Fucksia.

 Hoy, en Argentina, es día del padre. Feliz día a todos los papis y papitos que me lean.

 Hablando de los papis, yo volvía a casa, una madrugada, después de una sarpada joda.

 Como ya era verano, el sol resplandecía desde lo alto del firmamento, como una bola de fuego.

 Abro la puerta del departamento. Despacio. Procuro no hacer ruido alguno. Entro.

 La oscuridad se adueñó de casi todo el lugar. 

 La claridad se colaba por las pequeñas rendijas de la persiana del ventanal que daba al balcón.

 Camino en puntitas de pie. Procuro no interrumpir el silencio, pero fue en vano.

 -"Gaby, ¿sos vos?", dijo una voz desde la habitación de mis padres.

 Así es, esa voz gruesa que provenía de la oscura pieza, era la de mi padrastro.

 -"¡GABY!", insistió.

 -"Sí, soy yo", contesté algo resignada.

 -"¿Recién llegás? Son las once de la mañana".

 -"Es que me quedé a dormir en lo de una amiga".

 Sinceramente, esto era una mentira. Yo había salido con un chico y tuve una linda fiesta.

 No se lo iba a contar, obviamente. No daba que se entere de mis aventuras con desconocidos.

 -"¡VENI PARA ACÁ!", me grita.

 Por supuesto que voy. Otra no me quedaba.

 -"¿Qué te dije de llegar a estas horas?"

 Cuando me vio, abrió los ojos como dos platos. No esperaba que me disponga a salir así.

 Mi atuendo se conformaba con un vestidito fucsia que, con toda la furia, me tapaba la cola.

 La parte inferior de la pequeña prenda, rozaba la puertita de mis gordas nalgas.

 En otras palabras, si me agachaba, los cachetes, se asomaban a saludar sin vergüenza.

 En los pies, unas botitas divinas de color negro que me llegaban hasta las rodillas.

 Para cualquier ojo, estaba hecha una prostituta. Pero bueno... era mi look, mi onda, che.

 La temperatura aumentó aún más para mi papito, en el momento en el que me agaché.

 Sí, me fui a la parte opuesta de la habitación en la que se encontraba su cama y me agaché.

 Aclaro que me agaché, para dejar la carterita negra en la que meto mis cosas, sobre el piso.

 No solo salieron mis pompas a tomar un poco de aire, mi tanguita chiquitita también.

 Su reacción se dibujó en su rostro de pervertido. Lo leí como un libro abierto.

 Se sentó en la cama y, mientras me llamaba, me hacía seña con la mano para que me acerque.

 -"Vení para acá", me exige.

 -"¿Qué pasó?"

 Yo, obviamente, no sospechaba nada de lo que tramaba hacer en su degenerada mente.

 Me exigió que me recostara sobre sus piernas.

 Yo, sin entender absolutamente nada, le hago caso, obvio.

 Con sus manos atrevidas, me subió el vestidito fucsia que tan divino me quedaba.

 Dejó mi colita al aire, totalmente expuesta.

 Lo único que me la cubría (por así decirlo), era la diminuta tanguita anteriormente nombrada.

 Así es, ese pequeño trapito escaso de tela, que yo denomino "tanga", era lo único que me dejó.

 Agarró una de mis nalgas con ambas manos, las zamarreó de un lado al otro y le dio duro.

 Al principio creí que me iba a hacer masajitos, así que... me relajé por completo.

 Pero, en cuanto sentí esa enorme mano chocando contra mis posaderas, me sorprendí.

 Ay, Dios, no me lo esperaba para nada. Me dejó boquiabierta posta. No lo imaginaba.

 Por lo que, mi grito de dolor, se entremezcló con un gemido de placer que salió de mi boca.

 Este "grito"/gemido, lo incentivó a mi papi a darme más duro en la colita.

 En lugar de tenerme compasión y castigarme mas tranqui, no, se puso mucho peor.

