La vergamota (versión 1).
¡Muy feliz día de la raza y de la hispanidad, mis queridos lectores!
Hoy, por ese motivo, voy a escribir un relato acerca de mi experiencia con personas de otra raza.
Ya sé que ya había tenido experiencias con negros, pero... había pasado un tiempo prudente desde entonces. Ya andaba con ganas de probar otra morcilla.
El relato arranca de la siguiente forma:
"¡TOC!, ¡TOC!", dijo la puerta.
"Qué raro, ¿quién podrá ser el rompe pelotas que viene a joder un domingo en la tarde?, si yo no espero a nadie", pensé.
Salí de la cocina en la que me encontraba, para dirigirme hacia la puerta a ver quién era dicha persona.
Al abrirla, tengo en frente mío al espécimen de morocho más lindo que me pude haber cruzado.
-"Hola, buenas tardes. Disculpá las molestias, soy Rapha, el del 36 (departamento de al lado). Estoy con problemas en la cañería y el plomero no viene hasta mañana, ¿podrías prestarme el baño?, necesito bañarme", dijo con un marcado acento extranjero.
Era el morocho más divino que pude haber tenido frente a mis ojos, por Dios. Quedé fascinada.
Estaba con una musculosa roja con detalles en negro y un short azul oscuro que le quedaba pintado. En su mano, traía un toallón blanco, un jabón y una muda de ropa.
-"Sí, de una. Pasá. No hay problema", le contesté.
Tras correrme para que pueda pasar, le señalo el fondo, que era donde quedaba el baño.
Qué rico hombre de chocolate, pensaba mientras lo veía ir a mi baño. Me derretía de amor.
Empecé a cranear las cosas que le haría. Perdón, es que no lo pude evitar.
Tampoco pude evitar pensar en cómo se vería la verga de ese tipo. Estaba re contra alzada. Mal.
Habrán pasado como veinte minutos, hasta que la lluvia de la ducha, cesó.
Traté de poner la mente en blanco, para que la calentura me baje de inmediato. Era difícil, mas no imposible.
Se abrió la puerta del baño. Un resplandor, que provenía del foco de esa habitación, apareció reflejado en el suelo.
Unos pasos se empezaron a sentir. Se aproximaban hacia el lugar en el que yo estaba.
Al fin apareció frente a mis ojos ese negrazo, esculpido por los dioses... y lo acabo de confirmar.
Con manitos en jarra, se puso justo en frente mío. Quedé sin palabras.
Estaba con el torso desnudo y, en la cintura, un pobre toallón blanco que hacía un esfuerzo sobrehumano por mantenerse sujetado de lado a lado.
En el medio, se formaba un mas que interesante bulto que alimentaba aún más mis fantasías.
Por Dios, lo sabía. Sabía que ese hombre venía con una trompa de elefante incluida.
Quedé estupefacta, sin poder reaccionar. Mis ojos, tenían el tamaño de un par de platos.
Mi boca comenzó a segregar un océano de baba, que no me permitía pronunciar algo coherente.
Mi mirada, se quedó fija en el gran bulto que se le formaba en la parte de la entrepierna.
Para colmo, era un Adonis. Tenía unos brazos y unos pectorales perfectamente formados.
Se acercó al ventanal que tengo al lado de mi sofá y se asomó ligeramente.
-"¡Qué envidia, tenés un balcón!, ¡Me encantan!", me dijo.
-"Asomate, si querés. No hay problema", le comento tartamudeando.
Ni bien terminé de pronunciar aquellas palabras, ya estaba deslizando la puerta para salir.
Se habrá quedado una buena cantidad de minutos observando el vaivén de los pocos autos que circulaban sobre la avenida.
Salgo para hacerle compañía un rato.
-"Qué envidia, yo tengo esa triste ventana de ahí", me dijo mientras me la señalaba.
-"Sí, ya la vi. Debe ser caluroso, ¿no?".
-"Sí, pero el ventilador, por suerte, arregla bastante ese tema".
Me puse a su lado, para señalarle un par de edificaciones nuevas que estaban haciendo.
