Lavachotas.

 Mi nueva adquisición: un lavarropas, pero de esos que tienen la tapa arriba y se mete por ahí.

 Me causó problema llevarlo hasta dónde quería ponerlo, pues... era bastante PESADO. Por lo que tuve que pedirle ayuda a mi vecino favorito: Alberto, que vivía, prácticamente, en mi casa.

 Delante de mi amigo, me subí la pollera, me quité la tanga que tenía puesta y la eché allí mismo.

 No lo podía creer el loco. Está bien que había confianza, pero no para tanto.

 Luego, me di cuenta que no estaba sucia, que no valía la pena ponerla a lavar tan pronto. Podría arruinarse.

 Entonces, metí la mano para sacarla, pero no la alcanzaba, se encontraba muy al fondo la desgraciada.

 Metí la otra, y tampoco. La acompañé con la cabeza, y... ¡POR FIN, LLEGUÉ!

 La tenía en la maldita mano, solo debía ponerme derecha para poder salir de allí, pero... ¡UN MOMENTO, NO PODÍA! Algo me retenía dentro, no me dejaba salir.

 Así es, me atasqué en el maldito lavarropas, con la mitad inferior de mi cuerpo descubierta.

 Tenía la colita paradita. Para colmo, el vestidito se me desplazaba cada vez más, hacia arriba, permitiendo que se me vean los dos cachetes.

 La situación, no lo podía creer. Era una mezcla de gracia con algo hot (o por lo menos eso me dijo). La pelotudez más grande que habrán presenciado sus ojos.

 Me pedía permiso para tocarme las caderas antes de apoyar, si quiera, una yema de sus dedos.

 Encima, me pedía disculpas por tener que tocar de más, plasmando sus huellas dactilares sobre mí, incluyendo mis carnes traseras. Alto tierno. Era mi casi hermanito. 

 De pronto, la "ayuda" se tornó rara: en lugar de tironear para atrás nuestro para que yo salga, me empujaba para adelante metiendo entre mis nalguitas, algo bien duro y carnoso.

 Me refregaba entremedio de mis cachetes una cosa grande... y no lo hizo una vez, lo hizo en repetidas ocasiones.

 Con cada empujón, se tornaba más grande el asunto. Para colmo de males, jadeaba mientras lo hacía.

 Yo gemía tambien, obviamente, era algo que me encantaba. Íbamos al unísono.

 Nunca te detengas de hacerlo, pendejo de mierda, pensaba.

 La pieza que tenía entre las patas, encajaba a la perfección. Éramos un rompecabezas que se unió.

 Era que le faltaba a mi colita y no podía quedar así, debíamos juntarlos para siempre (ah, re romántica me volví de repente).

 Tanto ver mis cachetes gordos, se le formó una carpita con los shorts deportivos que tenía puestos.

 No conforme con el esfuerzo que le hacía hacer, le pedí por favor, que ejerciera más fuerza sobre mí.

 No podía quedarme así toda la tarde, tenía cosas que hacer y mi novio estaba a punto de llegar (la espalda me estaba matando, además).

 Me dijo que, si en esta oportunidad no lograba sacarme, iba a intentar algo distinto que, quizás no me gustaba.

 Le dije... "ok", estaba en sus manos. No me quedaba otra que dejar que él hiciera lo que debía hacer.

 Me la frotó entre las cachas, de arriba a abajo, de adelante hacia atrás. Para todos lados. 

 Aún así, NADA. Ni un puto milímetro me moví, pero qué rico se sentía, por favor. Que no pare.

 Lo mejor, era el placer que me generaba sentir esa verga metida en el medio de mis cachetes.

 El asombrado muchacho que no paraba de manotearse el ganso, se hartó. Ya lo había probado todo.

 Se puso a pensar un rato y llegó a la conclusión de que debía hacer algo urgente.

 No podía quedarse de brazos cruzados, esperando que las cosas se arreglaran solas, así que... recurrió a medidas drásticas.

 La ansiedad me pegó tanto, que empecé a pegar brinquitos de la impaciencia allí mismo, haciendo que me tiemblen las carnes traseras.

