Cola mundial.
¡Empezó el mundial, señoras y señores!, por fin, ya se extrañaba este maravilloso espectáculo.
Esta es una gran excusa para juntarnos con amigos a hablar, a escabiar y a boludear un rato.
No recuerdo bien cuál mundial fue, solo que fue en la casa de un amigo que tenía hace un tiempo.
Mi memoria está entre que fue el mundial de Rusia y el anterior (el de Brasil, creo).
Jugaba Argentina, pero no recuerdo bien con quién... era alguno de esos países injunables.
Camiseta de la selección, pantaloncito ADIDAS y encaremos a la casa de esta gentecita.
Una vez allí, toqué la puerta. Quien estaba del otro lado, era alguien que no conocía. Me sorprendí.
Se llamaba Sebastián. Era amigo de mi amigo, el pibe que puso la casa.
En fin, lo saludo de un beso, a pesar de no conocerlo. Entro.
Mientras vamos caminando hacia las escaleras que nos lleva al departamento, vamos conociéndonos.
Pese a que estaba bastante tapada mi cola, sentí su mirada bajándose para dirigirse ahí.
Fue inesperado, porque es un pantalón que no muestra casi nada.
Me pareció loquísimo, hasta que me percaté que las atrevidas tiritas de mi tanguita oscura, se asomaban sin importarles nada, por sobre el elástico del pantalón.
En lugar de taparlas, lo que hice, fue meter las manos en los bolsillos e ir tironeando de ahí, con carpa.
Esto hacía que la prenda, se vaya deslizando suavemente y exhibir un poquitito más lo que tenía.
Yo sentí que le encantó. Él sintió que me di cuenta de lo que hacía.
La verdad, no estaba nada mal el pibe, eh? Yo le entraba.
Era bonito, un morochito de tez algo oscura, como bronceada.
Esa gorrita roja para atrás, la bermuda hasta las pantorrillas y la musculosa, me parecían sexis.
No era musculoso, para nada. Al contrario, era algo flaco, larguirucho, carente de músculos... ¡MEJOR!
Los tatuajes en los brazos y esa barbita raspona, le sumaban una banda, además.
Ni bien puse el pie en el primer escalón, volví a sentir su mirada penetrante en mí.
Aproveché esto, para tirar un par de poses, quebrando la cintura, sacando cola, mostrando lo mío.
Tiré un "¡Ah, re!", como para bajar la carga de seriedad que tenía aquella exhibición.
Me gustó muchísimo que me relojee tanto la cola, sin carpa. Estaba muy atrevido.
Además, se estaba mordiendo los labios, poniendo carita de degenerado y sonriendo como loco.
Yo creo que, en su imaginación, estaba cogiéndome en muchísimas posiciones. En todas.
Entre más pensaba en eso, más putita me ponía, más le mostraba, de gratis.
El deseo incrementaba a cada segundo, pero la gente nos esperaba. No daba.
No sé cómo subí todos esos escalones sin tirármele encima, ni en chiste. Fue complicado.
Llegamos al patio (ya que el "PH", quedaba en una segunda planta) muy de pedo.
Cuando entramos, él estaba a punto de agarrarme el culito, con muchas ganas. Pero lo evitó.
Me soltó la cintura de una, como si fuera un acto reflejo. Alta velocidad mental.
Allí estaban todos, sentados en dos sillones y un sofá bien ancho, frente al Smart TV.
La careteamos como pudimos. Creo que nadie se dio cuenta.
Mi maldad no conoce de límites, ya que, con la excusa de saludar al piberío, me pegué una terrible agachada delante suyo. Sí, le dejé mi trasero en frente de su carita.
El loco no sabía dónde carajo meterse. Estaba con ganas de que la tierra se lo trague.
No lo iba a dejar tranquilo tan fácilmente, ni se la iba a llevar de arriba así como así.
El guacho no se quedó de brazos cruzados, no. Como venganza, me puerteó la cola, mientras se hacía el que pasaba por detrás mío. Me agarró de la cintura, y... ¡PUM, ORTEADA!
Sí, sentí algo durito que intentaba adentrarse en las profundidades de mis partes traseras. Decí, que la maldita tela de mi pantalón, se lo impidió rotundamente. Sino, ahí nomás me habría penetrado.
Nos sentamos, nos pusimos a hablar entre todos para ponernos al día, hasta que el doparti arranque.
Nos cagamos de risa de las ocurrencias de Sebas, era muy chistoso. Me ganó con eso.
