Dosis láctea.

 Eran las dos de la mañana de un día de semana. No recuerdo bien qué día. Creo que jueves.

 Tenía ganas de fumarme unas ricas florcitas, pero, al mirar en donde las guardaba, no tenía nada. Vacío.

 Agarré el celu, entré al Whatsapp, busqué a Juan, mi contacto y le mandé un mensajito.

 La respuesta me llegó casi de inmediato. Ni tiempo a parpadear me dio.

 Me dijo que andaba cerca de mi barrio, a un par de cuadras de la plaza. Si quería, me los alcanzaba.

 Obvio que acepté. 

 Me puse las zapatillas, agarré la plata y partí así nomás, en búsqueda de eso que llamo yo felicidad.

 No me importó que estuviera con un remerón negro de AC/DC y que, debajo, solo mi tanga negra. 

 Lo que quería, era adquirir ese faso a como dé lugar, volver a casa y fumármelo hasta dormirme.

 Cuando llegué a la plaza, le avisé que ya estaba en el sitio anteriormente acordado.

 A mi alrededor, solo cuadras y cuadras semi oscuras, iluminados por un tímido resplandor que se desprendían de los postes de luz.

 A los pocos minutos, una sombra se hizo presente a lo lejos.

 Era Juan, efectivamente, mi contacto personal. Pude adivinar, por su curioso caminar.

 A cada paso que daba, su presencia se hacía más clara. Dejaba de ser una silueta oscura, para volverse una persona con rasgos claros.

 Ya tenía en frente mío ese lánguido hombre, largo, con los brazos tatuados y una cara que lo vendía solo.

 Tenía una remera negra y larga también, como yo, pero él sí tenía pantalones. Eran de esos que tienen bolsillos en los costados. No sé cómo se llaman.

 -"¿Tenés lo mío?", arranco preguntando.

 -"Sí, toma", me dice, mientras me pasa los fasos con la mano bien cerrada... para que no se vea.

 Extiendo la otra mano, con el puño cerrado y largo los billetes.

 Se percató de que tenía ochenta pesos y no cien, como era el valor en el que estaba.

 Parecen nada veinte pesos hoy en día, pero, en esos años, valía un montón. Podías comprar banda de cosas con ese monto.

 -"Eh... no, valen cien ya, no ochenta. La inflación", confiesa.

 -"Uh... no me digas. No traje más plata".

 Nos quedamos confundidos, ambos, sin saber cómo solucionar esta situación.

 Como nos teníamos confianza porque ya nos conocíamos, le propuse ir a casa para buscar el dinero restante. Pero me dijo que no, porque estaba llegando tarde a ver a la novia.

 -"Entonces, ¿cómo hacemos?", pregunto.

 -"Podrías pagarme de otra manera", contesta con cara de pajero.

 -"¿Cuál sería esa otra forma?", interrogué poniendo carita de putita.

 -"Ya sabés", comentaba mientras señalaba ahí abajo con un leve movimiento de cabeza y guiñaba.

 -"No, no sé. Decime vos. No tengo idea. Soy muy tontita".

 -"Si me chupás la pija, hasta sacarme una buena cantidad de leche, te perdono los veinte".

 -"Ay, cochino, ¿no tenías novia vos?".

 -"Sí, pero casi no me tira la goma, ni tampoco se traga mi guasca", comenta resignado.

 -"Ay, pobrecillo".

 -"En cambio vos, tenés una carita de que te encanta ahogarte con la carnaza hasta tragártela toda".

 Eso me dejó en silencio. No creí que me conociera tan bien.

 -"Además, tenés un culito sarpado. Ya te sigo en Instagram", me comentó mientras me agarraba un cachete con todas las ganas del mundo.

 Esa agarrada, me acercó a sus labios, así que... me tiré y le comí la boca.

 -"APA, si la chupás como besás, te devuelvo los ochenta pesos, bebé".

 En seguida nos fuimos a buscar algún sitio que nos podamos amparar en la oscuridad.

 Por suerte, lo encontramos rápido. No tuvimos que caminar demasiado.

 En la misma placita, había un rinconcito carente de luz, al que siempre le tuve ganas.

 Nos metimos ahí y lo arrinconé para devorarle la jeta con mucho furor.

 Detrás de él, como ya dije, había una enorme pared que era la de un coso donde los jubilados se juntaban a jugar a las bochas.

 Delante de Juancito, habían un par de árboles, que podíamos aprovechar para que nos tape.

