Profesor Paul Vasso.

 Tras rendir mal el examen de Febrero, el profesor de lengua me dice para que vaya a la casa otro día y veamos qué podemos hacer para solucionar eso. Como los errores habían sido mínimos y casi apruebo, se le ocurrió esa.

 Para ir, me pongo el uniforme, que constaba de una pollerita escocesa con cuadritos azul y negro, una camisita cortita que no llega ni a la cintura y unas medias blancas de Lycra que hacen juego con la anterior prenda nombrada.

 Ni bien nos acomodamos en el sofá de su living, el chabón arranca la conversación. Empezó preguntándome qué pasó con la materia, por qué desaprobé justo esa última prueba, que no era nada a comparación de las demás.

 Obvio que yo le contesto sorprendida que no entendía por qué me había desconcentrado tanto, que necesitaba si o si aprobarla, ya que era la última para pasar de año. Bueno, ese tipo de excusas que uno siempre dice, no?

 Pregunta si había traído algún apunte para revisar, entonces, agarro la mochilita que me había llevado y empiezo a sacar vergonzosamente un montón de consoladores que, por error (cof, cof...) tenía allí mismo. Alta vergüenza.

 Al ver que estaba completamente en bolas (de manera figurada), me dijo que, el asunto, se podría arreglar respondiendo bien un examen sorpresa que me tenía preparado para estas circunstancias lamentables (para mí, claro).

 La sorpresa se dibujó en mi rostro de manera inesperada. Me puse pálida de una. No lo podía creer, tenía la solución en mis manos y, por vaguita, se me iba a escapar, como agua entre los dedos. Un garronazo mal. 

 Trató de tranquilizarme, diciendo las palabras adecuadas en el preciso instante en el que más las necesitaba, aludiendo a que no me preocupe, que era fácil, que estaba seguro de que podría resolverlo sin problema.

 Entonces, estiró un toque el brazo sobre un mueble que tenía al lado suyo y agarró un papel que estaba apoyado ahí nomás. Me lo dio con mucha seguridad y me hizo leerlo en voz alta. La sorpresa en mí, fue inmediata.

 Como soy una testaruda, me puse a leerlo para mí de todos modos, ¿para qué, querido lector? ¿Para qué? Quedé con los ojos que parecían dos huevos. Quedé atónita con lo que me encontré que decía el bendito papel.

 Traté de advertirle que se había equivocado, pero no... el hombre me hizo ver que decía mi nombre, por lo que no podría haberle pifiado. Claro, lo busqué. Efectivamente, en el costado del margen, en un renglón, lo decía.

 El primer punto, era comerle toda la verga. El segundo, y cito textual: sentarme encima del pelado cabezón. El tercero, dejarme hacer el culo en cuatro patitas o como lo pida el profesor. Por último, sacarle toda la leche y tragársela.

 La prueba empezó ni bien se puso de pie, ya la tenía re contra dura. Es que sí, me estaba mirando el orto desde hace mucho tiempo. Sobre todo cuando me agachaba a buscar algunas cosas. No había que hacer mucho esfuerzo.

 Tenía una verga sarpadísima. Bien grande, como de unos diecinueve centímetros, se podría decir. La misma, se veía bastante cabezona, colorada, jugosa. Sin mencionar, que la tenía rapadita, prolijita, como me gustan a mí.

 Obvio que le cabeceé el pupo de inmediato. Sin pensarlo. Me agaché delante suyo y me mandé casi toda su capocha a la boca, mientras lo pajeaba bien rico con las manos, que iban y venían a lo largo de su venoso.

 Cada tanto, le tiraba miraditas desde allá abajo. Eso, le encantaba. Sobre todo ver la sonrisita de felicidad que se trazaba en mi rostro. Pero, en la mayoría, no lo hacía, ya que disfrutaba más de chupársela con los ojos cerrados.

 Las cabeceadas que le pegaba, no tenían nombre para él. Eran de otro mundo, como si nunca le hubieran mamado la pija de esa forma. Veía las estrellas. Creo que ni siquiera su mujer le tiraba la goma con tanto amor.

 Me hice la osada y solté su verga. Solo apoyé las manos en sus ejercitadas piernas. Mis labios carnosos y pintados de rojo fuego eran los únicos que palpaban lujuriosamente la deliciosa piel que cubría su miembro.