A su vez, picoteábamos de una rica picada que se encontraba en la mesa ratona que teníamos en frente.
Acompañando estas delicias, habían un par de rubias llamándome, allí, paraditas.
O sea, si quería comportarme, no iba a poder, porque el alcohol no me ayuda en lo absoluto.
Yo, para que no se corte el mambo, me hacía la que me reía mal para poner mi mano sobre sus partes.
Le hacía caritas de trola, de chupapijas, para que se pusiera mucho más loquito. Lo lograba, obvio.
El chabón estaba incómodo, se notaba, pero se notaba en su cara que no quería que parara.
-"En cuanto tenga la oportunidad, te rompo el orto a vergazos", me susurró al oído.
Un fuego me subió, que me quemó hasta el cerebro.
Venía bárbaro de allá abajo, o al menos esa era mi sensación.
La pelota comenzó a rodar, al fin.
Ya fue, nos calmamos, porque, sino, serían los cuarenta y cinco minutos más largos de la historia.
El partido estuvo lindo, muy entretenido, sinceramente... bah... lo poco que pude ver, al menos.
No recuerdo el resultado, solo que me moría de ganas por pelarle la garcha al loco este.
Finalizó el primer tiempo y, las primeras palabras, salieron de la boca de Sebas.
-"Me voy al quiosco de acá a la esquina, que se me acabaron los puchos, ¿me acompañás, Gaby?".
Obvio que acepté la invitación de una, pegué un salto ni bien terminó de pronunciarlas.
Salimos disparados de aquella casa, como si tuviésemos un cohete adherido al culo.
Atravesamos el patiecito delantero, bajamos por las escaleras y así hasta la planta baja.
En mi cabeza, circundaban todas las poses que haríamos en esos pocos minutos que teníamos.
Ni bien pisamos el último peldaño, se me abalanzó de una, como un animal hambriento.
Me robó el beso más apasionado que alguien me podría propinar. Una locura.
Era de esos que salían con un sonido ensordecedor tras separar nuestras bocas.
Luego de eso, mis labios rodaron hasta su cuello. Impregnaban con mi olor su piel.
Nos rodeaba un hermoso patiecito descubierto, con plantitas por doquier. Era perfecto.
Nuestro techo, era un cielo oscuro, repleto de estrellas que nos amparaba.
La calentura lo poseía cada vez más, conforme iba bajando con mi boca por su cuerpo.
Las caricias no se hicieron esperar ni un segundo más, me empezó a tocar.
Sus manos subían y bajaban por mi espalda, hasta que se avivó y comenzó a tantearme abajo, detrás.
Les daba mimitos muy tiernos, hasta que se puso mucho mas cachonda la cosa.
Las amasaba con mucha lujuria. Las agarraba fuertemente. Se adhirió a ellas.
Paseaba sus manotas por cada milímetro que se podría llamar "nalga". Estaba re loquito.
Mientras me hacía esto, sus besos no ayudaban para nada a apagar ese fuego que se propagó.
Enredé mis brazos alrededor de su cuello. Hacía piecitos, como para alcanzar su hermosa boca.
Bajé de su boca a su cuello, de su cuello a su torso y de su torso a sus partes pudendas.
Cada parte que besé, se sentía más sabrosa, más excitante.
Se le empezó a marcar la entrepierna. El pantalón le apretaba cada vez más. Pobre muchacho.
Me puse de rodillas, frente a él. Tenía la cara a la altura de su cintura.
Fuera pantalones (con bóxers y todo), cayeron desmayados al suelo sin chistar.
Tremenda pija tenía frente a mis ojos. Sus bermudas prometían y cumplieron.
Sonreí de una. No me esperaba que de verdad tenga tremenda tararira entre las gambas.
Se me empezó a hacer agua la boca... y la cola también, obviamente.
No lo pensé más, me la metí entera. Dejé de desearla tanto.
Le entré a cabecear el pupo con un hambre voraz, que hacía mucho tiempo no tenía.
Abrí la boca bien grande y dije "A", para que se adentre ese pedazo en mi interior.
Empecé tragándome su glande. Le hacía una paja ahí con los labios, acompañándome con las manos.
Fui y vine por ese tronco venoso una y otra vez, con el fin de saboreársela toda.
Cuando no paseaba mis labios por allí, lo hacía con las manos nomás. No quería que se le gomoseara.
Cuando no lo pajeaba con las manos, solo lo hacía con la bocas. Debía disfrutar este hombre.
