Recogida.

 Hace muchos años, tuve mi primera cita (en la vida) con un loquito que conocí en Fotolog (sí, así de vieja es la anécdota... sí, tuve fotolog hace muchos años).

 La cosa es que, pegamos onda por la música que escuchábamos, y así empezamos a hablar.

 Yo creo que rondaba los veintiuno, veintidós. Mati, el chabón, ya pasó sus treinta y tenía hija y todo.

 Pasaron los meses, y las charlas con el chabón, se iban poniendo cada vez más interesantes, por lo que nos propusimos programar una cita para vernos en persona.

 Ya nos habíamos visto por foto, ya habíamos charlado por videollamada. Ahora, tocaba vernos.

 Como el chabón era de Lanús y yo de la Ciudad de Buenos Aires, teníamos que ponernos de acuerdo.

 Para nuestra suerte, Mati, ya tenía un auto, por lo que no tuvo inconvenientes en acercarse a la Ciudad para que no demos tantas vueltas, tanto tiempo.

 Al final, nos terminamos decidiendo por Recoleta, ya que él lo conocía como la palma de su mano.

 Yo no lo conocía tanto. Creo que habré ido una vuelta, hace años. Solo sabía el bondi que debía tomarme.

 Por fin llegó aquel domingo que habíamos acordado. Se me hizo re larga la semanita.

 Para esa salidita, escogí un pantalón ADIDAS, es que estaba fresquito y era lo único que encontré.

 Llegué primera. Lo tuve que esperar unos poco minutos, hasta que al fin arribó al lugar.

 Bajó del auto y nos saludamos con un ruidoso beso en el cachete.

 Desde que se bajó del auto, hasta que se acercó, me la pasé mirándolo detalladamente. Qué lindo era. Estaba mucho mejor que en las fotos que pude ver.

 Se había puesto una musculosa blanca que dejaba ver los tatuajes que adornaban sus brazos. Hermosos.

 Esa barbita desprolija. Esa onda zaparrastrosa. Esos pantalones rotos. Me enamoré, posta.

 Charlamos mientras caminamos una banda. Nos sentamos por plaza Francia. Recorrimos una feria hippie. Yo me compré un collar con el símbolo de la paz. Nos metimos a un museo. De todo hicimos.

 Finalmente volvimos a plaza Francia y de ahí, nos fuimos.

 Me acompañó hasta la parada. Vino el bondi. Fin del relato.

 Nah, mentira, tuvimos otra. A la semana.

 El tema es que, durante la semana, nos dijimos de todo, lo que ninguno de los dos activó. No hubo un beso, ni un franeleo, ni absolutamente nada. Fue una lágrima.

 Lo peor es que, me tiró que me había fichado la cola, pero no se animó a decir nada. Alto gil.

 Fue en el mismo lugar, la cita. La misma hora. El mismo día, la semana siguiente.

 En esta ocasión, en vez de ir así nomás, sabiendo que andaríamos por un lugar hippie, me puse un pantalón de babucha y partí hacia el sitio anteriormente acordado.

 En esta oportunidad, no llevó el auto, pues... lo dejó en un taller.

 Hicimos casi, casi lo mismo. Quizás cambiamos un par de lugares, pero nada más. Mejor.

 En la placita, además de charlar como en la vez anterior, pudimos chapar. Sí, tuve que activar yo, sino... dormía el logi este. Otra cita sin que pase nada.

 Nuestros labios se unieron, como si tuviésemos un hambre terrible de la jeta del otro.

 Fue tan satisfactoria la experiencia, que aceptamos repetir una y otra vez.

 Estuvimos así, hasta que veo que ya eran como las ocho. Debía irme, o se me haría tarde.

 El flaco acepta acompañarme hasta la parada, con la condición de que le prestara el morral.

 "Este lo va a agarrar y se va a ir corriendo", se me cruzó por la mente. De la nada, flashé persecución. No sé por qué. Pero no, era para taparse con él en su parte delantera.

 Resulta que, mientras nos comíamos a besos, al loco se le paró.

 Lo peor, es que me percaté un par de pasos después. No sé por qué no quiso contarme lo que le pasó.

 Cuando me enteré, me le tiré encima al toque para robarle otro de esos ricos besos.

 Recuerdo que estábamos en una de las esquinas y lo agarré para que me dé lo que necesitaba mi boca.

 Mi maldad primó y bajé la mano, para tantearle el ganso, solo para corroborar si era cierto.

 Completamente verdad. La tenía re contra parada el guachín.

 Dibujó una sonrisa picarona en su rostro, que aún recuerdo patente. Me la talló.

 Se ve que, mis besos, surtieron un efecto del que jamás me propuse.