 Las venas se le asomaban, sin temor, en la parte superior de su pene. Es que, la estimulación que le provocaba mi boca, era más que suficiente para hacerse notar tan claramente. Se ve que iba por buen camino.

 Volví a agarrársela. No daba seguir haciéndome la canchera, ya que el otro cajetudo, ni lo notó. Tampoco iba a poder si tenía la cabeza (de arriba) apuntando hacia el techo. Yo estaba abajo, no se fijaría jamás.

 Traté de hacerle garganta profunda. Pasa que, después de esto, ya me sentía lo suficientemente experimentada como para tragarme una pija como esa. Ya lo había intentado con compañeritos. Ahora, le tocaba a este cincuentón.

 Solamente dos de mis dedos separaron mis labios de su pelvis. Dos, querido lector, ¡DOS! No lo pude creer. Creo que batí mi récord.

 De hecho, sentí cómo, la punta de su miembro, llegó a tantear la campanita que se encontraba al final de mi garganta. Fue medio asqueroso, ya que me generó arcadas. Pero, sacando eso, creo que lo enloquecí totalmente.

 Tres fueron la cantidad de veces que fui y vine con mis labios, del tronco venoso de diecinueve centímetros que cargaba este loco. Incluso, le dejé marcada una línea de babas hasta donde llegué a alcanzar con mi jeta.

Redoblé la apuesta luego de la última tragada larga: me la dejé un ratito y lo pajeé con la mismísima garganta. Obviamente que eso lo encantó, fue cuando más gemidos excitantes largó. Era música para mis oídos.

 Al ver esto, le sonreí cuando me la saqué de adentro y proseguí con el pete como si nada. No paré de darle placer. No quería darle descanso ni por un solo segundo. Quería que el diez que me sacaría, fuese fruto de mi esfuerzo.

 Otra vez me sentí sarpada, puse las manos sobre mis piernas y lo entré a pajear solo con la jeta. Subía y bajaba a lo largo de su tubo carnoso, solo que, esta vez, empecé a bajar a lo largo de su amigo, el cabezón. Sin piedad.

 Creo que, una vez más, rompí mi récord. Habré dejado, aproximadamente, un dedo y medio de distancia entre mi nazo y la base de su miembro. Casi, casi que le pego un narizazo en la pelvis al loquito, podría decirse.

 Cuando saqué la boca de su chota, de la punta del glande colgaban un par de hilos gordos con abundante saliva. Además, le brillaba mal. Daba la sensación de que se lo había lustrado demasiado, literalmente.

 En cuanto a mi boca golosa, dos hilos más pequeños se agarraban fervientemente de mis labios superiores en una punta, y de su cabeza en la otra. Estábamos completamente unidos el uno del otro, debería decir.

 Al alejarme lo suficiente, esas gotas se fusionaron con otras que tenía en la lengua, para convertirse en una bien grande que fue a dar violentamente en mis pechos, dejando plasmado un rastro blanco bastante evidente.

 Quiso echar una mirada fugaz para ver cómo seguía todo acá, donde yo me encontraba. Notó que pendía de mi mentón, un gracioso hilito rebelde, uno que no quería soltarse para deshacerse repentinamente en el piso.

 La cara de petera que le puse, lo calentó mal. Lo que le ocasionó más ganas de gemir, con un placer realmente desmesurado. Quizás, me animaría a decir, que también apresuré que la leche le suba más rápido por el pedazo.

 No solté su pija. Mientras transcurría todo lo anteriormente nombrado, lo pajeaba. Es que, esa poronga, no daba dejársela nunca. Si fuera por mí, lo masturbaba eternamente, hasta que no tenga más leche que largar por ahí.

 Pese a esa preferencia, mi boca quiso seguir deleitándose con el delicioso sabor que emanaba de su chota. Era una mezcla de líquido preseminal, baba y el olor a limpio que soltaba su piel. Se veía un chabón impecable.

 Apoyé mis labios golosos sobre su verga ansiosa jugosa, nuevamente. Proseguí con mi tarea y, pese a que ya podría pasar al segundo ejercicio, no quería dejar de cabecear nunca. Me había hecho adicta a hacerle petes a ese hombre.

 El chaboncito se animó, al fin, a cogerme él la boca. Se había hartado, así que... continuó él la labor que me tocaba a mí. Entonces, me agarró de la nuca y me llevaba al camino directo donde encontraba el placer. Qué rico.

