Los sueños, sueños son...

 Un seguidor mío, hace unos cuantos días atrás, me contó algo muy curioso que le ocurrió. Algo, que hasta a mí me causó una sensación rara y quisiera compartirlo con mis nulos seguidores de estos lares.

 La cosa comienza así, en su casa, recostado en su cama, esperando a que el señor Sueño venga. Pero, hasta que aquello pase, se puso a scrollear un ratito en sus redes sociales desde su viejo celular.

 Pasaba de videíto en videíto al perfil de cada una de las personas que seguía (y las que no, también), con su dedo índice empujando hacia arriba, hasta que... repentinamente, se topó con uno de los míos.

 El primero de ellos, era yo, en cuatro patitas sobre la que creía que era mi cama, con un body negro transparente, medias de red negra y una tanga del mismo color, bien metida en el medio de la colita.

 Estaba meneándola como una desacatada sarpadamente, en un primerísimo primer plano, de arriba hacia abajo, sin parar, en frente de una cámara y la miraba con una carita de calienta pijas... tremenda. 

 Eso logró ponerle de pie su más que interesante Pinocho al instante, lo que llevó a este pibe a querer masajeárselo un toque. El acolchado se empezó a mover cada vez más frenéticamente por culpa de ello.

 Un poco tarde se acordó de excitarse, ya que el señor Sueño, finalmente, llegó. Empezaron los bostezos anunciando que debía cerrar los ojos en cualquier momento. Debía estar alerta, porque pasaría pronto.

 Así fue, tal como lo había predicho el cansancio de sus párpados, cayó rendido sobre la almohada. No mentía. Cerró los ojos abruptamente. Quedó entregado al mas profundo sueño que se sumergió.

 A los pocos segundos, el muchacho abrió los ojos, como si ya hubiera dormido lo suficiente. Quedó flasheando por un corto lapso. Se restriega los ojos, se despereza. Todo muy extraño, la verdad. 

 Entonces, de rodillas, sobre su cama, a unos pocos centímetros de él, a los pies de su cama, me aparecí. Con desesperación, otra vez se restregó los ojos. Pero, en esta ocasión, era porque no lo podía creer.

 Estaba con el mismo body transparente que nombré anteriormente, con las mismas medias red que dejaban poco a la imaginación y, por último, con esa tanga diminuta que era comida por mi cola golosa.

 Me acerqué a él, gateando en cuatro, con la colita paradita. Tenía una sonrisa picarona dibujada en la cara. Me mordía los labios. Lo miraba con carita de putita, como si tuviera unas ideas perversas.

 Ni bien llegué, aplasté mi culito encima de donde estaría su miembro. Lo meneé un poquito, como para aumentar la temperatura considerablemente. Sumado a eso, estiré para tocar su cuello con mis labios.

 Sus manos se posaron automáticamente en la parte superior de mis nalgas y no las sacó más de ahí. Fue como si se hubieran pegado. Ni pensó en quitarlas. Recorrieron cada milímetro de mi cutis, cada curva.

  Mis labios fueron a su cuello, como si ya conociera su debilidad. Le llovieron muchísimos besos tiernos, obvio. No dejé ni un solo rincón. Mientras tanto, él no paró de manosearme el culo. 

 Me puse derecha. Di un par de brinquitos encima de su pingo. Lo calenté mal. Esto generó que se mordiera los labios al toque, mientras no me quitaba la mirada de encima. Estaba prendido fuego.

 Aprovechando que yo ya estaba derecha, todavía sentada encima de su pinocho, puso sus flacas, pero gigantes manos en mis tetas grandotas. Todo, con tal de tocarlas y juguetonear con ellas un buen rato.

 Si te ponías detrás mío, podías observar a la perfección cómo mi zanjita profunda se abría de par en par por la postura que adopté. Para colmo, sus manos la abrían muchísimo más cuando me acariciaba allí.

