Otra mancha más (de leche) al tigre...

 Al otro día, me desperté en lo de Javier.

 Me quise matar, terminamos garchando a pesar de que yo no tenía esas intenciones.

 Pero bueno, no puedo negar que me encantó. La pasé excelente.

 El loco coge muy bien, tiene una tremenda verga y, encima, es bien leche, ¿qué más se puede pedir?

 El problema era cuando me acordaba que su novio era su amigo. Alto garrón. Me sentía re mal.

 Para colmo, estaba completamente desnuda. La tanga estaba tirada, lo mismo el resto de la ropa.

 Mi cabeza era una tremenda guerra, entre lo que no debía y lo que quería hacer.

 Me levanté, me puse una remera de él así nomás y crucé por la puerta de la habitación.

 Pasé por el pasillo que separa la pieza de su living comedor y me dirigí hasta ahí.

 Ahí estaba él, en la cocina, preparándose unos mates para desayunar.

 Estaba con sus bóxers y encuerado. Qué delicia.

 En cuanto me sintió, movió la cabeza hacia donde yo estaba y me saludó.

 -"Buen día", me dice.

 -"Holis", le contesto algo dormida.

 -"Esa remera, me resulta familiar".

 -"Porque es la tuya, tontín".

 -"Y esta es tuya...".

 Mientras me tira esa, se agarra la chota el muy pajero.

 -"¿Tomás unos amargos o dulces?", quiere saber.

 -"Me gusta tomar leche en el desayuno".

 -"Eh, ¿tan pronto querés chupármela?, esperá un poco golosa".

 Se hacía el chistosito encima el chanta este.

 Le doy una cachetada despacito mientras me muerdo los labios, como para que se calme el atrevido.

 Estiró la cabeza y sus labios, como para recibir su beso. Obvio que se lo di.

 Nos dimos un tremendo beso de buenos días. De esos bien ruidosos.

 Parecíamos una pareja que ya estaba conviviendo, más que dos amantes.

 El agua ya estaba en el termo, solo faltaba echarla en el porongo y disfrutarlos.

 Eso hizo. Fue tan caballero, que tomó el primero.

 -"Yo quería. Dámela a mí", le pido.

 -"Esta te doy", me dice mientras se agarra la verga... otra vez.

 Me salió una leve carcajada y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

 -"¿Querés que te chupe la bombilla de cuero?"

 Ni esperé a que me responda, que yo ya estaba de rodillas, bajándole el bóxer.

 Igual, su carita de pajero bárbaro, me dijo que sí, sin pronunciar una sola palabra.

 Como estaba más dormidita que yo, tuve que pasármela por la boca, para poder darle de mi calorcito.

 Aproveché ahora para metérmela entera en la boca. Total, en unos segundos, sería imposible.

 Lo bueno, es que es tan calentón que, con unas pocas cogoteadas, ya se le había despertado.

 Le pasé la lengua por los costados, por arriba, por abajo, por todos lados. Por donde lamiera, estaba sabrosa.

 A la vez que se la mamaba, el loco no paraba de tomarse su mate.

 Qué combinación ganadora la de los petes y unos ricos verdes.

 En cuanto lo terminó, lo dejó en la mesada y se dejó llevar por el placer.

 Abrí la boca y le permití adentrarse en mi cavidad bucal, lo más que pudiera.

 Me agarró de la nuca y empezó a garcharme la boca, como un desaforado.

 Mientras más segundos pasaba con esa verga atorada, más me hacía llorar.

 Derramaba lágrimas y mis ojos se pusieron rojos, casi al punto de parecer una fumona.

 Le chupaba un huevo, no me soltaba. Quería que se la chupe así.

 -"Mirame, putita. Mirame", me exige.

 Obvio que le hice caso y subí mis pupilas, para dirigirlas hacia él.

 Estaba hecho un toro enardecido, con unas ganas que desbordaban por sus ojos.

 -"Ay, sí, así...", siguió.

 Se ve que mi boca y mi lengua, no perdieron ese poder peterístico.