 Pasa que dejó de tocarme por un rato largo. Tampoco hablaba, así que... creí que se había ido.

 Me dio miedito. Por un rato, llegué a creer que me dejó solita ahí, en mi trampa mortal.

 Se bajó el short hasta las rodillas. Se empezó a pajear mirando mi orto. Se acercó a mí.

 Me empezó a acariciar una nalga (la pellizcaba, le hacía de todo en realidad) con una mano.

 Supongo que con la otra... hacía otra cosa, mientras yo me encontraba en apuros.

  -"Ya fue, voy a intentar otra cosa, ¿sí?", dijo.

 -"Ok, dale, le respondí. No hay problema".

 Una lluvia de escupitajos empezaron a caer directamente a mi hoyito.

 -"Pará, ¿qué hacés, nene?", pregunté inquieta.

 -"Vos tranquila, es para que resbale y salga más fácil", responde el tarado este.

 -"¿Seguro o...?"

 -"Sí, tranqui, tranqui. No pasa nada. Vos, relajate".

 -"B... -gemido- bueno, dale".

 -"¿Te molesta eso?", interroga el atrevido.

 -"No, ta bien... hacé lo que tengas que hacer".

 La verdad, es que su método era obviamente inútil. Pero me estaba encantando tanto tener su chota adentro, que no pude sacarlo cagando, ni decirle absolutamente nada.

 Tenía que relajar el upite para que pueda entrarme mejor y disfrutar de tamaña vergaza gigante... hasta que se nos ocurra qué hacer, por lo menos.

 Sentía cómo su poronga iba abriendo paso a lo largo de mi agujero goloso.

 Entre tanto, yo estaba poniéndome como loquita cada vez que me metía su amigazo.

 Me hacía morder los labios de la pasión, del encanto al tenerlo entrando a su nueva cuevita.

 Le pedí que me la clavara más fuerte, y el muchacho obedeció.

 Más fuerza le pedía, y me la mandaba toda hasta el fondo. No me metía los huevos, porque no podía.

 Era una cosa de locos cómo me estaba pegando esa garchada por la cola el hijo de puta este. 

 Una tercera vez se lo pedí, pero con más énfasis.

 Creo que eso le hizo entender que debía poner toda la garra que tuviera para poderme culear.

 Me enterraba la batata entera en el culo, sin piedad. Tanto así, que parecía el ruido que hace el perro cuando bebe agua.

 Grande fue la sorpresa que nos llevamos al percatarnos de que todo ese esfuerzo, dio sus frutos finalmente.

 La cruel máquina por fin cedió, se rindió. Me soltó y me pude enderezar.

 Lo mejor, fue que mientras me ponía derecha, nunca me quitó la pija del culo.

 Tenía ese trozo bien al fondo del ano, a la par que hacía aquello.

 Solo me la sacó, cuando quedé totalmente de pie y me di vuelta al instante para agradecerle su caballerosidad.

 -"Ay, gracias", le dije con toda la ternura del mundo frente a frente, con respiración agitada mediante.

 -"¿Qué 'gracias'? Chupame la pija", me dice mientras me hace poner de rodillas frente a él.

 -"No, pará, que va a venir mi novio..."

 -"No importa, no importa. No soy celoso".

 -"No, pero está por ven..."

 No alcancé a decir la palabra "venir", que ya tenía su verga enterrada en la boca.

 Me la metió de prepo y hasta el fondo, golpeándome la campanilla. Casi la tuve entera, podría decir.

 Para colmo, me tenía bien sujeto de un enorme mechón de pelo. No podía huir de sus garras.

 -"No, está por venir... ya viene", le ruego mientras me acomodo el pelito hacia atrás.

 -"Cerrá el orto y chupame la pija, dije", fueron sus palabras.

 De ahí en más, me empezó a coger la boca como un campeón.

 Como dije, me sujetaba firmemente de la nuca y me hacía atragantar con toda su carne.

 Introdujo, por lo menos, un 80% de su miembro en el interior de mi boca el muy desgraciado.

 Era como de diecinueve centímetros aprox y, encima, era bastante gordita. Imposible no ahogarse así.