 Si abría los ojos, podía ver, con toda claridad, cómo su pelvis iba y venía. Pero, como disfrutaba más de tener los ojos cerrados e imaginarlo todo, los mantuve así el mayor tiempo posible, hasta que me pintaba mirarlo a los ojos.

 Si abría los ojos, además, podía notar cada detalle de los dibujos que adornaban sensualmente su piel. Sí, tenía tatuajes mi profe. Re loco. Los tenía bien ocultos, pero ahí estaban, muy cerca del enorme miembro que este tenía.

 Dejó que me quedara un rato largo con su chorizo atravesándome la garganta, casi tocándome la nuca. Como varios segundos sentí que pasaron. Aunque, capaz, fueron unas horas, no lo sé. Quién sabe. Quedé encantada.

 Mis ojitos se ponían en blanco, por culpa de esto. Se me piantaban. Ya no tenía yo el control sobre el manejo de los mismos. Se cerraban o se abrían, dependiendo de cuánto introducía. Incluso se perdían mis pupilas.

 Quedé agitada. Mi respiración se precipitaba constantemente, debido a lo que hice antes. Daba la impresión de que había corrido unas pocas cuadras, pero con mucha energía desgastada. Pobrecita de mí. ¡Buh!

 Se sentó en el sofá para concentrarse más en la estimulación que le produciría oralmente. Esto me dio una posibilidad para poder seguir practicando la garganta profunda. Sé que lo piensa, querido lector, qué golosa, ¿verdad?

 Sus ropas, incluyendo pantalón, remera y bóxer, fueron a dar al suelo estrepitosamente, encima de sus pies. Quedó completamente desnudo, creo que solo unas medias blancas... lo "vestían". No estaba nada mal para la edad que tenía.

 Como ya dije, luego de unas buenas tragadas intensas, intenté mandármela hasta el fondo (o lo más que pudiese). No me iba a quedar de brazos cruzados con ese dedo y pico que me sobró. Quería superarme cada vez más.

 Entonces, con los labios, comencé a bajar de a poco. Puse las manos a los costados y fui agitando precipitadamente la cabeza de lado a lado, hasta que no pudiera caber más. No di marcha atrás por nada del mundo.

 La saliva, de mi boca, se desprendía a borbotones. Se desplazaban de a centenares. Algunas iban a dar a su pancita cuando yo intentaba decir o hacer algo diferente. Pero también bajaban como un Tsunami a su tronco.

 Al llegar al tope de mi aguante, la solté. Esta, como si tuviera un resorte, cae desmayada sobre la panza del hombre. Estaba totalmente bañada por mis fluidos bucales. Incluso, le colgaba un par de gotitas en la puntita.

 Volvió a mis interiores, solo que, en esta oportunidad, me puse más golosa todavía. Ni siquiera oculté la poca importancia de cómo me veía toda mojada en la boca o el mentón por mi propio flujo salival. Menos al tacto.

 Su verga, era la carne que alimentaba a esta pobre famélica niña. El líquido preseminal que le salía cada tanto, se convertiría en el agua que saciaría la sed que tanto me quemaba la garganta. Estaba en un oasis, sin duda alguna.

 Le escupí el glande, rojo como el fuego, grandes litros que salieron de mi boca, para luego recogerla con los labios, cuando mi propia agua viajaba por los costados de su tronco endurecido. Me volví su puta, definitivamente.

 Harto de todo, me pidió el orto. Ya tenía unas ganas de probar la estrechez de mi culito, que lo rebalsaban completamente. No daba más de aguantarse de introducir su salchicha entre mis panes, para hacer un rico pancho.

 Pensé lo mismo, ya era más que suficiente. Me lo gané. Así que... acepté. Entonces, me levanto, doy media vuelta, me bajo la tanguita hasta las rodillas, levanto mi pollerita de colegiala, se la agarro para guiarlo en el camino y me siento en el pelado.

 No fue fácil, pero lo logré y, una vez que lo conseguí, pudimos alcanzar el punto más álgido del deleite más pleno. Es que, esa pija, separaba mis nalgas y arremetía contra el agujerito de mi pobre culito sin detenerse ni ahí.

 Usé sus rodillas como punto de apoyo. Puse mis manos allí... y a gozar de lo lindo. No fui ninguna boluda, ya que, hacer eso, me daba mucha más facilidad para subir y bajar a lo largo de su trozo gordo hasta deslecharlo.