Hasta que tome algo de aire y, al fin, me digné y le hice la primer garganta profunda.
Mientras mantenía su pedazo dentro mío, sentí su mano acariciándome la cabellera, muy tiernamente.
Al sacar mi boca, un enorme hilo de baba se sujetó firmemente sobre mis labios. No me dejaba huir.
Por Dios, qué rico lo sentí. Amé tener esa pija adentro mío, aunque me ahogara. Tanto así, que me mordí la boca con pasión, como demostrándole lo mucho que me volvió loquita.
Lo miré con amor y se dio cuenta lo mucho que me encanta chupar verga. De hecho, me lo hizo notar.
-"Cómo te gusta la pija, amor", me dijo.
No le contesté nada. Simplemente atiné a volver a chupársela, como una loca adicta a la chota.
Sus mimitos siguieron. Me acariciaba el pelito con mucho amor, como si fuera una perrita obediente.
Cerré los ojos y gocé a full de la mamada que le estaba pegando. Qué hermoso es hacer petes.
De pronto, ese amor se acabó. Se transformó en algo más libidinoso e incontrolable.
Agarró un buen cacho de mechón de pelo que tenía en mi nuca, y me obligó a tragársela entera.
Encima que tenía una pija enorme, me hizo esto el muy hijo de puta.
Mientras me sujetaba, se puso a mover la pelvis de adelante hacia atrás, con el fin de cogerme la boca.
Yo solo debía abrir la boca y sentir cómo me tocaba la campana de la garganta con la punta del choto.
No sé cuánto tiempo me habrá garchado la garganta, ni cuántos vergazos me habrá propinado el muy guacho, pero sí sé que me encantó que me haya ahogado de esa forma. Si fuera por mí, que ni pare.
No hacía falta usar mis manos, él solo podía meterla con todas las ganas, usando solo sus caderas.
Le ponía tantas ganas, que era como si me clavara algún puñal.
Incluso, en un momento, me la dejó clavada un largo rato. No me largó hasta hartarse, hasta no tantear sus hermosos huevos con el mentón.
Estuve al borde del vómito. Con las arcadas que me subían por el esófago. Mis ojos, eyectados de sangre, lagrimeando. Pero no me importa absolutamente nada. Por mí, seguí, pensé.
Una catarata era mi boca. Salía una buena cantidad de saliva por los costados. No podía tragarla.
Siguió garchándome la jeta, merecidamente. Muchas gracias, papito rico.
Cuando me largó, me palpó los labios con su glande rojizo.
Un líquido, que no sé si era mi baba o su líquido preseminal, abundaba entre mi boca y su pingo.
Me hizo mirarlo, agarrándome fuerte del mechón.
Levanté la cabeza, lo miré. Se pajeaba con esa situación. Puso una cara de degenerado mal.
Me daba chotazos en la boca (por si pensaba decir algo, supongo yo).
También me clavaba su pinchila por los costados, haciendo que se marque en mis mejillas.
Parecía que estaba cepillándome los dientes con esa vergota preciosa.
Pidió que le entregue el orto. Así, con esas cochinas palabras. Me encantó.
Mis rodillas no daban más de estar sobre ese piso frío de cerámica, pero, si era por mí, seguía.
Me puse de pie frente a él. Después me di vuelta. Me apoyó el ganso, para guiarme hacia una pared.
La misma, quedaba debajo de las escaleras. Era un gran escondite, debo admitir.
Cada peldaño, procuraba alejarnos de cualquier ojo curioso que quiera irrumpir con este polvo.
Ahora, los que caían, eran mis pobrecillos "lompas", los mismos que tanto le impidieron verme.
Tenía mis nalgas al aire, delante de esas pupilas, las que morían de ganas de tenerme desnudita.
Lo único que se interponía en su vista ahora, eran esas delgadas tiras que se sostenían a mis caderas, las mismas que se perdían en mi culito, las que ya había visto un ratito antes.
Levanté la camiseta de Argentina que tenía puesta, para dejarme ortear por él.
Se agarró de esas susodichas tiritas y las deslizó hacia abajo de mis nalgas, casi sobre mis muslos.
Admiró un ratito las redondeces de mis nalgas. Las acarició por todos lados. Plasmó sus huellas dactilares por doquier. No dejó un solo rinconcito sin conocer digitalmente.
No paró de segregar baba que salía de su boca. Estaba encantado con lo que veía.
