La marcha: de mi culo y su garcha.

 ¡Y llegó Junio nomás, el mes más hermoso y colorido del año! El que más espero al principio y al final.

 Sí, lo espero con ansias porque siempre es una buena excusa para juntarme con las chicas, ponerme ropita bien diminuta y salir a la calle a festejar por la libertad de ser lo que podemos ser.

 En fin, sin irme por las ramas, volvamos al relato. La primera vez que nos pintó ir a alguna marcha, yo tenía alrededor de veintitantitos años. No recuerdo cuántos, pero era chiquitita.

 Fue la primera y única vez de todas las veces que fui, que no me tuneé tanto. Simplemente me puse una camperita negra (porque en Argentina, en Junio, estamos en otoño), chiquita y unas calzas rosas.

 En el lugar, me encontré con Fabio y un par de sus amigos, ya que habíamos acordado encontrarnos ahí. Yo también llevé mis amigos. Fue un lindo quilombo de gente, para ser sincera.

 El beso que nos dimos al cruzarnos, fue raro (pero bien). Nuestros labios se apoyaron en la comisura del otro. Encima, fue ruidoso. Fue como un conjunto que nos encantó. Se nota en nuestras caras.

 Tras separar lo suficiente nuestros rostros, nos quedamos mirando... habrá sido como una milésima de segundo, pero que pareció eterno. Quería repetir, pero no me animé a pedirlo.

 Cuando volvimos a ser nosotros, nos dispusimos a seguir viaje, a recorrer cada rincón del desfile y ver caras nuevas, que no hallamos en otra parte. Caras alegres que estaban regodeándose.

 Caretas graciosas, disfraces colorinches, música alegre, banderas con muchísimos colores, risas y muchas sonrisas por doquier, hacían del maravilloso festival, un show aún más espectacular.

 Compramos unas birritas y nos fuimos a una placita que había por ahí cerquita para tomarla y charlar como si nada sobre pelotudeces que se nos ocurriesen en ese momento. Lo de siempre, digamos.

 La tarde se pasó volando, podría decirse, y el cielo empezó a oscurecerse, indicando que ya era hora de que comencemos a desfilar hacia nuestras respectivas casas, como era de esperarse.

 Por culpa de las birritas, con Fabi nos pusimos algo mimosones. Bah... no sé si será eso, o la tarde LGBT que puso nuestras hormonas alteradas. Aunque, si es por eso, vivo en un día LGBT constante.

 Cuestión que, mientras todos nos pusimos de pie para encarar a buscar nuestros hogares, como nos pusimos últimos en el grupo, el guachón aprovechó para poner una mano sobre una de mis nalgas.

 Supongo que intentó probarme mediante la reacción que tenga, para ver si estábamos en la misma sintonía, o era él nomás. Pero no, logró comprobar que a mí me encantó. No hice nada.

 Lo gracioso, es que fue una apoyadita sutil, sin tanta animosidad. No fue muy chabacana la cosa. A duras penas se sentía esa gran mano apoyada sobre la tela de mi calcita. Tremendo. 

 En realidad, mi reacción fue por una acción inesperada. No fue realmente porque me encantó (aunque sí, me encantó, pero bueno... espero que se haya entendido).

 Nuestras miradas se cruzaron. La mía era de "ay, qué rico" y "no, ¿qué hacés, atrevido?". En cuanto a la suya, era un "hace rato que te quiero manosear el orto". Sí, así, bien degenerado lo que me decía.

 Mi temperatura corporal no paraba de aumentar desmesuradamente, con cada caricia que me propinaba, con cada mirada depravada que me hacía, con cada sonrisa que plasmaba en su rostro.

 Las palabras salían sobrando. No hacía falta que me invitara al telo, me lo decía sin decirme ni "A". Era todo implícito, y eso, querido lector, ESO... me calienta muchísimo más.

 Mientras el piberío dialogaba sin parar y carcajeando entre sí, nosotros aprovechamos esto y nos perdimos en la maravillosa oscuridad que nos proporcionaba la indiferencia.

 Sus manos no se detuvieron ni un segundo, se extraviaron entre la pequeña zona que otorga la calza y la delicada tela de mi tanga rosada. Tanteaba mi piel. Dejaba sus huellas sobre mis poros.