 Desde su perspectiva, podía ver mis culo gordo subiendo y bajando de su pedazo. Podía ver cómo me aplaudían los cachetes del culo, cada vez que surgía el colosal choque contra la lisita base de su hermoso miembro.

 ¡PLAF!, se sentía una y otra vez cada vez que la palma de cualquiera de sus manos, colisionaban ferozmente contra mi culito. Lo hacía con mucha fuerza, encima, convirtiendo mi pálido culito blanco en uno más colorado.

 Al mismo tiempo, inconscientemente, de mi boca salía un salvaje "¡OH!", que describía a la perfección lo que me hacía sentir esa acción. Tras notar que me encantaba, no paró. Siguió con la tarea que, ahora, le habría encomendado yo.

 Mis nalgas deglutían de lo lindo, sarpado, cuando bajaban hasta lo más profundo de su pelvis. Me podía dar ese lujo rico. Pese a lo largo que la tenía, lo podía lograr. Estaba muy inspirada, muy hambrienta, muy golosa se ve.

 En un vano intento por hablar, el profe (desde el fondo) murmuró un: "qué rico", cuasi silencioso. Giré mi cabeza, para verlo por sobre mis brazos y ahí se percató de que no lo escuché, así que... elevó la voz para repetir el "qué rico".

 Éramos la noche y el día en ese sentido. Él, lo decía todo en una casi ausencia total de sonido en su voz, con una paz que me daba serenidad. Entre tanto yo, le gemía como una loba en celo. Estaba sacadísima la tipa, ¡JA!.

 Me da un manotazo bien fuerte por última vez en esa pose. Con esa voz bien ronca me dice "ponete en cuatro patitas, putita". A lo que, claramente, le hice caso. Entonces, me paré y esperé a que se levante para obedecer su petición y aprobar.

 Tras levantarme pude ver ese sofá, aquel bello sofá, que antes era el claro ejemplo de la pulcritud y la prolijidad absoluta, en unos pocos minutos lo volvimos un desastre total, el señor caos. Parecía que había pasado un fuerte temporal que arrasó con todo.

 Me puse en cuatro, pero no me sostuve con las manos, sino que apoyé la cabeza bien en el sillón y paré la colita todo lo que pude. Cerré los ojitos y me entregué. Quedé en sus hermosas y firmes manos por todo lo que dure este delicioso polvo.

 En un acto total de caridad, el hombre se apiadó conmigo, agarrando un pomo del mismo cajón donde estaba mi prueba y al que apretó para dejar que caiga un gel sobre sus dedos. Este gel, era un lubricante anal. Menos mal, pensé.

 Este mismo gel, que cayó sin compasión sobre sus gigantes dedos, fueron a dar sobre el cutis que conformaba mi redondita colita (según él). Lo frotó por cada rincón. No quería dejar ni un solo espacio vacío. Cada recoveco debía sentirlo.

 Ahí me tenía, al fin, frente a él, en cuatro patitas. Con la colita abierta de par en par. Con las nalgas separadas la una de la otra, dejando mi agujerito al descubierto para que lo conozca. Estaba como esperando a que se adentre cuando más guste.

 Ponía caras como si realmente le viniera a la cabeza cada momento que vivimos en el cole. De todos los segundos en el que pudo espiar por debajo de mi pollerita los centímetro de nalga que se asomaban a la superficie, indefectiblemente. 

 Una vez terminado, llegó el momento de pasar al siguiente punto. Introdujo su pene, hasta donde creyó necesario. Creo que llegó a meter más de la mitad. Era una banda hasta para mí que, en aquel momento, no había estado con muchos pijudos.

 Cada vez que entraba su verga, me ponía más de la mitad, como ya dije. Esto me hacía gemir como una loba en celo. Peor de lo que ya estaba. Tanto así, que llegué a desear fervientemente con toda mi alma, que nunca me la saque de la cola.

 Puso una de sus manos sobre una de mis nalgas, para tener mejor apoyo (o capaz para separarlas más, no lo sé). Pero también aprovechó para cachetearlos, para darle unos buenos chirlos que tenía merecidos. Sin piedad, ni compasión.

 El gel este surtió efecto a la perfección, porque provocó que, nuestros sentidos, exploten en su totalidad. Nos puso a gritar como loquillos todo lo que duró el polvo que nos echamos. Fue realmente increíble para ambos.

