Cumpleaños muy feliz (parte 1).

 Esta semana cumplió años mi vieja y me acordé de algo que me pasó en uno de sus cumples.

 Ella invitó a sus amigos a casa, para hacer algo íntimo y rapidito.

 Qué sé yo, lo de siempre; juntarse, charlar, tomar algo, escuchar música, soplar la velita y chau, a casa.

 Ella invitó a cinco de sus amigos, entre ex compañeros de laburos y algún que otro vecino.

 Entre ellos, el primero en caer, fue Pablo, un viejito que está para comerlo crudo.

 Le decíamos "el Loco", porque era un tanto alocado el chabón. Siempre salía con cualquiera.

 Para colmo, siempre nos tiramos onda, pero quedaba todo ahí nomás. En la nada misma.

 Terminaba de bañarme. Cerraba la canilla del agua. Corría la cortina.

 Agarraba el toallón para secarme y luego envolver mi cuerpo en él.

 Abría la puerta del baño. Salía.

 En eso que estoy saliendo, suena el timbre.

 Atiende mi vieja. Era él: Pablito.

 Como ella estaba ocupada haciendo unas cosas en la cocina, me pide que lo atienda.

 -"¿Estás loca, ma? Estoy envuelta en toallón. Esperá que me cambie", le pido.

 -"Abrile, no te va a ver nada".

 Bueno, como mi madre es una mujer muy sabia, le hice caso. Obvio.

 Así como estaba, me re-acomodé el toallón un poquito para arriba y fui hacia la puerta.

 Sí, así es, querido lector, me subí un cachito el pseudo vestido y fui a atenderlo.

 El pobre toallón no llegaba a tapar mi cola, hacía un esfuerzo sobrehumano por alcanzar.

 Dejaba que se asome la parte inferior de mis glúteos, unos pocos milímetros.

 Al abrir la puerta, lo pude ver al loquito. Ahí estaba, frente a mis ojos el viejito sabroso.

 Me le tiré encima, envolviéndole el cuello con mis brazos.

 Tuve que hacer un poquito de piecito, para poder alcanzar su cogote y, posteriormente, su mejilla.

 Se sonrojó. No se esperaba una muestra de cariño tan efusiva de esa envergadura.

 Desde su perspectiva, podía ver mi toallón cediendo por el estirón que tuve que dar.

 Mis nalguitas se asomaban ligeramente, por debajo del debilucho toallón.

 -"Gaby, basta. No lo atosigues y andá a cambiarte", pidió mi mamá, asomada en la cocina.

 -"No, dejala a la nena, que me vino a saludar", tiró con mucha ternura, acariciándome la cabeza.

 Así mismo, le hice caso a mi ma y me fui a mi cuarto, a cambiarme.

 Me alejaba despacio, meneando la cola de un lado al otro para su deleite visual.

 El toallón, para estas alturas, ya andaba dejando mi colita al aire libre, a mitad de camino.

 Mi vieja le hablaba de sus cosas, pero, el loquillo este, ni pelota le daba. Estaba perdido en mis enormes cachetes, que aún estaban cerca de su radar visual.

 Cuando al fin desaparecí, pudo volver en sí y ponerse al día con ella.

 -"¿Me permitís ir al baño un ratito?", preguntó.

 Mi señora madre, con cara de duda, aceptó prestarle el baño, a lo que le dio el pie para aprovechar a finalizar con sus arduos quehaceres en la cocina.

 Una vez en la cocina, Pablito desvió su camino, para ir a mi habitación.

 Asomó un ojo por la estrecha hendija que se formaba entre el marco de la puerta y la propia puerta.

 Del otro lado, me podía ver a mí, dejando caer el viejo toallón al suelo.

 Quedé completamente desnuda, ante sus ojos fisgones.

 No podía creer estar viéndome desnudita, al fin.

 Ya tenía la tanga en la mano, preparándola para ponérmela.

 En eso, se me cae de las manos, y me agacho para recogerla.

 Cuando me abrí, mi cola se abrió como una flor en primavera.

 Ambas nalgas se separaron, dando lugar a que mi hoyito sea observado por ojos curiosos.

 Esto, hizo que sus ojos escapen de sus cuencas. Le provocó una erección inmediata a Pablito.

 La baba chorreaba por su boca y caía por sus labios hasta dar al piso.

 Su pantalón ya le apretaba. Sentía ese fuego que a uno le quema en esas situaciones.

 Ceden. Caen al suelo, al ser aflojados casi con la mente.

 Sus bóxers le dan lugar a su hermoso miembro, para que pueda liberarse de esa cruel prisión.

 Enredó sus dedos en el tronco de su chota. Comenzó a pajearse.

 No cerró los ojos ni una milésima de segundo. No quería perderse nada de lo que ocurría en mi pieza.

 -"¿Y, PABLO? ¿TE TRAGÓ EL INODORO?", pregunta una voz.

 Era mi mamá, desde la cocina. De espaldas, concentrada en lo que hacía.

