Pintarme la cara, color espermanza.

 Qué embole tenía en mi casa, pero debía esperar al pintor que estaba por llegar.

 Al fin, suena el timbre. Me asustó, pero fue un alivio haberlo sentido. Debo atender.

 Sí, es él. Le toco el botón para que pueda abrir la puerta y pasar al edificio.

 Ya está acá.

 Un chabón de musculosa, una gorrita para atrás y un pantalón que le marcaba sus partes bajas, era el pintor.

 Lo llevo a la habitación y lo dejo allí para que haga su trabajo, mientras me cambio para después salir.

 Tenía que ir a una cita en un rato no muy lejano, quería verme con un chico que había conocido hace unos días.

 Me fui a la pieza para sacarme el short que tenía puesto. Era muy de entrecasa.

 Dejé que mi pequeña tanga blanca quede a la vista de cualquiera que se asome.

 Me puse un vestidito verde, sexy, que me llegaba hasta la puerta del culo.

 Del otro lado de la puerta, sentí que unos ojos chusmas querían mirar el interior de la pieza en la que me encontraba.

 Qué sensación más deliciosa. Me calentaba mucho, por eso tardé en vestirme.

 Esos ojos dejaron de estar pendientes de mí, y a la vez, escuché su voz llamándome:

 -"Señorita, señorita..."

 Voy, acomodándome el vestido que me puse, cosa de que no se me escape ningún cachete.

 Con cara de que estoy podrida, le pregunto lo siguiente:

 -"¿Qué pasó?".

 -"Venga, necesito que suba las escaleras para que vea la humedad que se filtraba en el techo".

 Lo que menos quería hacer, era ver eso, así que... se lo hago saber con la cara.

 -"No tenga miedo, yo la tengo muy dura", me tiró.

 -"¿Cómo?"

 -"Que le sostengo la escalera, para que no se caiga".

 No me quedó otra, lo tuve que hacer.

 Empecé a subir, peldaño a peldaño. Despacio.

 A medida que ascendía, 

 Desde donde estaba, no se veía ninguna fisura, ni ninguna mancha. Sentí que me chamulló.

 Me di cuenta de esto, mientras me encontraba en lo alto, observando la nada misma, localizado en el cielo razzo de mi departamento.

 Estaba tan arriba, que, del lugar donde se encontraba mi pintor favorito, podía contemplar mis partes más íntimas.

 Es que mis cachetes, que ya estaban inquietos, se asomaron por debajo de la falda del vestidito.

 Un dedo sujetaba uno de los pliegues de mi cola, para poder separarlos y husmear tranqui.

 No se quedó ahí, escarbó lindo entre ellos, para alcanzar el agujerito que tan celosamente esconden.

 Un calor comenzó a emerger de mi ser. Qué rico se sentían esos dedos tanteando la zona. Me encantaba.

 Nuestros gemidos resonaban al unísono, era innegable que la temperatura empezó a escalar súbitamente.

 Como asumí que le sucedía lo mismo que a mí, me subí el vestido hasta la espalda, mas o menos. No quería que quedara nada oculto.

 Le mostré la diminuta bombachita que me había puesto para agazajar a mi citado, pero creo que la voy a estrenar antes, ¡je, je!

 Su cara estaba a pocos centímetros de mis nalgas gordas. Tanto así, que podía besarlos sin problema alguno.

 Sus besos sonoros, me fascinaban. Eran mi nueva adicción. Quería que me los plasme todos, que no se guarde ni uno.

 Algunos, terminaban en mordiditas juguetonas. Otros, simplemente resonaban en lo más profundo de mi culito inquieto.

 También vinieron acompañados de unos ricos chirlitos que pusieron a bailar la carne de mi blancuzca piel.

 El resultado de todo esto, dio fruto a una tremenda erección que se hizo presente en sus pantalones. Una que era difícil de tapar.

 -"¿Ibas a ir a alguna parte así, putona?", quiso saber.

 -"Sí, quería verme con un chongo después de esto", traté de contarle entre gemidos.

 -"¿Y le ibas a entregar el orto?"

 -"Obvio, por eso me puse este vestidito cortito, para que me vea la colita sin quitármelo".

 -"Ah, qué puta que sos".

 Tras este corto intercambio de palabras, se puso a bajarme la tanguita y tener mi culo desnudo frente a sus ojos.

 En cuanto dejó mi ropa interior a la altura de mis rodillas, introdujo su cara entre los mofletes de mi cola y comenzó a lamérmelo.

 Casi que pierde la cara al meterse tanto. Se podría decir que nos volvimos uno por el corto lapso que duró.

 A todo esto, yo seguía allá, en lo más alto. Pero, en lugar de hacerme ver las imperfecciones que habían en el techo, me hizo ver las estrellas.

 La humedad no estaba allá, estaba entre mis cachetes, y lo generó su larga lengua.

 -"Bajate y chupame la pija", me dijo tras darme terrible cachetazo en una de mis nalgas.

 Le hice caso, obvio. No podía perderme esta oportunidad de tirarle la goma.

 De cuclillas, le bajé el pantalón, para descubrirle esa hermosa chota endurecida.

