El regalo prometido.

 Hoy es día del amigo en mi país, y por ello, les voy a contar sobre una amiga muy especial.

 Era Eli, mi amiga trans, la que conocí hace algunos años atrás mientras cursaba la facultad y compartí algo más que simples anécdotas.

 Además, nos compartimos chismes, novios, chongos y bueno... todo tipo de cosas.

 Sí, querido lector, con ella fue con la que más hice tríos, cuartetos, quintetos y hasta sextetos.

 Uno de los que mejor recuerdo con cariño, fue en el cumple de su novio. Yo fui su regalo.

 Era un día de julio también, no recuerdo cuál.

 Estaba fresco, así como estos días. Pero, la muy maldita de Eli, me hizo vestirme sexy, casi en bolas.

 Hizo que me ponga un vestidito negro que me llegaba al ras de la cola. Si me agachaba un poquito, así sea muy mínimo, se me veía hasta el alma.

 En fin, llegué a un horario posterior al que ellos habían acordado.

 Cuando arribo al lugar, ya habían terminado de cenar en lo de Eli.

 Ya habían levantado todo, la mesa estaba impecable. Solo ellos dos charlaban en el sofá.

 Eli me saluda. Me hace pasar. Pero me pidió que no pase al living.

 Va, para hacerle una introducción a su chico.

 -"Fede, llegó tu sorpresita. El regalito que tanto te había hablado", le comenta.

 Le pide que se tape los ojos, para que yo pase y me ponga justo enfrente suyo.

 Me hizo una seña para que me acerque. Le hice caso, obviamente.

 Fui en puntitas de pie, para evitar hacer todo tipo de sonidos. Que no se avive.

 Frente a mis ojitos, tenía un lindo guacho que estaba en remera y bóxers, que le marcaba el paquete mal.

 Viva, yo, me puse de espaldas y quebré la cintura, como para mejorar el regalo.

 Cuando le pidió que abra los ojos, yo ya estaba lista. Entregada a todo.

 Abrió los ojos, como dos platos. El silencio reinó. No entendía nada. Pero bien que la mirada no la quitó de ahí atrás. No fue ningún boludo.

 Eli rompió el silencio, diciendo lo siguiente:

 -"Ya sé que te gusta su cola, así que... pensé en que podríamos hacer un trío, si querés".

 El flaco seguía mudo, no se esperaba para nada toda esta secuencia.

 Desde su perspectiva, podía ver claramente un poquito de mi rayita asomándose por debajo del pequeño vestidito que tenía puesto. Además de eso, también salían a saludarlo ambos glúteos.

 Se deleitaba con la vista, a pesar de que no le parecía muy creíble. Hasta llegó a creer que era una trampa, para tener una excusa y cortar. Pero no. Era cierto.

 Lo agarramos de la mano y lo llevamos a la habitación para relajarlo.

 Nos paramos frente a la cama, y le dimos un beso muy calentón. Ruidoso.

 Primera yo, como para que nos crea que era cierto lo que estábamos haciendo.

 Mientras chapábamos, el maldito de Fede me manoseaba la cola como nunca. 

 Ya me había tocado sin permiso, y me había encantado, pero nos contuvimos.

 Esta vez, liberó su bestia manolarga y la pasó de arriba a abajo. No dejó un rincón sin tantear.

 Eli no se quedó atrás, y le agarró el ganso como quiso. Se la amasó, como quiso.

 Tenía un tremendo rifle. No toqué todavía, pero miré y se le notaba algo tremendo.

 Qué bien besaba el muy guacho. Me devoraba la boca con muchas ganas. Era evidente que venía guardándolas hace rato.

 Ni lerdo, ni perezoso, agarró la parte inferior de mi vestidito y tironeó para arriba.

 Despacito, lo fue sacando hasta dejarme la cola al aire. Claro, como no tenía tanguita ni nada debajo, quedé desnudita ante él.

