Sentadillas.

 Es la tarde de un domingo nublado y frío. Estoy sola en el living de mi casa.

 Como no tenía ganas de ir al Gym, me decido a hacer algunos ejercicios en mi propia casa.

 Me pongo mis calcitas y mi topcito rosita para estar al mismo tono y poder hacerlo cómodamente.

 Coloco una colchoneta en el suelo como para amortiguar algún golpe, y listo... estoy preparada.

 Lo primero que me dispongo a hacer, es elongación. Preparo mis músculos, estirándolos.

 Lo hago con los brazos y las piernas. Creo que ya estoy con la temperatura ideal para comenzar.

 Ya estoy preparada para mi ejercicio preferido: sentadillas.

 Bajo lentamente con mis rodillas, para ponerme en posición de cuclillas.

 La misma pose hace que se agrande mi culazo, que se pegue la tela de las calcitas que me puse.

 Parecía que no tenía nada puesto, ya que se me había colado tremendamente en lo profundo.

 Subo y bajo despacito, para sentir cómo rebotan los cachetes redondos de mi colita.

 Me quedó allí abajo, unos pocos segundos, a escasos centímetros de mis talones. Casi se tocan.

 Acomodo mi pelo molesto, lo pongo a un costado, sobre uno de mis hombros.

 Sigo con el lento movimiento en ascenso y descenso constante. Ininterrumpido.

 Palpo mis piernas, mi cola, como para sentir el calor de mis músculos. Se perciben totalmente.

 Pego unos saltitos cada vez más altos, para hacer rebotar mis carnazas traseras.

 Siento un ruido que proviene de detrás mío, que llama poderosamente mi atención.

 Del susto, me giro. Lo veo a Edu, amigo de mi hermano observándome atentamente.

 A pesar de saber que sus ojos están posados encima mío, continúo con mi labor. No me importó.

 En lugar de parar, seguí subiendo y bajando, delante suyo, como si nada.

 Es más, mi cara de putita se hizo presente. Le sonreí, como disfrutándolo. 

 Lo miré directamente a los ojos, por encima de mis hombros.

 -"Buen día", dije beboteando.

 -"¿Qué estás haciendo?".

 -"Hola, ¿no?"

 -"Hola, hola, ¿qué hacés?"

 -"Hago ejercicios, ¿no ves?"

 -"Sí, ya veo", dijo asintiendo con la cabeza, mientras no quitaba los ojos de mis glúteos.

 Noté que al guacho le encantaba contemplar mis dos nalguitas en acción, sobresaliendo de mi cuerpo como dos pelotas de basket. No le quitaba los ojos de encima.

 Mordí mis labios, como seduciéndolo y poniéndole carita de putita.

 Al pedo mi performance, porque solo tenía ojos para los cachetes de marrana flaca de mi colita. 

 En tanto él, fruncía su ceño y ponía su boca como intentando pronunciar una "U".

 Estábamos en la misma sintonía, era evidente. No lo podíamos ocultar a estas alturas.

 Sus manos se empezaron a poner inquietas, por vez primera, acariciando esa mismita zona.

 Por mi mente, surcaban ideas sucias que lo involucraban y moría por realizarlos ahí mismo.

 No conforme con las sentadillas atrevidas que ya estaba haciendo, me di un golpecito en las nachas que sonaron fuertemente y estimuló los sentidos del depravado voyeurista de Eduardo.

 -"Necesito algo que amortigüe mi colita al caer", le dije beboteando.

 -"¿Qué?".

 -"Vení -le pedí, mientras le hice la seña con una mano-, recostate acá".

 Algo extrañado, me hizo caso. Se recostó donde le había indicado, sin siquiera cuestionar un toque.

 Puse una pierna a cada lado, al lado de sus caderas y continué con mis sentadillas, como si nada.

 Me sujeté de sus rodillas, para empezar a rebotar mi culito encima de su entrepierna.

 Descendía y ascendía mis nalgas para chocarla contra sus partes más juguetonas.

 Estaba rico. Me encantaba sentir cómo se iba calentando con cada culazo que le propinaba.

 ¡BOING!, ¡BOING!, ¡BOING! se sentía con cada impacto que hacíamos.

 Después de cuatro o cinco saltos sobre su miembro, le tuve piedad y solo la froté un ratito más.

 Para estas alturas, ya sentía cierto movimiento en sus partes más pudendas. Alto cochinote.

 El calor emergía de su cuerpo, era notorio. Sobre todo, cuando sentí sus manos golpeándome.

 ¡PLAF!, gritó mi pobre nalguita cuando fue azotada por esa enorme mano.

 Pese a eso, no me detuve. Seguí con mi ejercicio vespertino.

 Sus golpes solo me ponían más trola. Principalmente, cuando empezó a escarbar en mi culito.

 Rascaba en mi agujerito, como jugueteando con él. Apretaba uno de mis cachetes, lo acariciaba.

