Otro rapidito.

 Noche de citas.

 Un flaco, con el que me vengo escribiendo hace rato, me invitó a comer algo.

 Muy copado, buena onda y gracioso, ¿el problema? Es casado.

 La ropita escogida, era un vestidito negro tipo corset con tiras en la espalda y un tapadito.

 ¿Es necesario mencionar que el vestidito no llegaba a taparme toda la cola? No, ¿no?

 Bueno, ahí está el porqué del uso del tapadito del mismo color. Para que cumpla esa función.

 En fin, en los pies, unas botitas que llegaban casi a las rodillas, que hacían juego.

 Y en el pelo, dos colitas que sostenían enormes mechones a cada costado de mi cabeza.

 Ya estaba lista, solo faltaba el susodicho que me venga a buscar.

 Suena el teléfono. Atiendo. Era él. Me asomo por la ventana, toca la bocina desde su auto.

 Salgo corriendo, agarro la llave y encaro a la puerta.

 Una vez fuera, el loco me abre la puerta y me meto.

 Ni tiempo a mirar el vehículo, ni nada. Simplemente, me mandé de una.

 Ahí arriba, conversamos. Nos ponemos al día con los periplos que implican el día a día.

 Después de un rato de conducir, llegamos a un hermoso restaurante.

 Me hizo sentir re mal, porque era re elegante el sitio, y yo, parecía una bailarina de Pasión de Sábado.

 Encima, me ofrecieron cuidarme el saquito y todo, pero si me lo sacaba, me quedaba en pelotas.

 Rechacé la amable oferta de la forma más cortés posible.

 Por suerte, no hincharon mucho las bolas, por lo que pude ir así como estaba.

 Dejé mi saquito sobre el respaldo de la silla después de sentarme. Fui viva.

 Nos pedimos la comida y nos pusimos a hablar para conocernos mejor.

 No recuerdo qué pedimos, pero estaba rico. Bastante rico.

 En un momento, recuerdo que fui al baño a hacer pis... y recuerdo que dejé mi saquito en el respaldo.

 Para mi suerte, solo fue después de dar dos pasos. Todo el rojo del mundo, me coloreó la cara.

 Cuántos me habrán visto los cachetes asomándose por debajo del vestidito. Me quise matar.

 El muchacho se tentó al percatarse, en vez de hacerme la dos.

 De un salto, agarré el tapado y me tapé las partes que buscaban asomarse indebidamente.

 Así fui al baño... sonrojada.

 Cuando volví, comimos un poco más, charlamos, intenté reírme de la situación y nos fuimos.

 Nos subimos al auto y partimos hacia mi casa.

 Allí, charlamos un poquitito más.

 Al llegar, se baja conmigo. Nos quedamos charlando un poquito más.

 Yo, cuando me bajé, pude notar de reojo, que Diego, mi vecino de enfrente, estaba observando todo.

 Estaba sentado en el umbral de su edificio, con una botella de cerveza al lado de sus pies.

 Me pongo de espaldas a la calle, me saco el saquito oscuro y quedo tal como me vieron en el restó.

 Sí, Diego pudo ver cómo fui, con mi pequeño vestidito haciendo el esfuerzo sobrehumano por taparme.

 Encima, el vientito que pasaba, lo levantaba un poquitito más, haciendo que vea aún más.

 En vez de ver casi un cuarto de mis cachetes, pudo notar más de la mitad de la misma.

 Esto hizo que estire un poco el cogote para poder tener mejor detalle.

 Yo, trataba de darme vuelta con carpa, para ver qué hacía.

 Ahí pude ver el esfuerzo que hacía el degeneradito este, como para poder ver algo más de piel.

 Me acompaña hasta la puerta de mi edificio, charlamos un poco más y se va hasta el auto.

 Yo, entre tanto, lo espío desde la puerta yéndose al vehículo.

 Da la vuelta, pasa por mi puerta, toca la bocina y muevo la mano para saludarlo. Se va.

 En cuanto desapareció en el horizonte, crucé la calle y me fui hacia Diego.

 -"¿Qué hacés así, boluda?", pregunta.

 -"Nada, me invitó a comer algo y acepté, ¿por?"

 -"Así, vestida, digo".

 -"Ay, sí, ¿te gusta mi vestidito?", quiero saber, beboteando.

 En cuanto pregunté eso, me di vuelta, me incliné un poquito y se la meneé de un lado al otro.

