Así nos garchó España.
Sé que este relato, querido lector (si es que es argentino o argentina), le va a doler, porque es una herida que aún es muy reciente. Pero bueh... ahí vamos. Igual está buena, creo.
Lo volvemos a traer a Dani, mi vecino bostero.
Me invitó a ver todos y cada uno de los partidos de Argentina en su casa.
Arreglábamos la hora y nos encontrábamos.
Como el domingo pasado tuve una salida, me desperté tarde y, por ende, llegué tarde.
Me puse la casaca azul de Argentina, con las tres estrellitas (como siempre) y salí.
Bajé el piso que nos separaba. Toqué su puerta.
Ya había empezado el partido.
Desde los primeros minutos, no pintaba bien la cosa. Ya daba mala impresión.
Dani comenzaba a ponerse tenso. Movía la piernita, ansioso.
Yo intentaba calmarlo, dándole mimitos, abrazándolo.
En un momento, apoyé la cabeza sobre uno de sus pectorales. Cerquita de la panza.
Pero estaba muy concentrado en la pantalla, así que... procuré no molestarlo.
Yo también estaba muy nerviosa. Pero... qué sé yo, intentaba no demostrarlo.
El primer tiempo pasó haciéndonos arañar el pobre sofá. Lo mismo el segundo.
Todavía no podíamos creer cómo España no había hecho un gol todavía.
El tan inesperado y puto minuto ciento seis llegó. La frustración nos embargó.
Fue horrible, pero aún faltaban catorce minutos. Todavía nada estaba dicho.
A su término, la realidad nos cayó como un horrible baldazo de agua fría en invierno.
Jugamos horrible. La selección argentina no fue la misma. Parecía otra.
Los minutos pasaban y la amargura se volvía peor.
Para relajarlo un poco, me puse delante de la tele, como para que deje de prestarle atención.
Me agaché, como para hacerme la que estaba buscando algo.
Esta agachada, hizo que la remera se levantara por acción de los hombros.
Esto ocasionó que mis glúteos se asomaran por la parte inferior de mi camiseta.
Lo saludaban, con toda la impunidad del mundo.
En seguida le cambió la cara. Pasó de dolor a calentura.
No se había percatado de que no me puse pantalón, de que estaba en tanguita nomás.
Mi camiseta por sí sola, no podría cumplir el rol suficiente de un vestido.
Ya que, si me movía un poquito, quedaba mucho afuera.
Las espectativas por el mundial y la final, le nublaron la vista, ignorándome.
-"Hola, no te había visto", me dice sonriendo.
-"Nunca me ves".
-"No seas mala, y vení para acá. Dame el premio consuelo".
Me senté encima suyo, pero de frente a él para poder besarnos mejor.
Enrosqué mis brazos alrededor de su cuello para comerle la boca.
Aplasté mi culito justo encima de su miembro. Lo sentía creciendo, con cada movimiento.
Sus manos también sentía agarrándose de ahí. Era alto atrevido manolarga... y me encanta.
No se había sacado el short, y ya su pingo me estaba puerteando lindo.
Me encantaba sentirlo rozándome la zanjita, como rascándola despacito.
Yo empezaba a sentir el fuego recorriéndome el cuerpo gracias a esto.
Su pingo no era el único que mimaba mi cola. También estaban sus manos.
Una en cada nalga, como cumpliendo la función de apertura, para que se meta su salchichota en medio con más facilidad.
Su pija comenzaba a frotarse cada vez más rápido. Qué rico se sentía.
Para colmo, nuestros besos se plasmaban precipitademente sobre nuestros cuellos.
Se corrió un poco el short, para permitir escapar su miembro. No tenía bóxers por lo visto.
Corrió mi tanga a un costado, y desatamos esta maravillosa calamidad.
Sin humectar mi hoyito, ni su miembro, comenzamos a aparearnos.
Su tremenda verga gorda, comenzó a penetrarme.
Puso a un costado ambos cachetes para poderse dar paso hacia mi interior.
Cuando la empecé a sentir, gemí del placer. Me encantó. Quedé fascinada.
Despacio. Hasta alcanzar cierto tope.
De ahí, comencé a brincar sobre sus huevos.
Eran saltitos muy cortitos, pero sin sacármela del interior.
Estimulaba su chota con mi estrecho agujerito.
Subía y bajaba, en un ritmo endemoniado.
Voló mi camiseta, solo para lengüetear mis pezones.
Cuando no nos dábamos besos apasionados, le gemía al oído y le decía cositas chanchas.
Estas cosas, lo volvían loquito mal.
Le dejé las orejas coloradas de tanto decirles chanchadas.
Cuando no era yo la que saltaba, era él quien se acomodaba y me garchaba con toda la furia.
Sentía sus huevos rebotando con cada vergazo que me propinaba.
No sé si era por la rabia del resultado del partido, pero me la ponía con muchas ganas.
Era una mezcla de calentura de enojo con el sexual.
Sus manos tocándome el culito, tampoco ayudaban. Me perdían en la lujuria.
Lo mejor, era que él se moviera, porque si lo hacía yo...
En un momento, comencé a mover la cola de una forma muy animada... y bueh...
