Auto-satisfacción.

 Madrugada en la ciudad de Buenos Aires.

 Con mis amigos (y amigos de ellos), salíamos de un boliche, cagándonos de la risa. Estuvo piola.

 Entre todo ese grupete, se encontraba el Pela, uno de los que eran amigos de mis amigos.

 Era un pelado, como bien lo indica su apodo, grandote, estaba lindo en líneas generales.

 Nos pusimos a charlar por un buen rato y entramos en confianza muy rápido.

 En el boliche, nos tomamos unas ricas frescas y bailamos como dos locos al compás de la música.

 Le moví la cola bien pegado a su entrepierna, casi que no podíamos distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.

 De todas las nuevas personas que conocí esa noche, fue el más copado de todos. Posta.

 A la salida, como ya era muy tarde y los bondis ni transitaban, decidimos pedir un remis.

 Nota aclaratoria para los no argentinos, o que sean muy fetos: un remis, es un Uber antiguo, que se pedía llamando a una agencia de remises.

 El tipo llegó como a los cuarenta minutos, más o menos, lo que nos permitió conocernos más.

 El loco era como cinco años menos que yo (rondaba los 27), pero era más grandote y tenía una hija.

 Habrá tardado como cuarenta minutos aproximadamente. Se tomó su tiempo el conductor hijo de mil.

 El problema que surgió ahora, era que éramos como siete personas en total.

 Cuatro podíamos ir atrás muy apretados, pero adelante solo uno y sobraba solamente uno.

 Estaban todos plácidamente acomodados en sus respectivos asientos, menos yo. Nomás faltaba acomodarse mi culito.

 El Pela estaba sentado al lado de la puerta, a lo que me miró y dijo las siguientes palabras:

 -"Si no tenés dónde sentarte, vení, sentate en esta", mientras se palmeaba la gamba.

 Yo, sin dudarlo, le hice caso. Acomodé la pollera que tenía puesta, y aplasté mis partes traseras sobre su firme pierna que se nota que ejercita.

 En los pocos momentos que tuvimos para conocernos, nunca me había tirado un palo así. Había que aprovechar.

 Sentí el roce de la piel de su pierna descubierta por el short, con la de mi culito.

 Arrancó el auto al fin. Emprendimos nuestro viaje a casa.

 Lo que no me esperaba, es que, cada bache que nos topamos, hicieran su excitante labor.

 Con cada brinquito que pegábamos por la presencia de los hoyos en el asfalto, nos calentábamos más.

 Yo saltaba sobre su pelado, dándole culazos. Eso aumentaba la temperatura entre nosotros.

 Sentía a su amiguito de abajo poniéndose cada vez más contento con el roce de mis cachetes.

 Su respiración empezó a ponerse más y más agitada, se notaba que subía el nivel de ganas.

 Intentaba hablarme, pero era en vano. Solo lograba balbucear un par de cosas ininteligibles.

 Solo logré entender algo así como que tenía unas terribles ganas de coger. De pedo comprendí.

 Miramos para todos lados, y notamos que todos nuestros amigos estaban entregándose al sueño.

 Corrí un poquito mi tanga. Permití que él se bajara la bragueta, se corriera el bóxer y listo.

 Ni gel lubricante, ni escupiditas, ni nada. Así nomás dejamos que nuestras partes encastren a la perfección, como dos piezas que se conectan.

 Era larga, era gruesa, era perfecta. Lo tenía todo ese pedazo.

 Al principio me dolía. Pero, a medida que pasaba el tiempo, me iba gustando cada vez más.

 Evitábamos que los demás lo noten. Pero es que era una tarea difícil, muy difícil.

 En especial, porque estábamos muy pegados el uno del otro. Era inevitable tocarlos sin querer.

 Traté de no gemir, pero los jadeos del Pelado rico que me estaba cogiendo, no ayudaban.

 Agarró de mis piernas, para moverme a lo largo del tronco de su garcha.

 En un momento, sentí que el taxista nos observaba. Con carpa, pero nos observaba.

 El espejo retrovisor reflejaba sus ojos atrevidos, que nos vigilaba de tanto en tanto.

 Echaba una mirada a mi cara de placer con cada pijazo que me propinaba el Pela.

 Esto, le dio otro lujurioso plus a la situación que ya era lo suficientemente maravillosa.

 Hacíamos un rico panchito al juntar su rica pija con mis dos nalgas gordas.

 Lo metía y lo sacaba despacito, cosa de que nadie más se percatara de lo que hacíamos.

 Al mismo tiempo, metía la mano por debajo de mi remera para acariciar mis pezoncitos chiquititos y marrones con mucho cuidado.

 Me jadeaba al oído, hasta dejármela colorada de tanta pasión.

 Intentaba pronunciar palabras, pero casi no se le entendía. Balbuceaba.

 Yo subía y bajaba mi culito, para poder estimularle la chota hasta eyacularme.

 Estaba a nada de acabar, así que... me la sacó del orto y empezó a pajearse despacio.

 Unas pocas jaladas después, su esperma empezó a brotar de su verga para estrellarse contra mis cachetes.

 Los empapó. Mal. Mis nalguitas quedaron blancas, qué goce.

 Le pasé la yema de unos dedos para limpiarlas y, al arrimarlos a mi boca, lo limpié.

 Qué rica sabía la mema que disparó el Pelado. Me encantó. Quería más.

 Era obvio que alguna nos habíamos mandado. Ahora, había que caretearla.

 

Comentarios