 -"Ah, ¿te gusta?", quiere saber.

 -"Mmmm... me encanta, papi", le beboteé.

 No pude mentirle. Mi enseñanza es que, la verdad, siempre debe prevalecer ante todo.

 -"¿Me vas a decir dónde anduviste?", interroga.

 -"Salí con un chico".

 -"Ah, me mentiste, eh?"

 Entre tanto, su mano no paraba de chocar contra mis pobrecitas nalguitas.

 Para estas alturas, ya estaban coloradísimas. Pero me encantaba. No quería que pare.

 -"¿Y qué hicieron?", pregunta.

 -"Nos juntamos a tomar algo en un bar de acá cerca".

 -"¿Eso es todo, qué más?"

 -"Bailamos bien pegaditos, hasta que se le paró la pija. Lo sentí con los cachetes del culo".

 -"¿Y entonces?"

 -"Fuimos al telo y garchamos hasta recién".

 -"¿Qué le hiciste, le chupaste la chota?"

 -"Sí, dos veces".

 -"¿Qué más, le entregaste el culito este, putita?"

 -"Ti, le entregué la colita", le conté beboteando.

 -"¿Y la leche, dónde te la dejó? ¿En la cara, en el orto o en los cachetes?"

 -"Primero en la cara. En el segundo polvo me la volcó en las nalguitas".

 -"Ah, ¿fue mas de uno? Qué putita. Cómo te gusta la verga, ¿eh?".

 -"Shi, me encanta. Mucho. Soy adicta a la lechita", confieso haciéndome la bebita.

 -"Y, ¿dónde te gusta más?"

 -"Me gusta dentro de la boquita. Tragármela y después mostrar que no está más".

 Omití algo de verdad, al no contarle que también amo que me rieguen las nalgas con leche.

 -"¿La tenía grande?"

 -"Muy. Como de veinte centímetros aprox".

 Mientras transcurría esta degenerada descripción, el loco no paraba de cachetearme.

 Es más, cada segundo que pasaba, mi cutis gritaba mucho más fuerte, con más ganas.

 Al fin se dignó a hacer algo más que abofetear mis otros cachetes: corrió mi tanga y jugó con mi agujerito chiquitito.

 Cuando gemía, me chirleaba de castigo. Por putita, por hacerle travesuras a otros hombres.

 Introducía casi todo su dedo. Se podría decir que cabían los tres falanges tranquilamente.

 Luego, aumentaba la apuesta metiéndome otro dedito más. Qué malo sos, papá, pensaba.

 -"No creo que la tenga más grande que yo", afirmó mientras se bajaba los lompas.

 Era cierto, el hijo de puta peló tremenda tararira. Era gigante (y gorda, encima).

 Su pijama y sus bóxers quedaron bien lejos de mi vista, en el suelo, sobre sus pies.

 A simple vista, solo tenía esa tremenda garompa endurecida, lampiña, gorda.

 La boca empezó a segregar baba a diestra y siniestra, sin parar. Era una catarata.

 Pensaba en la envidia que sentía al ver todo lo que se come mi vieja, todos los días. Increíble.

 Me tendí sobre la cama, boca abajo, muy cerca de ese pingo y empecé a lustrarle el sable.

 Primero la puntita, muy despacito. Disfrutaba de cada milímetro de verga de este vago.

 De a poquito me fui animando a tragar mas, como si no lo hubiera hecho antes, JA!

 El tipo solo usó sus codos para apoyarse, mientras se dejaba llevar por mis dotes bucales.

 Aunque me produzca unas sarpadas arcadas, no me importaba, la llevaba toda hasta el fondo.

 Peor se puso cuando me agarró la coronilla y me obligó a atragantarme más todavía.

 Creo que llegué a tener adentro más de tres cuartos de su suculenta carne, por esto mismo.

 Bajaba y subía mi cabeza con sus manos. Era su muñeca inflable, su juguetito sexual.

