Una mancha más (de leche) al tigre...
¿Se acuerdan, queridos lectores, de este relato? Bueno, volvió, en forma de fichas, digo... de otro relato.
Resulta que seguimos en contacto con Javi, pero solo nos mandábamos mensajitos por WhatsApp.
Tiempo después, me entero que mi novio sí me gorreaba. Eso me decepciona (ah, re que yo ya lo había cagado antes, con su amigo).
Se lo cuento a Javi. Intenta empatizar con mi dolor. En vano, porque no es lo mismo a distancia.
Entonces, se le ocurre que, ese próximo sábado, nos veamos en su casa. Excelente idea.
Se me hizo una larga espera, ya que faltaban como cuatro días y yo necesitaba ya ese abrazo.
A regañadientes, termino aceptando. Costó, pero le di el ok para vernos, finalmente.
Llega aquel tan esperado sábado. Al fin.
Fui así nomás. Con un Jean normal.
Es cierto que era de esos que me marcan toda la cola, sí, pero... era normal (ponele).
También hay que agregar que seguía cada una de mis curvas, como una hoja de calcar.
Cuestión que, cuando llego, me atiende él. Me abre la puerta, como si nada.
Nos saludamos con un lindo beso. Paso. Empezamos a cruzar las primeras palabras de la noche.
Saco el fernet que me había comprado unas cuadras antes de llegar. Le cambió la cara al Javo.
Nos sentamos a hablar de nuestras cosas, para ponernos al día, ya que hacía mucho no lo hacíamos.
De pronto, me preguntó por lo que estábamos hablando el otro día. Al fin salió el tema.
No quería afligirme, pero bueh... necesitaba sacarme de adentro lo que sentía enterrado en el alma.
Lo saqué nomás. Le conté todo lo que sentía y lo que tenía guardado en mis entrañas.
Me entristecí un toque nomás, porque, la verdad, es que yo también lo había gorreado tiempo antes.
No podía ser tan caradura de ponerme muy mal, después de que ya lo había cagado al pobre novio.
Pese a eso, seguimos hablando boludeces (como para que la noche no sea un bajón).
El alcohol comenzó a surtir efecto en ambos. Nos desinhibíamos para desatar nuestra alegría.
La cerveza en sangre, aumentaba la temperatura. Pero no quería entregar de una, quería hacerlo desear.
En un momento, para buscarme otra fresca, me levanto del sofá y paso por delante suyo.
Para hacer eso, tuve que poner mis cachetes a unos pocos centímetros de su cara.
Obviamente, él no perdió tiempo y fijó su mirada en ellos. No los quitó ni por un instante.
Escaneó cada milímetro de mi abultado culito. Incluso, lo fijó en su memoria como una foto.
Cuando llegué a la heladera, me agaché solo para alcanzar la birrita helada que me esperaba allí.
En ese proceso, le tuve que mostrar todavía más mi apretado culo por el pantalón.
No voy a mentir, un poco a propósito lo hice. Quebré la cintura y todo.
Es que, el alcohol recorriendo mis venas, me pone un poco putita sin quererlo, ni buscarlo.
Al quebrar la cintura, mi culo resaltó aún más delante de sus impertinentes ojos.
Es más, me quedé de pie y la meneé de un lado al otro, justo en frente suyo.
Estaba de pie, de espaldas a él, con mi culito parado, quebrando la cintura. Mostrándolo todo.
Creo que le encantó la vista que le otorgué, porque, en cuanto me di vuelta, la tenía al aire.
Sí, tenía la verga parada y fuera del pantalón. Manso susto me llevé.
-"Javier, la puta madre, ¿qué estás haciendo? Tapá eso, querido", le pedí horrorizada.
-"Me vas a decir que, te viniste hasta acá, con ese pantalón ajustado, mostrándome ese ojete gordo, ¿para que no hagamos nada? DALE".
-"Tengo novio, Javier... y es tu amigo".