 No me lo sacó todo, solo lo subió lo suficiente para que mis nalguitas quede despojada de toda ropa. Parecía más una remera, que un vestido.

 Las agarró, las sacudió, las amasó y me dio unos ricos chirlitos que me volvieron loca.

 Ahora, era el turno de Eli. Le hizo lo mismo, solo que, a ella, mientras le morfaba la jeta, le subió el vestido también, hasta la misma altura.

 Una mano apoyada sobre cada cola. Ningún boludo el loco este.

 Me comió la boca de nuevo. Estaba con mucha hambre, se ve.

 Sus manos también, estaban sumamente inquietas. Con muchas ganas de jugar.

 Aproveché que Fede la termine de desnudar a Eli, para sujetarle el paquete y poder darme una idea de todo lo que estaba a punto de comerme. Quedé muy satisfecha.

 Me mordía los labios de las ganas, de lo que sabía que se avecinaba.

 Qué linda que era Eli desnudita. Qué culito tenía, bien redondito, gordito. La envidiaba mal.

 Me gustaba tanto, que se la agarré y la zamarreé un buen rato. Que se le muevan las carnes.

 Tras tenerla así, su pistolón creció aún más. Se le marcaba sarpado.

 Ahora era mi turno. Fede agarró mi vestidito y terminó de sacármelo por completo.

 Seguido de nosotras, le tocó a Fede. Fuera remera. Quedó solo en cuero.

 Los tres nos tocábamos. Nosotras su paquetón. Él, nuestras colitas gordas.

 Beso va, beso viene. A ella, a mí. Nuestros labios se chocaban siempre con algunos.

 Faltaba que Fede comiera de nuestros pezoncitos, pero no tardó nada en avivarse y hacerlo.

 Mmmmm... su lengua jugueteando con mis pezones. Sus labios apretándolo delicadamente. Me calentaba mal. Quería pija ya mismo.

 Las dos de rodillas, frente a él, bien abajo, a la altura de su endurecida entrepierna. Y sí, tanto beso, lo puso loquito. Tanto manoseo, le generó bastante. Le despertó el indio mal.

 Cuando voló el bóxer... Dios mío, qué pedazo. Casi me infarto. Tenía una chota impresionante el hijo de puta este.

 La envidié a Eli, por tener semejante novio. No era musculoso, no estaba marcado. Tampoco era gordo, ni fofo. Tenía lo suyo. Era un intermedio. Pero, ahí abajo, era la locura personificada.

 Un glande rosita. El tronco, era venoso (muy venoso), enorme, como de unos veinte centímetros. Mientras más se acercaba a la punta, más gruesa se ponía.

 Como éramos dos, ambas atacamos a sus costados. Apoyamos los labios sobre su cutis y le frotamos por ahí. Íbamos y veníamos con nuestras boquitas golosas a lo largo de ese tronco.

 Nuestras fogosas lenguas también cumplieron una interesante labor.

 Éramos dos Evas que intentaban morder de esa manzanita del pecado, que pendía sobre el árbol prohibido.

 Mi amiguita aprovechó para irse a aquella tentadora cabecita brillosa que pedía lengua.

 La lamía, despacito, tímidamente. Ninguna boluda, ese glande pedía una buena mamada suavecita.

 Me avivó, porque la seguí de inmediato. No pude aguantarme las ganas de probar.

 Era un heladito de carne, pero que no chorreaba la cremita helada. Chorreaba un líquido aún más rico.

 Estaba delicioso, sobre todo el ver las reacciones que le generaban nuestras lengüitas. Sí, aproveché para levantar los ojos y poder ver qué pasaba allá arriba.

 Traté de que no me vea como una golosa comepijas, como una experta en devorar porongas enormes, así que... comí de a poquitito, con mucha carpa.

 Le gustó igual. Me agarró de la nuca, me hizo transitar el maravilloso camino de la lujuria.

 De la nada, nuestro muchacho, largó un "qué rico" placentero. Se derretía solo.

 Los tres gemíamos al unísono, casi como si estuviésemos entonando el mismo tema.