 Era gruesita, era grandesita (como de un dieciocho), algo ladeada para la derecha, pero eso, en mi boca, ni se notaba.

 La introduje en mi jeta hambrienta, al toque Roque. La acaricié con mis labios de aquí para allá.

 Trataba de introducírmela, por lo menos, hasta la mitad. Debía mostrarle mi talento.

 Mientras le devoraba la puntita, me ayudaba con las manos, para estimularlo mejor.

 Siempre finalizaba con algún ruido al soltarle la verga. Era algo que salía naturalmente.

 Saboreé sus huevos, pasándole la lengua de un lado al otro, a la vez que le sujetaba la pija.

 De ahí, de un lengüetazo, recorrí toda la parte inferior de su poronga. Mmmm...

 Finalicé mirándolo a los ojos, poniéndole tal cara de puta, que se le pusieron blanquitos los ojos. Tuvo que mirar la humedad del techo.

 Continué con la chupada de chota magistral que le estaba pegando, no podía hacer mal lo que venía.

 La escupí, para que cuando lo pajeara, ese exquisito ruidito, me deleitara los sentidos.

 Seguí disfrutando a pleno de ese glande colorado. Le pasaba la lengüita, me la metía, le hacía de todo.

 Hasta que llegó su otro momento favorito, cuando me la mandé casi completa. Hasta no tocar su pancita con mi nariz, no paré de comer.

 Empecé como siempre. No sospechó de nada, hasta que pasé la mitad y, de ahí en más, no paré de devorar ese manjar, que él llama poronga.

 Para estas alturas, mi saliva y su líquido preseminal, ya eran uno. No podías distinguir de quién venía el fluido que se sujetaba firmemente de mi comisura.

 Las puteadas no se hicieron esperar. Me decía de todo, y mientras más palabrotas soltaba, más lo deseaba, más quería que me coja.

 Esas venas ya eran notorias, resaltaban por demás.

 Si fuera por mí, le soplaba el caño eternamente, pero mi culito comenzaba a tener hambre. Necesitaba deglutir un poco y no podía negárselo.

 -"Rompeme el culito, pa", le dije con una voz mezcla de beboteo con un tono orgásmico.

 Me puse de pie, me puse de espaldas, levanté una piernita y la puse sobre uno de los escalones, para abrir más mi colita.

 Pese a la cantidad de baba que colgaba de la cabeza de su miembro, el muchacho decidió escupirse la mano para humectarme el hoyito.

 Jugueteó ahí por un rato, con la yema de sus dos primeros dedos, hasta estimular mi culito.

 No lo necesitaba, pero el loco lo hizo igual. No le importó.

 La fue metiendo de a poquito, para el disfrute de ambos.

 Primero la cabezota. Luego ese ancho tronco venoso que conformaba gran parte de la chota.

 Una vez que llegó hasta cierto punto, la empezó a retirar de mi interior, y así... en un ciclo repetitivo que me hacía desearlo más y más.

 A medida que pasaban los segundos, su pija empezó a entrarme y salirme con una velocidad que iba incrementando, dándome más placer.

 Sus manos grandotas, acariciaban mis senos sin parar, mientras su verga me penetraba.

 Con sus dedos jugaba con mis pequeños pezoncitos, que ya estaban muy duritos.

 Hasta no chocar su pelvis contra mis glúteos, no la sacaba ni en pedo. La llevaba hasta el fondo.

 Estuvo garchándome así, por un buen rato. Algo debía cambiar.

 Se recostó en el suelo, para permitirme sentarme encima suyo. Qué caballero.

 Desde donde él se encontraba, podía ver la abertura de mis cachetes, ya que le di la espalda.

 Podía ver mi culito subiendo y bajando, para poder estimular su poronga deliciosa.

 Yo le hice lo mismo, pero al revés: hasta no chocar mis nalgas contra su pelvis, no subía.

 Él siseaba. Yo gemía como una loba en celo. Éramos la dupla perfecta.

 Si no fuera que, dentro de todo algo entrenaba mis piernas, estar de cuclillas tanto tiempo, me hubiera costado una banda. Pero lo logré.

 Estuvimos un rato dándole bomba así, hasta que, de un chirlo en la cola, me avisó que su chota estaba a nada de dispararme.

 Se puso de pie, yo de rodillas en frente de él y lo esperaba mientras se pajeaba de lo lindo.

 No habrán pasado ni diez segundos, que sus leche comenzó a brotar de forma violenta para impactando contra mi cara y mi lengua viciosa.

 Ay, Dios, qué rico era sentir su esperma calentito y ácido, saltando hacia mi rostro, mojando mi ojo, mi frente, mi pómulo y hasta mi jeta.

 Con las manos, me esparcí su exquisita miel por cada milímetro de mi cutis y que surta efecto dermatológico en cada poro.

 Me percaté de que, de su glande, colgaba una pequeña gotita, la cual, eliminé de un rico lengüetazo.

 -"No te habré pintado la pared, ni el techo, pero te pinté la cara de blanco", sostuvo haciéndose el chistoso y largando una carcajada posteriormente.

 Obvio que, tras esto, no solo me pintó el techo, si no que, además, me arregló el desperfecto. Valió la pena entregarle la colita.

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