Cumpleaños muy feliz (parte 2).

 Salí de casa y ahí estaba Agustín, mi chico, apoyado sobre el capó de su auto. Todo canchero.

 Fui a su encuentro, con los brazos abiertos, para recibirlo como se merecía.

 Luego del tierno abrazo, llegaría el primer beso.

 El primer beso después de varios días, tiene un sabor distinto. Uno mucho más sabroso.

 Lo que este detonó en varios más después de unos pocos milisegundos mirándonos a los ojos.

 Pasaron de ser amorosos a ser apasionados, con una pizca de calentura.

 No fui la única en sentir ese calor quemando cada fibra de mi ser.

 Agustín también. Tanto así, que sus manos cobraron vida propia.

 Me agarra de la parte inferior de los muslos, y empieza a escalar hasta alcanzar mis cachetes.

 Los sujeta, los zamarrea con fuerza. Tantea con muchas ganas. Estaba toquetón.

 Los hace para todos lados el muy desgraciadito este.

 Se salteó la escasa barrera que proporciona la pollerita y procede tantearme toda la cola.

 Ya había salido con algo de ganas, pero estos besos fueron la joya de la corona.

 Si algún vecino del edificio salía en ese momento, se iba a encontrar con una situación fogosa.

 Por suerte, no pasó, por lo que seguimos comiéndonos sin condimento en medio.

 Tanto chape y manoseo, empecé a sentir algo que se iba endureciendo de a poco. Impresionante.

 -"¿A tu casa o al telo?", pregunto.

 -"¿En tu casa no se puede?"

 -"NO, mi vieja está festejando su cumple".

 -"A casa".

 Nos subimos apurados a su coche, apretó el acelerador y partimos hacia allá.

 Por fortuna, no estábamos lejos de su casa. Era a un barrio de distancia.

 Parecía una suicida, porque, mientras manejaba, le iba manoseando el ganso.

 El sentido de hacer esto, es para que no se le vayan las ganas y tener que volver a encender motores.

 Las ganas nunca se le fueron. Se notaba que hace semanas no nos entregábamos a esta pasión.

 Nos bajamos del coche, abrimos la puerta de su casa y nos mandamos de una.

 En la entrada del edificio, ya estábamos chapando de nuevo. A full el beso. Terrible.

 Nos apuramos a subir las escaleras para llegar lo más pronto posible.

 Como yo subí primera, me puse delante suyo y, su perspectiva, podía ver por debajo de mi pollerita.

 Mis cachetes se asomaban, no solo para saludarlo. Sino, para dejarse ver con toda impunidad.

 La raya de mi colita le decía las cosas más degeneradas que podía imaginar mi chico.

 Le bastó solo un segundo para que su lengua se meta entre mis nalguitas.

 El empujón, me derriba hacia adelante, haciendo que quede casi en cuatro patitas.

 Empieza a devorarse mi culo. Le pasa la lengua de arriba a abajo, sin compasión.

 Me coge con la lengua. Se siente tan rico, que me bloquea las piernas. No puedo, ni quiero seguir.

 Quedé ahí, con el culito para arriba, esperando a que me pase su juguetona lengüita.

 Separa mis nalgas con sus manos, las mordisquea, las cachetea el guacho.

 Aprovecha esto, para mandarme lengua hasta el fondo y comerme el agujero.

 Dios, qué bien se siente. Me encanta. No puedo permitir que se detenga.

 De pronto, se escucha la puerta de la entrada. Entra alguien.

 Nos levantamos a los pedos, para disimular la situación.

 Por suerte no nos vieron. Pero igual seguimos subiendo los últimos escalones.

 Cuando llegamos al primer piso, lo dejo que se adelante para hacerle una maldad.

 Me saco la tanga sin quitarme la pollerita y me la quedo en la mano. Sigo mi camino a su casa.

 Paso al lado suyo, y le digo lo siguiente:

 -"Ya me aseguré de que no puedas verme la bombachita".

 -"¿Cómo?"

 -"Me la quité".