 Yo no tanto, porque tenía la boca llena, obvio.

 Eli deglutía sus pelotas, como si no hubiera un mañana, mientras yo me ocupaba allí.

 Pareciera que me adueñé de esa parte, hasta que al fin se la liberé.

 Las dos lo mirábamos con una carita de putas tremendas.

 Imagínese, querido lector, Eli con la boca ocupada, devorándosela. Yo, al lado, lamiendo el costado de su poronga. Ambas observando sus reacciones. Estremeciéndose.

 Una manito para cada nuca.

 -"A ver las dos juntitas", pidió.

 Las dos nos pusimos a un costado, a hacer lo que ya estaba haciendo yo. Parecía que tocábamos una armónica.

 Se le ocurrió darnos una estocada a cada una. Rapidita, pero profunda. Tanto así, que llegó a tocarme la garganta por un momento. Fue casi como una arcada. Fueron varias.

 -"Junten las lengüitas", ordenó.

 Nos hizo sacar la lengua, una al lado del otro, para él darnos garrotazos ahí con su rico glande.

 Debajo de nuestras cabezas, cada tanto, se asomaban nuestros culitos.

 Cambiamos de pose.

 Se tiró a la cama. Boca arriba.

 Me ordenó ponerme encima suyo. Con las piernas a cada lado de su cabeza, como haciendo un 69.

 Le arrimé el culito, para que pueda mamarlo con más comodidad, sin problemas.

 Eli, ahí nomás, se tiró de cabeza para cabecearle el pupo. Aprovechó la pose para seguir.

 Cuando no se la chupaba ella, me la daba a mí para que disfrutara de esa sabrosura.

 Me acompañaba con su mano.

 Mientras yo bajaba con la boca, ella hacía lo mismo con su mano. Cuando hacía lo contrario, ella también. Y así.

 Mi orto no se salvó de esa lengua juguetona, que se paseaba por cada rincón, para estimularme.

 Mis cachetes se separaban, como una flor en primavera, para que él mamara como nunca.

 Le movía el orto en su cara. Seguramente le habré dado un culazo en algún momento.

 Agarré de la nuca a mi amicha, para que le diera el mayor de los placeres al cumpleañero. Se lo merecía.

 Se la comía entera la hija de puta, parecía una angurrienta. Como si no lo hiciera en años.

 La entiendo, con semejante garcha, yo también me prendería del pete de esa forma.

 Ahora me tocaba a mí. Me la metí en la boca y di todo de mí para enloquecerlo.

 Me la llevé a la boca, lo más que pude profundamente, hasta que toque mi garganta.

 Quería que grite, que recuerde mi nombre por siempre, cada vez que le hacen un pete.

 Nos avivamos. Ella quería pija. Así que se subió y se metió la poronga en el orto.

 Sí, las dos estábamos encima de ese pobre hombre. Saltábamos encima, como aplastándolo.

 Esa pobre cama gritaba de dolor. Nosotros gritábamos de placer.

 El culo de mi amiga devorándole la verga. Su novio deglutiéndome el ojete. Estábamos a pleno.

 Aprovechamos estar frente a frente, para comernos la boca.

 Nuestros labios se unieron. Necesitaba tener algo ahí.

 Las enormes manos de Fede, se agarraban firmemente a la cintura de mi mejor amiga.

 Qué suerte. Yo también quería sentirlas sujetándome, para que no me escape.

 Sus nalgas también fueron presa de esas inquietas manos.

 Habían manos por todos lados. Las de Eli se agarraban a mis pezones. Jugaban. Los recorrían.

 Las de Fede, agarraban mis nalgas, las de ella. Era enfermizo ya.

 En un momento, la agarró a Eli de la cintura, subió bien las patas a la cama, la sujetó firmemente y se puso a serrucharle el orto con mucha rapidez. Esto la hizo gritar con ganas a la pobrecilla.

 Estuvieron así un buen rato los muy desgraciados, haciéndome desear.