 -"Vení...", me dice.

 Me levanto, me da vuelta, me pone contra la mesada. Era obvio la que se venía.

 -"Entregame ese orto, que no puedo más. Tengo que rompértelo, putita", comenta.

 Ahí nomás me sube su remera y empieza a escarbar en mi culito, con su verga.

 Separa mis nalgas, y entra a serrucharme el ojete sin parar, de ahora en más.

 Su pija entra y sale sin parar de mi orto. Nos encantaba.

 Rebotaban mis gordos cachetes, cada vez que golpeaban con su pelvis.

 Además, el ruido que ocasionaba, era maravillosa. Música para mis oídos.

 Gemía del placer. Mientras él, se lo escuchaba levemente, pero también gozaba.

 Me daba más duro de lo que me daba mi novio. Eso, hacía que no pudiera dejarlo al guacho este.

 Sabía moverse para hacerme la cola el hijo de puta.

 Las nalgadas no se hicieron esperar e hicieron temblar mis carnes (más todavía).

 De pronto, paró. Se puso a ponérmela despacito. Bajó varios niveles. Se calmó.

 Gozaba de cada vez que su canario se adentraba en su jaulita.

 Agarró una silla y se sentó ahí, para que yo me sentara encima suyo después.

 Le hice caso, porque amé la idea.

 Flexioné las gambas y me dejé ir para sentarme arriba de su pelado.

 Cuando al fin entró toda, comencé a subir y bajar despacito. Esto, nos enloqueció a ambos a la vez.

 Los pequeños saltitos nos hacía ver las estrellas al unísono.

 Javi me agarraba de la cintura, para controlar los movimientos también.

 Me sujeté a sus hermosas piernas y lo usé como medio para poder impulsarme también.

 Esto sí que lo hacía gemir. No sé por qué, pero se notaba que le gustaba más.

 Me tocó toda el muy guacho, las caderas, las nalgas, la espalda, los hombros. TODA.

 -"Estos sí que son buenos días, eh?", le digo.

 -"Uy, sí, desayunemos más seguido, putita".

 -"Cómo me calienta que me trates de putita".

 Solo por eso, empecé a bajar más, hasta estrellar sus piernas con mis nalgas y elevé la velocidad.

 La pobre silla gritaba más que los dos juntos. Pobrecilla.

 Le entré a dar tan duro, que perdí la noción.

 -"Pará, hija de puta", gritó.

 -"¿Qué pasó?".

 -"Ahí viene la leche que tanto querías para desayunar".

 Se pone de pie, se pajea un poco y se deja ser devorado por mi voracidad.

 Yo, obvio, me pongo de cuclillas en frente suyo y abro la boca para deglutir todo eso.

 Pone su mano en mi nuca, me acaricia el pelito mientras ve las estrellas por culpa de mi boca.

 Lo pajeo un toque con la jeta. Trato de comer todo lo que puedo.

 Empieza a hacer fuerza para penetrarme hasta tocar mi campanilla.

 -"¡AY! Sí, sí, sí. Toda, toda, toda, toda", pide.

 En un momento que tengo varios centímetros dentro mío, su verga me empieza a escupir.

 Su leche calentita se volcaba en mi interior. 

 No me dejó huir, tuve que quedarme ahí, a la vez que él vertía toda su miel blanquecina.

 Cuando al fin acabó, pude sacármela. Tenía gran parte de su manjar en la lengua.

 Otra parte, fue a dar a mi garganta, ya que era demasiada leche y tuve que hacerlo obligadamente.

 Fui tragando de a poco, cada uno de sus nenes crudos, hasta que desaparezcan por completo.

 Ellos cayeron por mi garganta, para terminar en mi estómago.

 No derramé ni una gotita. No había que desperdiciar nada. Estaba muy rica.

 Su carita de satisfacción, lo decía todo. Ya estaba pleno, con sus huevos vacíos.

 Ya había tomado mi leche favorita, ahora, podía tomar mates tranquilamente.

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