Prostituta por un día.

 Todavía recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que me pagaron por un favorcito sexual.

 Ocurrió una noche maravillosa. El cielo nocturno estaba completamente despejado.

 Las estrellas parecían ser los agujeritos hechos a un manto oscuro que nos cubría la cabeza.

 Corría una leve brisa primaveral, que nos acariciaba el rostro y elevaba nuestros cabellos.

 Fue hace unos años, cuando estaba yendo hacia la casa de una amiga.

 No vivía lejos de casa, pero justo era la zona más oscura del barrio.

 Había un tramo en el que, el alumbrado público, casi ni existía. A penas te podías ver la palma de la mano.

 Llegaba un momento en el que el horizonte era devorado por completo por la hambrienta oscuridad.

 Daba un miedo tremendo, parecía inventado por una horrorosa película de terror.

 Pero bueno, si no pasaba por ahí, tenía que dar una vuelta un toque mas grande y tardar más.

 Inhalé profundamente y seguí dando pasos hacia adelante, sin mirar atrás.

 Tras haber hecho unos escasos metros, un auto se estaciona casi al lado mío.

 "Cagué fuego", pensé. 

 Tardé menos de lo que pensaba en ser secuestrado y que me extraigan los órganos. Gran error.

 Se bajó lentamente la ventanilla que da del lado de la calle.

 Un hombre sale de la penumbra que le proporciona el techo, muestra su rostro.

 Era un canoso. Solo se veía vejez en su cabello, porque en su rostro aún conservaba rastro de juventud.

 -"Buenas noches", fue lo primero que me dijo.

 Le devolví el saludo con un leve movimiento de la cabeza, asintiendo.

 -"Una preguntita, ¿conocés algún puticlub por la zona?", dispara.

 -"No, ni idea. No soy del barrio", le contesto.

 -"¿Y algún putito que conozcas?", interroga guiñando el ojo.

 Quedé petrificada, no me la esperaba realmente. Menos de un hombre grande, en el medio de la nada.

 -"Mirá que pago bien, ¿eh?", arremete.

 Estira el brazo y, en su mano, tiene unos cuantos billetes de varios colores.

 No sé si sería mi cara, mi andar o algún movimiento que hago, el que me delató, pero lo descubre.

 La ropa que tenía puesta, lo dudo, porque solamente tenía un shorcito blanco que me quedaba apretadísimo, mal, pero nada más.

 Igual no creo que, la razón, sea por la pequeña prenda blanca que se me colaba en lo más profundo de la colita. No, todo lo contrario.

 En cuanto a arriba, un bucito del mismo color, de esos que llegaban hasta las caderas, con bolsillitos tipo canguro y una capucha detrás.

 A mis espaldas, una pequeña mochilita negra, que rompía con tanta pureza. La tenía para meter el escabio que aún no había comprado.

 Bueno, en fin, yo seguía estupefacto por la sucia propuesta que había acabado de escuchar.

 Nunca me habían sugerido tal cosa y tampoco es que iba pensando en que lo hagan aquella noche.

 Cuando vi esa cantidad de plata, que para el momento era mucho, no lo pensé mucho más. Acepté de una.

 La puerta que estaba de mi lado, se abrió de inmediato, ni bien terminé de pronunciar el "sí".

 Extendió su brazo hacia mí, en son de abonarme el futuro servicio. Un capo.

 Lo recibí, con todo gusto. Con una sonrisa de oreja a oreja No rechazaría ni a palos tal cantidad de billetones.

 Los metí en el elástico de mi diminuto short, donde sabía que era imposible perderlos.

 Podría haberle dado una trompada o algo que lo obligue a quedarse dormido y huir con la plata, pero no.

 Me quedé ahí, porque, sinceramente, algo me morboseaba la situación. La tenía que experimentar.

 Apretó el embrague a fondo, puso primera y nos fuimos en búsqueda de un sitio más calmo.

 Yo conocía varios escondites así en mi barrio, así que... le pasé las indicaciones y para allá fuimos.

 Dimos un par de vueltas por ahí, hasta dar con el sitio apropiado, el que nos mantenga ocultos.

 Uno de ellos, era la calle de una fábrica que quedaba frente a las vías del San Martín.

 Recuerdo que varias tardes, nos rateamos con los pibes y nos fuimos por esos lares a escabiar.

 Era a la tarde y ya era un lugar bastante desolado. No me quiero imaginar un sábado a la noche.

 El rinconcito, continuaba oscuro, con un poste que a penas alumbraba un pequeño espacio.

 No había nadie laburando. De eso te dabas cuenta, porque no se escuchaban las ruidosas maquinarias.

 Detrás nuestro, solo habían un par de coches desprolijamente estacionados que parecían abandonados.

 Apaga el auto, las luces, todo, para que pasemos totalmente desapercibido en esas penumbras.

 Al toque, se baja el pantalón hasta las rodillas (con bóxers y todo), queda con la pija al aire.

 -"Chupame la pija, dale", me dice con voz de degenerado.

 Yo, entre tanto, chusmeaba para todos lados, no vaya a ser que nos agarren in fraganti, en pleno petardo.

 Cuando me di vuelta, tenía la pija en la mano, haciéndose una paja feroz el muy atrevido.

