Con hermanastros así...

 Domingo a la tarde. Día especial para boludear un buen rato.

 Por alguna razón, me pintó estar toda de blanco; pantimedias, liga, portaliga y camisón. Pureza.

 Me tiro plácidamente a la cama, como para caer boca abajo como una pluma.

 No estaba con los pies a la pata de la cama y la cabeza a la cabecera, no.

 Agarro el celular, me pongo a revisar mis redes sociales, a pasar cada video con un dedo.

 Jugaba con mis piernas, las movía de acá para allá y esto hacía que mis nalgas queden destapadas.

 De pronto, asomado en el marco de la puerta, se encontraba Marco, mi hermanastro.

 Observaba cada movimiento, cada milímetro al que desplazaba mi cuerpo con mucha atención.

 Desde su perspectiva, podía ver la parte inferior de mis glúteos, asomándose sin importarles nada.

 Además de eso, mi agujerito estaba expuesto ante la mirada de cualquier depravado que ande cerca.

 Ni la pequeña tira de la tanga blancuzca, era capaz de tapar aquel hoyito que pedía atención a los gritos.

 Para mi mala (o buena) suerte, justo andaba este muchacho, al acecho.

 Espiaba con carpa, no quería ser descubierto. Quería mantenerse en el anonimato de las sombras.

 Si ya, aquel paisaje, le brindaba buen material para fantasear, yo le eché más combustible al incendio.

 Una de mis manos fue a dar sobre mi colita, para jugar con ese ano goloso que tengo.

 Sí, así es, con unos de mis dedos, escarbaba hasta lo profundo de mi ser, para encontrar placer.

 Marco no daba crédito con lo que se había topado. Era una situación totalmente inesperada.

 Como si eso no fuera suficiente, mis gemidos comenzaron a aparecer.

 Entre tanto yo, cerraba mis ojos y me dejaba llevar por la inquieta imaginación que poseo.

 La mente me llevaba de paseo a los pensamientos más depravados que puedo albergar.

 Me mordía los labios, no sé por qué... pero lo hacía, lo disfrutaba a pleno.

 Aproveché la soledad en la que creí que estaba inmersa, para desatar la putona que escondía.

 En mi celular, se podían observar los videos más estimulantes con los que pude dar en ese momento.

 Hallé un maravilloso video de un negro pijudo bombeando ortos de manera magistral.

 Volviendo a Marco, sus pantalones desfallecieron. Lo mismo su bóxer.

 Agarró su verga, la empezó a manosear frenéticamente, mientras no se perdía nada de lo que ocurría.

 Su mano iba y venía a lo largo de su tronco venoso, lampiño y poderoso.

 Grité su nombre, no me aguantaba más... sí, el de mi hermanastro. Porque él se cruzó en mi cabeza.

 Obvio, yo ya sabía que estaba ahí, divirtiéndose solo, sin compartirme nada.

 Lo primero que hizo, fue meterme unos dedos en la cola (dos, para ser exactos).

 Llegó a meterlos por completo. Solo los nudillos quedaron fuera.

 Amaba acariciar mi piel, paseaba su mano por cada rincón para tantear la suavidad de la misma.

 -"Qué piel más deliciosa", exclamó.

 Se ve que, el uso de cremas y depilación, dieron su fruto... y debía informarme.

 Entró a escena, mostrando una clara erección que me dejó boquiabierta, porque tenía terrible chota.

 -"Si necesitás ayuda, acá me tenés", continuó.

 La cara de puta que le puse, dio un "SI" sin tener que usar mis labios para nada.

 Frente a él. Sentada en la cama, pero de rodillas me puse. Lo miré. Nada más.

 Las palabras quedaron sobrando. Solamente debíamos hablarnos con la mirada.

 Apoyó la yema de su dedo pulgar, sobre mi lengua (la que saqué a la vez que lo aproximaba).

 Pasó su dedo por toda mi lengua juguetona, lo humedecí como si se tratara de una rica poronga.

 La besaba, le daba mucho amor con mi inquieta boquita.

 Esto dio pie a que uno de los breteles de mi camisón, caigan automáticamente.

 El otro le siguió al toque. Lo que derivó en que mis pechos quedaran al descubierto.