 Para esta altura, pensé "ya fue, tiene rica chota, es enorme, estoy re caliente, encima me ayudó con el lavarropas, ¿qué me cuesta hacerle un pete en retribución a su generosidad?", y lo hice.

 Como ya no tenía chance de zafar, me permití disfrutar de tal hermosa situación. Entonces, la sujeté con firmeza por la base para poder tener un mejor agarre y poder comérsela entera con comodidad. 

 Estábamos re alzados. Mal.

 No lo pude negar más, así que... finalmente, me entregué y me dejé llevar por la calentura que nos unía.

 Para colmo, el hijo de puta me garchaba la jeta como el mejor. Al menos hasta ahora, eso parecía.

 Yo no tenía que ni moverme, solo abrir mi cavidad bucal para recibir su húmedo pedazo lleno de mi babita calentita, que entraba y salía solita. Por Dios, qué hermoso.

 Chorreaba por todos lados, como si fuera un helado que se derretía.

 Solamente debía pasarle la lengua por donde estuviese más húmedo, para limpiarlo.

 Prácticamente, hice eso a lo largo y ancho de su tronco venoso.

 Cómo le gustaba cogerme la jeta él, ya que no se sosegaba.

 Estuvo un buen rato ahogándome entre su carne y mi agüita bucal.

 Un hilito rebelde de baba que rodó del tronco de su pingo, cayó por mis labios, pasó a mi mentón y se estiró hasta tantearme una de las tetas. Alto depravadito, igual que nosotros dos.

 Solo la sacaba de adentro por un corto lapso, para respirar un rato. No era tan malo después de todo.

 Descansaba, y al toque me la volvía a meter sin piedad y me tenía así por un rato largo.

 Movía su pelvis, me cogía la garganta el muy atrevido. Esto me produjo arcadas varias veces.

 Pese a esas limitaciones y el estar al borde del vómito, la disfrutaba y no iba a parar esta hermosa mamada ni a palos. Gozaba de las delicias que me generan cabecear un macho como él.

 -"¡Oh!", exclamaba orgásmicamente mi chongazo, mientras tenía más de media verga dentro mío.

 Otros pocos segundos que no la tuve enterrada hasta la campanita, fue cuando aproveché para recorrer todo su tronco venoso, con la lengua. De arriba a abajo, sin tampoco dejar de lado sus huevos.

 Pero volví, irremediablemente tuve que volver a ahogarme en su carnaza. Re masoca.

 Un hilito de mi baba pendía de su tronco. Qué rico... y qué chanchos somos.

 Su chota brillaba, parecía de oro. Pero no, era mi saliva que no paraba de salirme de la boca.

 Le sujetaba las bolas mientras le hacía una sarpada garganta profunda. Jugaba con ellas.

 Cuando me la sacaba, tenía la percepción de que era larguísima. No terminaba de salir.

 Eso le generaba una sensación igual o más linda todavía, que mejoraba bastante su experiencia oral.

 Me la pasaba por la cara y me dejaba un rico rastro de la mezcla de mi baba con su líquido preseminal.

 ¿Otra garganta profunda más? Sí, me agarró de nuevo de la nuca, y me hizo tocarle los huevos con el mentón. De ahí, me hacía mover la cabeza de adelante hacia atrás. Betito, ni mi novio me ahogó así.

 Cerré los ojos y me dejé llevar por las sensaciones deliciosas que se gestaban en mí.

 A su término, le comí las pelotas... sí, otra vez. Se las dejé más babeadas que la pija.

 Tercera... o cuarta garganta profunda (ya perdí la cuenta). Ni me acuerdo.

 En esta oportunidad, lo diferente fue que, mientras tenía toda su verga adentro de mi boca, movía él su pelvis salvajemente, para cogérmela con muchas ganas, como un desaforado.

 El abrupto ruido de un auto frenando cerca de mi casa, me alertó mal.

 -"Escuchá, me parece que viene mi novio", le conté con toda la cara empapada de nosotros dos.