 Debo confesar que se me hizo agua la boca, un toque, cuando lo vi manoseándose el ganso por mí.

 A pesar de la edad, no se le notaba tanto en la chota. Sí en los huevos, que los tenía algo largos y arrugados.

 No era grande, pero tampoco era chica. Podría decir que unos dieciseis centímetros medía, aproximadamente.

 Qué sé yo, no estaba para hacerme la fruncida. Acá estoy, el chabón ya me apagó. A bailar se ha dicho.

 Mi lengua recorría cada milímetro de esa rica poronga. No dejé nada sin lengüetearle, ni siquiera su glande.

 

 Abrí la boca y permití que su verga se adentrara en mis hambrientas fauces.

 Subí y bajé por el tronco venoso del hombre, sin parar ni un segundo. Al menos cuatro veces.

 Cuando entraba, trataba de tocar sus piernas con mis labios, de ahogarme con ella.

 Ni bien la saqué, un hilo de baba me acompañó. Se quedó adherido a mis labios golosos.

 Lo pajeé bien rico, cosa de que no se le baje el líbido, mientras lo miraba con cara de puta.

 Por ello, noté que estaba extasiado con mi performance sexual. Me aprobaba de una.

 Me di cuenta porque los ojitos se le ponían en blanco. Ellos me decían que estaba viendo las estrellas.

 Cansado de la paja, me sujeta firmemente de la nuca y me obliga a ahogarme con su chota.

 Me llevó hasta lo más hondo que pudimos, hasta tocar las profundidades de este mar de amor.

 Le chupó un huevo que esté al borde del llanto, con arcadas que advierten la llegada de algún vómito. Él no paró.

 Cuando me soltó, le mostré mis ojos llorosos, rojos. Respiraba, o eso intentaba, que ya era mucho.

 Pese a eso, le sonreía. Sí, porque estaba feliz. Me encantó. Es más, quería mucho más.

 -"Qué rico", le dije con sonrisa de putita.

 -"Bueno, entonces, cerrá el orto y seguí chupando", contesta.

 Cogoteaba como loca. Estaba extasiada con esa pija hermosa. No podía parar de mamarla.

 Las gotas que salían de mi boca, rodaban por el tronco de su chota, de a montones.

 La tenía totalmente húmeda, por mis escupidas, mis mamadas y todo el líquido preseminal que le brotaba.

 Me callé. Solo usé mi boca para brindarle todo el placer posible, todo el que podía proporcionar.

 Estaba hecha una golosa, una hambrienta que necesitaba devorar de la carne de un hombre.

 Sus gemidos me ponían como loca, me daban mucha más gula y, a su vez, me decían que iba por buen camino.

 Su verga, al entrar a mi boca, hinchaba mi mejilla con la formita de su glande. Era gracioso.

 Como incentivo, giró su cabeza, para observar mi culito gordo. Creo que eso fue una mala idea.

 Al notar que me la miraba, la meneé un poquito de un lado al otro, como la trolita que soy.

 Puso su mano sobre mi culito, de manera abrupta. Hizo gritar mi piel en ese preciso momento.

 No la quitó al instante, al contrario. Se puso a pasear uno de sus deditos inquietos por ahí.

 Tanto jugar con su cuerito, termina disparando su delicioso juguito calentito dentro de mi boca.

 Por Dios, saboreé cada gotita que salió disparada de esa verga. La disfruté a pleno realmente.

 Lo que no entró, quedó plasmado sobre mi mentón y formó una huella ahí mismo.

 El viejo cerró los ojos por un corto instante, hasta que los volvió a abrir para dirigir su mirada hacia mí.

 De putita que soy, le muestro los renacuajos que quedaron nadando sobre mi lengua.

 Mi lengua, era una exquisita mezcla entre mi saliva y su semen. La ideal, la mejor.

 -"Mmmm... valió la pena totalmente esa inversión", me dijo bastante satisfecho.

 Con una sonrisa de oreja a oreja, exhaló, se puso cómodo y tiró la siguiente:

 -"Si querés te acerco al lugar donde quieras ir".

 -"Tengo que ir al 25 a comprar un par de birras e ir a lo de mi amiga", le contesto.

 Movió la palanquita de cambios, apretó el embrague y me sirvió de taxi por un rato.

 Quedó tan satisfecho que no le importó gastar un par de minutos más en su vida. Un capo.

 Me llevó al kiosco y, a pesar de hacerle saber que no debía hacerse drama, que podía irse, se quedó cuidándome. Un caballero.

 Compré las birras, las puse en la mochilita negra que había llevado, me subí al auto y me llevó a la esquina de la casa de mi amiga.

 Con un besito tierno y una manoteada de ganso, nos despedimos. Fue la más linda de las despedidas, sinceramente.

 Espió mientras caminaba por la cuadra de mi amiga, y se fue.

 Yo creo que no se quedó para cuidarme de que no me agarre un violín, sino, que fue para seguir mirándome la cola. Alto atrevido.

 Pero bueno, no me quejo. Al menos también tuve un guardaespaldas gratuito. Aunque no sé si hubiera actuado de haberme pasado algo, pero bueh... le damos el changüí... por hoy.

 

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