 Arqueé la espalda levemente hacia atrás, con el fin de que ambos senos se vieran mas grandes.

 Ahí estaban, mis pezones rosaditos, endurecidos, frente a sus ojos libidinosos.

 Los acarició un ratito, los frotó con mucho cariño, es que... ahora, eran todo de él.

 Me excitaban una banda sus pellizquitos atrevidos. Me hacían querer desearlo adentro ahí mismo.

 Agarró mi cuello, luego la nuca y me llevó hacia el camino que terminaba en la perversión.

 Acariciaba mi pelito (no me soltaba) y me dejó a unos pocos milímetros de esa poronga erecta.

 Dios, qué rico era apoyar mis labios sobre ese glande de color violáceo. Me volvía loquita.

 Mientras llevaba y traía mis labios por esa cabeza, él me acomodaba el cabello para que no molestara.

 Golpeaba mi lengua, le llenaba de besitos la cabezota, se la babeaba, lo pajeaba. Todo al unísono.

 A la vez que yo me ocupaba de eso, él me quería acariciar el culito. Tenía unas ganas tremendas.

 Pero las sensaciones que le generaba mi boca golosa, le impedían llevar a cabo su tarea.

 Disfrutaba de esa verga, como si se tratara del más dulce chupetín. Incluso si la saliva nos unía.

 La mejor parte, es cuando me agarra de la nuca y se pone a mover su pelvis para cogerme la garganta.

 No sé por qué, pero aquello me vuela la cabeza, mal. Sobre todo, si me hacen ahogar con carne.

 Quería mi culito, obvio. Me lo hizo saber de un cachetazo en la cola para que me ponga en cuatro.

 Le hice caso. Abrí mi culito y permití que me pusiera ese hermoso ganso.

 Agarró una de mis nalgas, con una de sus manos y las separó para abrir mi pocito.

 Allí, entrometió su pedazo de a poquito.

 No la metía entera, pero era lo suficiente como para ponerme a gritar como una loba en celo.

 Cuando no era Marquito, era yo la que movía el culo para que se adentrar esa marmota preciosa.

 Movía las caderas, como para poder estimularlo con el quietito, paradito y gozando.

 Puso una mano sobre mi hombro, estiró el dedo y llegó para que hiciéramos de cuenta que era su pija.

 Se ve que estaba enamorado de mis labios gruesos, para querer que siempre tengan algo largo.

 Se recostó en la cama, para permitir que me acueste encima suyo y me penetrara en esa hermosa pose.

 Una vez que me subí, agarró mis dos cachetes y me mecía para romperme la colita de esa forma.

 Iba y venía mientras sentía esa vergota adentrándose en mi culito, para hacerme gemir.

 Era excitante sentirla entrar, pero también salir.

 Me calentaba cuando la palma de su mano se estrellaba contra la gorda piel de mi culo.

 El ¡PLAF! que emitían mis cachetes, retumbaba en lo más recóndito de mi ser.

 Marco aprovechaba lo cerquita que estaba de mis pezones, para humedecérmelo con sus labios.

 Todo eso, daba como resultado una explosión orgásmica en mí.

 Ahora, le pedí mi pose favorita: de coté.

 Aceptó. Me bajé de encima suyo. Me puse de costado y permití que me rompa el orto a vergazos.

 Agarraba mi gamba derecha con toda su mano, sobre una de las pantis y así me garchó.

 Dios, el hecho de que la tenga tan gorda, me hacía ver las estrellas con cada movimiento.

 No importa si entrara o saliera, igual me hacía doler de placer.

 Para colmo, era un chabón que le encantaba garchar poniéndole muchas ganas, mucha velocidad.

 Me daba verga muy rápido, lo cual, me hacía doler aún más... pero, en el fondo, lo adoraba.

 Por la gravedad, mi anito se volvía aún más estrecho, lo que hacía que le encantara mucho más.

 -"¡HIJA DE PUTA!", me gritó una milésima de segundo antes de volcar todo su rico yogurt.

 Sí, de su chota brotó una buena cantidad de guasca que fue a dar a mi culito. Lo inundó, se podría decir.

 Al sacarla, una buena cantidad de esperma salió abruptamente, lo que mojó mi pobrecita camita.

Con hermanastros así, ¿quién va a extrañar la paja, no? 

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