 Le pedía que me quitara las manos de encima, pero no porque me disgustaba, sino, porque, con ellas, era capaz de desatar el peor de los incendios. Con cada contacto, me prendía fuego.

 -"Me volviste loco, desfilando, moviendo ese culito de acá para allá", susurró el atrevido.

 Yo hice silencio, lo miré directamente a los ojos y presté suma atención a cada palabra que pronunciaba esa boca adornada de vellos, prolijamente puestos. Me lo permití.

 -"Ya no aguantaba más, necesitaba tantearlo para ver si es real", continuó.

 -"Qué excusita, eh?"

 -"No, de verdad venía acumulando muchas ganas de hacerle esto".

 A la par que soltaba tales frases sugestivas, cacheteaba mis nalgas de forma prolongada, sin pedir permiso. Eso me encantó. Tanto, que no quise que se detuviera jamás.

 La llegada del taxi nos interrumpió los arrumacos que nos animamos a hacer. Cuando al fin nos decidimos, el vehículo cortamambos, nos interrumpe, puta madre. Puteé en todos los idiomas.

 Éramos tantos, que tuvimos que amucharnos en el pobre vehículo particular. No cabíamos todos, por lo que debíamos poner en práctica todo lo que aprendimos jugando al Tetris.

 Como nosotros fuimos los últimos, tuvimos que viajar del lado de la ventana, por descarte.

 No quedaba espacio, así que... se palmó el muslo, en son de pedirme que me siente allí mismo.

 -"Sentate en esta", me pide con una sonrisita de oreja a oreja.

 Sí, volvió esa sonrisita atrevida, la que tanto incrementó mi calentura hace un momento.

 Obvio que me senté, pero no sobre su pierna, sino, a escasos milímetros de su tentador miembro. Qué puntería la mía, ¿justo ahí vengo a poner todo mi culito? Se nota mi experiencia con eso.

 Bueno, en fin, volviendo al relato, el muchacho se puso algo incómodo. No lo pudo evitar. Las cercanías de nuestras partes, no calmarían para nada nuestra libido que seguía subiendo sin parar.

 Los desafortunados baches, nos hacía saltar a todos. Yo, no era la excepción. Todos eran bienvenidos, claro, incluso los que yo me inventaba para saltarle encima del pingo a propósito.

 Alguien se estaba despertando, lo podía sentir. Un endurecimiento ineludible, se estaba haciendo presente entre mis cachetes. Los chocaba, se ocultaba entre mis montículos traseros.

 El solo roce ya lo hacía crecer en demasía. Sin quererlo, ni buscarlo, tal vez, dimos con esta hermosa sensación al que no pudimos resistirnos. Si ya estábamos calientes, ahora, era irrefrenable el asunto.

 No aguantamos más, tuvimos que bajarnos. Vimos una estación de servicio y le pedimos al tachero que pare. Pensamos al unísono en decirles que no estábamos meando y que era urgente.

 Nos fuimos directo a la estación de servicio, cruzamos la calle corriendo. No le prestamos atención al semáforo, ni nada. Éramos dos irresponsables que, por pensar con ciertas partes, casi morimos.

 Para nuestra suerte, la calle estaba semi vacía. Solo circulaban un par de autos que iban y venían. Pero, en general, había más aire que personas por ahí. Sino, ahora estaríamos debajo de alguna rueda.

 Antes de ingresar al baño, el muy degenerado, se puso a manosearme la cola sin piedad. Como si no estuviera caliente ya, el muy culeado me tocaba de una forma muy excitante.

 Recorría cada milímetro de mis nalgas con las falanges de sus cinco dedos, exageradamente. Con un hambre impresionante de las carnes de mi trasero. Estaba famélico, necesitado.

 Además, me frotaba el ganso por el medio de mis nachas. Alto atrevido, no podía frenarlo.

 Cuando logramos abrir la puerta, esta colisionó fuerte contra la pared.

 Para nuestra fortuna, el lugar estaba vacío. No había moros en la costa.

 Para ser un baño público de una gasolinera, se lo veía bastante limpio, ordenado. Probablemente, estuvo la persona que limpia hace unos pocos minutos, porque no olía mal tampoco.