 Dejé de cabecearle el pupo. Pero, en su lugar, lo pajeaba. Como si mi novio fuera a enojarse menos por eso, en caso de estar entrando o que entre en ese preciso momento.

 La posibilidad de que él llegue, eran gigantes, ya que la hora estaba muy próxima.

 -"Vení, vamos", le dije mientras me lo llevaba al cuarto sujetándolo de la pija.

 En lugar de parar, sabiendo que podíamos ser atrapados, lo invité a mi pieza, a seguir jugando.

 Él, con los pantalones por los tobillos, y yo, con el vestidito hacia arriba, caminamos hacia allá.

 Entramos. Cerré la puerta. Puse llave.

 Paré la cola. Me puse en posición. Apoyé las manos contra la puerta, con tal de no dejar pasar al cortamambo de mi novio (cuando llegue, claro).

 Tenía toda la garcha húmeda, así que... entró de una. No se opuso para nada el amiguito.

 Gemí bajito a medida que algún milímetro de su chota penetraba mi culito.

 Empezó a cogerme bien rico. Despacito. Nuestras pieles se sentían al chocar.

 Me deleité tanto, que cerré los ojos para dejarme llevar.

 Hice la cabeza hacia atrás, en son de pleno goce.

 El loco aprovechó esto, y me tironeó del pelo mientras me la ponía.

 ¡PLAF!, ¡PLAF!, ¡PLAF!, gritaba mi cola.

 Su mano caminó por todo lo que podríamos llamar "nalga". Se dio el lujo de tocarme toda.

 Aprovechó cada segundo, por si no se presentaba otra ocasión.

 Además de eso, me propinaba unos ricos chirlitos que hacían que mi piel grite con más fuerza.

 -"Ay, qué rico", le susurré mientras me daba los pijazos más deliciosos que recibí.

 Él estaba muy concentrado en mi ojete como para contestarme algo, si quiera...

 Lo miraba por encima de mis hombros, para ver sus reacciones.

 Estaba colorado mal, con una cara de pajero bárbaro. Disfrutaba a pleno mi culito.

 Mi orto se volvía muy ruidoso. Con cada pelvisazo que me daba, gritaba. Era como si avisara que estábamos haciendo el amor a escondidas de alguien. Re alcahuete.

 Desde su perspectiva, podía notar cómo mis glúteos golosos, devoraban su poronga.

 Desaparecía su enorme pija, entre los montes que conforman mis cachetes.

 También veía las olitas que se formaban en mi piel, con cada choque de su pelvis y mis nalgas.

 Gemíamos con ganas, pero lo más bajito que podíamos. No podíamos darnos el lujo de gritar demasiado y no oír a mi novio entrar.

 Tironeaba mi cabello, una vez más, pero con más ganas. Me hacía la cabeza hacia atrás.

 Tanto así, que lo pude mirar directamente a los ojos por culpa de eso.

 -"Ay, hace rato que quiero pegarte esta culeada, puta", dice, como puede, mi degenerado amante.

 -"Me di cuenta por cómo me lo mirabas..."

 Con gemidos mediante, a penas podíamos hablar, pero hacíamos el esfuerzo.

 -"Y eso que nos presentó mi novio, tu amigo", le tiro re cortamambos.

 -"¿Qué me importa? Te dediqué mil pajas igual".

 Me re calentó que me dijera eso, me puso peor. Aumentó considerablemente la temperatura de mi orto.

 De pronto, hubo un silencio que solo lo interrumpía nuestros gemidos y jadeos.

 El loco me separaba las nalgas, para ver cómo mi hoyito tragaba verga sin parar.

 Lo invité a mi cama donde dormíamos con mi novio y, cada muerte de obispo, hacíamos la chanchada.

 Me puse en cuatro para él, pero antes de que me abriera el ojete, se lo meneé, como si estuviera perreándole. Lo movía de arriba a abajo, como sacada. Se sacudían lindo mis cachetes.

 -"Uy, sí, mirá ese ojete", tiró con una voz de pajero bárbaro, mientras miraba el show que le ofrecía.

 Ahora sí, esperé a que me abriera el ojete con sus manos de macho pecho peludo.