 Hacía circulitos con sus atrevidas manos, impertinentemente. Estaba muy toquetón.

 Dios, cómo amo los amiguitos de mi hermano. Ojalá vengan más seguido a casa.

 -"Me aprietan los pantalones ahora", me comentó.

 Paré la colita. La dejé bien arriba y le permití que se la baje.

 Ni lerdo, ni perezoso, se sacó el pantalón, con bóxer y todo. Menos mal, no quería perder más el tiempo. En menos de lo que canta un gallo, ya tenía mi culito tragando pija como loco.

 Yo hice lo mismo. Volaron mis calcitas y mi pequeña tanga. Quedó tirado en el piso.

 A pesar de lo seco que estaban ambas partes, la metimos igual. Dolió, pero me encantó.

 Vale la pena sentir este dolor en mi culito. Sarna con gusto, no pica, dicen.

 Pude calcular que, por todo lo que se mandó en el interior de mi ano, su verga rondaría los diecinueve centímetros. Quizás más, quizás menos. No lo sé, pero lo gocé a pleno.

 Saltaban mis nalgas sobre su pelvis, como dos pelotas de basket cuando la están picando.

 Mis gemidos no tardaron en llegar. Luego de los primeros pijazos, salieron solitos de mi boca.

 -"Sí, papi, sí. Damela toda", le pedía a los gritos.

 Esto lo ponía más cachondo. Me miraba cómo saltaba encima suyo, con una cara de pajero mal.

 Dios, qué rico es darle de comer pija a mi culito tragón. Es que es muy insaciable y solo un buen pedazo podría alimentarlo lo suficiente, tal como a él le gusta.

 La meneé un ratito encima de su pelvis, sin quitármela de adentro.

 Continué luego de eso, quería sacarle la leche ya mismo. No podía aguantarme más.

 Qué rico se sentía. Para colmo, cerraba mis ojos y la gozaba muchísimo más.

 Lo observaba, y a él le pasaba lo mismo. No podía caretear lo que mi agujerito le hacía sentir.

 Nos decíamos de todo (o eso intentábamos), cosas obscenas que nos ayudara.

 Le pedía que me rompiera el orto, pero... lo gracioso es que yo era quien tenía el control en esa pose, así que... apresuré el trámite, dándole mi ojete aún más rápido.

 Apoyé mis manos, incliné mi espalda hacia adelante y le seguí entregando la colita.

 Me empezó a contar la cantidad de pajas que me dedicó, mirando las fotitos que subía a mis redes sociales personales. Se la tenía bien guardada el muy guacho, eh?

 El chaboncito, recostado, estaba regocijándose con mi ocote bajando y subiendo en su vergota.

 Tenía la palma de su mano, debajo de la nuca, usándola como almohada, mientras se dejaba arrastrar por las sensaciones que le asestaba con mi insaciable orto.

 -"Dale, putona, ejercitá ese orto gordo", me gritaba, como con rabia.

 ¿Que no pare? Obvio que no iba a parar jamás hasta que le saque la última gotita de leche.

 El loco no cooperaba, ni cuando se salía su chota del interior de mi culito hambriento. Tenía que agarrarle la marmota y volvérmela a colocar. Solo se abstenía a poner caras.

 Sujeté cada cachete, para mantenerlos separados y que nada estorbe la penetración que me daba.

 Estaba a nada de acabar, así que... me lo hizo saber con un par de movimientos espasmódicos que provenían de sus caderas. Aunque intentó avisarme con palabras, pero... estaba en el Nirvana casi.

 La saqué de mi culito, me di vuelta y empecé a pajearlo. Subía y bajaba su cuerito rosado. Qué rico.

 Veía su glande asomándose cada tanto, debido a la paja que le estaba haciendo. Brillaba.

 -"Quiero tu lechita, papi. Dámela", le solicité.

 De la nada, del orificio de lo más alto del pene, comenzó a verterse una rica miel blanquecina, espesa, calentita que ensució mis dedos, ni bien tuvo un leve contacto con esos gotones.

 No paraba de salir. Brotaba uno, luego otro y más tarde otro, hasta empaparme mal los dedos.

 -"Ay, Dios mío, toda la que tenías guardada", le comenté asombrada, boquiabierta.

 -"¿Viste? La tenía guardada para vos", me dijo sonriendo.

 Le quedó el glande todo envuelto de semen. Era una mezcla del rojo natural que ya tenía y el blanco de su jugo masculino.

 Limpié la palma de mis manos con la lengua. No quería dejar una sola gotita dando vueltas por ahí.

 Además de humectar la piel de mi palma, también lo hice en la del tronco de su venuda.

Ya está, ya había ejercitado lo suficiente, así que... nos cambiamos antes de que llegue mi hermano. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Caperu-colita rota y el choto feroz.

Pinta mi colita.

Calza justo.