 Volando, nos adentramos a uno de los cubículos que tienen los inodoros, cerramos la puerta y nos encerramos de una, sin pensarlo. Como si hubiésemos pensado en lo mismo, los dos.

 Al fin estábamos solos, con la capacidad de desatar la tormenta más depravada que quisiéramos, pero estábamos con el tiempo limitado... muy limitado, por lo que deberíamos apresurarnos también.

 De pronto, un sonido, como de música frenética que invitaba a no quedarse quietos, empezó a sonar.

 También se escuchaban voces, que pronunciaban palabras a las que ni atención les podíamos prestar.

 En son de chiste, me puse a bailar. Me sujeté de la puerta del cuartito y puse a menearlo todo lo que se podría llamar "burra", de un lado al otro, lujuriosamente, como si tuviésemos el tiempo de nuestro lado.

 El loquito, al ver que empecé a hacer esto de la nada, llevó su mirada a mis partes traseras, que se remarcaban demasiado con las calcitas rosas que me había puesto para aquella oportunidad.

 No solo iba de izquierda a derecha, también se puso a apuntar de abajo a arriba e incluso hacia atrás, hasta acercarse de manera peligroso al bulterrier de mi queridísimo amigo.

 Cuando nuestras zonas prohibidas al fin se cruzaron, pude percatarme al toque de que, el muchacho con el que estaba atrapada, tenía el muchachito muy contento. Tanto así, que sobresalía de su pantalón.

 Le daba culazos al pobre nene, lo frotaba. Mis nalgas eran como un látigo para su pobre amiguito, que no paraba de sufrirla, ya que se venía aguantando hace rato el roce de mis cachetes.

 Mimitos de acá, mimitos de allá y, bueh... la locura era insostenible a estas alturas del partido.

 Agarré el elástico de mi rosadita calcita y comencé a deslizarla suavemente por mi colita, hasta dejar mis nalguitas entangadas al aire, ante las degeneradas pupilas de Fabi.

 A su término, agarré las tiritas de cada lado y me las acomodé sobre las caderas ya que, por culpa de que me bajé la calza, se me habían bajado también. Entonces, las dejé bien en lo alto.

 Tras finalizarlo, seguí moviéndole el culito al ritmo de esa pegadiza canción reggaetonera.

 Las carnes de mis cachetes, temblaban con cada zamarreada intensa que le pegaba.

 Levantó la cabeza. Nos miramos. Estábamos realmente prendidos fuego.

 Su carita de pajero, lo vendió. Era evidente que ya quería hacerme la cola, de una vez por todas.

 Esto, me hizo reír. Le sonreí y seguí con mi labor de calienta pijas.

 No se quería perder un solo detalle de mis pompas juguetonas, moviéndose al compás del ritmo.

 Se bajó el pantalón y los bóxers, casi al unísono, como si no aguantara más estar así.

 Al fin pude verle la pija, por favor. Qué hermosa era. Valió la pena la espera.

 Sería de unos dieciocho centímetros, algo gruesita, con algunas venitas por ahí, cabezona, con el glande un toque de rojo clarito, un poco corrida hacia la derecha y lampiña. Era perfecta.

 Después de eso, me corrió la tanga, poniendo el hilito sobre uno de mis cachetes, mientras yo no paraba de menearla como una loca. Estaba completamente comprometida con la canción. Perdón por eso.

 Le llevó un par de segundos poder empotrarme nomás. Es que la adentró en seco; sin escupidas, nada.

 Se empezó a escuchar un suave "mmmmm", cerquita de mi oído al encastrar su chota con mi ojete.

 No sabía que necesitaba tanto tener una pija dentro de mi culito, hasta que lo sentí en ese momento.

 Mientras luchábamos por esto, el señorito nunca soltó una de mis nalgas. Su mano estaba aferrada firmemente a él, como si pudiera zafar de algún agujero negro si hiciera eso.

 Una vez que entró la cabecita, lo demás era pan comido. Entraba fácilmente.

 En lugar de moverse él para culearme, me puse yo a mover el orto. Era como si estuviera perreando como antes, de arriba a abajo, al compás de esa música infernal que invitaba a coger.

 Llevaba su pija hasta lo más profundo de mi agujero hondo. Buscaba que solo quedaran afuera sus gordos huevos. Nada más. Que adentrara todo lo que más pueda de su carnaza deliciosa.

