La mejor descripción de lo que fue Argentina - España.

 Sé que este relato, querido lector (si es que usted es argentino o argentina), le va a doler mucho, porque la herida sigue siendo reciente. Pero, créame, no le va a doler tanto como a mí.

 Todo se remonta a la hermosa tarde fresca del domingo 19 de julio del 2026.

 Estábamos "el Gallego", un amigo, y yo, sentados en el sofá de mi casa, frente a la tele.

 Era un compañero de laburo con el que nos pusimos de acuerdo para ver los partidos.

 Desde que arrancó, hasta el último, lo vimos en mi casa, con la misma ropa, en el mismo lugar.

 Yo no soy de creer en ese tipo de cosas, pero... una nunca sabe. Por si las dudas.

 Estábamos esperando el partido con mucha ansiedad.

 Yo, sobre todo, que brincaba de la emoción sobre el mismo, mientras entonaba una melodía.

 La canción solo era separar "Argentina" en sílabas con una melodía.

 Yo, tenía mi camiseta albiceleste de siempre, como cábala. Mis mejillas pintadas con los colores de la bandera y dos colitas que sujetaban mechones a cada costado de mi cabeza.

 En cuanto al Galle, estaba sentado tranqui, con unos shorts del Barça y la camiseta colorada.

 Ambos mirábamos la tele desde nuestros respectivos lugares.

 Después de un pequeño cántico, para animar a mis chicos, giré la cabeza, lo miré y le dije:

 -"Estoy segura de que te vamos a romper el culo. Te apuesto lo que quieras".

 -"¿Lo que quiera? ¿Estás segura de eso?".

 -"Sí, les tengo tanta fe, que sí. Lo que sea que quieras. Mientras no sea muy caro, claro".

 -"No te preocupes, lo que quiero no te va a salir caro".

 Tras tirar esto, largó una carcajada que, ahora que lo pienso, era de atrevido.

 -"Bueno, dale, acordemos lo que queremos", siguió.

 -"Está bien. Si te gano, me pagás dos Fernet".

 -"Dale. Y si gana España, me das lo que tanto te vengo pidiendo hace rato".

 Quedé muda por un rato, pensando en qué me habrá pedido.

 Sonríe, se hace para atrás, hacia el respaldo y se agarra el ganso con muchas ganas.

 -"Te rompo el orto yo. Me entregás el tirapedos", continuó.

 Quedé boquiabierta. Más muda que antes. No esperaba que me apostara eso.

 -"Bueno, está bien. Trato hecho", le contesté.

 Tras un apretón de manos, sentencié mi pobre culito al infierno más doloroso.

 -"¡AR-GEN-TINA! ¡AR-GEN-TINA! ¡AR-GEN-TINA!", seguí, mientras lo acompañaba con leves brinquitos.

 Como ya sabrá, querido lector, al partido lo perdimos, y yo... tuve que cumplir con la apuesta.

 Pocos minutos después, me tenía inclinada sobre la mesa del comedor, con la cola abierta, los cachetes separados, la tanga sobre una de mis nalgas, esperando a ser garchada ferozmente por este macho pijudo.

 -"No puede ser que hayamos perdido. Me quiero morir", comenté con las manos en cada sien. Resignada.

 Justo después de pronunciar estas últimas palabras, su miembro abre paso entre los cachetes de mi culo.

 Era una tremenda verga gorda y larga, la que estaba adentrándose en mi pobre colita.

 Ni bien la sentí, me hizo gritar de dolor. Pero de ese dolor, que no quiero dejar de sentir.

 Sus manos enormes, posadas sobre cada una de mis nalguitas, las mantenían separadas para que pase su tremenda verga y me ponga a gritar como una gata en celo.

 Mejor, porque, así, entraba de una, sin molestias. Sin obstáculos en el medio.

 No la humectó, ni nada. Me la mandó a guardar así nomás, como estaba.

 Para colmo, no le bastaba con meter la puntita (que ya era bastante dolorosa), la mandaba entera.

 No me tenía compasión el muy forro. Necesitaba que solo sus huevos queden afuera.