 Entonces, volvió a arremeter contra mí, otra vez, pero en otra posición esta vez.

 Empecé a sentir despacito, cómo su miembro iba abriendo camino entre mis dos cachetes.

 Ni bien le sentí la cabeza adentrándose, me hizo gemir con muchas ganas. Sobre todo, cuando me empezó a dar más fuerte que antes y me hizo resonar las nalgas también.

 -"Qué rica pija que tenés, vecino", insistí.

 -"¿Te gusta?"

 -"Me encanta".

 -"A mí encanta metértela en el orto".

 Estuvo un rato largo así, qué pilas que tiene este hijo de re mil. Se nota que éramos más jóvenes.

 Las palabras volvieron a ausentarse. Solo se escuchaban mis gemidos con cada vergazo.

 También se escuchaba su pelvis chocando contra mi cola, obviamente.

 Entraba y salía su pija, me volvía loca. Estaba extasiada de placer. Me hacía ver las estrellas.

 Quería su leche, pero no quería cortar el polvo pidiéndosela. Dejé que me siga haciendo el orto.

 Para que no se canse, le permití mi cama para yo hacer el resto hasta sacarle la leche.

 Se acostó como si fuera a dormirse tremenda siesta. Lo único que tenía despierto, era su pedazote.

 Bajé muy despacito, hasta desaparecerle la verga de un culazo. La sentí toda.

 Una vez que lo logré, le empecé a dar sentones hermosos.

 Primero lentamente, hasta que me animé a darle de comer al cachetón con más ganas.

 Me decía que sí a todo a estas alturas del partido el muy guacho.

 -"Ay, mirá lo que es este culo", balbuceó mientras me sentaba en su pelado.

 El solo escuchar esto, me dio mas ánimo para volverlo loquito. Qué mala soy.

 Desde este momento, lo único que salía de su boca, eran piropos a mi culo y un par de "ay, sí".

 Seguramente, los demás vecinos, pensaban que había una persona aplaudiendo con demasiado ímpetu.

 -"Ay, bebé, mirá cómo come eso", me batió en un momento.

 Cuando lo escuché, me calentó. Pero, ahora que lo pienso, me da gracia por cómo lo dijo.

 Nalgadas crueles comenzó a propinarme, de esos que duelen y encantan al mismo tiempo.

 Dejó sus cinco dedos marcados al rojo vivo en mí, como un tatuaje atrevido.

 Estaba por acabar, me avisa balbuceando. Al fin, ya era hora.

 Me la saca del orto, me pongo de rodillas frente a él. Estoy muy cerquita, a milímetros de su pinga.

 Se hace la paja mirándome, recordando mi culito, la cogida que nos acabamos de pegar. No sé.

 Me la da para que se la agarre, lo entro a pajear. Él apoya su mano en mi hombro mientras goza.

 -"¿Querés toda la leche?", interroga.

 -"Dámela toda", le pido mirándolo a los ojos.

 Ya estaba dejando gotitas sobre la piel de mis pechos.

 Justo en el preciso instante que bajo la mirada y saco la lengua, me llega un chorrazo.

 Mientras me escupía el guanaco, él gritaba de placer. Estaba prendido el fuego el guacho.

 Me tira un par por el cogote, que lo baña y cae sobre mis pechos.

 Y lo último me empapa el mentón. Sí, de nuevo me empapa el mentón. Por Dios...

 Justo cuando el alivio lo empieza a embargar, yo le paso la lengüita en el glande. Lo hago estremecer.

 No daba que le deje el amiguito lagrimeando, pobrecito.

 Le fascinó que le limpié la cabecita hasta dejársela brillante, impecable, reluciente.

 Esto lo supe, porque lo miré a los ojos por un segundo, los tenía en blanco. Parecía poseído.

 Me levanté y me puse el vestidito, no vaya a ser que me encuentre así mi chico. No daba, qué horror.

 Cuando volvió en sí, hizo lo mismo. Después de suspirar, se puso el short, la remera y se tomó el palo.

 Ya me había ayudado lo suficiente, y yo ya le había retribuido el esfuerzo que hizo.

 


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