-"¿Y? Ya lo cagaste una vez conmigo, y él también te cagó. Dale, otro más, es nada".
Tenía razón. No podía dármela de santa ahora, menos sabiendo que fui así vestida.
Y si somos sinceros, el alcohol, la situación y tener su pija frente a mí, me calentó (y mucho).
Para colmo, no podía parar de bajar y subir su mano por el tronco de la chota mientras me miraba.
Eso, me hacía babear mal. Pero no quería que se dé cuenta. No quería que me vea tan fácil.
Caminé hacia el sofá con las dos birras en las manos, hasta sentarme al lado suyo.
Fijé mi vista en la tele, para hacerme la que no le daba bola y seguí en la mía.
Pero, de reojo, observaba esa hermosa poronga erectándose por mi culpa.
Me babeaba a más no poder, como una catarata. Mordía mis labios de las ganas.
Pero me contenía. No quería tirarme de una sobre ese pingo largo.
-"¡BASTA, JAVIER, TENGO NOVIO!", le pedí.
-"Dale, un pete y no jodo más".
Me lo pedía así, con esa voz de pajero, manoseándose el ganso, desnudándome con la mirada.
-"Dale, si ya sé que te la querés comer toda, putita. Te querés tirar de cabeza, sobre mi cabeza", tiró como burlándose el guanaco este.
-"¡Ay, basta, malo!", pedí beboteando.
Que me llamara "putita", me voló la tanga mal. Pero me contuve.
-"NO, no quiero gorrear a mi novio con su mejor amigo... OTRA VEZ", le supliqué firme.
-"Una mancha más al tigre..."
Ese fue el pie para que afloje y acepte.
-"Está bien. Un pete y listo, ¿sí?", le ofrecí.
-"Sí, sí... dale, dale. Callate y chupala".
Amé esa orden. Me prendió fuego más todavía.
Sus pantalones cayeron hasta sus pies. Lo mismo los bóxers.
Estiré mi boca, lo más que pude, hasta alcanzar su poronga.
Se la agarré y empecé a mamarle solamente la puntita, con mi lengüita.
Después, se la pasaba por su grueso tronquito venoso.
Besitos de acá, besitos de allá sobre su frenillo, fueron la chispa que lo encendieron.
Qué hermosa pija que tenía el muy guacho. Se lo hice saber y todo. No podía desconocer esta data.
La saboreaba como si fuera un rico heladito de carne.
Enredé mis labios en su glande, y comencé a deglutir de su perniciosa carne.
De a poquito, fui bajando, para no ahogarme de una y disfrutarla toda.
No me animaba a metérmela toda, pero lo intentaba. Hacía lo que podía.
No sé por qué me hacía la delicada, si él ya había sentido lo que era meterme toda la garcha en la boca, pero bueh... estaba en modo fina igual, por alguna razón.
Creo que llegué a introducirme más de la mitad de su garompa. Me encantó.
Entre tanto, el muy guacho jugaba con mi culito. Rascaba mi rayita con un par de dedos. Atrevidito.
No dejé de subir y bajar. Debía disfrutar de ese falo delicioso que me deleitaba los sentidos.
De repente, al notar que mi pelito molestaba mucho, me lo sostiene. Lo hace hacia atrás.
Aprovechando esto, me agarra y manipula mi cabeza para que ingiera la cantidad de carne que él desee.
Gracias a eso, pasé mi récord de la noche.
Se puso rojiza mi cara. Lo mismo mis ojos. Eran las lágrimas que empezaban a asomarse.
Empecé a sentir arcadas, pero no me importó en lo absoluto.
Seguí con más de media pija adentro de mi boca, casi rascándome la garganta.
Dios, las lágrimas me empapaban las pupilas, pero seguí nomás, papazo.
No conforme con hacerme tragar su verga con las manos, comenzó a mover su pelvis.