 Nos comimos la boca desaforadamente, de una, no lo dudamos ni por un milisegundo siquiera. Nuestras lenguas se juntaban en un ritmo cuasi salvaje, que fue aumentando la temperatura.

 Entre tanto, él no me soltaba la colita ni un solo segundo, hasta le llegó a dar un rico chirlito que tronó ruidosamente. Incluso, recorrió mi rayita de norte a sur con su largo dedo índice en repetidas veces.

 Tras una buena tanda de besos, me enderecé. Lo dejé con la boca estirada, con ganas de mas. Quedó anhelando que otra vez juntemos nuestros labios para seguir teniendo sexo por esa vía, porque así se sentía.

 Movía sus pupilas para todos lados, como intentando admirar cada rincón de mi cuerpo y, con cada mirada que me propinaba, se mordía aún más, como si aumentara su hambre en cada segundo.

 Sus brazos se estiraron hasta alcanzar, con las manos, mis pobres tetas, cuyos pezones, estaban endurecidos totalmente por culpa de esta situación excitante en la que nos estábamos envolviendo.

 Ya está, ya nos habíamos franeleado lo suficiente, ambos lo sabíamos. Fue así que me levanté hasta ponerme al lado suyo, de rodillas nuevamente y le destendí la cama, solo para ver lo que tenía para mí.

 Al fin le quité el horrible pijama que tenía por pantalón. Lo dejé desnudito. Después de tanto toqueteo y tanto que recorrimos con nuestras ansiosas manos, la espera dio su increíble fruto. Valió la pena.

 Tenía una terrible tararira entre las piernas el pendejo de mierda este y, por supuesto, estaba durísima a mas no poder, con su glande para afuera, como si estuviera esperando a ser lamido de una vez. 

 Diría que le llegaba a los veinte centímetros aproximadamente (o, por lo menos, eso pareciera a simple vista). Era muy venosa, además. Delgadita. Completamente depilada. Muy cuidada. Eso, se notaba.

 Por fin mi lengua pudo aterrizar sobre la piel de su miembro. Fue en uno de los costados del mismo, pero solo atiné a darle unas ricas mordiditas, unas muy juguetonas que lo animen a jugar conmigo.

 Unos ricos besitos en su tronco, no bastaban. Debía pasarle mi lengua juguetona también. Eso hice. Lo paseé por todos lados. Debía reconocer cada lugarcito que podría tener escondido y estimularlo.

 En cuanto me pude dar cuenta, me percaté de que, con mi inquieta lengua, ya había transitado por cada recoveco existente de ese largo chorizo venoso. Ni siquiera sus benditos huevos se salvaron.

 Empezó a acariciarme de la nuca, con el único fin de poder llevarme la comida a la boca. Pero no era necesario, yo ya sabía qué hacer con esa tremenda pija. No era mi primera vez, era obvio eso.

 Pidió mi culo con su sensual voz. Más vale, querido lector, le hice caso. Lo llevé para allá, apuntando muy cerca de su cara, pero solo jugueteaba con sus dedos en mi hoyito. Qué irresistible se volvió. 

 Obvio, todo esto sin sacármela de la boca. Seguía mamándosela sin parar, ensalivándosela como una loca. Me la metía entera de frente, de costado, la cantidad que más podía, de todas las formas que podía.

 Su dedo se introducía en mi hoyito que se estaba abriendo despacito, para luego salir, para más tarde meter más milímetros en mi interior. Era como si se propusiera a romper su propio récord.

 Para ayudarme en el estímulo anal, me puse a mover mi tacho para los costados, mientras lo miraba a los ojos con su hermosa pija en la boca. Era una situación muy particular realmente.

 Después de ese ratito, cerré los ojos y me entregué por completo a tirarle la goma. Me dejé llevar por las ricas sensaciones que me genera mascar una buena verga, como la que este muchacho tiene.