 El tema era en los costados. Si aparecía alguien de la nada, nos agarraría por sorpresa mal.

 Sus manos levantaron mi remera, para enredarse entre mis gordos cachetes.

 Los acarició bien el muy guacho. No dejó un solo recoveco sin visitar.

 Dios, qué rico se sintió, porque no solo las apoyó allí. También jugó un lindo rato, de la mejor forma.

 A su término, las hizo tronar con la palma. Sin piedad. Les dio bien duro, tal como me gusta.

 Me estaba calentando mal. 

 Si no era suficiente con el peligro que corríamos a ser encontrados, se le sumaban sus ricos besos, también le sumaba su maestría tocando mis partes privadas.

 Yo no me le quedé atrás tampoco y empecé a manosearle el ganso como si no hubiera un mañana.

 Primero, por encima del pantalón. Jugueteé lo más que pude.

 Cuando ya estaba lo suficientemente dura, seguí tocándolo por adentro, sin darle respiro.

 Antes de agacharme, procuró fijarse que no haya nadie cerca nuestro. Como estábamos completamente solitos, procedí a hacer lo mío.

 Qué linda pene tenía. De esas que no son tan grandes, pero son gruesitas, cabezonas, venosas y con el glande rojizo.

 Abrí la boca bien grande, para permitir que se adentre en mí.

 Lo cogoteé como quise, una y otra vez. Fui y vine sobre esa pija, la cantidad de veces que deseé.

 No le quité la vista de encima, obvio, no quería perderme la reacción que tenía a mi boca.

 Cuando no lo estaba peteando, lo estaba pajeando y aprovechaba para echarle un buen vistazo a él.

 Miré para todos lados, tenía miedito de que nos agarren con las manos en la masa... bah... yo estaba con las manos en la masa.

 -"No te distraigas. Seguí chupándola, que soy yo el que vigila", dijo susurrando.

 Le hice caso, seguí mamándosela. Apoyé mis labios sobre su tronco venoso e hice lo que mejor hago.

 Su pinchila entrando y saliendo de mi bocaza, se sentía muy rica. Me encantaba.

 Mi cogote ya tenía la maestría suficiente como para ejecutar el movimiento perfecto que le hiciera sacar la leche.

 Los ojitos se le volvieron blanco mientras le pegaba la chupada de chota que le dieron en la vida. Estaba volando.

 Trataba de no perderse en el placer, para chusmear que nadie nos corte el mambo. Sobre todo, que no se algún policía.

 Mi mentón era un desastre. Tenía un gran hilo de baba colgando. También de mi labio inferior.

 Comenzó a mover ferozmente su pelvis, con unas ganas inusitadas. Las tenía bien guardadas.

 Llegó a golpearme la nariz levemente con la pancita, de lo sacado que estaba.

 Se nota que estábamos en el tramo final de este hermoso encuentro salvaje.

 Entre la rica mamada, mis labios abrazaban su glande, con mucho amor.

 Agarró su pija y me empezó a dar vergazos en la cara, como si fuera un garrote de carne.

 Me los daba en las mejillas, sobre los pómulos. En mis labios también los sentí. Qué encanto.

 -"Abrí la boquita, bebé", me suplica.

 Solté su verga y me mantuve con la boca abierta, esperando a que me deposite todo su exquisito esperma.

 Entre tanto, él se pajeaba mientras me miraba directamente a la cara. Sin parar.

 Después de un ratito de sacudirse la nutria, su verga se puso a escupirme esos garsos blancos.

 Le saltó tanta leche, que no solo me la volcó en la lengua. También cayó algo en mi pera, volviéndola peor que el enchastre que ya tenía.

 Hilitos de rico semen me colgaban y se rompían al alargarse tanto. Caían al suelo como una lluvia.

 Otros tantos que estaban en mi boca, se perdieron en mis profundidades cuando los empuje por mi garganta.

 La lengua ya la tenía más que limpia. La tenía impecable. Ahora solo faltaba el resto.

 Con la yema de uno de mis dedos, barrí lo que me quedaba pendiendo en el mentón. Luego desaparecieron en mi boca.

 Corrieron con la misma suerte que los que depositó prolijamente sobre mi lengüita.

 A todo esto, lo hice con la atenta mirada de mi proveedor especial, que no me sacó un ojo de encima.

 El alivio se apoderó de su cuerpo. Menos mal, porque me gané esos porros ricos.

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