 Rápidamente se subió todo, puso la mente en blanco, metió las manos en los bolsillos y fue a la cocina.

 Yo escuché a mi vieja, vi la puerta entreabierta. Escuché sus Jeans chocando contra el suelo.

 Sonreí. Sabía que estuvo ahí.

 Me encantó saber que me estuvo espiando. Me calentó.

 Se asomó por el marco de la puerta de la cocina, como para darle tiempo a que se deshinche un toque.

 Hablaron, hasta que le volvió a picar el bichito de la curiosidad.

 -"Ya vengo", se escuchó de la cocina.

 Volvió a asomar su ojo entre la hendija que formaba el marco y la puerta de mi pieza.

 No estaba. No me encontró.

 Comenzó a buscarme desesperadamente, hasta que me halló en la cama. Boca arriba.

 Como ya dije, estaba en la cama, boca arriba. Tenía puesta una tanguita roja nomás.

 Estaba con el celular en la mano. Me estaba mensajeando con Agustín, mi novio de ese año.

 Se mordía los labios, sentía un cosquilleo en los huevos.

 Quería pajearse, pero no lo hizo.

 Quería buscar la excusa perfecta para entrar y tenerme cuasi desnudita en la cama, pero no.

 La indecisión terminó por forzarlo a retirarse.

 De nuevo escuché algo del otro lado de la puerta, como una respiración agitada.

 Era él, era obvio. Sonreí. Amé ser su tentación.

 Pasaron los minutos. La gente comenzó a llegar.

 Las risas se empezaron a escuchar, la música también.

 Me puse la pollerita de Jean más corta que encontré (de esas que, con un mínimo movimiento, hacía que mi colita quede al aire), una blusita, me arreglé el flequillo y me dirigí al tan visitado comedor.

 Habían dos en la cocina, charlando con mi vieja y uno más en el sofá mirando la tele.

 Pablito estaba sentado en un sillón, charlando con otro de sus amigos. Estaba parado, enfrente suyo.

 Me metí en medio, para saludar al que estaba parado, dándole la espalda a mi nueva víctima.

 Hice el mismo saludo que con él; el efusivo, estirándome para alcanzarlo.

 Esto, hacía que mi pollerita se subiera y dejara escapar mis glúteos por debajo (como con el toallón), solo que, en esta oportunidad, la tenía justo frente a sus degeneradas pupilas.

 Le otorgué la chance de poder disfrutar de todo el espectáculo en primera fila.

 Después me di vuelta, para volver a saludarlo a Pablito, poniendo mi culito gordo a unos escasos milímetros de la entrepierna inquieta del otro amigo de mi mamá.

 Siendo sincera, el muy depravado, aprovechó y metió un dedo en el interior de mi pollerita.

 Logró sortear la tela de mi pollerita y alcanzar así, mi zanjita, para tocarla.

 Lo metió entre medio. Acarició con mucho gusto la piel de mis nalgas.

 No lo puedo negar, me puso loquita el atrevimiento que se tomó este señor. Me calentó mal.

 Tanto así, que, cuando me di vuelta, lo miré a los ojos, me devolvió la mirada y le sonreí.

 Luego, me fui a saludar al otro muchacho que se encontraba sentado en el sofá. 

 Obviamente, tuve que agacharme para saludarlo, permitiendo que se volvieran a asomar mis cachetes.

 Mi pollerita se quedó cortita y dejó que se expongan el pliegue y un poco más de piel.

 Ambos hombres llevaron sus miradas hacia donde me estaba, para embelesar sus ojos.

 La aprobaron dibujando una sonrisa en sus rostros, era bastante evidente.

 Volví a pasar por adelante de ellos, para interrumpir y robarme sus miradas nuevamente.

 Quería ser parte de sus charlas. Que se contaran las cosas que me harían. Que no se guarden nada.

 Pasé a la cocina, a saludar a los que estaban riendo con mi mamá.

 Una vez más, cada saludo que daba, era con el fin de mostrarle mis partes traseras a mi Loquito.

 Le ponía el mismo entusiasmo, el mismo arrojo como para que todo derive en aquello.

 Cada tanto, giraba la cabeza para ver qué hacían.

 ¿Charlaban? ¿Miraban? ¿Se reían? ¿Ponían carita de pajeros? Todo quería saber.

 Sí, hacían todo eso, y más... 

 El bichito de la curiosidad me carcomía, me impacientaba. Quería ser una mosca y escucharlos.

 Un mensaje al celular me llega. Lo miro.

 Agarré mi morral (me lo puse), las llaves, di un saludito de despedida genérica y me fui.

 Antes de despedirme, el Loquito preguntó:

 -"¿Ya te vas?"

 -"Sí, lo veo a mi novio. Chau".

 Agité la manito, les tiré un besito y me fui.

 Con el rabillo de mis ojos, los pude ver, observándome mientras me iba. Ahí abajo.

 Dios, amo sentirme así de putita y calentar pijas de esta forma.

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