Secreto en Agronomía.
Domingo, cuatro de la tarde. El día estaba lindo, corría algo de viento, pero, al menos el cielo, estaba despejadísimo. No había una sola nube a kilómetros de distancia.
Yo estaba en mi cama, recostada. Revisando el celular, como siempre. Pasaba de video en video y publicación en publicación con mi dedo.
En eso, el boludeo en el que estaba inmersa se ve interrumpido cuando me llega un mensaje a Whatsapp. Era Darío, un compañero de un laburo en el que ya no estaba.
-"¿Hacemos algo, bebé?", pregunta.
Tenía la manía de llamarme "bebé", porque era casi veinte años mayor, y un poco en joda también.
-"Sí, rascarme. Es domingo, Darío", le mando.
-"DALE, hagamos algo. Tomemos unos mates en Agronomía, o algo así".
Dato para el que no sea de Argentina (si es que me lee alguien de afuera): Agronomía es un barrio universitario, con un hermoso parque público, donde todos los que fuésemos de la zona, nos juntábamos a hacer pic nics (u otras actividades) cada tanto. Sobre todo, los domingos y feriados.
-"No, papi, tengo mucha fiaca", le tiré.
Tras un poco de insistencia, tuve que ceder. Acepté, obviamente, pero también porque estaba muy aburrida y el día estaba realmente precioso.
Me puse unas calzas negras, unas botitas del mismo color, una camperita chiquitita que me llegaba hasta la cintura y me puse en marcha hacia el sitio que acordamos.
Llegué primera. Lo esperé en la puerta un par de minutos... se hizo de rogar el muy guacho, eh?
De repente, a unos metros, logro ver una figura que se me hacía conocida. Sobre todo, por el andar.
Era él, efectivamente, era él.
Como ya dije, el chabón tendría unos dieciocho años más que yo, pero estaba con todo en su lugar. Era un delicioso hombre. Muy apetecible.
-"¿No trajiste mate?", pregunta el tarado.
-"¿No eras vos el que se iba a encargar de eso?".
-"No, en realidad... no dijimos nada de eso".
Nos reímos como dos tarados, e igual nos mandamos a ese precioso lugar.
Caminamos un buen rato. Pasamos por las enormes edificaciones del recinto estudiantil, pasamos por el paso ferroviario hasta que llegamos a un bello prado verdoso, perdido de todo.
En ese hermoso espacio verde, el pastizal alcanzaba la cintura casi. Eran realmente enormes.
Ralentizó el paso, solo para poder deleitarse la vista con mis partes un ratito.
-"Qué redondo te hace el ojete esa calza", me tira mordiéndose los labios con ganas.
-"Papi, yo LO TENGO redondito sin calzas", le contesto quebrando cintura y demostrándoselo.
Me la bajé un poquito y le demostré que es cierto. La tirita roja de mi tanga quedó al aire por un microsegundo. Entre tanto, por encima de mi hombro, le guiñaba un ojito.
Decidimos sentarnos por ahí. Yo puse mi camperita y me senté encima nomás.
Para seguir calentando el ambiente, me hice la boluda, quedándome en cuatro un buen rato.
Cuando me di vuelta, aseveraba con la cabeza. Nunca me gustó tanto tener la razón.
Él, como buen macho masculino, se sentó ahí nomás. Le chupó un huevo todo. AMÉ.
Nos pusimos al día sobre las cosas que vivimos en el tiempo que había transcurrido sin vernos.
Nos cagamos de risa una banda con las ocurrencias que surcaban nuestras mentes.
-"Qué pena que no trajiste mate", le batí.
-"Qué pena, sí, pero si querés... podés chupar esta bombilla", me tiró con la manito allí abajo.
-"Mirá que tengo sed... yo chupo lo que me des, papi", tiré con una sonrisita pícara.
-"¿En serio, bebita?, bueno, empezá a chupar nomás".
-"¿Tu señora no se va a enojar?"
-"No se va a enterar".
Seguido de eso, se bajó el pantalón hasta las rodillas y me mostró la pija.
Por Dios, me resecó los labios, lo que tuve que humedecer con la lengüita.
Abrí la boca bien grande, para recibirla con todo mi cariño.
Todavía estaba algo dormidita adentro de mi jeta, pero me la metí igual... para despertarla.
Cuando no la tenía en la boca, lo pajeaba mientras le sonreía... chocha de la vida.
Amaba mi sonrisita de oreja a oreja, por eso me acariciaba el mentón con mucho cariño.
Al tenerla toda dentro de mi trompita, no la agarraba con la mano, las apoyaba en sus piernas.
Por eso mismo, se me piantaba, entonces la volvía a agarrar... pero sin tocarla. Soy una maestre en eso.