 En la parada, solo nos encontrábamos nosotros.

 Otra ventaja, es que estaba en una zona muy oscura. Era lindo, pero también daba algo de miedito.

 Aprovechamos esto, para comernos mutuamente, tal como veníamos haciendo.

 Yo me le colgaba del cuello, hacía piecitos para estar lo más cerca de su cara y darle mi boca.

 Mati, además del rico chape, llevó sus manotas para acariciarme la colita sin parar.

 Empezó por arriba del pantalón. Las subía y bajaba en ambas nalgas.

 No permitió que mi pantalón de babucha sea un obstáculo para él. Los metió por adentro.

 Los bajó hasta mis rodillas, para poder hacerlo cómodamente.

 Además de caricias, chirlitos y pellizcos no faltaron (los primeros, me hicieron tronar las nalgas).

 Me dejó de chapar, solo para ponerse a un costado mío.

 Yo, estiré los brazos para apoyar las manos sobre el poste de la parada. Me incliné un toque.

 Se ve que le encantó tanto nalguearme, que dejó mi boca para darme cachetazos allá.

 Dolían, pero era un dulce dolor. Lo disfrutaba mucho. Quería cada vez más.

 Daba saltitos del dolor, pero iban acompañados de unos gemidos que me salían inconscientemente.

 Sentía la yema de sus dedos recorriendo la zanjita de mi cola. Me encantaba que hiciera eso.

 Las mordía salvajemente, con mucha hambre, hasta dejármelas marcadas.

 Las separaba, como para poder observar mi hoyito.

 No aguantó más. Aprovechó mi postura, para ponérmela toda.

 Nos acomodamos un toque y, en cuanto logramos engancharnos, le dimos murra.

 Despacito me empezó a hacer la cola. Todo, para no hacer mucho escándalo con nuestras partes. Es que... el silencio y la soledad, eran los únicos que nos acompañaban.

 Mi culito apretado, le encantaba. Lo ponía a gemir como nadie.

 Me taladraba el orto con golpecitos muy sutiles que me propinaba con su pelvis.

 Se sujetaba de mis hombros, como para tener el dominio total del movimiento de mi cuerpo.

 Mis gemidos y sus jadeos, eran la mejor mezcla que podíamos escuchar en ese momento.

 Puta madre, un auto se estaba acercando, lo que implicaría una calle un poco más iluminada.

 Nos corrimos hacia un costado más oscuro, para poder seguir desatando nuestra pasión.

 Miraba para todos lados, como si estuviese cometiendo el pero de los crímenes.

 En cuanto a mí, solo gozaba de su pija serruchándome el orto sin parar. Me importó un carajo si alguien nos veía. Yo quería tenerla toda adentro.

 -"Sí, papi, rompeme la cola", le intentaba susurrar.

 Pero, con aquellos movimientos que dábamos, hablar, ya era una tarea titánica.

 Entonces, cerré la boca y abrí el orto para que siga dándome masita.

 Qué rico garchaba el guanaco este. Se nota que ya tenía cancha en romper colas.

 El ruidito de mis nalgas chocando contra su pelvis, también era muy rico. Me excitaba más.

 Se notaba que estaba por acabar. Se le notaba en la forma en la que me garchaba. Habían cambiado la velocidad de sus movimientos. No sé cómo explicarlo.

 De repente, me empezó a dar más lento y más profundamente.

 Me hacía gemir fuerte cuando me estrolaba su pelvis en la cola.

 De la nada, un líquido calentito comenzó a salir en el interior de mi agujerito angosto.

 Era obvio que se trataba de su semen escapándose de sus huevos, para terminar entre mis cachetes.

 De mis cachetes, unas gotas se deslizaban, hasta morir abruptamente en el piso. Parecía una canilla.

 No fueron una, ni dos, sino varias las que pretendieron escaparse de mi ser. Altas atrevidas.

 El loco amó ver mi culito llorando. Quedó como enamorado de esa secuencia.

 Al verlo tan enganchado con lo que veía, la meneé de un lado al otro... despacito, como para que se entretenga la vista.

 De una nalgada me avisó que ya había finalizado todo. 

 Cayó rendido, como aliviado, en el asiento de la parada.

 Tenía la pija al aire, y no le importó por unos pocos segundos.

 Cerró los ojos, hasta que se dio cuenta dónde se encontraba. Entonces, se puso los pantalones a los pedos. No daba que nos vieran así.

 Hice lo mismo, me limpié los cachetes, subí el pantalón e hice de cuenta que, aquí, no pasó nada.

 El bondi llegó poco tiempo después, cuando ya habíamos terminado. Por suerte.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Caperu-colita rota y el choto feroz.

Pinta mi colita.

Calza justo.