Sí, se puso a garcharme la boca el muy atrevido, querido lector.
Gotas de saliva, rodaban por el tronco gordo de mi actual "choma". Estaba toda empapada. Mal.
Subía y bajaba por el cuerpo de su garcha... otra vez.
Sentía toda esa verga entrando y saliendo de mi boca, como alimentándome. Era una total exquisitez.
Una vez que salió de mi boca, que era un enchastre. Era una mezcla de líquido preseminal y saliva.
Mi cara era de un sufrimiento hermoso. Casi al borde del llanto, pero feliz. Muy feliz.
Como toda una petera, seguí tragando sin que me incitara a hacerlo. No me pidió nada.
Ya estaba canchera, ahora me era más fácil meterme más centímetros adentro.
El flaco estaba todo tirado sobre el sofá, como relajado, viendo las estrellas gracias a mi jeta.
Le faltaba el puchito nomás, para recibirse de relajado.
Cuando no se la mamaba, le hacía una paja, cosa de que no se le desinflame la pija.
Ni bien descansé, proseguí con mi labor peterística.
Le masajeaba los huevos mientras jugueteaba con la sabrosa puntita.
Otra vez me agarró de la cabeza. Me acomodaba el pelito.
Me hacía comerle la chota a su gusto y velocidad el muy guacho. Debía adaptarme. Me dejé llevar.
Cada vez me hacía bajar un centímetro más, hasta quedar a cierta cercanía con sus huevos.
Tenía esa irrefrenable necesidad de que le hiciera una buena garganta profunda.
Una vez más, al borde del llanto, de las arcadas. Pero lo disfruté más todavía.
Parecía que me había fumado cuarenta porros de lo colorados que tenía los ojos.
El guacho, me dejó descansar un poco, mientras seguía mamándosela despacio (para recuperarme).
Me tuvo piedad, hasta que volvió a tomarme de la coronilla, solo que, ahora, fue peor. Mucho peor.
Venía todo normal, haciéndosela mamar, como si nada, como venía haciendo antes.
Hasta que, en un momento, me dejó atascada en su verga unos buenos segundos. Más que antes.
Me ponía roja y nada. Seguía agarrándome. No me soltaba.
Largaba mares de lágrimas, que caían sobre mis mejillas. Tampoco me liberaba.
Las arcadas asquerosas subían por mi garganta y, aún así, no me dejaba en paz.
Saliva caía a rolete de mi boca, que rodaban por el poco tronco de verga que quedaba fuera.
Ni así, me permitía escapar de ese tremendo falo gordo. Qué hijo de puta. Malo.
No lo podía creer. Largué una risa, sin quererlo.
De mi labio inferior, pendía un hilo de baba que nos unía con el glande.
-"Uy, hija de puta, qué bien la chupás. Qué rico. Qué suerte tiene tu novio", exclamó.
Mientras decía esto, llevó su cabeza hacia atrás, para relajar el cuello sobre el respaldo del sillón.
-"Mostrame esa tanguita blanca, bebota", me pidió.
Quedé anodada mirándolo, porque, hasta ese entonces, no se la había mostrado.
-"¿Qué, te pensás que no te fiché el orto? Llegué a ver cómo se escapaba la tirita por arriba del Jean", afirmó, develando su truco, como todo un mal mago.
No tenía visión de rayos X, ni otro super poder. Simplemente, era buen observador.
Le hice caso. Me desabotoné el pantalón, bajé la bragueta y empujé hacia abajo, quedando en tanga frente al degenerado este.
Me saqué las zapas, para permitir que el lompa se fuera definitivamente, sin molestar.
Tenía razón, debajo tenía una tanguita blanca, chiquitita. Ni yo me acordaba.
Me di una vueltita exclusivamente para él, para que pudiera recordar mi culito.
Al quedar de espaldas frente a él, se mordió los labios y chocó sus manos, en son de aprobación.