 Lloraban mis ojitos. Rojizos los dejó. Eyectados en sangre.

 Cuando pude zafar de ahí, una cantidad de saliva se liberó. Le hice un bóxer de baba.

 Luego, me entró a dar golpecitos en la cara. Ay, Dios, cómo dolían. Eran como cachetazos.

 Repetimos el ciclo como dos o tres veces más. Estaba loco el chabón. Muy loco.

 Llegó la prueba de fuego. Tenía que ver cuánto resistía mi culito a semejante carnaza.

 Aprovechamos su posición, para que yo me siente encima suyo y hacerme la colita.

 Lo hice, pero me puse en frente. Quedamos cara a cara. Podía ver cada gesto que hiciese.

 Juro que, a medida que iba entrándose, mi culo se iba abriendo cada vez más. Qué dolor rico.

 En cuanto llegué a tenerla toda (o casi toda) adentro, comenzó la parte más difícil: el garche.

 Me aferré a su cuerpo, como un koala se agarra a una rama para comer eucalipto y me dejé.

 Su pija entrando y saliendo, me generaba esa extraña sensación de dolor y placer al unísono.

 Dios, no puedo explicar lo que me hacía sentir. Me dolía el culito, pero no quería que la saque.

 Se puso de pie, sin soltarme y siguió culeándome, como si nada el muy hijo de puta.

 Alta fuerza tenía, no lo podía negar. Me sujetaba firmemente, sin dejarme caer.

 Cada tanto se le escapaba, claro, pero no le tomaba ni dos segundos volvérmela a meter.

 Entonces, se gira de una. Da media vuelta, digamos. Ciento ochenta grados.

 Para estas alturas, quiero creer que le dejé bien en claro que no era tan grande la del chico.

 Sí, le mentí. Rondaba los dieciseis, pero me encantaba así también. Lo que sí, era gordita.

 Pero no se lo dije, me gustaba este papito con hambre de querer superar a los demás.

 Volviendo al relato, caimos en la cama, pero sin que deje de serrucharme el ojete. No paraba.

 Estaba completamente sacadísimo, dándome pequeños pijazos en la cola.

 O sea, era la misma pose, pero recostados sobre la cama. Esto no le quitaba nada de placer.

 Sus bramidos de toro, se volvían mas feroces. Peor aún, que tenía su boca cerca del oído.

 En eso, me la saca de la colita, para ponerse de pie y continuar así.

 Apoyé mis patitas en su hombro y me dejé taladrear el ojete con su vergota hermosa.

 Estaba durita. Me lastimaba, pero no me importaba, porque me encantaba.

 Gemía de placer con cada chotazo que le propinaba a mi pobre agujerito chiquito.

 El espacio estrecho de mi ano, lo hacía volver un loquito con una lujuria irrefrenable.

 Al poco tiempo de clavarme el pedazo, comienza a salir disparado su semen.

 Salió con tal violencia, que varias de sus gotitas gordas, fueron a dar en mi interior. Fuerte.

 Pero otras, también salieron volando hasta estrellarse en mi pancita, en mi torso.

 Sentía las escupidas que me propinó mi papito, corriendo adentro mío, hasta buscar una salida.

 Cuando, por fin, hallaron la salida, mi ojete parecía que lloraba largas lágrimas blancas.

 No hizo falta, si quiera, que se pajee mirándome. Con el roce bastó para escupirlo.

 De inmediato, ni bien me acabó, cayó rendido sobre la enorme cama. Boca abajo.

 El placer lo invadió. Era como si lo hubieran vaciado por completo. Lo podía palpar también.

 Largó un suspiro que me pareció eterno.

 -"Uf... tu vieja no me entrega el rosquete, con lo que me gusta romper uno cada tanto", dice.

 No sé si quería saber tanto, pero bueh... para eso podría estar yo. Para eso soy util.

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