 Mis nalgas cacheteaban con cada arremetida que me daba, ya que violentamente chocaba contra mí. Además del fuerte sonido que se producía con esto, se formaban como unas breves olitas sobre mis cachetes que nacían y morían ahí nomás.

 Le chupó tres huevos las visibles imperfecciones que tenía mi piel. Solo veía en mí, una razón (o muchas) para emborracharse profundamente de una lujuria extrema, de la que nunca antes había experimentado (ni siquiera con su ex esposa). 

 Maldito desgraciado, no paraba de romperme el orto salvajemente. Me daba con mucha velocidad. Estaba re contra sacado. No podía parar ni por un segundo, ni debía perder ese ritmo tampoco, porque, sino, yo lo mataba.

 Estuvo con la misma intensidad unos largos minutos, montándome bien duro como si fuera una yegua indomable. Me daba la impresión de que me iba a romper todo por dentro, y eso me excitaba muchísimo más.

 Tanto moverse para arremangarle la verga con el orto, la leche le empezó a mover de los huevos. Esto generó que me pida seguir un rato más cabeceándole. Obvio que acepté, necesitaba probar de sus mieles, no me iba a ir sin eso.

 Se sentó en el sofá. Yo me arrodillé frente a él. Le agarré la verga, lo pajeé. Quise enloquecerlo. Le tiré el cuerito bien para atrás, con muchísimas ganas. Bien puta. Se la sacudí sarpado. No le di paz, pura guerra como me dio él. 

 Para estimularlo, le ponía cara de sedienta de lactosa, de putita come verga. Me mordía los labios cada vez que bajaba con mis manos. Se me iban los ojitos para atrás, los dejaba en blanco. Boquita abierta a pleno, como formando una "O".

 El loquito se relajó tanto, que estiró las piernas con un relax mal. Incluso movía los deditos con cada electricidad libidinosa que le provocaba. También puso sus manos sobre su nuca, en son de tener un mejor apoyo para su cabeza.

 Se la escupí un toque, como para que mi mano resbalara mejor y le produzca un calorcito más excitante. Funcionó, obviamente, como era de esperarse. No había forma de que eso fallara por alguna razón. Entonces, lo perdí.

 Nos decíamos chanchadas e incluso me puse a gemirle una vez que se le acabó la increíble creatividad para tratarme de puta. Eso sí que lo calentaba mal. Así que... se calló con más razón y se dejó arrastrar por esta pasión que le ardía.

 Se puso de pie urgentemente, pero sin dejar de apuntarme... bah... en realidad, yo nunca se la solté. Seguí pajeándolo incluso mientras llevaba a cabo el proceso de levantarse de aquel divino sofá que tanto descajetamos.

 Su chota era como un arma de fuego, una letal, al cual yo no paré de gatillar contra mi cara y, con la misma violencia que una bala de plomo, despidió un chorro blanquecino, pero que fue a parar (un poco) sobre mi pelo y mi pera.

 Otro poco, bañó el otro costado de mi cara (como para emparejar el asunto, ¿vio, querido lector?) y así proseguí masajeándole la chota hasta asegurarme de que quede completamente vacío, a pesar de yo seguir masturbándolo. 

 Mi rostro era un desastre total para estas alturas. Todo lleno de gotitas y gotones de semen que se estrellaron contra mí por doquier, en donde más les placía. Nadie los guió, simplemente salieron e hicieron lo suyo. Indómitos.

 Bramaba con esa voz ronca, como si le hubiesen quitado trescientas toneladas de encima de sus hombros. Parecía todo un toro, pero estaba totalmente vulnerable en ese estado, como si recién hubiese nacido o algo por el estilo.

 Al fin me miró. Bajó la cabeza justo cuando tenía la cara llena de guasca. Me dio vergüencita. No podía dejar que me vea de esa forma. Pese a eso, le encanté así. Dijo que estaba más linda que antes. Le salió el piropeador del alma.

 Tras este divino piropo que me esgrimió, me mordí los labios con tanto amor a su pene, que me la pasé  por mi desastrosa cara (por cierto, aún la seguía teniendo algo durita, a pesar del aluvión de leche que me tiró encima).

 Saqué la lengua como la golosa asquerosa que soy, y le pregunté: "¿qué nota me va a poner, profe?". El hombre, como pudo, respondió: "te pondría un diez, pero... como no cumpliste el último punto, va un nueve cincuenta". Reí, fui feliz igual.

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Caperu-colita rota y el choto feroz.

Pinta mi colita.

Calza justo.