 Extiendo mi mano y se la doy.

 Rojo se puso el pobre cristiano. Yo creo que, solo con sus pensamientos, le explotó la cabeza. Las dos.

 La pija, la tenía innegablemente dura.

 Quedó colgado un par de segundos, mirando esa diminuta tanguita roja que le había dado.

 Sube la cabeza. La dirige hacia mí. Fija su mirada en mis partes traseras.

 No había mucha diferencia entre lo que veía antes y lo que ve ahora. Solo que ya sabe un secretito.

 Al verlo como un pelotudo, intentando chusmear por debajo de mi pollerita, lo ayudo.

 Me la subo, quedando con la cola al aire por el corto rato que me vuelvo una exhibicionista.

 Ahí me tenía, con la colita al aire por un prolongado momento, que se fue en un suspiro.

 Un demonio se apodera de él, haciendo que se abalance hacia mi persona.

 Estaba sacado. Con hambre de la carne que solo poseo en mis partes traseras.

 Se me pega de atrás, como si fuéramos dos abrojos humanos.

 Entre mis cachetes, siento su pingo chocho de la alegría. Contentísimo. Con ganas de meterse en mí.

 Me puerteaba con furia el muy maldito.

 Estábamos como a dos pisos de distancia de su departamento, pero no importa. Queríamos coger ya.

 Mi pollera cayó desmayada al piso, por obra y gracia de sus manos.

 Estaba desnuda. No había ropita interponiéndose entre él y yo, de mi parte.

 Se frotaba en mí. El solo roce de su pija entre mis cachetes, incrementaba mi calor desmesuradamente.

 No podía más. Necesitaba sentir su verga adentro mío, de una buena vez por todas.

 Agus también. Además de tenerla parada, su respiración estaba notablemente más agitada.

 No aguantábamos más. Nos merecíamos desahogar ese descontrol hormonal que teníamos.

 Desesperadamente se intentó bajar los pantalones. No le daba el pulso de la locura que tenía.

 No sé cómo lo hizo, pero después de tanto tironeo, lo logró. Sus calzones eran más fáciles de caer.

 Estaba dura como una piedra. Tremendamente dura.

 Me pone contra la pared, de espaldas a él y me entra a dar unos ricos pijazos de inmediato.

 Mi orto gordo se abría de par en par, con cada vergazo que me propinaba con su poronga gorda.

 De todos modos, en la boca de mi ojete, cabía tranquilamente toda esa carne.

 Yo, apretada contra la pared y su torso fuerte, estoy inmovilizada, con los ojos cerrados. Disfrutando.

 Quiero empezar a gemir, quiero expresar todo ese placer que me proporciona el guacho este.

 Pero no puedo. No puedo porque estoy a unos escasos metros de las puerta de los vecinos de Agus.

 No podemos llamar la atención, porque sino, lo echarían de ese hermoso edificio.

 Entonces, él, vivo, me tapa la boca. No se detiene, e igual me la tapa.

 El problema eran los ruidos atronadores que hacían mis nalgas cuando chocaban con su pelvis. 

 Desgraciadamente, no tenemos un control remoto para manipular el volumen de nuestros ruidos.

 Lo que hacemos para evitar esto, es que me garche más despacio. Disfrutémoslo mejor. Lentamente.

 El problema que se presentó después de eso, es que, después de un rato, volvía a darme con ganas.

 Esas ganas se traducen en aumentar la velocidad de los chotazos que me daba.

 Cuando nos dábamos cuenta de nuevo, le volvíamos a bajar un par de decibeles.

 Me besaba los hombros. El cuello.

 Entre tanto, su pelvis no frenaba ni un segundo. Solo aminoraba la velocidad.

 Cada tanto, me la dejaba adentro un par de segunditos. Me volvía loquita. Mal.

 Cuando me la saca del orto, me cachetea enérgicamente, como para llamar mi atención.

 Me giro, lo veo sentado en uno de los escalones, con la garompa que no daba más de tiesa.

 Me hace una señal con la cara, como diciendo "sentate en esta, bebé".