No paré por algunos minutos. Estuve dándole sentones muy fuertes, y me dijo lo siguiente:
-"Uh, hija de puta, pará, que me vas a sacar toda la leche ya mismo. No seas mala".
Sí, soy mala, porque, no solo no paré, también le agarré los huevos y se los empecé a acariciar.
Enredó sus manos en mis piernas, se puso de pie y me llevó a su habitación.
Empujó la puerta con mi orto y pasamos. Solo entonces, me arrojó a la cama. Boca arriba.
Se sacó la camiseta albiceleste de rayas, también la bermuda. Ya estaba desnudo.
Voló mi tanguita a la mierda a alguna parte de la habitación. Ya estaba completamente desnudita.
Me acomodó. Me puso hacia adelante. Acercó mi culito y volvió a cogerme como si nada.
Puse las patas sobre su hombro y le permití que me hiciera la cola, como quiera.
Mientras me besaba la parte inferior de una de las piernas, me culeaba salvajemente.
Con cada pijazo, me abría el culo de una manera maravillosa.
Dolía, pero también disfrutaba mal de esa hermosa verga rompiéndome el orto.
Dios, hasta llegué a creer que quebraríamos la cama, en un momento.
Con su fuerza, me dio vuelta como un panqueque.
Me dejó boca abajo en un santiamén.
Se tiró encima mío. Hasta pensé que la cama cedería y caeríamos al piso.
Pero no, solo se tiró para besarme el cuello como si fuera un león en celo, mientras sus caderas seguían haciendo de las suyas.
Su pija me daba latigazos ricos en mi ano, y también al estrellar su pelvis contra mis nalgas.
Gritaba nuestra piel. El calor (aunque no había tanto), nos derretía al unísono. No paraba.
Después de gemirle al oído, se enderezó y me siguió dando murra por la cola. Como si nada.
Se sujetaba de mi espalda, eran masajes salvajes. Gracias a esto, me crugieron todos los huesos de ahí. Me dejó como nueva.
Tenía tremendo toro sacado encima mío.
Paré la cola, solo para que me pueda coger mejor.
Para colmo de males, me la metía entera. Hasta el fondo. No dejaba nada afuera.
Después de un rato, me hizo poner una de mis gambas un poco para adelante y flexionada.
Con esa posición, la pija me podía abrir mucho más el agujero. O no sé, pero se sintió más rico.
Apoyó su mano en mi cintura, y así me bombeó el ojete con todas sus ganas.
Levanté la mitad de mi cuerpo, para mirarlo a los ojos mientras me garchaba.
Lo miré. Su cara estaba roja como el fuego.
Su boca formaba una "U". Estaba totalmente desquiciado.
Le encantaba. Me la metía con muchísimas ganas.
-"Ponete en cuatro, putita", susurró.
Le hice caso. Me puse en cuatro para él.
Me siguió dando garcha por la cola, como loco.
Estaba desatado metiéndomela, abriéndome la colita con cada pijazo que me daba.
Me hacía gemir. Ambos gemíamos. Estábamos en la misma sintonía.
Tironeaba mi pelo, con fuerza. Me encantaba.
Cada tanto me surtía con una buena palmada en el culito.
Lo resentía en mi piel, cuando estallaba.
Me dio unos cuantos.
Qué lindo era sentir su pija entrándome por la cola, con ese afán.
De una buena nalgada, me avisó que la leche le subió a la punta del pito.
Nos bajamos de la cama, al toque. Nos fuimos al piso.
Me puse de rodillas delante suyo, mientras él me esperaba y se zamarreaba el pedazo.
"Ahhh", decíamos los dos juntos. Casi a la vez.
Yo, del hambre que tenía. Él, de placer.
Le ponía una cara de sedienta, impresionante.
Encima, llegué a apoyar mi lengua sobre su frenillo. Esto, lo estremeció.
Me lo hizo saber gimiendo, como si le temblara la voz.
Me manoseaba las tetas, los pezones, por doquier. Cada rinconcito.
Sonreía con una cara de puta tragaleche, terrible.
Después de unos pocos segundos sacudiéndosela frente a mi boca, le empezó a salir.
Su pija comenzó a escupirme la lengua, después la boca, hasta rebalsarme y comenzar a salirse, para caer por mi mentón y dar al suelo.
Dios, qué rico era sentir el saborcito salado de su semen calentito, cayéndose por mi lengua.
Parte de lo que se volcó, quedó colgando de una de mis tetas. Lo demás, cayó de lleno al piso.
Cuando terminó de saltarle la leche, se la empecé a chupar.
Me metí en la boca su glande, para sacar cada gotita atrevida que no haya querido saltar en mi cara.
Tenía espasmos. Su pancita me lo hacía saber.
Me dio un par de garrotazos en la lengua, con su preciosa chota.
Me agarró de la nuca, para hacérmela comer entera.
Lo hice, obvio. Sin chistar. Quería dejársela lustradita. Como nueva.
Papi, se ve que estaba hambrienta.
Qué pedazo, por favor. Viviría con ese tronco hermoso en la boca.
Qué pena que no aproveché para chupársela más.
-"¿Te diste cuenta de una cosa?", le pregunté.
-"¿De qué?"
-"Así nos garchó España".
La re bajé jaja. Pero me pareció gracioso.
Él no rió, lógico. Yo sí.
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