Chupe-tín.

 Semana de la dulzura en Argentina. Semana en la que todos aprovechamos para regalar una golosina a cambio de un beso de la persona que nos gusta.

 Es una gran oportunidad para recibir ese afecto del que tanto queremos.

 Me encontraba sentada en el banco de la plaza de mi barrio. Boludeando, con la mirada en el celu.

 Estaba tan sumergida en mi lectura, que no vi que no estaba realmente sola.

 -"Feliz semana de la dulzura", dijo una voz, mientras pone un chupetín frente a mí.

 Alta bronca me da que hagan eso, me parece un gesto re de maleducado.

 Levanto la mirada, con ánimos hostiles y ganas de putearlo, hasta que lo pude ver.

 Era un morocho precioso, de esos que me vuelan la tanga al toque Roque.

 Era un vendedor ambulante, que tenía, en una cajita, un par de golosinas que no vendió.

 -"Ay, gracias. Me encantan", le dije mientras no le quitaba la mirada de encima.

 Le acepté el chupetín, encantada. Tanto así, que lo pelé en cuanto lo tuve en mis garras y me lo metí en la boca.

  -"¿No hay un besito para mí?", quiere saber.

 Obvio que me puse de pie, hice piecitos hasta alcanzar su cuello con mis brazos y enredarme.

 Eso me sirvió para impulsarme y llegar a su mejilla, en donde plasmé mis labios.

 Él no perdió el tiempo para nada, y los entrelazó en mi cintura.

 -"Oh, ¿en el cachete?", pregunta desilusionado.

 -"Tenés razón, un bombón es un beso en la mejilla. Un chupetín, es un beso en la boca".

 Ahí, le agarro la mejilla opuesta y traigo la cara hacia mí, hasta tener su boca frente a la mía.

 Cerramos los ojos y nos dejamos llevar por esa sabrosa unión de labios que nos pegamos.

 Me voló la tanga posta. Quedó en la otra punta de la plaza.

 Para colmo, no perdió el tiempo y llevó sus manos hacia mis cachetes traseros.

 Me los franeleaba mal, con muchas ganas. Como si estuviese amasando.

 Los hacía para arriba, para abajo, a los costados, los unía, los separaba. Qué rico.

 Me encantó que ni pida permiso para agarrármelos y hacerles lo que quiera.

 Me calenté. Mucho. Pero creo que él también, porque algo gordito se sentía allá abajo.

 -"Qué mano larga que sos, nene", le tiré con una sonrisa en la cara.

 -"No me pude aguantar, perdón".

 -"¿Posta?"

 -"Sí, es que te vi llegando a la plaza, delante mío, con esa calcita negra y traslúcida que dejaba ver esa tanguita blanca, chiquitita. Se me paró al toque, con solo verte. Mejor me calmo".

 -"Sí, mejor. Por favor".

 Me hice la que no quería, pero sí quería.

 Por fuera le decía que se detenga. Por dentro, me moría de ganas de pedirle que me amase la cola.

 Tanto así, que me acordaba y me mordía los labios e incluso le hacía ojitos.

 En mi mirada se leía como un libro, un "rompeme el orto". Pero me contuve, no quería ser tan fácil.

 Nos sentamos en el banco donde yo estaba, para charlar un ratito.

 Cuando al fin saco el envoltorio del chupetín bolita que me regaló, lo empecé a lamer.

 Le pasaba la lengua, como si fuera un rico glande. Para colmo, era colorado como uno.

 En cierto momento, le perdió el hilo a la conversación, enfocándose solo en la labor de mi lengua.

 Observaba mi lengua pasando por cada rincón de la dulce circunferencia. Ñam, ñam.

 -"Basta, que no puedo más", me pide.

 -"Ay, ¿qué te pasa, nene?"

 -"Kevin me llamo, no "nene", y me estás haciendo parar la pija con la forma en la que la chupás".

 -"El mío es Gaby. Mucho gusto".