 ¿Para qué? Mi culito volvió a asomarse delante de esos depravados ojitos chinitos.

 Se agarró la frente, frunció el ceño y puso cara de degenerado.

 -"Tu vestido no, tu orto me vuelve loco", batió el atrevido.

 -"Ay, ¿no te gusta? Me lo saco acá nomás entonces, ¿eh?"

 -"Sos capaz vos".

 -"No me lo digas dos veces".

 -"Sos capaz vos".

 -"OK".

 Ahí nomás me la quité. Ni bien dijo "vos", tironeé hacia arriba y así nomás me quedé.

 Sí, estaba en tanga, corpiño, zapatillas y medias en la calle. No me importó nada de nada.

 Aproveché que era día de semana, a la madrugada y que no había un alma en esa calle.

 Lo miro a los ojos y veo la calentura brotando en su ser. Su mirada estaba clavada en mi cuerpo desnudo.

 Muevo las pupilas de nuevo, y noto la botella de Quilmes sobre la vereda, cerca del umbral.

 -"¿Es tuya? Dámela. Quiero", le dije mientras caminé hacia ella en culo.

 Me agacho, agarro la botella y empino el codo para calmar la sed de birra que no sabía que tenía.

 El loco pudo ver mis nalgas abriéndose como una flor en primavera en esa terrible agachada.

 -"NAH, ya está. Se acabó", dijo.

 -"¿Ya acabaste, tan rápido?"

 -"Y sí, con ese orto, como para no acabar rápido".

 -"No me culpes a mí, si tu señora no te atiende seguido".

 -"Mi señora sos vos, putita. Dale, pasá a casa así te demuestro que lo sos y, de paso, te rompo el orto".

 De un chirlo en la cola, me hizo encarar hacia la puerta de una.

 Entre tanto, los pocos coches que pasaban, me tocaban bocina y gritaban cosas.

 -"¡DALE, PASA!", tiró enojado.

 -"¿A tu casa? ¿qué pasa, no te animás a cogerme acá?".

 -"¿Me vas a desafiar vos ahora?"

 Nos pusimos en el umbral, que tenía como un techito y paredes que te cubren de todo.

 Para colmo, era muy reparito, casi ni se sentía frío.

 Me puso contra la pared, de espaldas a él.

 Se bajó los pantalones, los bóxers, todo. Se humedeció la punta del choto, un poquito.

 Corrió mi tanga y empezó a hacerme la cola como el mejor.

 Sentí la primera envestida. Fuerte.

 Empezó a mover su pelvis de adelante hacia atrás, con fuerza. Me encantaba.

 Me abría el culo con cada vergazo que me daba. Qué delicia.

 Su glande enorme y rozagante, me hacía gemir como la puta que soy.

 Sus gemidos me calentaban igual que la cogida que me estaba pegando.

 Su respiración agitada chocaba contra mi hombro.

 -"Hija de puta, cómo me calentás", intentó decir.

 Me di vuelta, lo miré, y pude ver cómo se enrojecía de la calentura. La vena le atravesaba la frente.

 -"Cómo extrañaba romper ese orto", siguió.

 Yo, mudita, disfrutaba de sus palabras sucias y de la locura con la que me garchaba.

 Su chorizo entrando y saliendo me volvía loquita. Quería que nunca se termine.

 Encima, mis nalgas y su pelvis, nos re mandaba al frente al chocarse.

 ¡PLAS! ¡PLAS! nos hacía. Era maravillosa esa música.

 La velocidad con la que me bombeaba el orto, era endemoniada.

 Extrañaba ese pedazo metiéndose en mi culito chiquitito.

 -"Ay, rompeme la colita, papi", le pido.

 Esto hizo que se ponga peor todavía, y me dé como un loco.

 No me metía los huevos, porque no podía el muy hijo de puta.

 A los pocos segundos, me la sacó del ojete y se puso a pajear sobre mis nalgas.

 Su pinga escupió todo el semen que guardaban sus huevos.

 Me bañó las nalgas con una lluvia blancuzca hermosa. Mal.

 En uno de mis cachetes, dejó un enorme rastro blanco, acompañado de gotitas. Una obra de arte.

 Apoyó su cabeza sobre mi omóplato, como rendido. Pobre muchacho.

 Se ve que hacía mucho no lo atendía su mujer. Yo tenía razón, ¡JA!.

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