Comienzo de algo.

 Era una tarde asquerosa, de esas que congelaba narices.

 Yo me estaba regresando a mi casita, no veía la hora de tirarme en la cama a arroparme.

 De la nada, mi celu sonó. Era mi hermana, solicitándome que pase a buscar a mi sobri.

 Puteé en todos los idiomas habidos y por haber. Incluso, me inventé un par también.

 No es nada en contra de mi sobrino, pero... como ya dije, quería tirarme en la camucha.

 De repente, recuerdo el papucho que me crucé todas las veces que fui a por el nene.

 Eso me dio el incentivo suficiente para embarcarme en el retiro del pibito.

 Le mandé mensaje a mi hermana, aceptando el pedido. Pobre, se lo merece.

 Como todavía quedaba tiempo y la escuela quedaba de camino a mi casa, fui para allá.

 Me saqué la ropa de linyera que tenía, para ponerme una un poquito más llamativa.

 Ya había charlado un par de veces con el susodicho, pero no fue la gran cosa.

 El chabón se llamaba Darío, era casado, pero estaba podrido de su señora (según él). Era más de diez años mayor que yo (como 17). Qué rico.

 Me saqué el gastado Jogging gris y lo dejé tirado en alguna parte de mi casa.

 Me quité la vieja remera que tenía puesta y me puse una más nueva. Chiquitita.

 En su lugar, me coloqué mis calzas negras favoritas, una camperita contra el frío y fui.

 La camperita, por cierto, no estropeaba la vista que daba mi cola, ni por casualidad.

 Era pequeña, sí, pero la escogí porque era abrigada (ejem, ejem)... ah, y tenía capucha.

 Caminé las dos cuadras que hacían falta para llegar a la bendita escuela de mi sobrino.

 Todavía no habían salido los nenes. Faltaban como diez minutos, aproximadamente.

 Darío ya estaba ahí, parado como un soldado, esperando a su criaturita.

 Estaba con un camperón negro y unos Jeans que le quedaban sarpados. Estaba hermoso.

 Gira su cabeza. Me ve. Hago lo mismo. Lo veo. Nos vemos. Nos sonreímos.

 Se me acerca y me empieza a hablar con ese vozarrón que me empapa la cola.

 -"Uf, qué frío hace, ¿no? Se nota que estamos cerca del invierno", dice.

 -"Sí, mal. Re pesado. Yo prefiero más los veinte grados".

 Le tiré esa, pero, por mi mente, estaba decirle del calor infernal que me provocaba.

 Puede parecer un poco exagerado eso, ya que estaba abrigado hasta la chota, pero no es así.

 Resulta que ya le había revisado Instagram, porque ya nos seguíamos... y sí, estaba rico.

 Él tampoco se quedaba atrás, eh? En realidad, sí, se quedaba atrás, ya que le dio like a varias de las fotos en tanga que subía a mi perfil.

 En esos pocos minutos, nos pusimos al día sobre nuestras vidas. Un poco.

 Ni bien vi mi criaturita hermosa, urdí un plan malvado que me llevaría directo al infierno.

 Hice unos pasitos para adelante, unos al costado, justo donde él estaba (es decir, quedé delante suyo), me agaché y abrí los brazos.

 Sí, dejé mi colita justo frente a él, a unos escasos metros de sus ojos curiositos.

 La calza no se ahorraría ni un poco en disimular mis curvas, ni nada de lo que tenga.

 Trazaría, casi a la perfección, cada tramo de mis cachetes, sin guardarse nada.

 Sus ojos, no pararon de abrirse. Casi se salen de sus cuencas. Era como en los dibujitos.

 Fue tal la vista que le otorgué en esos segunditos, que se olvidó de su hijito.

 Un "papá, papá", no muy lejano, fue el baldazo de agua helada que lo regresó a la Tierra.

 Cuando escuché que ya lo estaba saludando, me puse derecha y agarré al nene.

 -"¿No querés que los alcance?", me dice esa voz ronca.

 -"No, gracias. Lo tengo que llevar a lo de mi hermana".

 Me hacía la linda, de rogar. Alta cínica. Si por dentro, decía que sí, a los brincos.

 -"Sí, ya sé, si fue ella quien me dijo que lo lleve", tiró el atrevido este.

 Claro, la muy boluda se había olvidado que iba a ir Daro a retirarlo para que estén en su casa.

 Mi sobri lo invitó a su hijo, para jugar en lo de mi hermana, porque eran amiguitos de curso.

 Yo ni enterada de nada. Me pude haber quedado en casa, arropadita. La puta madre.

 Lo único bueno, es que me pude haber perdido de ver de nuevo al papucho este.

 Nos subimos al auto y encaramos hacia aquel destino anteriormente nombrado.

 Como vivía a veinte cuadras, en auto, llegamos rápido. Menos mal.

 Saludamos a mi hermana, nos quedamos conversando un ratito y nos fuimos los dos.

 Se ofrece llevarme a casa de vuelta. 

 Yo, por dentro otra vez, decía que sí mientras saltaba en una pata. Pero, por fuera, no.

 "Está casado el loco este, no sé si da", eran las ideas que surcaban en mi mente.

 Mi indecisión lo llevó a él a tomar las riendas y obligarme (si así se puede decir) a volver con él.

 Hablamos otro poco más arriba del auto, un ratito más.

 Fue inevitable, porque quería saber absolutamente todo sobre ese hombre.

 Se estacionó justo frente a mi puerta. 

 Los silencios no eran incómodos. Para nada. Eran muy lindos, porque, en el medio, nos mirábamos y sonreíamos hasta ruborizarnos.

 Parecíamos dos vírgenes que jamás habían experimentado, ni siquiera, el amor.

 -"¿Cuánto te debo?", quiero saber en joda.

 -"Nada", dice, con una carcajada mediante.

 -"Ok. ¿Nos vemos mañana entonces?"

 -"Sí, de una".

 Nos dimos un besito en el cachete, chiquitito, ruidosito y cerca de su comisura.

 Abrí la puerta. Puse primero mis piernas afuera y así salí del vehículo.

 Ahora, usted, querido lector, se preguntará ¿por qué salí así? La respuesta es sencilla. Para que pueda ver mis cachetes al salir de ahí.

 La postura que hice, permitió que mis nalguitas salgan al último y se exhiban ante sus ojos.

 Sí, una jugada maravillosa, como para darle mas material visual a sus fantasías.

 

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