 -"El gusto es mío".

 Mientras tuvimos este pequeño diálogo, me metí la golosina en la boca, haciendo que se forme un pequeño bulto, como si me hubiera metido una pija. Esto, lo morboseó más todavía.

 -"Basta, nena", exigió.

 -"¿Qué, qué pasa? ¿Qué hice ahora?"

 -"La verdad, es que tengo una leche tremenda, unas ganas bárbaras de detonar un culito".

 -"Ah, hubieras empezado por ahí, tontito", le digo con una sonrisa de oreja a oreja, que solo se ve irrumpida por el palito del chupetín, mientras extiendo la mano hasta manosearle el bulto.

 Nos dimos otro beso, como el de antes. Igual de volador de tangas.

 Estábamos muy cerca del resplandor de un poste de luz, por lo que tuvimos que buscar otro lugar.

 No fuimos muy lejos. A unos pocos metros de allí, había una calesita vieja que usamos de refugio.

 Seguimos chapando, como si no hubiera un mañana, a la vez que nos tocábamos sin parar.

 Ya fue suficiente previa, llegó la hora de empezar.

 Me arrodillé delante suyo, hasta llegar a la altura de su entrepierna, mientras seguía masajeándosela.

 Agarré el elástico de su Jogging y lo bajé lo suficiente, como para que quede su pija al aire.

 No era enorme, pero no estaba nada mal. La tenía gordita, cabezona, eso era lo importante.

 Rondaría los dieciséis centímetros, aproximadamente, a simple vista.

 Una pajita para empezar, mientras lo miraba directamente a los ojos y me fui de boca.

 Lo primero que ataqué, fue el tronco.

 Saqué la lengua solo para pasársela ahí, hasta alcanzar su glande.

 Luego, en la parte inferior de la misma. En fin, fui por todos lados.

 Lo mejor fue cuando abrí la boca y me mandé su delicioso glande rosado.

 Para darle un broche de oro, le di un rico besito en la puntita.

 No podía faltar una lamida lateral, pero por debajo del frenillo.

 Lo volvía loco que lo mire fijamente mientras hacía todo esto. Se le notaba en los espasmos que tenía.

 Seguí devorándole la cabeza, de a poquito, para que disfrutemos a pleno.

 Mientras se la tragaba, jugueteaba con sus huevos. Se los agarraba y los tanteaba. Lo ponía loquito.

 Pese a estar lejos de toda mirada, el chabón, cada tanto, le echaba un ojo a nuestro alrededor.

 Mis labios hacían de sopapa en el gordo cogote del tremendo ganso del muchacho.

 Le encantó. Pero, más le encantó, que me ahogue con el hermoso pedazo de carne que le colgaba.

 Fui y vine por su tronco. Me la mandé toda. Estaba hambrienta de pija y no lo sabía.

 Llegué tocarle la base del choto con los labios. Lo necesitaba.

 Le deglutí las pelotas, mientras lo pajeaba. Le estiraba uno. Despacito. Después, el otro.

 Harto de que le cabecee el ombligo, me pidió que le entregue el orto.

 Obedecí, obvio, porque yo también tenía ganas de sentir esa verga entrando y saliendo de mi culito.

 Me puse de pie. Me subí la remera y le mostré mis pezoncitos duritos. Alta atrevida soy.

 Le encantó. Se le notó en la carita de diablito que puso. Le dio hambre. Era evidente.

 Hacía frío, pero nos importó poco y nada en ese momento. Estábamos pensando con calentura.

 Me di vuelta y dejé que vea de nuevo la pequeña tanguita blanca que tenía puesta.

 La amó. La tuvo tatuada en su cerebro por un buen rato.

 Enganché mis dedos con el elástico de la calza traslúcida.

 La empujé hacia abajo (con tanguita y todo), cosa de que quede mi colita al aire, frente a sus retinas.

 La franeleé para él, las separé para que pueda verme en todo mi esplendor.

