Colanas.
Esto fue cuando, con mi amigo que nunca nombro (no sé por qué), laburábamos juntos y me sugiere, después de las horas laborales, ir a jugar un partido. Yo le indico que estaba cansado, que tenía ganas de bañarme, comer algo e irme a dormir. Pero su insistencia logró manipularme finalmente. Me venció. Acepto.
¿El lugar? Era Solanas, un lugar donde alquilaban canchitas re lindas. Quedaba relativamente cerca de mi casa, por lo que no nos llevó mucho tiempo llegar, pero desde donde trabajábamos sí (bah... no es que nos quedara lejos, solo nos quedaba a trasmano), así que... inevitablemente, llegamos bastante tarde. Una cagada, la verdad.
En fin, una vez allá, le indicamos a una persona a nombre de quién estaba el alquiler, así que nos trasladaron a la canchita en la que se encontraban los pibes. No conocía a ninguno, pero bueno, ningún problema, nada que con un saludito genérico no se arreglaría. Fue lo que hice y así, todos se presentaron así nomás.
Al toque le recordé a mi amigo que no podía ensuciar la remera que llevaba puesta. Me había olvidado de ese pequeño detalle, el cual, llevó a un pibe que ya estaba calentando a acercarse, quitarse la camiseta de boca que tenía puesta y dármela. Ay, mi vida, lo que era eso. Peló unos músculos, un torso increíble. Encima era enorme el hijo de puta. Me mojé toda.
Por ser los últimos en llegar, nos pusieron de arqueros. Una cagada porque, si ya de por sí, soy una maleta jugando, peor todavía soy atajando. Hubieran dejado un poste, les hubiera servido más. Yo solo sirvo para parar pijas, no para parar pelotas, pero bueno... que conste que ellos me pusieron ahí. De castigo, no por el talento.
La cosa es que, en cierto momento del doparti, este muchachote, esperando a que saquen de lateral, se puso los dos pulgares en el elástico del short. ¡Uf, madre mía, qué paisaje! Estaba a milímetros de donde arranca el tronco de la pija. Estaba increíble, todo depiladito, trabado. Transpiradito. Me mordí los labios con esa vista y colgué un rato. Hijo de puta, por culpa de eso, me hicieron un golazo.
Finalmente comprendieron que, lo mío, no era en el arco. Que estaba en otro puesto. Andá a saber cuál sería ese otro puesto, pero bueh... por la culpa que sentí de ser tan inútil, me quedé ahí nomás. Jugando de dos para parar todas las que vengan. Me sentía más preparado que nunca. Ahora sí que no podrían contra mí, ¡MUEJEJEJE!
En eso, la pelota vino rodando sola hacia mi sector. La agarré. La pisé todo lo que pude, hasta que vino este muchachote y, para retenerla, me puse de espaldas. No sirvió de nada porque, al ser más grandote, no me rozó nada. Solo atinó a agarrarme una nalga furiosamente. Alto atrevido. Traté de no bloquearme. Seguí la jugada.
Para devolverle la generosidad, en una secuencia que se repitió la anteriormente nombrada, logré interceptarle un pase que le habían dado, solo que en lugar de manosearme todo el orto bien zarpado, yo le manoteo la verga pero con la cola. Salió con toda esa morcilla morena marcada por el roce de mi cutis. Lo único que nos separó, fueron nuestros shorts.
Él parecía tener muchas ganas de marcarme ya que, cada vez que yo poseía el balón, se venía volando hacia mí a querer sacármela. Solo que, esta vez, no me la iba a quitar, no. Yo ya había aprendido un método infalible: manosearle el ganso. Eso hice. Se corrió, pero como le había encantado, se fue contra mi culito, sacándome del área.
Quedamos abotonados contra la red que separaba una canchita de otra. Se quitó, me salí de la red. Era lateral para ellos. La saca pasándosela a un compañero suyo. Se prepara para tirar. Me repongo para dirigirme automaticamente en la línea de trayecto donde va a patear. Pongo la colita. Nos salvo de otro golazo.
Y, por último, pero no por eso menos importante, otra jugada clave que logré desarticular con total satisfacción, en todo sentido. Por lo menos, para mí. Él venía en mi dirección, justo donde me encontraba yo. Cuando tiró, como no supe cómo pararlo, puse la cola nuevamente. Eso generó un rebote que evitó un inatajable gol.
