuego que deseábamos apagar de una vez.
Primero voy y vengo, despacio. Solo para acostumbrar mi cuerpo al dolor. Después, cuando me animo, acreciento la velocidad. Eso es suficiente para hacerlo tocar el cielo con las manos.
Tanto arremangarle el canelón, sus huevos empujan sus fluidos corporales hasta el tronco y que salga de su uretra, disparado con tal violencia, que me deja empapada hasta el estómago.
Varios de sus lechazos los sentí como un látigo que golpeaban las paredes de mi ano. Encima, estaban calentitos, tal como me gustan. No lo podía creer, ya me había acabado. Qué cagada.
Qué sarpado lechazo se tiró. Posta que me inundó el ojete. De mi culito salía esa miel blanquecina que tanto deseaba desde que me tocó degeneradamente hace un buen rato. Qué deleite me permití.
Ya había calentado demasiado. Estaba lista para ir al gimnasio y entrenar cada fibra de mi ser.

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