El hombre, en lugar de seguir con la vista lo que yo le mostraba, sus pupilas se quedaron prendidas en mí. Mas que nada en la vestimenta que estaba usando aquella tarde.
Mi outfit, era un shorcito, hecho con el mismo material que las calzas (leggins), pero, el mismo era tan pequeño, que era comido por mis nalgas hambrientas. Esto, hacía que se asomaran los pliegues de mi colita.
Perdón por no mencionarlo antes, querido lector, es que, con solo recordar el negrazo, se me pasó.
Su mirada, que era normal, se volvió degenerada. Su gesto, que era tranquilo, se depravó.
La respiración empezó a hacerse más rápido. La podía escuchar con toda claridad.
Empezó a morderse los labios con ganas, con la mirada baja, pispeando mis nalguitas gordas.
Posó una de sus manotas sobre una de mis nalgas. La zamarreó con fuerza, como si nada.
Primero uno de mis cachetes. Después, mi zanjita. Finalizó dándole mimito a la otra para que no se ponga celosa.
Fruncía el ceño a la vez que se mordía los labios de nuevo. En definitiva, ponía cara de pajero.
-"¿Qué hacés, Raphi?", pregunté.
-"Perdón, no me pude aguantar. Es que tenés un culo increíble, muy redondito y chiquito, como me gustan a mí. Espero no te molesten mis piropos", me contestó.
-"No, para nada, no me molestan. Solo que no me lo esperaba", le comenté con cara de sorprendida.
-"¿En serio no te lo esperabas?", me preguntó igual de sorprendido.
-"No, qué sé yo. Nunca me lo hiciste notar".
-"Es que disfrutaba de tu culito en silencio. No te das una idea de la cantidad de pajas que me hice".
-"Ay, ¿posta?".
-"Seee, como cuando te vi en el balcón, tirada sobre una reposera, bronceándote la colita. Me mataste".
-"Pero eso fue el domingo pasado, jaja", le contesté.
-"Seee... no podía creer la vecina que tenía".
Mientras nos comentábamos esto con la voz entrecortada, él no paró nunca de manosearme detrás.
-"También te dediqué varias cuando te crucé en el pasillo del edificio, mientras te estabas yendo a trotar a la plaza, con esas calzas grises que te pusiste. Casi me arranco el ganso de tanto jalármela", tiró.
-"Ay, te acordás del color y todo, pajero".
-"Seee, fue inolvidable eso. También recuerdo cuando vino un muchacho y te puso a gritar como una loba. Cuando te fuiste, tenías esa remerita que hacía que se te asome la tanga a cada paso que dabas".
Se cayó solo para plasmar sus ruidosos besos sobre la piel de mi cuello. Se me cayó la bombacha.
Para estas alturas, ya estaba detrás mío, arrimándome el ganso a la colita, cada tanto. La sentía entre mis cachetes.
Sus brazos se entrelazaron en mi cintura, para acercarme aún más a Raphi. Esto, ocasionó que ya me hincara de lleno con su verga. Tanto así, que se la doblaba.
Mi shorcito oscuro, cayó hasta el piso por la fuerza que le aplicó con sus manos. Ahora, solo quedaba la escasa tela de mi tanga en el medio.
Ahora, sus labios, no aterrizaban mas sobre la tersa piel de mi cuello. Sino, sobre las redondeces de mi colita.
Plasmó unos cuantos besos ahí mismo, una y otra vez, una y otra vez. Sin parar.
Con sus manos, me apretaba los cachetes. Fuerte. Incluso, apretaba su nariz con ellos.
Corrió mi tanguita, la apoyó sobre uno de mis cachetes y, al fin, ya estaba frente a mi agujerito.
Empezó a usar su lengua, para juguetear con mi hoyito. Lo hacía de acá para allá, como una danza.
De pronto, me lo escupió y entró a escarbar con uno de sus dedos. Qué bien lo hacía. Ya tenía experiencia, al parecer.
Después de un par de escupidas, se puso de pie y dejó que el toallón cayera rendido al suelo también, haciéndole compañía a mi shorcito.