Después, procedió a darme una buena tanda de ricas nalgadas, que me hicieron pegar un rico gritito, mezclado con un gemido delicioso, hasta plasmar sus dedos en mis cachetes.
Aprovechando la humedad que le dejé con mi boca, empezó a penetrarme ferozmente.
La cosa, empezó lentamente. Despacito, con algo de amor.
Luego, todo derivó en una situación de una considerable lascivia que no pudo contener.
A medida que las sensaciones se hacían más exquisitas para ambos, desatamos esa pasión.
Los gemidos que salían de mi boca, tampoco lo calmaban. Lo ponían más loquito aún.
Debíamos hacer silencio, no podíamos permitirnos a ser escuchados, pero no podíamos evitarlo.
Me tapó la boca, para continuar con esa buena tunda que me propinaba con su garrote de carne.
Su mano no duró mucho en mi boca. Me agarró del cuello de inmediato, como si fuera a ahorcarme. Es que, de ahí se sujetaba para estar más cómodo y pegarme la rica garchada que me estaba pegando.
Soltó mi jeta, pero, como soy buenita, no emití más gemidos. Traté de hacerlo lo más silencioso posible. Lo hacía bajito. De todos modos, algunos se me escaparon. Salían como un respiro ruidoso.
Entraba y salía de mi culo, qué rico se sentía.
Separó una de mis nalgas, para poder ver cómo entraba su pija venosa en el interior de mi orto.
Observó cada detalle, hasta el más mínimo. Quedó extasiado.
No paraba de culearme. Tampoco lo queríamos. Debíamos seguir sin parar.
Me dio una buena cachetada en la cola. Prosiguió orteándome.
A pesar de toda la baba que ya tenía su pija, le echó un poco más con sus escupitajos. No podía permitir que mi hoyito se secara. Había que humectarlo para que pudiésemos gozar los dos.
El muy guacho, serruchaba mi orto con muchísimas ganas. La quería toda adentro.
Yo le paraba la colita, para que no deje de calentarse visualmente.
A nuestros ruiditos bucales, se le sumó el sonido que hacía la colisión de mis cachetes con su pelvis.
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! hacían mis nalgas gordas al chocar con él.
Con su otra mano, acariciaba uno de mis pechos. Los agarraba firmemente, con muchas ganas.
Cómo comía mi ojete, por Dios... al flaco, le resultaba imposible que tragara tanta carne.
Al parecer, la estrechez de mi ano, hizo que la leche le subiera rápido hasta la punta del pito, por lo que, ni cuenta se dio cuando estuvo a punto de acabar y la empezó a sacar en medio de la acabada.
Sí, su chota comenzó a dispararme leche calentita sin parar, en el interior de mi culo.
Era como que las sensaciones lo embargaron, distrayéndolo de aquello que debía hacer. Alto gil.
Dejó manchones blancos en mi recto y expulsó un poco en el piso. Hicimos un enchastre mal.
Alto boludo, me la hubiera dejado adentro y yo hubiera disfrutado de todo ese semen. Qué desperdicio.
Ahora, debía quitarme toda la mema que quedó adentro mío. Un pedito fue el encargado de hacerlo.
Me dio vergüenza, porque recién nos conocíamos, y ya me había tirado un pedo en su presencia. Pero, a la vez, ya le había tirado la goma, ya le había entregado el tirapedos, no debía avergonzarme.
No quise desperdiciar ni medio mililitro, así que... me senté sobre aquella lagunita que formó con el semen que no entró en mi ojete. Me encantó, una pena que no quedara en mí.
Cuando me levanté, tenía toda la colita manchada de blanco.
Él, muy rápido, me pasó la manito por ahí, recogiendo cada gotita de leche. Entonces, me la acerca a la boca, y así es como eliminamos cada rastro del delito cometido y que pueda incriminarnos.
Nos vestimos. Yo me subo el pantalón y me acomodo la camiseta de la selección. Él, lo mismo.
Hacemos como si aquí no pasara absolutamente nada. Creo que lo fingimos bien.
-"Eu, ¿y los puchos, boludo? Vamos a comprarlos", le digo mientras lo agarro del brazo.
-"No te preocupes -dice, mientras mete la mano en su bolsillo-, acá tengo un paquetito".
La saca, y me muestra un atado sin abrir, casi nuevo. Siempre listo.
Sonrió. Nos reímos juntos, como cómplices de un secretito que jamás revelaríamos.
Subimos las escaleras (yo, adelante, obvio). Entramos a ese departamento.
Acá, no ha pasado nada. Nunca.
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