Prostituta por otro día.

 Mucho tiempo después, me volvió a pasar. He aquí la situación narrada.

 Salía de una tremenda joda que había tenido en un boliche, un poco en pedo.

 Mis amigos se habían tomado otro bondi, en otra de las paradas que habían por ahí.

 Como yo ya conocía esa zona y estaba bastante canchera, me permití volverme sola.

 El problema era que, generalmente, tardaba una banda, y bueh... de madrugada, ni hablar.

 Pocos segundos después, alcanzo a ver que está a un par de cuadras de distancia, ¡qué alegría!

 Me acerco a la calle y, cuando está a nada de mí, hago la seña. El muy maldito pasó de largo.

 ¡Puta madre!, pensé. Lo puteé en todos los idiomas que conocía y los que aún no conozco.

 Cuando pasó de largo, me di vuelta y, como tenía un vestidito negro translúcido, bueh... ya se imaginará qué pasó, querido lector.

 Sí, otros conductores que pasaban pudieron ver mis cachetes sin que tengan que asomarse.

 Cuando me estaba dirigiendo al asiento de esa parada, un auto se acercó a la vereda.

 Baja la ventanilla también, y se arrima un flaco con toda la desfachatez del mundo a decirme lo siguiente:

 -"¿Cuánto cobrás?"

 Claro, como me vio toda sentadita, cruzada de piernas, con esas tremendas botitas negras que me llegaban hasta las rodillas, un vestidito negro translúcido que mostraba toda mi cola, maquillada como una puerta y un flequillito muy atrevido, flasheó que era prostituta (no lo puedo culpar, la verdad).

 Lo miré por un instante, dispuesta a putearlo, pero me resigné a que el bondi no llegaría más.

 Entonces, se me ocurrió la maravillosa idea de usarlo como transporte público al muchacho.

 Me levanté, me acerqué, me agaché hasta estar cerca de la ventana (sin importarme si pasaba alguien por detrás y veía todo gratis) y le dije:

 -"Son cien pesos la colita y cincuenta el oral. Todo con forro, obvio".

 Lo pensó por un microsegundo, miró la billetera y aceptó al toque Roque.

 Era eso y recuperar algo de lo que perdí pagando por el escabio que tomé o quedarme ahí, cagándome de frío y de odio esperando al bondi de mierda, que no venía más.

 Me chupó un huevo si se me subía el vestidito cuando me subía al auto. Por lo general, me agarro de una de las puntitas, para que eso no pase. Como tenía que laburar, deje que fluya.

 La mano que no usaba para conducir, la apoyó sobre una de mis piernas y me la acarició durante todo el trayecto.

 Estaba bastante cerca (a milímetros) de mis partes pudendas el cochino degenerado este.

 Estuve todo el viaje con toda la piel de mi colita apoyada sobre el cuero del asiento del acompañante. Qué atrevida.

 El tema ahora era adónde lo hacíamos. Si era en el auto o si íbamos a algún telo de por ahí.

 Tras discutirlo por un rato, terminamos decidiéndonos por un telo que había cerca de casa.

 Cuando llegamos al telo, después de acomodarme bien el vestidito, entramos al sitio.

 El flaco vio que estuve todo el viaje con mi prenda de bufanda, mostrando todo el orto, así que, dio toda la vuelta por detrás y se pegó a mí hasta llegar al recibidor del pseudo hotel.

 Estuvo, desde el garage hasta el recibidor, apoyándome el ganso en la cola. Qué rico.

 Ese paquete, envuelto en la fría tela de un Jean oscuro, iba rozando mis partes traseras con muchas ganas. Tanto así, que sentía cómo se despertaba el muy guacho. Muy excitante.

 Además de eso, su respiración caliente golpeaba mi cuello, su voz ronca diciéndome chanchadas, sus besos mordaces me atacaban donde debían atacar y sus manos juguetonas tocándome por doquier, era la mezcla adecuada para hacerme volar la temperatura corporal.

 La habitación que nos dio el recepcionista, quedaba en el segundo piso, por lo que nos esperaba una previa bastante más extensa.

 Nos tocó tener que elegir entre dos opciones: o el ascensor o las escaleras. Nunca me costó tanto.

 Si era por las escaleras, teníamos más tiempo para toquetearnos en el trayecto hasta allá.

 Si era por el ascensor, es menos tiempo, pero... nos llevan, no tenemos que ir yendo nosotros.

 Como estábamos tardando una banda en escoger, me tiré por la opción del ascensor.

 El cubículo que nos elevaría, no era la gran cosa. Era un coso apretado, que no se veía muy seguro, pero bueh... lo tomamos, ya fue.

 Si no era con el ganso, me franeleaba el culo con sus inquietas manos. Era tremendo atrevido.

 Cuando al fin salimos del ascensor y nos dirigimos al pasillo en búsqueda de la habitación, tampoco se quedó tranqui. Al contrario.

 De todos modos, no me quejo, porque me calentaba la forma en que me manoseaba toda.

 Al fin encontramos la pieza en la que pasaríamos estas dos horas desenfrenadas de pasión. La puta madre, ya pasó más tiempo del que a una persona normal le tardaría.

 Entramos a nuestro nidito de amor esporádico, como si un huracán de lujuria se desataría.

 Un portazo anunció nuestra abrupta llegada. 

 Nuestras prendas de vestir (en realidad las de él), fueron dejando un caminito que, cualquiera que lo siga, iba a terminar encontrándonos.

 Dios, esos besos que desprendían fuego. Esas manos que me quemaban donde me tocara.