 La fuerza con la que me propinaba los vergazos, hacían que me moviera un poquito hacia adelante.

 La pobre mesa, era la que debía aguantar las consecuencias. Era, como si hubiese un temblor.

 Su morcilla gorda, entraba y salía de mi agujero hambriento sin parar. La mandaba completa.

 Cuando paró un ratito, una milésima, pudo ver mi hoyito, parecía un bostezo. Estaba re contra abierto.

 Me lo volvió a meter. Despacito, para hacerme doler menos.

 Esta vez, se sujetó de mi colita y me siguió dando una buena tanda de pijazos.

 -"Ay, me estás abriendo la colita, malo", le confirmé.

 -"Bueno, cambiemos".

 Nos fuimos a mi cama. Se acostó y yo me senté encima, para hacerlo gozar.

 Con ese pedazo gigante, alimenté mi culito gordo una vez más, pero en una posición mejor.

 Subí y bajé por ese tronco venoso que no paraba de abrirme con cada estocada.

 Pese a eso, lo pude disfrutar mucho más.

 Puso sus manotas en mis nalgas y dejó que me encargue de todo.

 Fui a toda velocidad. Lo más que pude.

 Las sensaciones eran maravillosas. Nos hacían ver las estrellas.

 Cada tanto se le escapaba el chori de mi orto, pero lo acomodábamos al toque.

 Yo, estaba empecinada en sacarle toda la leche.

 Los sentones lo volvían loco. Se le notaba en la cara.

 -"Pará, boluda, que me vas a hacer acabar", dijo, todo colorado.

 Tuvimos que cambiar de posición, porque el muy precoz, no se aguantaba mis culazos.

 Me costé. Me puse de costado. El Galle, detrás mío, fue arremetiéndolo despacio.

 Mis nalguitas se separaban cada vez más, con cada milímetro que iba metiendo.

 Dios, otra vez me puso a gritar como una loba.

 En cuanto se acomodó, entró a serrucharme el ojete sin piedad.

 Él también le puso muchas ganas. Era como una forma de castigarme por la anterior pose.

 Casi derrama la leche adentro mío, por culpa de lo rápido que se la moví.

 No sé si me gustaba más cuando me la ponía, o cuando me la sacaba. Era hermoso ambas cosas.

 Tanto así, que cerraba mis ojos, con el fin de poder disfrutar con mis otros sentidos.

 A su vez, pegaba unos grititos de amor, que lo volvían más loco.

 Para colmo, sentía su respiración sobre mi hombro y parte de mi espalda. Era como un toro.

 Me lastimaba, pero no me importaba, porque quería que me rompiera toda.

 Fruncía el ceño del dolor, pero ya fue, culeame, papi. Ya estábamos en el baile, bailemos.

 Pobrecito de mi hoyito pequeñito, se sentía cada vez más abierto con cada pijazo que me propinaba.

 Encima, el muy forro, me la mandaba hasta que no quedara más carne que meter.

 -"¿Querés la leche?", preguntó, pero con un tono como de rabia, furioso.

 -"Sí, papi, dámela toda".

 -"Bueno, vení a buscarla".

 Se puso panza arriba y se entregó para que yo acabe con la tarea.

 Me levanté, con el culo dolorido, y me puse a hacerle una paja muy cerquita de mi lengua.

 Pasé mi mano de arriba a abajo, por todo ese tronco endurecido, un buen rato.

 Se ve que tenía mucha leche acumulada porque, al poco tiempo, la empezó a volcar.

 Salió un disparo lácteo que chocó en mi lengua. No entró a la boca, pero quedó ahí.

 Otros, sí que entraron y fueron varios.

 Otros pocos, cayeron sobre él y, por último, un par de gotitas rodaban sobre su trozo.

 Lo pajeé hasta el final. Hasta que no salieran más tiros de leche.

 Me la tomé toda. La que entró en mi boca, la tragué.

 La que cayó en su panza, le pasé la lengua, y la que quedó en su verga, la lamí.

 Todas, sufrieron el mismo destino: mi estómago.

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