 Dejé que me la manosee también. Lo hizo sin dudarlo ni por un rato.

 Amaba sentir sus manos calentitas recorriendo cada milímetro de mi culito. Qué rico.

 Las cacheteaba. Me las hizo sonar sarpado.

 Me quedé agachadita, con los codos apoyados sobre una parecita de la calesita que estaba ahí.

 Esta "agachación", hizo que mi culito quede bien expuesto para él, para sus manos.

 Agarré los barrotes de la desvencijada calesita y le di la espalda para que me coja.

 Ahora sí, comencé a sentir su pingo entrando entre mis cachetes.

 Entraba de a poquito. Se tomó su tiempo para ponérmela. Qué malo. Me hacía desearla.

 Una vez que me la dejó toda, comenzó a bombearme el ojete con ganas. Pero siempre lentamente.

 Error. En realidad, al principio iba lento. Con el tiempo, fue dándomela con más velocidad.

 Me hacía gemir sentir ese pedazo buscando mi agujerito (bah... en verdad, los dos lo hacíamos).

 ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!, hacíamos al colisionar nuestras pieles.

 Me agarraba las nalgas, con demasiado deseo. Casi al borde del pellizco.

 Luego de un par de masajes así, estroló su palma para hacerla tronar contra mi piel.

 Sostenía mi cintura y me hacía chocar fuerte y rápido contra él.

 Pero, esto, era una cruel trampa, al que decidió desistir después de dos o tres empujones.

 Lo peor, fue cuando me la dejó un buen rato adentro.

 Nos mató a los dos. Apuró demasiado esta locura exquisita que sentíamos. Gravísimo error.

 No sé si fue lo estrecho de mi ano, escucharme gemir con ganas, ver mi culito desde ese ángulo o las ganas que ya venía acumulando, lo que lo hizo apurar el trámite parar tirarme los renacuajos.

 Me avisó que quería acabar. Me pidió que me ponga de rodillas. Así que... lo hago.

 Menos mal, porque me encanta que me tiren los nenes crudos en la cara.

 Una vez más, adentro de mi boca.

 Lo pajeo con ella, lo estimulo de la manera más sexual que podía.

 Me la tragaba entera. Lo pajeaba. Le corría la pielcita una y otra vez.

 Lo masturbo, mientras le paso la lengua por el glande.

 Lo sigo masturbando, a su vez que me trago su cabeza.

 Continúo masturbándolo, mientras le doy besitos lindos en el cabezón.

 Sus gemidos, mezclados de jadeos, me advierten que está a punto caramelo. Que ya casi está.

 Alejo la boca, mientras no paro de pajearlo, mientras mira mi cara de putona disfrutando.

 Ahí está. Su rica miel blanquecina comienza a brotarle del agujerito de su deliciosa verga.

 Empapa mis labios, mi lengua, el filtrum (la parte que está entre la nariz y la boca) y, finalmente, mi mentón. Allí, quedan colgando dos gotitas, como si fueran un arañazo de leche.

 Mi lengua, por suerte, fue la más bendecida por su tibia mema, la cual, la empujé con unas gotitas de saliva que saqué de mi boca. Esta, rodó por mi pera hasta estrellarse en mi pecho.

 Parecía más láctea que ensalivada esa escupida.

 Seguí chupando, hasta que no le quede ni un rastro de semen en su poronga. Debía quedar impecable.

 Lo estremecí. Perdón, es que me gusta demasiado chupar pija. Es mi deber dejársela como nuevita.

 En cuanto a mí, no importaba. Total, no importaba que me sigan colgando gotitas traviesas de la pera.

 Era un enchastre total lo mío. Mi boca, estaba toda blanca, mezclada con el rojo fuego de mis labios.

 También mi pecho, que lo que salió de mi jeta, seguía su camino, dejando una estela en el proceso.

 Nada más dulce que el semen cayendo por mi mentón, o la placentera sensación de saciar a un hombre.

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