 Voy. Me siento arriba de él, de frente.

 Se la agarro, la guío en el camino directo que nos lleva hasta el mundo del placer.

 Una vez que logré conectar su cabeza con mi ano, comienzo a darle brinquitos encima.

 Empiezo despacio. Me encanta. Me vuelve loquita.

 Ya está. Ya logramos que entre más de la mitad de su poronga.

 Ahora, mis saltitos son mucho más rápidos y prolongados.

 Subía y bajaba a lo largo de ese tronco venoso que le colgaba entre las piernas.

 Desatamos esta locura que tanto le dimos rienda suelta.

 No sabía que mi culito podía ser capaz de tragarse toda esa carne gruesa.

 Gemía él, gemía yo. Gemíamos al unísono.

 Yo le pronunciaba las palabras más sucias al oído. Era como cantarle para él.

 Cambiamos de posición. Me pongo un escalón más arriba, con el culito a milímetros de su garcha.

 Estábamos tan solo a milímetros de distancia. Nada más.

 Movía su pelvis, para llevar su hermosa pija al centro de mi upite.

 Le daba carne, como para alimentarlo. Como si fuéramos un pancho. Yo pongo los panes. Él, la salchicha.

 Aunque me la clavara despacito, igual me hacía doler. Era una pija demasiado gorda para mi culito.

 Sus huevos brincaban con cada chotazo que me daba.

 -"Ay, Dios, mi culo", expreso con algo de dolor y placer.

 Amó esa posición, pero... prefirió agarrarme de las piernas y manipularme hasta ponerme encima suyo.

 Abro las piernas, las pongo bien arriba, con mi culito igual de abierto que mis patas.

 Quedo arriba de él. Me acomoda un poco hasta quedar a nada de su verga.

 Una vez que lo logramos, empezó la mejor parte del show.

 Su pija se adentraba en mi hoyo, destrozándomelo. Salía y me daba un leve suspiro... aunque extrañaba tenerla dentro mío.

 En mi cara, se dibujaba el dolor y se mezclaba con el goce que me hacía gemir.

 Agus se movía para verguearme con toda esa calentura que nos prendía fuego.

 Dios, cómo se abría mi orto. Me encantaba.

 La furia con la que me la metía, era hermoso.

 Para colmo, me la dejaba adentro un rato largo.

 Para más placer, cuando terminaba de descansar, me la mandaba hasta el fondo el muy guacho.

 Desde ese momento, no podía creer que entraba tanta carne en mi culo.

 Su boca estaba a milímetros de una de mis orejas.

 Sentía su respiración y las puteadas que se le escapaban sin querer, queriendo.

 De pronto, su tono de voz, cambió. Solo podía significar una sola cosa. Así es, el aluvión de leche.

 Su semen comenzó a ascender con cada pijazo que me pegaba.

 Sus gotitas empiezan a escapar de su glande rojizo. No eran pocos.

 Cada chorrazo de guasca se amontaban en mi culo, hasta desbordarlo.

 Un gritito silencioso se le escapaba con cada escupitajo que me lanzaba.

 Con el orto florecido y cagando leche, me levanto. Es que no daba que nos crucen en esa situación.

 Me agacho, para levantar la pollerita de Jean que me había puesto, y todavía salía la mema de Agus.

 Parecía una canilla que estaba con el cuerito flojo y goteaba. Pobre de mí.

 -"Te chorrea el orto", me dice, como haciéndose el gracioso.

 -"Sí, necesito un plomero sexy".

 -"Acá tenés la herramienta para que lo solucione", decía zamarreándose la chota.

 -"Esa herramienta es, precisamente, la razón de mi gotera".

 Agarro su pantalón y se lo arrojo.

 -"Dale, chancho, vestite y dejá mi culo en paz".

 -"No puedo, me encanta. Lo extrañaba mucho".

 Tras decir esto, saca la tanga de su bolsillo y la pasa por su rostro. Sobre todo, la parte que va metidita en mi colita gorda. Qué acto de amor más divino.

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