 Ya me estaba poniendo celosa de verla gimiendo y disfrutando.

 Me puse en cuatro patitas sobre la cama. Abrí la colita y dejé que se adentrara con toda la pasión.

 No humectó ni un poco mi culito, tampoco su chota. La mandó de una.

 Para colmo, me empezó a romper el orto con muchas ganas. Fuerte. A pleno.

 La piel de mi orto gritaba cada vez que su pelvis se estrolaba contra ella.

 ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!, vociferaba el pobre cutis de mi culis.

 Como si esto fuera poco, sus nalgadas, que eran duras, sonaban como un látigo chasqueando en el aire.

 Lo hizo, hasta dejármelas de un color rojizo como del fuego mismo.

 Se notaba que estaba muy cerca de la explosión, pues el tono con el que jadeaba el muchacho, era otro.

 Era uno en el que lo arrimaba bastante al punto del estallido. Muy próximo estaba.

 Eli, que estaba al lado mío, en cuatro y con el culo parado, necesitaba de su dosis de verga.

 Le dio con el gusto. La sacó de mi culo y se la empezó a dar a ella.

 Lo mismo, el ritmo desenfrenado con el que se la cogía, era veloz. Casi como si quisiera sacarse todo el veneno que resguardaban sus huevos.

 Qué envidia, recordaba lo que era tener ese pedazo adentro mío y me hacía desear tenerlo de nuevo.

 Lo peor de todo, es que el hijo de puta, la metía casi toda adentro. Nos penetraba salvajemente con sus aproximados veinte centímetros en nuestros culitos golosos.

 Se la pedí. Quería de nuevo, así que... se la extrajo del ojete y me la puso a mí.

 Despacio, casi que la rozaba con mi orificio anal, como para que la pido a gritos.

 Qué malo que era, casi que se la pedí a las puteadas. El tema es que, mi tono de voz, no le generaba mucho miedo. Al contrario, mi vocecita de putita, solo le dio más calentura.

 No perdió su tiempo y paseó sus desubicadas manos por todo mi orto.

 Quizás, en otra ocasión, no podría volver hacerlo. No me parece mala idea.

 Mi culo, en su poder, iba y venía hasta estrellarse con su pelvis en un ritmo sexual desenfrenado.

 Las bombeadas de ojete que me propinaba el hijo de puta, estaban sarpadas. No se detuvo para descansar ni un rato. Hasta no desagotarse de semen, no iba a parar.

 Nos avisó que el aluvión de guasca se estaba aproximando. Así que... nos levantamos de la cama y volvimos a ponernos de rodillas frente a él. Las dos.

 Abrimos la boca, cerramos los ojos y esperamos a que su tan ansiada leche salga violentamente contra nuestros rostros.

 -"¡Las tetas!", pidió.

 Nos las agarramos, nos pusimos más derechas y permitimos darle todo el espacio para que derrame todo su líquido.

 Despues de pajearse un rato, mientras miraba nuestras colitas por detrás de nuestras nucas, lo logró.

 Un chorro de guasca comenzó a salir de su pija, como si fuera el agua de la manguera de un bombero, que busca apagar un incendio mortal.

 Saltó litros y litros de esa miel que tanto me encanta beber.

 La mayoría fue a dar a nuestro pecho, nuestras tetas, algo en mi mentón, el pelo de Eli, el piso. Por todos lados había alguna gotita.

 Uno rodó por mi pecho, hasta alcanzar uno de mis pezones, pero fue eliminado por mi lengüita.

 Él seguía sacudiéndosela, para sacar todo lo que podía. Estuvo un buen rato haciéndolo.

 Dios, qué hombre más eyaculador. Lo amé.

 De su puntita, pendía una gotita rebelde que no quiso venir con nosotras. La limpió mi amix. Qué chica más gauchita.

 Rió. Soltó una tímida carcajada y largó lo siguiente:

 -"Ja, feliz cumple, amor", mientras lo miraba con carita de golosa.

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