 Le encantó tanto, que empezó a acariciarme la cola y a jadear. Estaba en el punto ideal, lo sabíamos.

 Golpeaba su pelvis con mis cachetes, hasta que se formaran honditas de mar en mi piel.

 Suavemente, como formando honditas con la cadera, cosa de torturarlo lentamente.

 Nunca me puse tanto las pilas en deslechar a un hombre, como con esos pasos peligrosos.

 Lo hacía para todos lados, cosa de que entre la piel de mis cachetitos golpearan entre sí.

 Las sensaciones, me calentaban mal. Me hacían morder los labios y cerrar los ojos involuntariamente.

 Ahora sí, comenzó a penetrarme él. Despacito. Pero, de a poquito y a medida que pasaban los segundos, la cantidad de su miembro iban adentrándose más y hasta la velocidad íbamos apurando.

 Qué rico era sentir esa poronga abriéndome el agujero del orto con esas ganas.

 Los gemidos salían de mi boca automáticamente. Sin desearlo, ya que no queríamos llamar la atención.

 A medida que me iba garchando más fuerte, salían igual de fuerte. Era inevitable.

 Me tapó la boca de inmediato, con su manota enorme. Abarcó casi toda mi cara.

 Para estas alturas, no tengo idea qué carajo decía el reggaetón. Creo que iba con algo del culo, o algo así, así que... nos venía bárbaro, como anillo al dedo, se podría decir. Era un buen acompañante.

 -"Quiero acabar", me dijo al oído.

 -"Acabame, por favor", le pido.

 -"¿Adónde, putita?".

 -"En la cola".

 Seguí haciéndola para todos lados, como si no hubiera un mañana.

 Era irrefrenable, casi que una necesidad para que saque los demonios ya. No me importaba nada.

 El loco, me la sacó de la cola y se empezó a pajear encima de mis gordos cachetes.

 Con solo dos rapiditas tiraditas de cuerito hacia atrás, fueron suficiente para que expulse el dulce manjar blanquecino que, celosamente, resguardaba su par de huevos.

 No tuve que esperar absolutamente nada para ser bautizada por su santa agüita.

 Acompañadas de un delicioso gemido, salieron eyectadas esas gotas gordas sobre mis glúteos.

 Sentí el tacto de cada gotita cayendo violentamente sobre la piel de mis posaderas.

 Yo no paré de bailar entre tanto, seguía haciéndolo como una loca. Como si no bailara desde 1998.

 Su tan esperada eyaculación, dibujó como unas garritas blancas en mi pan dulce. Luego de varias jaladas que se pegó, esas garritas se borraron y se formaron unas lagunas libidinosas.

 Apoyó la cabeza sobre la parte alta de mi trasero y se limpió todo lo que pudiera quedar colgando. Se ve que tenía varias gotitas traviesas que no querían irse, porque estuvo un rato largo.

 Las empapó a ambas el hijo de puta. No le bastó con hacerlo a una, que tuvo que salpicarlas a las dos.

 Mi culito quedó hecho un enchastre totalmente. Fue una locura. No creí que fuese para tanto.

 Al darme cuenta, me reí por eso, justamente. Se ve que había aprendido a moverme bien.

 El alivio volvió a ese hombre. Se le notaba en la cara. Ya estaba feliz. La felicidad lo embargó.

 Él ya estaba impecable. Solo restaba subirse los calzones y los pantalones. Nada más.

 En cuanto a mí, me pasé la mano, levanté cada rastro de semen con la palma y le pasé la lengua por ahí, hasta dejarla más pulcro que antes. Parecía que brillaba, de hecho.

 Nos dimos un beso y comenzamos a planear nuestro escape, como para que nadie sospechara.

 Para nuestra suerte, los pibes no estaban ya en el baño. Estaban en la puerta, esperando no sé qué, así que... solo restó que salgamos caminando, como si nada, para dirigirnos hacia el taxi que nos lleve directo a nuestros correspondientes destinos.

 Obviamente que, esto, no iba a quedar así. Ya nos probamos, ahora, había que dejarnos arrastrar por el más peligroso de todos los vicios: la lujuria irresistible que empezamos a sentir.

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