-"¡Rompeme el orto, gil!", le exigí.
-"¿Cómo, no era que no querías serle infiel a tu novio?"
-"Me calentaste mal, pelotudo de mierda".
Me subí encima suyo. En frente, para mirarlo a los ojos. No lo dejé ni respirar.
Corrí mi tanga y me lo garché... básicamente.
Permitió que mi ojete se abra para deslizarse de arriba a abajo por su chota.
La piel de mis cachetes, rebotaban como si estuviera picando una pelota.
Qué rico se sentía la forma en la que me rompía el orto el muy guacho. La quería toda adentro.
Si fuera por mí, que no me la saque nunca. Pero debía moverme, si quería sacarle la leche.
Cada tanto, se me piantaba su verga. Pero no importa, porque él, rápidamente la volvía a meter.
Una pequeña descarga de electricidad dolorosa, me hacía dar brinquitos cuando pasaba eso.
Cuando ya estaba toda adentro, solo saltaba encima de su pingo una y otra vez.
Agarraba mis cachetes y los movíamos al mismo compás.
Mi culo se llegó a devorar más de tres cuartos de su pedazo. Qué golosa.
Javi no perdía el tiempo y le pasaba la lengua a mis pezoncitos rosados. Eso me ponía como loquita.
Su cara, era un plato, porque ponía una cara de pajero bárbaro. Amaba sentir mi orto comiendo su pija.
Me puse en cuatro sobre el sillón. Él detrás, me embestía con su cadera, como una bestia embravecida.
Intentaba meterme toda la verga en el orto, pero dolía, ya que tenía un tamaño importante.
Está bien que ya tenía bastante perforado el ojete, pero eso no quita que duele.
Aunque, a medida que pasaba el tiempo (y los chotazos), el dolor se diluía, quedando solo el placer.
Mis gemidos eran música para sus oídos, lo estimulaban a tener que cogerme más fuerte.
Yo quería más, que no le importe. Que me siga quebrando el hoyo, tal como iba.
Si gritaba fuerte, fuerte eran los movimientos que ejecutaba contra mi culito.
Chirlos empezaron a caerme, como una lluvia sobre mis nalgas. Los hacían resonar.
Dejó mi piel marcada a fuego, como si fuera de su propiedad.
Javi podía observar cómo su salchicha se adentraba en mi caverna anal. Le encantaba.
Jamás le quitó los ojos de encima. Se entretenía admirando mi orto abriéndose. Hijo de puta.
-"Ay, mi colita. Me la estás abriendo mal", le rogaba.
Me sostenía del cogote, de las caderas, del pelo, de todos lados. Era un inquieto.
Ahora sí, la leche le salió de los huevos, para pasar por el tronco de su garcha.
Me avisa de un rico cachetazo que me propina en la cola.
Nos vamos al piso. Yo, sentada. Él, de pie, frente a mí, mientras acogota el ganso mirándome.
Agarra mi pelo con toda la furia, mientras que, con la otra mano, se sacude la gaviota.
Me mira. Su cara me advierte que la leche estaba a milímetros de mi cara.
Pongo la cara, para que no le erre ni una sola gotita.
Al fin vuelca todo lo que tenía acumulado el guacho este.
Varios lechazos se estrellan contra mi cara. No sé cuántos eran, pero eran los suficientes para empapármela toda.
La mayoría, quedó en la parte de mis pómulos y la frente.
Esparcí cada mililitro que volcó en mi rostro, como si fuera una crema facial.
Lo que quedaba en mis dedos, los pasé por mi lengua, para saborearla.
Brillaba mi cutis, como si me la hubiera lustrado.
Tras un largo suspiro, Javi me dice:
-"El otro día me quedé pensando, ¿de verdad la tengo más grande que tu novio?"
-"Seee, mucho más grande. Creo que me equivoqué. Vos tendrías que haber sido mi novio".
Reimos mientras lo miro con la cara cremosa.
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