 El pibe no lo podía creer; se mordía los labios mientras miraba la secuencia. Se pasaba la palma de la mano sobre la cara y estiraba la cabeza hacia atrás, apoyándola encima de su almohada.

 Un sarpado hilo de baba nos mantuvo unidos por unos segundos. Se desprendió de mis labios y, cuando me alejé lo suficiente, se quebró para quedar plasmado contra el tronco del miembro de este chico.

 Cuando el calor lo invadió lo suficiente, atinó a querer tirar un mordiscón sobre una de mis gordas nalgas. Pero no pudo. Solo pudo plasmar un tierno besito, como premio consuelo para mí.

 Me recosté sobre su confortable cama, con casi toda la espalda apoyada sobre su suavecita almohada. Puse para adelante mi agujerito, todo, con tal de facilitarle el acceso. Obviamente.

 Pasó dos lamidas por allí. Me extasió. Pero, para mi suerte, paró solamente para arrimar su garcha y envainarme con una rica pose llamada "patitas al hombro". Quedé fascinada.

 Serruchaba mi ojete salvajemente. Se movía con mucha furia. Tanto así, que mis pechos se hacían para todos lados con mucha fuerza. Estaba recontra sacado. Se notaba en su lujuriosa cara.

 Esto, lo hizo sacarse la remera. Estaba empezando a entrar en calor, era evidente. Luego de eso, continuó con la misma intensidad a dármela toda por mi pobrecito agujerito.

 Me clavaba con mucha furia, mientras me miraba fijamente a los ojos, para notar cada expresión que hacía. Estábamos hipnotizados por el calor que emanábamos de nuestros sacudidos cuerpos.

 Agarró una de mis piernas, para empujarlas hacia el costado junto con la otra, hasta que yo quede colita arriba. El muy depravado aprovechó para abrirlo y meter su cara en el medio por otro corto lapso.

 Corrió mi tanga y, de costado, de nuevo me culeó. La apretaba con los dos jamones que yo llamaba piernas. Así, la metía. Me decía que se sentía más rico... claramente, no mentía.

 Estuvo así un buen rato el muy hijo de puta. Incluso se abusaba de esto, para darle otros chirlitos ricos a mis obesos cachetes (se ve que le encantaba hacerme eso). No paró. Me los quería dejar marcados.

 Quiso que me subiera encima otra vez. Le obedecí, obvio. Me subí, abrí mi orto, me senté en su pelado para que lo taladreara como quisiera. Los sentones que le di, no se los olvidaría más en la vida.

 Por supuesto, sus manos se posaron en mis nalgas. Esto está de más aclararlo. Los acarició de nuevo, recorrió cada milímetro de mi culo. Estaba re cebado el pendejo de mierda este. Qué rico todo.

 Cuando se hartaba de mi culito, manoseaba mis tetas a más no poder. No solo eso, también me tanteó las durezas de mis pezones. Desde allí abajo, podía verlas saltando. Escogió un buen lugar para ver.

 Me agarraba de la pared, de sus pectorales, de sus piernas, de cualquier lado. No sabía de dónde sujetarme, porque el pendejo de mierda me hacía para todos lados. Me pegaba la garchada de mi vida.

 Por alguna razón, todo se desvaneció. Quedó en la nada. Fue, porque este gil abrió los ojos y se encontró con la bizarra situación de tener las sábanas, sus huevos, su chota, todo manchado de su delicioso semen.

 Pero me contó cada detalle y se sintió realista. Tanto así, que cada palabra que largaba, me transportaba hacia ese momento. Era como si hubiera volado hacia ese preciso instante, en el interior de su mente para que experimentemos juntos.

 No sé si será verdad o me chamulló el muy maldito, pero parecía muy realista. Tanto que, yo, me volví loquita con su sarpado relato. Desgraciadamente, muchas veces, los sueños, sueños son.

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Caperu-colita rota y el choto feroz.

Pinta mi colita.

Calza justo.