Antes de que termine el partido, me miró y me dijo "aparte de coca, si te gano, me vas a dar esa cola". Lo asumió re seguro. Una pena por él, porque no sucedió así, pero bueh... la intención la tuvo jajaj. Bueno, en fin, luego de centenares de apoyadas y manoseos, el partido, desgraciadamente, llega a su fin. Lo ganamos por un gol de diferencia. Nos fuimos a los baños a higienizarnos un toque.
Ahí estaban todos, o casi todos, agachados en el lavamanos, lavándose la cara, los sobacos, el pelo. Otros en los inodoros, o en los mijitorios meando. Mi chico aún no llegaba, por lo que me tocó hacer algo de tiempo. Esto, lo hago orinando y luego echándome agüita en las manos, hasta que, al fin, aparece. Hijo de puta, se hizo desear.
El baño se iba vaciando rapidamente. Íbamos quedando solitos. Yo estuve como media hora agachado haciéndome el que me higienizaba. Por suerte me notó. Uno, de fondo, puso música. Eso me incentivó a mover el ojete para mi muchachote. La cosa se iba calentando mal. Esa noche FIJA terminaba atragantado con pija... ¿o no?
Imaginate esta toma en una peli: mi orto bailando en primer plano (de costado, claro). Detrás, medio blurreado por la cámara, él, su cara de sorprendido observando cómo lo meneaba para el deleite de sus ojos. Bueno, así estaba ocurriendo. Es horrible cuando querés que algo pase y no pasa: los hijos de mil no se iban más.
Una vez que quedamos cuasi solos (el único que restaba, estaba en el inodoro), con la mirada me pide ver carnita. Le hago caso, me bajo el short y quedo con su camiseta de boca como pollera. Me agacho a "lavarme la cara", y ahí se ve algo de mi nacarado cutis. Fue un lindo adelanto para él. Para que piense en mí.
Me levanté un toque mi "pollerita" azul y oro para exponer ante su ansiosa mirada algo más de piel. Ahí se percató del pequeño hilo negro que recubría mis caderas hasta llegar a mis nalgas. Solo ese pequeño trapito le impedía ver mi agujerito negro deseoso de un buen pedazo de carne. Estaba totalmente hambriento.
Termina de mear, se acomoda el pantalón y se pone al lado mío. Allí mismo, siento una manasa enorme que se posa sobre mis nalgas y las empieza a acariciar. A recorrerlas sobándolas con muchísimo cariño, como también palmear hasta dejarlas coloraditas. La cosa va poniéndose juguetona.
Se pone de costado, pero frente a mí y, en su pantalón, se le nota una terrible erección que lo muestra con total descaro. Sin pudor. Me dejó sorprendido. Nunca me imaginé ser capaz de lograr algo así, sin siquiera tocar, ni decir nada. Me sentía como Matilda, movía cosas con la mente. Alta maga me volví.
Justo que estábamos por hacer cositas, el hijo de re mil putas que estaba en el cubículo del inodoro, sale. Haciendo que yo me suba el short y mi chongo se ponga de pie para disimular mejor. Me saco la del xeneize, me pongo la mía y encaramos hacia donde sería el tramo final a la salida. No daba caretearla más.
Una vez en la calle, descubrimos que estaban los 8 pibes allí. En una ronda, charlando entre ellos. Esperándonos, como si hubiéramos pasado 4 horas encerrados en ese cuarto. Para mí, no habían pasado ni cinco minutos, pero bueh... si ellos lo dicen... exageraron todo. Encima, salí re caliente. Con ganas de este chongazo.
De camino a nuestras casas, mi amigo innombrable, me pregunta si me gustó Lautaro, ¿ya te lo cogiste, tan pronto? Eh, pará... ¿cómo si ya me lo cogí? ¿Tanto tiempo estuvimos solos? ¿Cuánto tiempo estuvimos solos? ¿Lautaro? ¿Así se llama? Cierto, casi le entrego la rosca y ni sabía su nombre, ¡ja ja ja! Qué puta soy. La historia de mi vida.

Comentarios
Publicar un comentario