 Los dos ya estábamos totalmente desnudos.

 Su pija estaba completamente dura. Sus venas, que sobresalían, latían al ritmo del corazón.

 Me arroja a la cama, con una desbordante lascividad. Caigo boca abajo, obvio.

 Mi cola gigante, estaba abierta de par en par como una flor, esperando a ser penetrada por un enorme aguijón de carne.

 Se me tira encima, de cabecita para hacerme el amor, con todas las ganas que venía acumulando.

 No era grande, era un tamaño promedio. Dieciseis o diecisiete centímetros, podría decirse. Tampoco era gruesa, era un tanto finita pero con una cabeza que sobresalía de esa "angosticidad".

 Sin lubricante, ni saliva, empezó a buscar penetrarme de una el muy maldito.

 Entonces, lo frené. Le exigí que se pusiera capuchón o lo dejaba así. Obvio que me hizo caso.

 Una vez puesto el casquito, prosiguió con la ardua tarea de sacarse la leche que llevaba.

 Sentía los fuertes gritos de su pelvis chocando salvajemente contra la piel de mis gordos glúteos, con cada estocada que me propinaba.

 Observaba desde su perspectiva a mis dos nalgas devorándose su pija. Le encantaba.

 Esto le provocó querer serrucharme el ojete con mucha más energía. Estaba deseoso.

 Dios, qué rico se percibía su poronga entrando y saliendo de mi orto abierto, recibiendo los centímetros de carne que me quiera dar.

 Era exquisito tener esas deliciosas sensaciones  del agujero de mi culo abriéndose de esa forma.

 Los resortes de la cama, rechinaban como locos al ritmo de los hermosos vergazos que me daba.

 Los chirlos en la cola no se hicieron esperar, y hacían resonar una y otra vez el cutis de mi culito goloso.

 Cambiamos de posición. Ahora, él se sentaría en la cama, con la espalda apoyada sobre el respaldo de la misma y yo me le subiría, para ponerme cara a cara y permitir que me rompa bien el orto como venía haciéndolo.

 Una vez que se agarró la chota y pudo guiarla hacia mi profundo agujerito, empezamos el proceso para sacarle toda la leche a culazos.

 Empecé a subir y bajar mi culito lujuriosamente a lo largo de su tronco venoso.

 Hasta no sentir la mayor cantidad de centímetros adentro de mi ano, no volvía a subir. Me quedaba allí.

 Hasta que no escucháramos los aplausos de mis nalgas y su pelvis chocando, no nos deteníamos.

 No tenía idea de la cantidad de verga que podía meterse en lo más profundo de mi culito. La puse a prueba.

 Mientras mi cola deglutía de su rica carnaza, el loquito se alimentaba de mis pechos. Lamía y mordisqueaba sin compasión mis pezones.

 Jugueteaba sin parar con ellos. Metía la cara y la sacudía en el medio. Quedó fascinado con ellos.

 Ahora, él quería hacerlo. Frené mi culito inquieto y empezó a mover su pelvis con esa misma intensidad.

 Taladreaba mi ojete mucho más rápido de lo que yo me movía para él. Estaba re sacado.

 Me agarró de las nalgas y las mantenía bien separadas, cosa de poder darme chota sin obstáculo alguno.

 Sus huevos se saltaban al ritmo de los porongazos que me daba el muy guacho. Lo podía sentir.

 Entre tanto, su amigazo se escapaba de mi orificio anal, teniéndolo que meter a cada rato.

 Por suerte no pasaba mucho tiempo sin que esté con su poronga dentro mío. Sino, la iba a extrañar mucho.

 Los dos gemiamos casi al unísono. Éramos un coro de degenerados, que hacía música orgásmica.

 Entre los tantos chotazos que me pegó el muy desgraciadito, tuvo como consecuencia el gatillazo que derivó en el crucial deslechamiento. El tan esperado por ambos.

 Su poronga empezó a soltar tanto semen, que parecía una fuente que largaba leche a lo loco.

 Uno de los tantos lugares donde su guasca saltó, fue en la parte superior de mi cola, lo que vendría siendo la parte más baja de la espalda.

 Pero las gotitas, no conforme con eso, rodaron hasta una de mis nalgas, empapándola de esa deliciosa sustancia que brota del hombre.

 El alivio nos embargó a ambos. El calor se discipaba. Nuestros cuerpos se calmaban.

 Fue como si nos hubiese arrollado un puto camión, o algo que nos absorbió la energía.

 Nos quedamos los pocos minutos que nos faltaba para terminar la hora que pedimos, nos vestimos y nos fuimos.

 Nos subimos a su auto y chauchas, cada chancho a su rancho.

 Cuando ya me había salido del auto y estaba por dirigirme a mi casa, siento que me chista. Me doy vuelta. Estaba él con su brazo extendido y unos billetes en la mano.

 -"Tomá. No te lo olvides. Te los ganaste", me dice con una sonrisota dibujada en el rostro.

 Eran los doscientos pesos que me debía por el terrible polvo que nos echamos hace un rato.

 -"Aunque no me tiraste la goma, te doy los cincuenta igual... y otros de propina por la magnífica labor", batió.

 -"Bueno, gracias", esgrimí tímidamente.

 -"Espero nos volvamos a ver", dijo guiñando.

 Él se fue rápido en su vehículo, ruta a su casa. Yo hice lo mismo, pero a pie. Estaba ahí nomás.

 Llegué prontito a casa, ligué unos buenos pesos (más de lo que perdí) y, encima, me pegaron terrible cogida. No me puedo quejar, fue una buena noche.

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