Las sensaciones que le generaba cuando entraba todo, lo volvían loquito.
El loco, cuando no estaba gozando a pleno, echaba una ojeadita para todos lados.
A estas alturas, ya estaba re contra dura. Todas mis cabeceadas surtieron el efecto requerido.
Cuando levantaba los ojitos, podía verlo gozando como loco. Me encantó verlo así.
Tras bajar su vista él, nos entrelazamos. Esto me hizo sonreírle de nuevo, genuinamente.
Me motivó mucho más a prenderme del pete, como ternera.
Ahora que estaba mucho más erecta, me la jugué a atragantarme más con ella.
Costó, pero conseguí devorarme más de la mitad de esos dieciocho centímetros de carne.
-"Uh, la chupás mejor que mi señora, hija de puta", lanzó.
La escupía, y eso le encantó. Qué puta más sucia que soy.
Me agarró de la nuca y me garchó la garganta como quiso el muy guacho.
Me hizo de acá para allá, una y otra vez, sin detenerse. Qué rico fue darle el control.
Para este momento, ya le había saboreado la sin hueso desde todas las formas.
-"Llegó el momento de que me demuestre las redondeces de esa colita", mandó.
Le hice caso. Me puse de pie, de espaldas, me bajé la calza y le mostré mi colita entangadísima.
La meneé un ratito, para que ve mis cachetitos temblando al ritmo de esos movimientos diabólicos.
Solo entonces, me agarré el elástico de la tanga con los dedos gordos y empujé hacia abajo.
Todo cayó al suelo. Desmayado. Mi piel quedó al sol, siendo acariciado por él.
Él, de atrás, se pajeaba como loco mientras veía la secuencia en la que me quitaba la ropita.
Me agaché, con las manos en las rodillas y permití que me penetrara como quisiese.
De repente, sentí cómo me rascaba la rayita de la cola con su hermoso miembro.
Un gritito se desprendió de mi boca, ni bien sentí el glande penetrándome.
De a poquito, la velocidad iba incrementando, sin darme cuenta.
Seguido de eso, sus manos agarraron mis caderas, lo que dieron apoyo para poder serrucharme el ojete.
El tronco de su chota, iba y venía por el estrecho espacio que había en el interior de mi culito.
Se empezó a sentir mis cachetes siendo palmeados por él cuando me chocaba.
Por Dios, qué deliciosas sensaciones. Me hacía ver las estrellas el muy guacho.
Mis gemidos le encantaban. Tanto así, que me daba bomba más fuerte. Lo podía sentir.
La dureza de mis pezones, no tenían nombre. Era una cosa increíble. Alta calentura tenía.
-"Ay, papi, mi colita", le intentaba pronunciar.
-"Me encanta tu culito, putita".
De un cachetazo en la cola, me hizo poner en cuatro patitas delante suyo.
Obedezco, claro.
Allí abajo, me pongo a mover la burra (como le dijo él) de un lado al otro.
Podía ver mi hoyito negro, acompañado de mis cachetes, meneándose rico.
Se acercó, como para verlo más detalladamente.
Agarró una de mis nalgas, la pellizcó.
Hacerle eso, lo enloqueció. Era todo mío ahora.
El chaboncito se puso de rodillas, detrás mío.
De la nada, empecé a sentir algo cabezón, corriendo mis cachetes a un lado.
Luego de que terminó de entrar el glande, procedió a meter su tronco.
Como ya tenía el culito abierto, no me dolió tanto. Al contrario, lo disfruté una banda.
Entraba y salía, como si nada. Sin problema alguno.
Siseaba, jadeaba, le encantaba sentir mi culito. Verlo rebotando.
Otra vez se escuchaban nuestras pieles chocando. Eran música para nuestros oídos.
Lo miré por encima de mis hombros, pude observarlo disfrutando mi culito.
Le sonreí, me devolvió la sonrisa acompañada de una mirada degenerada.
Me dio con muchas más ganas. Qué rico se sentía, por favor.
-"Mmmmm... no pares, papi", le pedí.
-"No, putita. Me calentás mucho cuando me decís 'papi'".
-"¿Sí, papi?, qué lindo saber eso".
Mi vocecita finita, junto con una pronunciación bebotera, lo terminó de hacer perder la cabeza.
-"Hija de puta..."
Tras esto, sacó su pija de mi hoyito y no paró de explotar una y otra vez sobre una de mis nalgas.
Tiró una buena carga de semen encima de mis cachetes.
No fue una, ni dos, habrán sido como diez lechazos que salieron uno detrás de otro.
Ni siquiera hizo falta que se sacuda la nutria. Ya tenía el mero impulso de echarme los nenes.
Sonrió, por vez número mil. Lo diferente en esta ocasión, es que yo fui la razón.
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