Al percatarme de eso, paré la colita, cosa de facilitarle más el trámite y podernos disfrutar.
Sentí que se escupió la chota, hizo el cuerito para atrás un par de veces, se acomodó y apuntó directamente hacia mí, como si fuera un arma de destrucción masiva.
Apuntó perfectamente, ya que le embocó excelente a mi asterisco. Como un profesional.
Solo la cabecita me hizo gritar un poquito, pero me tapó la boca a tiempo.
Despacito vino el resto. Por lo menos, en eso, me tuvo piedad. Otro, me la hubiera mandado entera de una, sin preguntar, ni nada.
Qué hijo de puta, a pesar de eso, me hacía doler el culito el muy maldito. Era desgarrador.
De ahí en más, una vez que la cosa se puso más deliciosa, me entró a bombear el culo, sin parar.
Su pelvis, al colisionar contra la piel de mis nachas, emulaban unos aplausos.
Sentía el aire que exhalaba de su boca y su nariz, chocando contra mi espalda.
También, sentía su boca intentando pronunciar palabras a mi oído. Todo era en vano, obvio.
Por miedo a que nos vean desde la vereda de en frente, cambiamos la posición. Estábamos muy expuestos.
Me puse en cuatro patitas para él, abrí mi culito, separando ambas nalgas, y permití que me penetrara con la velocidad que a él le apeteciera.
Apuntó de nuevo contra mí y lo fue metiendo lentamente. Sabía bien el daño que era capaz de causar.
Su glande solo volvió a hacerme doler un poquito, pero sabía que, eso, no era lo peor. Todavía faltaba.
Lo jodido se venía ahora, cuando su tronco gordo y venoso intentaba entrometerse en mi hoyo.
Ya está, ahora solo faltaba empujar con su pelvis para poder hacerme gemir como una yegua.
Lo hizo, claro, con todas las sensaciones que le hacía sentir mi culito apretadito.
Ay, Dios, qué rico se sentía cuando me taladraba el ojete con su gigante verga negra.
Estuvo serruchándome el orto sin parar por unos buenos minutos. Hijo de puta.
Sobre mi espalda, cayeron unas cuantas gotitas. Eran de su frente.
Algunas rodaron hacia mi culito y las sentí entrar, sin pedir permiso.
-"Vení, vení", me dijo mientras se sentaba en el piso con el garrote oscuro en sus manos.
Me fui hacia él, casi como si fuera corriendo.
-"Ponete de espaldas", me dice.
Me pongo de espaldas, con las piernas bien separadas y los brazos sosteniéndome de atrás, como si fuera una tarántula.
Su verga bien mota, mientras iba entrando, iba corriendo a los costados a cada nalga, para poder adentrarse con una mejor comodidad.
Ay, por Dios, qué delicia cómo se sentía esa verga metiéndose y saliendo de mi culo. Hasta me hacía arder, pero, por alguna razón, quería mas. Mucho más.
El agujero de mi orto se ponía rojo, por el mero roce de esa pinchila grande queriéndome destrozar por dentro. Estaba impresionante. Que siga, no pares.
Gemía. Un poco por dolor, otro poco de placer. Lo puteaba, y eso lo calentaba más. Se notaba porque me entraba mucho más fuerte.
Para colmo, me la dejó enterrada un par de veces. Eso me voló la tanga mal.
Tan apretadito tenía el culito, que, en un par de estocadas que me propinó, largó sus ricos lechazos bien en el interior de mi ojete. Lo estimuló lo suficiente. Menos mal, porque ya me ardía.
Sacarla, hizo que las gotitas se rebalsen de mi upite. Qué lástima, porque la quería bien adentro.
Estaba agitado, lo sentía detrás mío. También sentía su gemidos mientras largaba todo su semen.
Estaba tan transpirado, que me fui deslizando por su abdomen, cuando me soltó. El alivio volvió.
Mi culito lloraba leche aún. Había quedado una gotita colgando de mi hoyo.
Al pedo se bañó, si ya estaba empapado en sudor otra vez.

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